
Magia
Los pueblos de Abya Yala
conocían el vuelo mágico,
que les permitía trasladarse
de una dimensión a otra.
Soy un guerrero movima,
de las llanuras amazónicas,
del país de los grandes ríos,
en los sueños aún trasmuto,
entro al mundo otro,
una noche soy un ave
y en otras animal,
la luna está en mis ojos.Homero Carvalho Oliva
Homero Carvalho Oliva es el escritor, cuentista y poeta más querido de Bolivia, pues muestra en sus cuentos, novelas y poesía la esencia y la universalidad de los seres primigenios que habitan esa parte central de América Latina desde los Andes Centrales, pasando por parte del Chaco hasta la Amazonía y que conforman ese país sin salida al mar llamado Bolivia.
De niño tomó una caja de madera que tenía su madre y comenzó a guardar palabras, palabras que lo asombraban, palabras que no entendía, palabras que lo transportaban a otros universos, curiosas, extrañas, divertidas, palabras que podrían tener varios sentidos y, con un diccionario en manos, las anotaba, estudiaba sus significados para asir de esa manera el poder casi infinito que contiene cada una de ellas.
Al principio, esa fascinación por las palabras se inició en Carvalho Oliva porque se avergonzaba de su tartamudez y quería aprender de cada una de ellas y, además, pronunciarlas correctamente. Luego vendría la certeza de que las palabras, de acuerdo con la sensibilidad del poeta, del escritor, sufren una transformación oculta, y se redescubren nuevos significados en ese proceso de crear una obra literaria o un poema.

Para Mark Strand, el poeta canadiense Premio Pulitzer, Premio Wallace Stevens y Medalla de oro en Poesía, de la American Academy of Arts and Letters, también las palabras tienen ese peso sustancial. Strand sostiene: “Lo que se conoce de un poema es su lenguaje, es decir, las palabras que usa. Sólo que en un poema estas palabras parecen distintas. Resultan raras hasta las más familiares. En un poema cada palabra es importante, su intensidad es máxima, por lo que goza de un peso que rara vez adquiere en la ficción...”. Y agrega: “Aunque las palabras pueden representar cosas o acciones, cuando se combinan pueden representar algo más: lo no dicho, la unidad de antemano desconocida de la que el poema es ejemplo”.
Entre los comentarios y críticas sobre la obra de Carvalho Oliva se encuentra la del poeta Piero De Vicari, quien escribe: “La poesía de Homero Carvalho Oliva nos acerca a esa otredad que fluye en sus versos con la identidad de lo próximo. Su palabra es búsqueda, pero también inquisición, reflexión y testimonio, un hueso que roe la profundidad del ser para ligarse (y religarse) a un paisaje que lo reconoce como parte, nunca aislado espectador. Desde esa perspectiva, su obra jalona alumbramientos y lo ubica, sin ninguna duda, entre los mejores poetas bolivianos de hoy”.
Para la escritora argentina Emilia Baigorria, “la naturaleza es fundamental en su relación con el ser, es una simbiosis real y poética entre ambas. Revelan la épica del origen, de la comunión de vida, del entendimiento en la expresión de cada pueblo que, aun de distintos lugares, tenía un mismo techo común y significativo al momento del habla”.
Mientras que la investigadora boliviana Ana Rebeca Prada destaca: “La sólida capacidad para abarcar diferentes realidades que le preocupan y el intento logrado de manejar estructuras narrativas que maximizan el efecto, incluye la cuentística de Carvalho Oliva en el espacio literario que se inscribe en las profundidades de nuestra realidad política y social (...). La visión del cuentista ambiciona el total y busca agregar todo elemento a su preocupación esencial: la del derecho básico a la libertad, a la paz, a la vida”.
Nacido en Santa Ana del Yacuma en 1957, Homero Carvalho Oliva ha obtenido premios de cuento, poesía, microcuento, novela y ensayo dentro y fuera de Bolivia. Su obra literaria ha sido publicada en otros países por prestigiosas editoriales y traducida a varios idiomas; poemas, cuentos y microficciones suyas están incluidos en más de cincuenta antologías internacionales, además de revistas y suplementos literarios por todo el mundo. Es autor de antologías de poesía, de cuentos y microcuentos publicadas en varios países, como la antología La poesía del siglo XX en Bolivia, publicada por la prestigiosa editorial Visor de España, y otra selección publicada por la Fundación Pablo Neruda, de Chile, así como también de selecciones personales de su poesía y de sus cuentos. Dirige las colecciones digitales de novela y microficción de la editorial española BGR y su obra es estudiada en universidades de Iberoamérica.
¿Qué es lo que más recuerda de su infancia?
A veces me pregunto: ¿habremos imaginado nuestra infancia? Y prefiero dejarlo así, porque hay cosas que prefiero creer que las viví. Nuestra memoria puede convertirse en un niño travieso, que nos juega bromas pesadas y nos hace añorar aquello que todavía no hemos perdido. Entonces tengo nostalgia de lo que creí sería mi futuro. De lo que sí estoy seguro es que cuando era niño, en mi pueblo, Santa Ana del Yacuma, en plena selva amazónica, y llovía a cántaros, la lluvia era fiesta que caía del cielo y todos salíamos a festejar, a mojarnos... También recuerdo que a esa edad los juguetes nos permitían ser dioses.
La poeta María Negroni afirma que “la poesía es la continuación de la infancia por otros medios” y yo le creo. Especialmente cuando las calles de mi barrio vuelven a mi memoria y corro por ellas buscando al niño que jugaba en las aceras.
¿Puede visitar, en algún momento, la casa de su infancia? Me refiero a si sigue en pie o están viviendo allí otras personas.
Lamentablemente, no pude hacerlo, por eso la imagen que tengo de ella es la que me contaba mi madre, Janola Oliva Mercado. Una choza, con techo de palmas, patio de tierra recién barrido, humedecido para que no se levante el polvo, y ese olor a tierra húmeda me reconforta. Mi madre aún me recuerda que en el patio enterró mi ombligo para que nunca olvide de dónde vengo. Ese recuerdo del recuerdo es mi ánima, la energía que me impulsa a seguir escribiendo, porque para mí, mi pueblo y la región amazónica no son un lugar, son un estado del alma. Por eso la tinta con la que escribo es el agua de los míticos ríos de mi infancia.
¿Qué aprendió de su madre? ¿Su padre le daba consejos sobre cómo se debe vivir la vida?
Tuve un sueño: estaba sentado sobre las faldas de mi madre, en el patio de nuestra casa en Santa Ana del Yacuma, bajo la sombra de unas palmeras y de unos árboles de sinini y tamarindo; acurrucado en su regazo, la miré a los ojos y le pedí que, cuando yo fuera grande, me hiciera recuerdo de lo que quería ser de niño. Ella, rodeada de nubes tempraneras, arrancó la espina de un totaí, la mojó en un pequeño charco, tomó una hoja de un árbol, me las entregó sonriendo y me dijo: “Escribe, hijo mío, escribe”.
Mi padre fue la biblioteca; era un hombre culto e ilustrado, como el hombre de un cuento de Ray Bradbury, que estaba lleno de historias. Por sus consejos leí a los clásicos universales: Aristóteles, Sócrates y Platón en la filosofía, y Homero, Dante, Shakespeare y Cervantes en la literatura. Soy de la generación que creció leyendo al boom latinoamericano que reinventó la literatura en lengua castellana, y recuerdo que, cada vez que lo visitaba en Trinidad (mi madre estaba separada de él), tenía los últimos libros de García Márquez, Vargas Llosa, Carpentier, Rulfo, Borges, Cortázar, Amado, Onetti y los de poetas como Neruda, Pizarnik, Vallejo y Huidobro. Además, por supuesto, de literatura nacional.
Si mi padre fue la escritura, los libros y los atlas, mi madre fue la naturaleza, el viento y las estrellas. Mi padre fue la sabiduría de las civilizaciones de moxos, y mi madre es la sabiduría del agua de la tierra amazónica. De ambos aprendí a leer y a escribir, como se debe aprender más allá de la escuela si quieres ser algo en la vida.
¿Cuáles fueron sus lecturas iniciales? ¿Le siguen gustando?
Resulta que, de verdad, me llamo Homero. Nombre que fue una carga, tanto social como literaria. Homero es un nombre feo y de niño mis compañeros de juego en mi pueblo me lo hacían saber, burlándose de mí; recordemos que los niños son crueles. Además, nadie en el pueblo se llamaba así, no existía ninguna referencia familiar. Esa angustia me impulsó a preguntarle a mi padre por qué me había bautizado con ese nombre y él se excusó diciéndome que cuando aprendiera a leer y a escribir, me lo explicaría. Y así fue, un día me trajo una versión infantil de La Ilíada y me aclaró que me llamaba Homero por el autor de esa obra; a partir de entonces me sentí orgulloso de mi nombre. Años más tarde, leí La Odisea y La Ilíada en sus versiones para todo público, al igual que El Quijote, Cien años de soledad, Hojas de hierba... Creo que son los libros a los que siempre vuelvo.
¿Cómo fue su etapa de adolescente? ¿Escribía poemas de amor o se refugiaba en la lectura o en las tertulias con los amigos?
Sí, escribía poemas de amor. Cursis, por supuesto; como enseñaba mi maestro Pessoa, no serían de amor si no lo fueran. En el colegio, aceptaba encargos: mis versos viajaban en manos de amigos que querían conquistar a alguna muchacha. Leía de todo, incluso Selecciones del Reader’s Digest. Tenía amigos, salíamos, reíamos, jugábamos. La vida era ligera, como un papel recién escrito que se lleva el viento de los Andes, porque me crie en la ciudad de La Paz. De joven, me perdí en la política intentando encontrarme. Ingresé a una organización de izquierda y me volví un militante aburrido que sólo hablaba de marxismo, clases sociales, contradicciones históricas... Dejé de escribir poemas ridículos y aprendí a redactar panfletos ridículos. Por ahí, alguien recogió un poema mío, de esa época, y lo incluyó en una antología de poesía revolucionaria; por suerte está anónimo.
¿Recuerda el primer poema que escribió o alguna línea?
La verdad es que me hubiera gustado recordar alguno de los que le escribí a una muchacha por encargo de un amigo que estudiaba en el colegio militar y no podía salir muy seguido a verla. Ella se dio cuenta de que era yo el autor de esos versos apasionados y fuimos desleales con el amigo que se sacrificaba para defender a la patria. Creo que nunca me lo perdono.
¿Se sabe de memoria algún texto suyo, un poema, algún párrafo o unas primeras líneas?
El poema “Nosotros”:
Fuimos tantas veces nosotros
que me fui olvidando
que tú eras tú y yo era yo.
Hoy después de tantos años
extraño que tú no seas tú y yo no sea yo.
¿Cuál es el premio que le sorprendió más cuando se lo otorgaron, que no lo esperaba?
Cuando estuve exiliado en México, año 1980, gané el Premio Latinoamericano de Cuento y eso me hizo ilusionar; al retornar a Bolivia en el año 1981, ya tenía muy claro que quería ser escritor. En Bolivia no quise continuar con mis estudios porque algo se había quebrado en mi interior para dar lugar al nacimiento de otro ser. México y el premio me cambiaron para siempre. En La Paz me dediqué a cierta desenfrenada bohemia literaria con grupos de escritores que creían que el alcohol y la droga eran medios para la iluminación. Durante muchos años estuve confundido con ellos, hasta que un par de décadas después decidí dejar atrás ese mundo de apariencias y, la verdad, me fue mejor; me dediqué a escribir y la literatura me agasajó con premios, viajes, buenos amigos y anécdotas inolvidables.
¿Cómo fue el proceso de la escritura de su primer libro?
Dicen que Víctor Hugo escribía desnudo, Hemingway de pie, Edgar Allan Poe con su gato sobre el hombro, James Joyce acostado boca abajo. Sé que algunos necesitan de lugares especiales, cabañas en la montaña o frente al mar; yo lo único que necesito es saber que ya tengo la historia en mi mente y la escribo así haya gente a mi alrededor o llegue el apocalipsis. Escribo porque no sé vivir sin hacerlo. Honorato de Balzac tomaba hasta cincuenta tazas de café y afirmaba que la literatura es un oficio de nalgas, que hay que sentarse y escribir; así es, y cuando la escritura nos posee, no hay excusa válida.
¿Siempre lleva consigo una pluma y una libreta para escribir en cualquier lugar o espera la calma de su escritorio para trabajar de manera consciente?
Escribo con pluma fuente, hábito aprendido de niño. Cuando empecé a escribir, en el siglo pasado, solamente necesitaba una hoja de papel, luego una máquina de escribir (aún guardo la que mi madre me obsequió en el año 1970); ahora escribo directamente en computadora; sin embargo, tomo apuntes en hojas sueltas, en mi teléfono, en servilletas, en páginas en blanco de los libros que leo (aunque sea una herejía, lo hago cuando no hay más alternativa).
¿Reescribe constantemente o no toca lo ya escrito?
Sí, me obsesiona corregir; es la etapa que más disfruto. Imprimo y reviso, porque en el papel afloran errores invisibles en pantalla. También uso corrector en línea. Incluso esta entrevista pasó por uno de esos programas gratuitos, aunque sé que la última palabra —y la última coma— siempre serán mías.
¿Le gustan los recitales, leer en público, oír a otros poetas?
Definitivamente, me agrada leer en voz alta, dejar que mi voz acaricie las palabras hasta que se vuelvan río y lleguen a otros océanos, a otros oídos. Me gusta estar con poetas y otra gente peor, como quien comparte un pan sagrado. Y me gusta el público: sus miradas son semillas, sus silencios, tierra fértil donde espero que mis poemas germinen. En ese instante, ya no soy yo quien habla, sino la voz que viaja de boca en boca, hasta perderse en la noche, donde quizá otro poeta —o un lector secreto— recoja mi voz y la siembre de nuevo. He tenido suerte, que es otro de los nombres de Dios, de que me inviten a algunos de los mejores festivales del mundo, ferias internacionales del libro y/o encuentros temáticos.
¿Cuál es su método para abordar un poema? ¿Escribe una línea que la invade o espera que el universo de un poema adquiera fondo y forma para ir directamente a la computadora y escribir de un tirón?
Escribo narrativa y poesía. Cuando me preguntan la diferencia entre ambos géneros, respondo que en la narrativa los escritores somos dioses creativos: creamos los personajes, los espacios, los tiempos, las circunstancias y la historia; en cambio, cuando escribimos poesía, la poesía es Dios/Diosa y convierte al poeta en su personaje en el poema. No tengo un método definido. Algunos poemas los escribo de un tirón y tardo algunos días en corregir; otros me ocupan meses, como el poema “Distopía”, tres meses, y tuvo una gran acogida entre los lectores y críticos de literatura.
¿Puede describir cómo fue el proceso para publicar su primer libro? ¿Fue difícil? ¿Esperó mucho tiempo?
Para publicar mi primer libro, Biografía de un otoño, fui acumulando cuentos, publicando en suplementos literarios o revistas que nosotros mismos imprimíamos en policopiados. El premio de México (1980) fue definitivo para animarme a publicar el año 1983. En ese libro incluí cuentos que habían recibido premios en México y en Bolivia. Es un libro impreso en una vieja imprenta tipográfica donde los obreros gráficos componían las páginas letra por letra, encajando los tipos de plomo en cajitas de madera. El taller olía a tinta y a historia. Su dueño, don Waldo Álvarez, había sido el primer ministro de Trabajo en el gobierno de David Toro, en 1936. Para mí era un privilegio estrechar su mano: bajo su gestión se instauró la jornada laboral de ocho horas y se impulsó la sindicalización obligatoria. Entre aquellos tipos metálicos, también se imprimía memoria; se decía que don Waldo había publicado manifiestos y panfletos contra las dictaduras. Fue difícil conseguir el dinero para la publicación, un par de años, pero la espera valió la pena. Ahora ese libro es una reliquia de museo.
¿En la actualidad sigue siendo difícil o su trayectoria le ha allanado el camino de las publicaciones?
La verdad verdadera es que ahora me llaman las editoriales para que publique con ellas. Me imagino que tiene que ver con mi trayectoria; más de cuarenta años publicando y con el hecho de que he ganado premios en todos los géneros: novela, cuento, poesía, microrrelato y ensayo. Modestia aparte, en el extranjero me han publicado más de veinte libros, entre novelas, cuentos y poemarios. Me enorgullece, por ejemplo, que la prestigiosa editorial Visor, de España, me haya invitado a compilar la antología de la poesía boliviana que publicó el año 2015. Esa antología ha permitido que nuestra poesía esté en las vitrinas y ferias del libro de todo el planeta.
¿Cómo es ese momento cuando siente que termina un libro? ¿Se siente vacío o satisfecho?
Cuando siento que he terminado de escribir un libro, me inunda una mezcla de emociones. Por un lado, la satisfacción y alivio al haber completado un proceso creativo que me ha consumido. Es un logro que me libera de la ansiedad de enfrentar la página en blanco. Sin embargo, también me acompaña un profundo vacío, ya que me aterra la idea de que ese mundo, los personajes que he creado o los versos que he poetizado ya no estarán más en mi mente y que con ellos se acabó mi creatividad. La dualidad entre la alegría de haber concluido y la tristeza de despedirme de una historia, que ha sido tan parte de mí, es lo que hace que este momento sea tan intenso como el orgasmo.
¿Cree que la literatura, la poesía, salvan?
La poesía nos ayuda a la meditación y a la reflexión acerca de la vida misma. Por eso la poesía no puede ser únicamente un objeto del intelecto, una cosa académica, sujeta a interpretaciones científicas. La poesía, por su carácter humano, está más cerca de la magia que de la ciencia, más cerca de los sentimientos que de la razón. Y el poema puede convertirse en un puente sensorial entre el autor y el lector, de tal manera que se confundan en ese vínculo casi sagrado en el que el lenguaje da cuenta del ser humano y el ser humano da cuenta del lenguaje.

Ese es el mensaje de un cuento de Jorge Luis Borges titulado “De la salvación por las obras”; lo voy a resumir. En un otoño mítico, las divinidades del Shinto se reunieron en Izumo, ocho en total, para deliberar sobre el destino de la humanidad. Tristes, pero impenetrables, recordaron la creación del mundo: mares, peces, arco iris, plantas, animales y el tiempo, dividido en días y noches. Observaron que el hombre, a diferencia de la abeja, había creado variaciones: herramientas útiles como el arado y la llave, pero también la espada y la guerra. Ahora, había inventado un arma invisible capaz de destruir la historia. Una divinidad propuso borrarlo antes de que cometiera ese acto insensato. Hubo silencio. Otra, con calma, admitió que el hombre había concebido horrores, pero también belleza, como la que cabe en un poema de diecisiete sílabas. Pronunció un haikú en un idioma incomprensible para el narrador. La divinidad mayor, con autoridad, decidió que la humanidad debía perdurar. Así, un simple haikú salvó a la especie humana de su aniquilación. Borges sugiere que la belleza y la poesía pueden redimirnos incluso frente a nuestros peores excesos, recordándonos que, en el equilibrio entre destrucción y creación, el arte puede inclinar la balanza hacia la salvación. Concluye: “La divinidad mayor sentenció: Que los hombres perduren. Así, por obra de un haikú, la especie humana se salvó”.
Para ser sincero, a mí la literatura y el amor de mi familia me salvaron del suicidio.
En esta época, ¿qué le da miedo?
La soledad. En esta era de pantallas encendidas y rostros pixelados, descubro que la soledad ha cambiado de máscara. Antes era un cuarto vacío; hoy es un chat sin respuesta, una llamada que nunca llega. Me asusta esta soledad acompañada, disfrazada de conexión, porque en ella no hay abrazos ni miradas que sostengan. Los íconos verdes y los “me gusta” son espejismos: prometen cercanía, pero dejan un vacío. Temo que un día, entre notificaciones y algoritmos, olvide cómo suena la voz humana al pronunciar mi nombre sin que lo filtre un micrófono.
¿Cree que computadoras, teléfonos móviles, correos electrónicos, la web o Internet han cambiado la manera de leer libros, de interactuar con otras personas?
Sin duda han transformado profundamente nuestra forma de leer y relacionarnos. Antes, un libro exigía tiempo, quietud y concentración; ahora convivimos con la lectura fragmentada, interrumpida por notificaciones y enlaces que nos arrastran a otros mundos antes de terminar una página. La interacción humana, antes cara a cara, se ha vuelto inmediata, pero mediada por pantallas, con gestos y emociones reducidos a emojis. Aunque la tecnología facilita el acceso a información y conecta distancias, también fomenta la dispersión y la prisa. Leer y conversar se han vuelto actos menos contemplativos y más veloces, donde la profundidad compite con la inmediatez.
¿Utiliza la inteligencia artificial para sus tareas cotidianas: email, recordatorios, etc.?
Por supuesto que sí. Son herramientas indispensables en mi vida cotidiana.
¿Cuál poeta o narrador cree que ha definido de una manera más rotunda a Bolivia?
Creo que el poeta Óscar Cerruto a Bolivia, luego tenemos a poetas y escritores que definen regiones o ciudades como Jaime Saenz a La Paz, Raúl Otero Reiche a Santa Cruz de la Sierra, Roberto Echazú a Tarija, Gaby Vallejo a Cochabamba, Alberto Guerra a Oruro, Antonio Carvalho Urey al Beni, Jaime Mendoza a Potosí y Matilde Casazola a Chuquisaca.
¿Qué libro recomendaría para alguien que quiera conocer Beni?
Los libros de mi padre, Antonio Carvalho Urey, que dedicó toda su vida y su escritura a ese territorio.
¿Qué libro suyo le recomendaría a un crítico literario?
Un libro titulado Los reinos dorados, que rescata las civilizaciones de Moxos, que me permitió ser invitado a muchos festivales internacionales de poesía, y un poema, “Los abuelos”, que está en mi libro Bautizar la ausencia y que ha sido leído por muchos poetas de otros países en videos que circulan en las redes sociales. Los reinos dorados ha sido estudiado en tesis de maestría y doctorados. Las doctoras Gisela Reis y Cristina Ramalho escribieron un ensayo comparándolo con el libro Poema de Chile, de Gabriela Mistral. Para cualquier escritor, que lo comparen con un premio Nobel es una gran satisfacción.
¿Por qué escribe?
Escribo porque no sé vivir de otra manera. Las palabras son mi manera de respirar, de dialogar con los vivos y con los muertos, de salvarme de la fugacidad del tiempo. Escribo para recordar lo que la memoria quiere borrar y desvelar lo que la realidad niega. Es un acto de fe en que el lenguaje todavía puede revelar misterios y abrir caminos. Escribo porque el silencio me asfixia y porque en las historias que escribo también me invento a mí mismo. Al final, escribo para dejar constancia de que estuve aquí, soñando a mi país, a mi gente, a mi familia, a mis hijos, en fin... a los que amo y también a los que detesto porque son los mejores para representar a personajes.
Poemas de Homero Carvalho Oliva

Pájaros y versos
El poeta Nuno Judice
afirma que cuando quiso
escribir sobre un pájaro,
éste huyó del verso.
Lo intenté de otra manera:
sembré semillas en los versos
y los pájaros vinieron al poema.
La Creación
Dios dijo apáguese la luz
tu ropa cayó al piso
y el mundo se iluminó.
Palabra sagrada
Una palabra para devolvernos lo sagrado: Ave/Eva
Leyenda
En mi pueblo
los peces viven
en los ojos de los pájaros;
cuando tienen hambre
van a la laguna y lagrimean,
cada lágrima contiene un pez;
luego juegan a pescarlos.
Página con mujeres
Las mujeres de la mañana,
recorren el mercado del pueblo
como aves en un jardín;
van de las frutas a las flores,
de las verduras a la carne
y sus manos son alas
batiendo donde posarse.
Las mujeres de la mañana
hacen del mercado
............................un Paraíso.
Vino bautismal
La Biblia no se equivoca,
solamente los poetas
se atreven a transformar
el agua en vino,
para bautizar las palabras.
Río nostálgico
Inolvidable río de mi pueblo,
repentino nace en las pupilas,
gota florecida en los recuerdos,
manantial de imágenes peregrinas,
fluye desde la inocencia redimida.
Así es el río que moja mis pies,
humedeciendo mi piel,
como si las mansas aguas
de la crepuscular inundación
nuevamente se sumergieran en mí.
Wuliwya
En el país de la memoria
donde las alpacas
y las vicuñas aún corretean
en el que todavía soy niño
recuerdo que
en un pequeño librero
perdido en la biblioteca
de la solitaria escuelita
del ayllu de Q’ara Qhatu
había un gran atlas
de mapas un libro
decía el profesor
y una vez al año
para las fiestas de la patria
orgulloso nos mostraba
que entre sus ilustradas hojas
estaba nuestro país Bolivia
nosotros los aymaras
siempre dijimos
Wuliwya
yo tardé más de medio siglo
en pronunciar bien
el nombre de la patria
(nunca soñé con ella
porque nunca supe lo que era
y hasta ahora sigo esperando
que alguien me lo cuente)
en ese antiguo atlas
y en el centro de Sudamérica
recortado por sus límites
con otros cinco países
está nuestro país
en su interior se dibujan
la Cordillera de los Andes
y sus altas montañas viejos achachilas
el altiplano y el gran lago compartido
la inmensa llanura verde esmeralda
las manchas de los bosques húmedos
y como pequeñas serpientes
sobre el brillante papel
se trazan los fabulosos ríos amazónicos
lejos de sus fronteras está el mar
siempre pintado de color azul
de la esperanza su color diciendo
y más lejos aún estamos nosotros
de los ayllus sus habitantes
tan lejos que no nos vemos en ningún mapa.
Microcuentos
Crear un hogar
No es tan sencillo crear un hogar. Cada uno debe traer sus libros junto con sus sombras cotidianas. Las fotos de la familia y los sueños de la tribu. La lista de amistades y las canciones postergadas. Las vergüenzas íntimas y los ángeles redentores. Los fracasos vienen solos y las escasas virtudes aparecerán cuando se las necesite; imprescindibles son los defectos, porque sin ellos no podremos amarnos como se debe.
Atrapando historias
Les hicimos creer a los de afuera que el quipu era únicamente número y ellos olvidaron que los números también cuentan. Así diciendo, empezó a explicar: El quipu parece impenetrable, rudo; sin embargo, son generosos cuando se entregan a su poseedor. Es un tejido de palabras e imágenes. Los hilos tejen cerros, nubes, ríos, aves, animales, así como sentimientos y emociones. Mezcla de números y colores. ¿Por qué números? Porque en el universo somos algo, una partícula, un elemento, un número. ¿Por qué colores? Porque somos matices de una misma realidad, somos únicos y diversos al mismo tiempo. Los nudos de los quipus ordenan la realidad otra, la que nadie quiere ver y acercan el mundo de ustedes a nuestra realidad. Existen jaqi quipus que hablan de la gente, así como nudos machos o urqu chinu y nudos hembras o qachu chinu, expresó el sabio y hábilmente enlazó palabras, entre el cordel matriz, diciendo: los quipus son como telarañas que atrapan las historias de la gente, y yo pensé que el quipu es signo y símbolo, es significante y significado, es palabra e imagen. Pensé en una mujer embarazada.
Poética
La literatura es la perfecta metáfora estelar del tiempo, porque encierra el pasado, el presente y el futuro. Es infinita, como si cada libro fuera tan sólo la palabra de un libro perpetuo que se escribe sin cesar. Está en eterno movimiento, nominando los mundos interiores, la vida cotidiana y la búsqueda espiritual, y se transforma en acción si el libro es leído y comprendido; entonces se convierte en una onda imperceptible que intenta interpretar el caos. Cuando el orden definitivo suceda al caos, la literatura ya no será necesaria y nosotros, los seres humanos, no tendremos sentido y los mundos, los soles y las galaxias desaparecerán, no existirá nada y la nada es la negación de la palabra. Ese será el momento, cuando la Divinidad volverá a despertar y conjugará nuevamente los verbos, para que todo vuelva a existir.
Tornaviaje
¿Quién es?
No es nadie, sólo soy yo
Tal vez me queden muchas preguntas por hacerle a los caminos, pero ya me han respondido las necesarias y ya sé que somos lo que caminamos, así que, cuando aparezca un nuevo camino, sabré que estoy frente a un espejo y cargaré con tinta azul marina mi antigua pluma fuente, para contar de los seres de palabras que encuentre en la travesía; yendo y viniendo de la memoria a la escritura seguiré contando historias. He caminado hasta mi alma y ahora sé que mi alma puede soñar con mi cuerpo, y aunque mi cuerpo quede sedentario, mi alma seguirá siendo nómada. He reconocido que la voz interior que me acompaña desde mi niñez, cuando la creía un amigo imaginario, lo hará para siempre, y ella me ha enseñado a verbalizar el sustantivo esencia para “esencializar” la palabra. Me he apropiado de mi espacio, he encontrado mis raíces y una renovada melodía oral me despierta por las mañanas, ahora sé que pertenezco a los que me aman. Las palabras fueron el viaje y la poesía el retorno.
- Monia Pin:
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