
Alfredo Pérez Alencart
(Puerto Maldonado, Perú, 1962)
Poeta peruano-español y profesor de la Universidad de Salamanca. Es director, desde 1998, de los Encuentros de Poetas Iberoamericanos que se celebran anualmente. Tiene doce libros publicados y su poesía ha sido analizada en seis obras de ensayo y traducida parcialmente a cincuenta idiomas. Ha recibido, por el conjunto de su obra, el Premio Internacional de Poesía Vicente Gerbasi (Venezuela, 2009), el Premio Jorge Guillén (España, 2012), el Premio Humberto Peregrino (Brasil, 2015) y la Medalla Mihai Eminescu (Rumania, 2017). Es presidente del Premio Internacional de Poesía António Salvado-Ciudad de Castelo Branco (Portugal) y del Premio Rey David de Poesía Bíblica Iberoamericana (España), además de jurado y coordinador literario del Premio Internacional de Poesía Pilar Fernández Labrador.
Conocí al poeta Alfredo Pérez Alencart en 2023, durante el Festival Internacional de Poesía de Cali, Colombia. Volvimos a encontrarnos durante el I Festival de Poesía de la Nada, realizado en Cali en 2025. El motivo de esta entrevista es conocer sobre este poeta andariego, con aguda conciencia de las palabras y de su poética, que viaja todo el año por varios países del mundo para escuchar nuevas voces de la poesía y difundir con pasión el trabajo de poetas emergentes. Hombre de gran escucha, paciencia infinita, buen sentido del humor y de sencillez extrema, se autodenomina “aprendiz de poeta”, su tono de voz pausado es una manifestación de su paz interior, de su poesía atravesada por una gran espiritualidad y el Amado galileo.
—¿Qué puede decirme acerca de la arquitectura de su texto poético?
—En primer lugar, escribo en verso libre, bien amarrado al ritmo y la música de las palabras. En soledad, practico el soneto que, para mí, es la esencia máxima del lenguaje poético siguiendo la rima y la métrica que lo caracteriza. Lo escribo (pero no publico) como ejercicio de contención para amoldar las palabras a un breve espacio, pero los desecho porque sé que no son textos conmovedores. La búsqueda artificiosa de la rima y la métrica puede dar un resultado perfecto en cuanto a la forma, pero para mí son cartón piedra, sobre todo si sabemos reconocer las grandes métricas del siglo XVI que nos han legado las mejores muestras del soneto. En la actualidad, hay pocos poetas que logran escribir bien los sonetos, y es necesario reconocer la calidad de sus textos. En cuanto a la forma, el poema mismo lo pide. A veces pienso que voy a escribir un poema río y sale un poema breve, y otras veces sucede lo contrario. En los últimos dos años me he volcado hacia los poemas breves, que son los más difíciles, sobre todo si se quiere escribir con un lenguaje sencillo que lo entienda cualquier tipo de lector, desde un académico hasta un escolar.
—¿Podría explicarme qué es para usted la contención en poesía?
—En mi libro Savia de las antípodas, me adentré en el haikú de manera orbital, no sigo la métrica de Occidente, la métrica oriental del haikú es diferente. En esta obra, quise plasmar la esencia de Oriente traspasada por mi impronta. El haikú es el grado sumo de contención, que me ayudó bastante a llevar el lenguaje a su mínima expresión para decir mucho, pero este trabajo no es fácil. El poeta debe contenerse de vaciar sus sentimientos en el papel.
—Si uno de los aspectos fundamentales por los que vale la pena escribir poesía es despertar la emoción en el lector, en la actualidad hay poetas que escriben de manera críptica, que no conmueve a los lectores y, por el contrario, aleja de la poesía. ¿A qué cree que se debe este fenómeno?
—Esto se debe al desánimo del propio poeta, creador de sus textos. El poema no puede ser una catarsis psicológica, me refiero a las abstracciones. Lo críptico es un tema muy trillado. Ya los poetas franceses, precursores del surrealismo, lo hicieron, y los admiro, pero el surrealismo comenzó siglos atrás en la Biblia, concretamente en el Apocalipsis. Cuando Juan está en la isla de Patmos habla de caballos verdes, dragones en el cielo. De hecho, el Apocalipsis (revelación), es un libro que admite muchas interpretaciones. La poesía no puede ser hermética, debe emocionar al lector.
—¿Cómo da usted el paso hacia la poesía mística?
—Mi relación con la mística o la poesía con anclaje bíblico sucede largos años después de que empezara a escribir, porque yo era un ateo redomado, pero muy tolerante y respetuoso con las distintas religiones. Mi esposa era cristiana protestante, y yo nunca había abierto la Biblia. Esperó más de diez años de casados y cierto día me invitó a la primera parte de la reunión en la que estudiarían los salmos, y el expositor era muy bueno. Luego, me invitó a participar del culto y, aunque al principio me negué, terminé asistiendo porque quedé admirado de que muchas personas que no tenían ningún estudio tuvieran un gran dominio de la palabra. Ese juego de voces, de lecturas, me llamó la atención y me quedé ahí hasta ahora, sólo por el amor a la palabra. Después empecé a leer la Biblia, la he leído cinco o seis veces, siempre tomando nota. Fue así como descubrí que, en el Evangelio de san Juan, aunque estaba escrito en prosa, mi oído de poeta escuchaba versos endecasílabos. Posteriormente, me enteré de que la Biblia, tanto la católica como la protestante, en sus orígenes, desde Génesis hasta Apocalipsis está escrita en verso y contiene mucha poesía. Por ejemplo, el libro de Isaías está escrito todo en verso. Por la palabra conocí a fondo a Jesús, es él quien me conmueve y lo he adoptado como el Poeta Mayor del Reino. Jesús fue un poeta-profeta, sólo él podía hacer la revolución del amor y otras revoluciones. No tenemos su poesía, pero tenemos sus parábolas, que son grandes metáforas. Mi poesía es una ofrenda a lo que he aprendido del Amado galileo y de los otros grandes poetas bíblicos.
—¿Considera usted que el oficio del sacerdote y el del poeta coinciden en algo?
—Creo que somos primos hermanos o casi gemelos. “Una palabra tuya bastará para salvarme”, expresan los dos. La traducción original y literal del versículo “El verbo se hizo carne” es “El poema se hizo carne”. Jesús es el poema de Dios. El gran poeta español Miguel Ángel Valente, en su obra Las palabras de la tribu, presenta la voz del poeta como si procediera directamente de la palabra divina, de un núcleo creador y común a toda expresión verdadera. Tanto el sacerdote como el poeta experimentan de algún modo el desbordamiento de la palabra para decir lo inefable. Todos somos hechuras, poemas de Dios, y los poetas-sacerdotes son sus más genuinos traductores. La poesía está anclada al misterio y a lo divino, siempre se ha vinculado a la religiosidad o espiritualidad del ser humano.
—A propósito del poeta español, José Ángel Valente afirma: “Un poema no existe si no se oye, antes que su palabra, su silencio”. ¿Usted cree que un poema tiende por naturaleza al silencio?
—Sí, estoy completamente de acuerdo y agregaría algo más. Un poema es resultado de la ordenación del caos; de la nada surge el poema y el poeta es un ordenador de palabras. Como cuando se construye una edificación. Con los mismos materiales de construcción puedes hacer un buen edificio o una casucha, depende de qué tan bien uses los materiales con los que construyes. Tengo una anécdota al respecto. Alguna vez me invitaron en México a que diera un taller de poesía; confesé que jamás lo había hecho, pero me insistieron en que lo hiciera y lo hice. Propuse a cada uno de los asistentes que escribiera bien sea un poema, relato o fragmento, luego yo los llevaría a casa y construiría, con los mismos materiales, un nuevo poema para el día siguiente. El resultado fue muy enriquecedor, el ejercicio sirvió para que comprendieran que una cosa es la teoría y otra la práctica de la escritura del poema. En ese ordenar el caos de las palabras es donde está el misterio de la poesía.
—¿Qué poetas mujeres ha leído y a cuáles admira?
—Admiro a muchas, pero quiero citar a algunas: Olga Orozco, una gran hechicera; Eunice Odio, para mí, la más grande poeta; Ana Enriqueta Terán, inmensa poeta; Alejandra Pizarnik, una poeta diferente en todo; sor Juana Inés de la Cruz, en el principio de América.
—¿Considera usted que a la obra poética de María Zambrano se le concedió en España la importancia que merecía como poeta?
—Hay varias autoras en España que han estudiado la obra de María Zambrano, a quien considero una mujer erudita, una gran referente de la poesía española, que aun escribiendo prosa, escribe poesía asequible a todo tipo de lector, sin asumir posturas filosóficas. Una gran trasmisora de la poesía de todos los tiempos.
—¿Qué relación puede establecer usted entre ética y poesía?
—Creo que todo poeta genuino debe tener ética. La ética debe estar siempre presente en la poesía, no como una doctrina, sino como una construcción humana. El poeta debe ser consecuente con la poesía que escribe y estar al margen de la política y todo tipo de denominaciones ideológicas.
—Desde su punto de vista, ¿la poesía se descubre, sucede o viene desde lo alto?
—La poesía te descubre, te elige o no te elige, porque es una dama muy esquiva. Sucede cuando la gestación de poesía es buena y llega a su término. La poesía es misteriosa y puede venir de lo alto; casi en todas las religiones los libros sagrados son poéticos.
—Según la poeta rumana Ana Blandiana, “la poesía no es una forma de sobrevivir sino un modo de morir segundo tras segundo, hasta que ya no puedes morir”. ¿Qué piensa usted?
—En mi caso, cuando me preguntan si vivo de la poesía, respondo que nunca he vivido de ella. Trato de vivir en poesía o para la poesía, que es diferente. Para sobrevivir doy clases de Derecho del Trabajo. Mi vida sin poesía no sería la misma. Ser aprendiz de poeta es una forma de existir, de llevar el tránsito existencial de manera más asequible.
—Una última pregunta: ¿cree que “la poesía puede salvar el mundo”?
—No salva el mundo, no podemos ser tan utópicos, pero sí sé que es un bálsamo para muchas penas. La poesía no arregla el mundo, pero sí gana mucho con la paz que logra una persona que se adentra en la lectura de buena poesía. El lugar de la poesía es el propio espíritu del ser humano.
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