
Carmiña Navia Velasco (Cali, Colombia, 1948) es poeta, ensayista, maestra, feminista y teóloga, comprometida con las mujeres de bajos recursos. Es licenciada en Letras y magíster en Lingüística y Español de la Universidad del Valle, donde se desempeñó como docente de Literatura y como investigadora del Centro de Género; magíster en Teología de la Universidad Javeriana, en Bogotá, y especialista en Estudios sobre Lengua y Literatura Española en el Instituto Iberoamericano de Cooperación, en Madrid. Entre sus reconocimientos más destacados están: finalista del Concurso Internacional de Poesía Mística Fernando Rielo, con el poema “Oráculo” (2000); Premio Casa de las Américas en la modalidad de Premio Extraordinario sobre estudios de la mujer, por Guerra y paz en Colombia: las mujeres escriben (2004); doctora honoris causa en Literatura por la Universidad del Valle, Cali (2013), y Premio Internacional de Literatura Virginia Woolf (2024). Desde 2024 es miembro correspondiente de la Academia Colombiana de la Lengua. Su obra poética y ensayística es reconocida dentro y fuera de su país.
—¿Qué momentos de su formación —intelectual o vital— fueron decisivos para la construcción de su mirada como escritora y crítica literaria?
—Hay varios momentos. Cuando era estudiante de Letras en la universidad leí las obras autobiográficas de Simone de Beauvoir; entre éstas, Memorias de una joven formal, definitiva para mí, porque me descubrió el ser mujer de otra manera, una mujer que, en un medio patriarcal y machista como la universidad francesa de principios de los años 60, empezó a decir su palabra, a buscarse y encontrarse. En esta lectura empecé a configurar un pensamiento crítico y descubrí una manera alternativa de ser mujer. Un segundo momento fue mi primera experiencia como docente universitaria, para la que me preparé con lecturas sugeridas por un amigo sobre teóricos del lenguaje y de nuestra identidad cultural latinoamericana. Durante esos años también me formé en el estructuralismo de Barthes y Todorov. Y un tercer momento es mi formación en la sociología de la literatura y la sociocrítica, para entender la forma en que la obra literaria dialoga con el mundo social en que se mueve y con los lectores. De la crítica literaria escrita por mujeres de manera tardía me influyeron Virginia Wolff, Julia Kristeva y Beatriz Sarlo. Con este acervo, logré construir una forma de leer que combina dos miradas: la literaria y la feminista.
—¿De qué manera su socialización como mujer ha influido en su forma de escribir y de leer los libros?
—Mi socialización tiene un panorama muy amplio, sobre todo en los fundamentos de Simone de Beauvoir y en la mirada de mujeres muy fuertes, que descubro en la obra de García Márquez. Indiscutiblemente, García Márquez era un hombre machista y patriarcal, pero las mujeres que él refleja en sus obras son mujeres fuertes del Caribe; aprendo de ellas desde una perspectiva crítica, las miro y construyo una imagen de mujer. Por otra parte, a mi formación académica se suman tanto las lecturas que elijo como el exilio voluntario a un universo popular liminal, donde convivo con personas de escasa formación y gran vulnerabilidad económica. Este desplazamiento del centro a la periferia me permite mirar y evaluar el mundo desde otro lugar, y en esa medida mi escritura es producto de este proceso. Carlos Marx decía que “la existencia social condiciona la conciencia social”, es decir, pensamos según donde vivimos.
—¿Recuerda alguna experiencia temprana en la que comprendió que el lenguaje podía ser una forma de poder y también de resistencia?
—La experiencia de mi encuentro con el lenguaje me lleva a la infancia, a una posibilidad de deleite, de alegría a través de la lectura de las fábulas de Pombo. Luego, en las lecturas de Simone de Beauvoir, aparece la potencia de la palabra, no como poder, sino como una realidad negada a la mujer. La palabra como poder la encontré en la Iglesia católica y en la protestante. Entre los veinticinco y los treintaicinco años viví una experiencia muy dura, encontré que la palabra era ejercida y monopolizada como poder por los varones. Es un hecho que moriré sin aceptar: que sacerdotes, pastores, monaguillos o diáconos sean los únicos que tienen voz en la Iglesia. Este debe ser un motivo de lucha para las mujeres; es más, mi discurso teológico se explica en esa lucha contra el poder.
—¿Qué temas atraviesan su poesía desde la experiencia femenina, social y espiritual?
—En esto coincido con el comentario de uno de mis lectores de mi primer libro de poemas, La niebla camina en la ciudad, quien me dijo que mi poesía está atravesada por “una demanda de amor al mundo”. El amor desde diferentes perspectivas es un tema fundamental en mis poemas; quizás ha cambiado, porque inicialmente se centraba en el amor de pareja hombre/mujer. Luego, en mi demanda desde la vida célibe en comunidad, el amor se transforma en una vida de relaciones cercanas, fraternas, sororas; un mundo de relaciones ágape, de encuentro y no de negación. Otro tema presente en mi obra poética es la ciudad, siempre me he considerado una habitante de ella, desde muy joven he sido imbuida e interpelada por la ciudad de forma permanente. Desde lo teológico y lo crítico, mis preocupaciones por la ciudad las expreso tanto en mis ensayos como en mi poesía, viven las sorpresas, los rincones oscuros y los lenguajes de la ciudad. Referente a lo espiritual, una temática importante en mi poesía es la figura de Jesús de Nazareth, su palabra en el Evangelio; un personaje histórico con la propuesta de vida más excelsa que haya existido en el mundo. Este tema en los últimos tiempos se ha desplazado en mi poesía hacia la pregunta sobre el absoluto, el misterio, lo que nos trasciende, donde la palabra es una forma precaria de acercarme a esa realidad que no es posible asirla.
—¿Cree que toda escritora escribe desde una ética y una estética, aun cuando no siempre sea consciente de ello? ¿Cuáles orientan su escritura?
—Sí, indiscutiblemente, se escribe desde una ética y una estética. Es imprescindible que nos movamos en el mundo ético. La sociedad actual es una sociedad sin ética, egocéntrica y muchas veces tan perversa que ignora al otro. Mi ética está inspirada en el Evangelio, pero no es una ética cristiana porque no me considero ortodoxa o confesional, estoy más bien en los límites de esa confesionalidad. La máxima expresión ética del Evangelio por Jesús de Nazareth es: “Ámense los unos a los otros como yo os he amado, en esto reconocerán que ustedes son mis discípulos”. Es una ética que tiene presente el espejo del otro, el frente del otro. En cuanto a lo estético, he tratado de construir una estética de lo cotidiano, un acercamiento a la belleza del detalle despojado de grandes retóricas. Me formé en una época del rechazo fuerte al modernismo. Dos fueron mis influencias importantes: el existencialismo y del nadaísmo, una estética que descubre belleza en el barro.
—En su disertación como miembro de la Academia Colombiana de la Lengua, usted afirma: “Si la novela no nos conduce a planteamientos éticos, algo está fallando por la base o bien en la estructura novelística misma o bien en nuestra praxis lectora”. ¿Considera usted que, en Colombia, las novelistas contemporáneas escriben desde una ética?
—Creo que sí, la ética atraviesa el quehacer literario hasta la generación conformada por María Cristina Restrepo, Piedad Bonnett, Laura Restrepo y otras, hasta finales del siglo XX. No soy especialista en literatura posmoderna y he leído pocas novelas de esta época. En algunas autoras de las nuevas generaciones como Sara Jaramillo Klinger, Margarita Ortega, Pilar Quintana, Margarita García Robayo, no percibo claramente la propuesta ética. Puede que la tengan y me falte profundizar, o puede que, respondiendo a su condición de posmodernas, la ética pese menos en ellas.
—Desde su lugar de crítica de literaria, ¿qué busca usted en la novela?
—Busco que una obra me descubra otros mundos que no he podido o me faltan por vivir. En lo personal, me gusta que un libro me interpele: ¿cómo reta mi propia ética su lectura? ¿Qué interrogantes me ofrece desde una lectura empática? ¿Cómo me habla de la sociedad en la que nos movemos? También me interesa que las autoras me digan cómo es su mundo, cómo lo han explorado, cómo se sitúan allí. Saber cómo se desarrolla el mundo ficcional, cómo son las relaciones de los actantes y qué valores han encontrado en ese mundo.
—Desde una perspectiva feminista, ¿qué silencios persisten todavía en los cánones literarios y teológicos?
—Creo que el silencio persiste. Es claro que en teología existe un conjunto de teólogas, en el mundo, más fuerte y presente en el mundo anglosajón que en el hispano. Dentro de los estudios teológicos se reconoce que existe una teología feminista y se le da un pequeño espacio; sin embargo, son discursos que circulan por los bordes, no penetran el corazón mismo de la institución, y en esa medida siguen siendo marginales. Aunque se rompa el canon y se amplíe mínimamente, persiste el silencio. Un ejemplo de lo anterior es la figura del papa Francisco en la Iglesia católica, quien contó con toda mi admiración, pero no hizo nada por la voz de las mujeres, no era su interés; de tal modo la palabra femenina sigue estando en silencio. En la literatura pasa exactamente lo mismo. Es el caso del boom literario, gestado por una mujer, Carmen Balcells, en el que la literatura explotó y el discurso literario se aposentó en la sociedad, pero este movimiento no incluyó en su canon a ninguna mujer. Sin embargo, había varias que debían hacer parte de él, como Elena Garro, Alba Lucía Ángel, Rosario Castellanos, por citar algunas. Aunque actualmente se edita, se publica y se leen obras escritas por mujeres, siguen estando ausentes del núcleo mismo, del ámbito universitario académico y crítico.
—¿Considera usted que la función de un intelectual es confrontar el poder?
—Estoy convencida de eso. El poder es para ejercerlo y su ejercicio implica abusos; por lo tanto, la función del intelectual es confrontar el poder; si empeña su pensamiento y no lo confronta sino que, por el contrario, se identifica con él, pierde su función social. Sea cual sea el movimiento político al cual se empeña, el intelectual debe ser siempre un vigía y un crítico del poder.
—¿Dónde y cómo se encarnan su feminismo y su teología en la vida cotidiana?
—Mi mundo feminista y teológico se encarna concretamente en nuestra institución, Casa Cultural Tejiendo Sororidades (una ONG popular, fundada en 1976), en la cual coordino un trabajo social de diálogo permanente con la comunidad barrial, en dos sedes ubicadas en el sur de Cali. Este diálogo se desarrolla, fundamentalmente, con mujeres, en torno a diferentes propuestas de lectura crítica. Tenemos programas de promoción de lectura permanentes y libro-foros, dirigidos tanto a mujeres populares con baja escolaridad, como también a mujeres con otros niveles de formación. Desde este espacio encarno y hago realidad mi propuesta feminista en el caminar de las mujeres populares. El nombre de la Casa Cultural apunta a lo que nosotros buscamos: generar sororidad entre las mujeres.
—Desde el feminismo, ¿qué se propone usted con esta práctica de lectura socializada por mujeres?
—Pretendo que las mujeres crezcan como personas en su formación y desarrollen su conciencia femenina. Toda práctica de lectura con ellas persigue la apertura de horizontes más amplios que impulsen su ser femenino en diferentes roles y espacios: sea como integrantes de la familia, como partícipes del barrio, de la comunidad, o como ciudadanas. En este sentido, el propósito de este trabajo es, ante todo, que las mujeres incrementen su autoestima, que comprendan sus derechos y, por supuesto, que sean capaces de defenderlos y luchar por ellos, en comunidad.
—En los grupos de lectura que usted orienta, ¿cómo enfoca la lectura feminista de las novelas?
—En primera instancia, doy una mirada literaria del momento y proceso literario en el que se produjo la obra, los cruces de discursos que se presentan, cuál es su aporte, qué influencias recibe, qué rupturas plantea, en qué aspectos avanza. En segunda instancia, veo cómo se trabaja la imagen de la mujer; si la obra refuerza la estructura patriarcal o, por el contrario, plantea salidas alternativas o diferentes para las mujeres. En síntesis, mi análisis de las obras en todas las prácticas de lectura combina los elementos de crítica literaria con los elementos de crítica feminista.
—Como miembro de la Academia Colombiana de la Lengua, ¿cómo ve usted el lugar de las mujeres en una institución históricamente patriarcal?
—Mi participación en la Academia Colombiana de la Lengua es muy limitada. Fui nombrada “miembro correspondiente”, que es un reconocimiento al itinerario vital de la persona. En la academia se es “miembro correspondiente” o “miembro de número”. Las personas que son “miembro de número” son quienes más influyen en los cambios lingüísticos porque tienen voto; en mi caso, sólo tengo voz. En este grupo hay algunas mujeres, entre ellas Cecilia Balcázar de Bucher, “miembro de número”, que intenta abrir ese espacio patriarcal, no sólo para reconocer a otras mujeres, sino también para integrarlas como parte de la dinámica de la institución. De todas maneras, sea la Academia Española o Colombiana de la Lengua, no deja de ser una institución de origen, fundamentalmente, normativo más que estudioso; en consecuencia, es difícil sustraerse a una estructura de poder, muy concentrada y patriarcal. Sí, hay apertura, pero falta mucho camino por recorrer.
—Para cerrar: ¿qué le gustaría que las jóvenes lectoras encuentren hoy en la literatura?
—Me gustaría que disfrutaran el deleite del lenguaje. Que la literatura les diga a las jóvenes cuáles son sus posibilidades, su horizonte de realidad y, sobre todo, que las interpele y las haga crecer. Fundamentalmente, me gustaría que puedan ampliar su visión del mundo; la juventud posmoderna está concentrada en sí misma y en el espectáculo, pero ni el narcisismo ni el espectáculo pueden regir la vida social. La literatura muestra el pensamiento de otras generaciones; uno de los problemas más serios de la sociedad actual es que no hay valores, y no los hay porque no hay de dónde tomarlos. Las mujeres jóvenes no leen a las generaciones anteriores, no les interesa; desconocen que la literatura les ofrece un mundo diverso, como también trabajos valiosos heredados de los mayores para que puedan aprender de ellos. En ella encontrarán la necesidad de renovar los valores y ampliar su universo.
- Leer y escribir como acto ético: una mirada feminista
(una conversación con Carmiña Navia Velasco) - domingo 8 de marzo de 2026 - Alfredo Pérez Alencart:
“Un poema es el resultado de la ordenación del caos y el poeta es el ordenador de palabras” - domingo 21 de septiembre de 2025


