
Reminiscencias
(inédito)
Uno se busca en los espacios entrañables,
hurga en lo ido, en las reminiscencias,
y sólo halla hebras de un ropaje anterior.Uno apaga las luces, las enciende
con la esperanza de las apariciones.Se ha debido dormir,
o ha muerto y otra vida le persigue.Ha debido perder un tren,
quemar las naves
para que no le sea permitido el regreso.Apostar a no perder más de lo necesario,
jugando a ser el loco,
el huérfano de tierra,
el hermano menor.Uno sigue los pasos que debieron dejar
una huella imborrable
y sólo le conducen al olvido.Lizette Espinosa
El mar que separa Cuba de la Florida es de un azul turquesa abrumador y cálido; a veces, el color se intensifica, otras veces se vuelve más cristalino. Cuando está tranquilo parece un manto de seda flotando suavemente al ritmo del viento. Tal vez por eso la poeta Lizette Espinosa se siente como en casa cuando transita las calles de Miami, pues observa el mismo mar de su Habana natal. De Cuba a Madrid, de Madrid a Miami, la poeta va, con su poesía, trazando un camino existencial que muestra su permanencia en este mundo.
Ella entiende a cabalidad lo que Paul Valéry escribe en el libro Teoría poética y estética:
Si la poesía actúa verdaderamente sobre alguien no es dividiéndolo en su naturaleza, comunicándole las ilusiones de una vida de ficción y puramente mental. No le impone una falsa realidad que exige la docilidad del alma y la abstención del cuerpo. La poesía debe extenderse a todo el ser; excita su organización muscular con los ritmos, libera o desencadena sus facultades verbales de las que exalta el juego total, le ordena en profundidad, pues trata de provocar o reproducir la unidad y la armonía de la persona viviente, una unidad extraordinaria que se manifiesta cuando el hombre es poseído por un sentimiento intenso que no deja de lado ninguna de sus potencias.

Lizette Espinosa disfruta de la lectura y la amistad de sus amigos poetas; son amigos que, además, leen con agudeza sus libros y comparten sus opiniones en páginas web. Entre ellos está el poeta Germán Guerra, quien, después de leer Como quien nada teme, comentó:
Los poemas que conforman este libro son espejos donde se refleja y transcurre la vida. Las palabras y los temas son los mismos, los de siempre: la soledad, el deseo, el perdón y la pérdida, los naufragios, el silencio y la muerte; al final trabajamos el mismo barro a la hora de traducir la vida en versos. Pero lo que hace único a este libro es su discurso, versos sin estridencias ni rebuscamientos, amparados en un dominio del lenguaje y desde una sencillez extrema en el uso de su voz. Espinosa nos recuerda con palabras claras, en un susurro, que somos todavía ese viejo ser para la muerte, y luego de escuchar atentos, de leer y releer en cada metáfora la vastedad y al mismo tiempo la pequeñez del universo, nos acoge esa plenitud en soledad que siempre nos martilla en el pecho un poema demoledor.
Para el poeta Valentín Navarro Viguera:
La propiedad especular de la palabra poética de la cubana Lizette Espinosa es el conocimiento. Con sus versos logra indagar y rebasar el umbral de lo sagrado (sea la cruz de Cristo o un madero a la deriva del Ganges), como quien cruza la noche oscura del alma. Lo que le espera al final de esta travesía es el desvelamiento de la verdad desnuda, despojada del atrezo de la hipocresía, de la costumbre o de falsas creencias.
Mientras que el poeta y escritor Chely Lima señala:
Una voz de mujer, calma, reflexiva, habla de los paisajes cambiantes de su mundo interior, y es así como el libro Donde se quiebra la luz narra la cotidianeidad del deseo, la angustia y el reto de ser uno mismo en femenino, y de imponerse a los más afilados vericuetos del sendero personal —camino sobre una cuerda floja / que cede a ratos probando mis agallas...
Lo que dice la poeta María Cristina Fernández es también significativo:
En su poesía los ruidos del mundo se decantan pasando por un tamiz muy fino de selección; el dolor colectivo del mundo no respira aquí. No hay lugar para la multitud, los destinos plurales. Pudiera decirse de estos poemas lo que en su momento se ha dicho de la lírica de torre de marfil. El hablante poético se desentiende de su época; su tiempo es el Tiempo, y por tanto sus dilemas se expresan con palabras mayores.
Lizette Espinosa (La Habana, 1969) ha publicado los volúmenes de poesía Donde se quiebra la luz (Eriginal Books, Miami, 2015), Por la ruta del agua (El Ángel Editor, Ecuador, 2017), Humo (Bokeh, Países Bajos, 2019), Lumbre (plaquette, AlphaBeta, Miami, 2019) y Como quien nada teme (Summa, Perú, 2023), y en coautoría, Pas de Deux (2012) y Rituales (2016). Textos suyos aparecen en antologías de España, América Latina y Estados Unidos. Colabora como editora en diferentes blogs y revistas literarias y ha participado en festivales y lecturas de poesía en Ecuador, Chile, Perú, México, Uruguay, Bolivia, Portugal y España. Desde el año 2003 reside en Miami, donde se dedica profesionalmente al diseño de ingeniería y agrimensura.
—¿Dónde creció? ¿A qué se dedicaban sus padres?
—Nací y crecí en el reparto Lawton, perteneciente al municipio 10 de Octubre, de la ciudad de La Habana, Cuba. Un barrio residencial donde viví con mi madre, hermana y abuela materna hasta el año 2002, cuando salí de la isla para viajar a España. Mi padre fue contador y mi madre programadora de sistemas de computación.
—¿Cuál es su recuerdo más remoto?
—De la primera etapa de mi infancia sólo recuerdo algunas escenas o sensaciones, flashes que llegan de repente como fragmentos de una película. Un portal alto, lozas ajedrezadas en blanco y negro, las hojas secas de un almendro arañando la calle. Libros y dibujos. Luego vinieron los fines de semana en la playa en la casa de mi abuela paterna. El olor del mar aderezando las mañanas. Pero el recuerdo más remoto de todos se remonta a mis tres años, cuando fui de vacaciones a la isla de Pinos con mis padres y mi hermana. Estábamos en el mar y mi madre me sostenía en sus brazos; de repente sentí que algo rozaba la planta de mis pies y comencé a llorar muchísimo creyendo que era un pez, al rato descubrí que era mi padre que nadaba bajo el agua, pero yo seguí llorando sin consuelo por mucho tiempo. Probablemente fuera el primer gran susto de mi vida.
—¿Recuerda quién le regaló su primer libro?
—Casi todos los libros que tuve en la infancia y la adolescencia fueron regalados por mi padre. Desde El cochero azul hasta Oros viejos, pasando por Salgari, Dumas, Julio Verne, etc. De él heredé la pasión por la lectura, ya que era el único que leía en casa. Contábamos con un pequeño librero donde abundaban los clásicos y también muchos tratados de economía.
—¿En su adolescencia la escritura era un refugio, su lugar especial?
—Se podría decir que sí, era ese espacio único en el que podía encontrarme conmigo misma y poner en orden ideas e inquietudes. Fui una niña introvertida, sensible y observadora; muy alegre, pero con cierta nota de melancolía. Hoy pienso que esas características fueron las que propiciaron mi encuentro con el arte y la literatura como alimento espiritual y medios de expresión.

—¿Cómo fue ese proceso que la llevó a escribir poesía? ¿Qué la motivó?
—Mi amor por la lectura comenzó a muy temprana edad y el deseo de escribir fue la feliz consecuencia de ello. No fue difícil descubrir que la escritura sería mi modo de expresión, no la plástica (aunque luego también) o la música. Debuté escribiendo relatos y cuentos cortos que enviaba a concursos estudiantiles, pero me costaba narrar, imaginar historias, no tenía la paciencia o la disciplina para ello. Con la poesía en cambio fue muy fácil, era como respirar.
—¿Siempre quiso ser poeta?
—No, al principio sólo tenía claro que quería escribir, la vocación por la poesía y su escritura fue algo que descubrí posteriormente. Ser poeta va más allá de la intención de serlo, es un convencimiento al que se llega o no con el tiempo, y no basta sólo con escribir, también hay que sentir, mirar y vivir en poesía.
—¿Se despierta en mitad de la noche para terminar un poema?
—Definitivamente. Y cuando ocurre es maravilloso, la felicidad de encontrar ese último verso o palabra que llevabas tiempo buscando supera la molestia del insomnio con creces.
—¿Le gustan los recitales, leer en público, oír a otros poetas?
—Prefiero el acto solitario de la escritura, el tiempo de gestación de un cuaderno, esa intimidad en la que sólo estamos los poemas y yo, lo que viene después es más un acto de responsabilidad y de fidelidad con aquellos que te leen y con los que te acogen en una casa editorial. De las lecturas y los recitales disfruto el encuentro y el intercambio, la oportunidad de conocer en persona a poetas a los que admiro o descubrir a aquellos de los que nunca había oído hablar, pero sobre todo de reencontrarme con los que ya forman parte de mi familia literaria.
—¿Cuál es su método para abordar un poema? ¿Escribe una línea que la invade o espera que el universo de un poema adquiera fondo y forma para ir directamente a la computadora y escribir de un tirón?
—Generalmente comienza con una palabra, una idea, una frase que en principio no sé de dónde ha salido pero que definitivamente es consecuencia de una lectura, un pensamiento, un estímulo visual o auditivo. En ocasiones afortunadas esa frase o verso genera otros hasta llegar a conformar el poema, o un boceto de éste que luego depuro o elimino.
—¿Puede describir cómo fue el proceso para publicar su primer libro? ¿Fue difícil? ¿Esperó mucho tiempo?
—El primer libro donde aparecen mis poemas publicados fue un proyecto conjunto que nació luego de culminar un taller de escritura creativa, se titula Pas de Deux, y se publicó bajo el sello de Snow Fountain Press en 2012. En cambio, mi primer poemario, Donde se quiebra la luz, lo publicó en 2015 la editorial Eriginal Books, radicada en Miami; no fue muy difícil dado que para esa época ya yo había aparecido en algunas lecturas y revistas literarias locales.

—¿Cómo es ese momento cuando siente que termina un poemario? ¿Se siente vacía o satisfecha?
—Nunca estoy completamente satisfecha al concluir un poemario, siempre me queda la idea de que pudo ser mejor o de que algo faltó. Lo que pone el punto final no es la certeza de haberlo terminado sino el convencimiento de que es interminable.
—¿Qué libro suyo le recomendaría a un lector de poesía?
—Le tengo mucho cariño al libro Por la ruta del agua, publicado en el año 2017 por la editorial El Ángel Editor en su colección 2Alas, donde comparto espacio con el poeta Álex Lima, porque recoge un estilo de poesía sintetizada que me interesa conservar. Sin embargo, el cuaderno Como quien nada teme (Editorial Summa, Perú, 2023), reúne textos de mayor madurez poética que definitivamente se identifican más con la persona que soy hoy.
—¿Tiene algún libro que ha releído invariablemente a lo largo de sus días?
—No particularmente, pero sí hay muchos que he leído más de una vez, como Matar a un ruiseñor, de Harper Lee; El corazón es un cazador solitario, de Carson McCullers, o Marca de agua, de Joseph Brodsky, por mencionar sólo algunos.
—¿Se siente extranjera en Miami?
—Toma tiempo sentirse parte de un lugar y a mí en lo particular siempre me ha resultado difícil. Cuando viajé de España a Miami en el año 2003, después de haber vivido dos años en la península, tuve la sensación de estar regresando a Cuba. Fueron muchas las razones que me hicieron sentir de esa manera en aquel momento, algunas más positivas que otras, pero en definitiva suficientes como para no sentirme una extranjera. El alambrado eléctrico de las calles, el clima, la vegetación, los amigos o familiares que llegaron antes y sobre todo la posibilidad de hablar mi propia lengua hicieron que la transición fuera más fácil.
—¿Siente nostalgia?
—Siento nostalgia de una época, de los días en los que nada me preocupaba demasiado porque la única tarea era ser joven y feliz. Vivían aún mi padre y mis abuelos, y los amigos que todavía conservo comenzaban a florecer a mi alrededor.
—¿En esta época qué le da miedo?
—Le temo a la enfermedad y al sufrimiento de las personas que amo.
—¿Utiliza la inteligencia artificial para sus tareas cotidianas: e-mail, recordatorios, etc.?
—La he usado sólo en contadas ocasiones como un buscador donde confirmar alguna información o dato. Reconozco las ventajas que tiene para ese tipo de tareas rutinarias que toman tanto tiempo, pero de momento me resisto a que “algo” piense por mí.
—¿Qué libro recomendaría para alguien que quiera conocer La Habana, o Miami?
—Muchos autores han elegido La Habana como escenario y en sus obras recrean o describen algunos de los elementos que la engalanan o caracterizan, pero sólo de un modo superficial. Para conocer de una manera más profunda la ciudad y sumergirse en su historia, sus atmósferas, su arquitectura, la magia de sus noches, el modus vivendi del habanero, amén de las épocas y los diferentes estadios sociales que ha atravesado, habría que empezar leyendo Cecilia Valdez, de Cirilo Villaverde, y La Habana para un infante difunto, de Guillermo Cabrera Infante, por mencionar sólo dos.
—¿Por qué escribe?
—Escribir poesía con los años se ha vuelto una necesidad vital, es la manera que he encontrado de interpretar el mundo y de estar en él, pero también es mi manera de luchar contra el olvido; cuando escribo, puedo despertar con una al resto de las palabras, dar permanencia a lo que un día sentí o creí sentir.
Poemas de Lizette Espinosa
Otra criatura de isla
Parece que huimos del centro de la tierra,
viajamos a la costa,
recorremos sus bordes
hasta encontrar el punto más próximo a la fe.
Mirar como quien busca
o como quien espera.
Pisar lo húmedo, aquello que se hunde
hasta encontrar las manos
de los que levantaron nuestras casas.
Tú decías anclar
y en tus ojos las velas parecían plegarse.
Decías olvidar, sembrar, establecerse,
yo veía a las aves partir hacia el poniente,
los niños en la arena encerando maderas
que ya enceraron antes los padres, los abuelos.
Tu decías echar raíz, desentenderse,
que una estación ya no sucede a otra,
una calle se olvida en otra calle.
Decías frente al mar: las tormentas ocurren
para ordenar las cosas.
Yo veía a las nubes congregarse en el cielo.
(Inédito)
Ofrenda
Busco un lugar donde guardarte,
una boca de barro, un vientre luminoso,
lejos del mármol y su serenidad,
del silencio que rompió tu armadura.
Una tierra donde plantar tu tierra
y verte regresar en nuevas floraciones.
He renunciado al mar,
le temías a la profundidad y al golpe de las olas,
a no encontrar un fondo donde apoyar los pies.
Le temías al aire,
a quedar suspendido en lo intangible.
Entro al paraje con la promesa de otra vida,
a esa hora en la que el sol convalece
y le respiración
es tan baja que apenas remueve mi conciencia.
Traigo tus restos ocultos como un arma.
(de Como quien nada teme, 2023)
Aproximaciones
A mi madre
Cuánto se pierde en nuestro andar
cuánto ganamos,
mientras bajo la cuesta y tú me miras
desde aquella planicie de los años.
Ahora es tu mano la que aguarda,
la que se vuelve arena.
Es suyo el temblor camino a la caricia
al cruzar el umbral de las divagaciones,
a esa hora en que la lluvia ha inundado tu tierra
y ya no crece allí la maravilla
ni la espiga se sube a la valla como un hijo.
(de Como quien nada teme, 2023)
Un cortejo de luz hacia el poniente
Los recuerdos son las cosas
que ya no quieres recordar
Joan Didion
Salió por fin la vida de su cuerpo,
depuestas ya las armas, los instintos,
digna ante nuestros ojos,
revestida de un brío inexistente.
Salió como si ayer, como si nunca
hubiese estado allí.
Quedaron en la estancia barricadas,
ruegos que de antiguos corroen la razón.
¿Quién limpia de los espejos aquel rostro,
la estela que dejara el gesto último,
la voz saltando aún entre las ramas,
como un ave extraviada, confundida,
recién salida de su jaula?
(de Como quien nada teme, 2023)
Un silencio a grandes voces
A Vivian Maier
Lo que tu ojo no persigue,
lo que tu claridad no salvó del hastío,
permanece en la urdimbre de otro tiempo.
Imágenes del hombre atrapado en su caos,
su mínima cordura.
Lo que tu sombra no rescate,
sigue atado a la sombra,
palpando lo infinito aquí tan cerca,
en este claroscuro de los días
que nos dejan su impronta y su pesar,
sin que veamos acaso lo que vemos
y apenas distingamos
ese enorme silencio que nos ronda.
Voy por Michigan Avenue tras tu oscuro gabán,
tu mano poseída
y hay un segundo, hay un disparador.
(de Como quien nada teme, 2023)
Tributo
Tu cabeza es un madero en las aguas del Ganges
que al golpe de la orilla rectifica su rumbo,
como los desechos,
como las ratas que huyen del fuego,
como las almas que serán purificadas.
Lleva encima guirnaldas,
promesas lanzadas por los fieles,
el rumor de las bestias que abrevan en el cauce.
Tu cabeza es una ofrenda que navega
bajo puentes vulnerables,
una lámpara de aceite camino a Benarés.
(de Como quien nada teme, 2023)
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