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Johnny Gavlovski:
“Sólo escribes algo para que se transforme ante los ojos de otro”

viernes 17 de octubre de 2025
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Johnny Gavlovski
Johnny Gavlovski: “Cuando abres La lluvia que me habita y lees los poemas en voz alta, te darás cuenta de que algunos tienen unas cadencias que te pueden llevar a escucharlas desde distintos registros, o incluso estilos que van desde lo letánico”. 📷 Antonio Cipollone

Es un honor dar inicio a esta conversación en torno al libro La lluvia que me habita, de Johnny Gavlovski, publicado por LP5 Editora. Este libro, que nace —como el propio autor confiesa— “sin mapa, como una bocanada profunda, como una necesidad”, nos invita a recorrer un viaje interior en tres movimientos: la tormenta, la pausa y el renacer. En sus páginas se cruzan la memoria íntima y colectiva, la alquimia de la palabra, los ecos de la filosofía y de la literatura universal, pero sobre todo la fuerza de la vida que insiste en afirmarse a través de la poesía.

Hoy tengo la fortuna de dialogar con Johnny, quien además de poeta es dramaturgo, narrador, guionista y psicoanalista, y cuya obra ha sido reconocida en múltiples lenguajes y países. Con él nos adentraremos en los pliegues de un libro que es al mismo tiempo confesión, bitácora y celebración de la palabra como resistencia y abrigo.

 


 

En el prólogo mencionas que este libro nació “sin mapa”, como una necesidad de sobrevivir al dolor. ¿Cómo fue ese proceso íntimo de escritura en el que la poesía se volvió abrigo?

Un día estás bien y, de pronto, el cuerpo te sorprende. Vas al médico y comienza una cadena de sorpresas, mientras el cuerpo te va lanzando acertijos y fantasmas... En realidad, fui muy afortunado, no sólo por todos los que recién me acompañaron a sobrevivir este nuevo período —muy difícil— en mi vida, sino por el médico que me acompañó. Recuerdo que le dije: “No voy a dejar de escribir, ¿verdad?”. Me respondió: “No puedes dejar de hacerlo. ¡Vive!”. El doctor Krivoy entendió que en mi caso escribo para respirar, y todo lo que viví en los últimos meses lo sobreviví escribiendo.

Así nació La lluvia que me habita. Creo que desde adolescente no escribía 24 x 7. Fue una necesidad imperiosa. De escribir, y reescribir, meditando mucho lo que hacía, para luego entrar en un proceso maravilloso: borrar. Comprender que tras el ruido con las palabras que nos hacemos, viene el período de reflexión donde lo importante no sólo es capturar la honestidad en las palabras, sino también saber quitar el ruido con que podemos ocultarlas. Quizás eso fue uno de los momentos más importantes: el despojamiento del exceso para poder dar con el abrigo de la poesía en el silencio.

 

El libro se estructura en tres movimientos: la tormenta, la pausa y el renacer. ¿Podrías contarnos cómo se fue dando esa alquimia entre oscuridad y claridad en la escritura?

La oscuridad es el nigredo en la alquimia. Los momentos en que toda crisis lleva al ser humano a hacer con el caos y el dolor. Cuando menciono estas dos cosas, es a nivel físico y psicológico. Ahí es estar frente a lo que se puede manejar y lo que no, la posición frente a la vida y la muerte. Saber de tu responsabilidad frente a ello. Por eso la primera parte del libro. ¿Cómo estaba parado yo frente a la tormenta que estaba viviendo? Y sabiendo que debía pisar bien en este espacio, era la única manera de avanzar.

De ahí pasé al renacer, que tiene que ver con mi deseo. ¿Para qué quiero vivir? ¿Cómo deseo visualizar mi vida? Es trazarse un rumbo, un sentido de vida.

La cuestión está en que el paso de nigredo a la claridad de albedo no es sin riesgos. La entrada en la claridad está llena de las trampas de las ilusiones, y eso hay que saberlo apartar. Recordé un texto muy duro que una vez me dio mi gran amiga Trudy Bendayán sobre esto. Entonces no lo entendí mucho. Por eso decidí hacer una pausa y trabajar en la “pausa”. La pausa y el despojamiento. Así fue como salió el punto intermedio: “Apuntes de Selene en obsidiana. Hacia el amanecer”. Mi propio “no entender” no era otra cosa como yo mismo me confundía para no hacer frente a mi sanación. Entonces borré, borré, borré. Leí, y me reescribí. Así pude entrar en renacer. Y es que este libro ha sido eso, un proceso constante de escritura, borramiento, y reescribir a partir de una forma progresiva de crear.

 

“La lluvia que me habita”, de Johnny Gavlovski
La lluvia que me habita, de Johnny Gavlovski (LP5 Editora, 2025). Disponible en Amazon

En varios poemas aparece la memoria de Caracas, incluso el terremoto de 1967, junto con imágenes de grietas y temblores. ¿Qué papel juegan la memoria colectiva y la memoria personal en tu poesía?

Tiene que ver con lo que te comentaba de la creación, pero desde la prosa poética progresiva, y si quieres verlo de esta manera, inclusive salpicado por la escritura automática y el psicoanálisis. Mientras escribía me llamó la atención la insistencia del significante “grieta” en los poemas, y si eso ocurría, algo me quería decir de mí, de lo que estaba viviendo y de la historia donde estaba insertado.

Sumemos a ello que cuando me vine a dar cuenta la escritura del poema al que haces referencia coincidió con el 58º aniversario del terremoto de Caracas. Fue una sincronía maravillosa: me dejé fluir entre la memoria colectiva y mi memoria personal, tal como tú lo mencionas. ¿No estaba viviendo yo un terremoto de la más alta magnitud en mi cuerpo? ¿En mi psique? ¿La quimioterapia?, ¿la radioterapia?, ¿no abrían grietas en mi cuerpo?, ¿y lo que estaba viviendo no era parte de ello? La situación misma me permitía abrazar los sonidos del sismo desde lo telúrico en “la lluvia que me habita”. Incluso el mismo sonido de esa experiencia, vincularla con lo sensorial, con lo musical. Por ello, cuando abres el libro y lees los poemas en voz alta, te darás cuenta de que algunos tienen unas cadencias que te pueden llevar a escucharlas desde distintos registros, o incluso estilos que van desde lo letánico, o en estados emocionales vinculados a estilos tan distintos como sólo los de Debussy o Fauré pueden evocar.

 

Tu formación como psicólogo clínico y psicoanalista seguramente atraviesa tu escritura. ¿De qué manera el psicoanálisis dialoga con la voz poética de La lluvia que me habita?

Pregunta difícil de responder como creador..., porque la evito. Mi referente acá siempre ha sido Freud al interrumpir su análisis de Mahler para que éste pudiera seguir creando. Sí, estoy evitando responderte...

Recuerdo que en algún momento de la escritura de La lluvia... en que te dije que hay un poema, “Disuelvo las cenizas”, que debería quitarlo porque probablemente era otro poemario. Y tú, como la excelente editora que eres, no me dejaste hacerlo. Me dijiste: “Si vas a dejar que fluya, no lo elimines, trabájalo aparte”.

Así fue como gracias a ti nació el libro que sigue a éste: Todo lo que arde en silencio. Y saco esto a colación porque, cuando seguí con el proceso creativo, vengo a darme cuenta de que este segundo libro fue ya el descenso al Hades para hacer frente no a un terremoto, no a la experiencia “dostoyevskiana” que planteo en La lluvia que me habita. Fue un despojamiento brutal de semblantes para poder salir de la crisis y decir: aquí estoy yo.

Y hacer esto no permite la presencia ni del psicólogo ni mucho menos del psicoanalista. Ellos pueden venir luego, cuando el libro no esté en mis manos, pero en el acto creativo, en el crudo despojamiento subjetivo, no pueden tener lugar para dialogar.

 

En el libro encontramos referencias a Rilke, a Dostoyevski y también a imágenes alquímicas. ¿Qué lecturas o tradiciones literarias y filosóficas nutrieron este proyecto poético?

Son mis referentes más íntimos. Faltaría confesar ahí mi devoción por Poe y Ramos Sucre. Esa es mi trinidad poética.

Dostoyevski entra de otra manera. Es una figura que me conmueve profundamente, quizás por eso mismo aparece en La lluvia que me habita, pero como personaje en su total desnudez.

De ahí, el vínculo con tu pregunta: cuando estás inmerso en un trabajo creativo, en este caso desde la poética, estás con el pecho al descubierto frente al mundo que habitas. En este sentido, y en mi caso, no es solamente el cuerpo el campo de trabajo, sino el mundo en que vive ese cuerpo.

Así surgen poemas como “El espacio inasible del desamparo”. O lo que toca la visión de un “Dostoyevski en mi recámara” cuando camino por la universidad y me topo con lo que considero el desamparo cognitivo de las nuevas generaciones. Creen que tienen todas las respuestas y habitan, sin saberlo, un vacío referencial brutal.

O, por ejemplo, si intentas ver que a nivel global habitamos el espacio donde “Los helicópteros no vuelan”, eso es para entrar en pánico; incluso cuando sabemos que las historias son cíclicas y eso nos lleva a lo que se intenta trasmitir en “Jericó... Jericó...”.

Esos referentes me hacen meditar en ellos, y más cuando los jóvenes estudiantes con los que me toca compartir nunca han oído mencionar a Rilke ni a Poe, mucho menos a Ramos Sucre. Por eso me conmueven y los veo como los personajes que bien pudieran habitar mi poema “N hy titulo”.

¿Qué puede ser peor que vivir en el instante creyendo que eso es la trascendencia? No es más que una ilusión. Y cuando te despojas de ella te das cuenta de cosas más duras aún... Especialmente cuando descubres que son ciclos, y tú solamente una parte mínima de todo ello. Entonces entra la pregunta: ¿cuál crees que es tu función en ese instante?, ¿cuál deseas que sea? Y ¿en dónde deseas aferrarte para darle un sentido a eso que llamamos vida?

 

En poemas como “Casa prestada” o “Treinta años” hay una fuerte presencia de lo íntimo y lo cotidiano, pero transformado en materia poética. ¿Cómo conviven en tu escritura la intimidad personal y la universalidad de la experiencia humana?

Ayer iba en el carro con dos queridas y muy conocidas poetas. Mencioné el poema y el impacto en la duración de una relación de treinta años. En cada una de ellas, la mención de eso activó una memoria de vida. Creo que a quien lo lea le pasará algo similar, y no es por el número de años, sino por la experiencia de vida con otra persona. Sea desde compartir la vida o hacerlo unidos desde el duelo por la relación. En ese sentido estoy bendito y me siento profundamente afortunado, pero en nuestro quehacer, cuando nos adentramos en el misterio poético, no es para confesar qué tan felices o desgraciados somos, sino para intentar acercarnos a esa universalidad de la experiencia humana que mencionas. Poder hablar en estos tiempos del amor, del compartir tu intimidad con otra persona, del poderte comunicar o quedarte en silencio, y saber que ese otro está allí, viviendo eso contigo... o no. ¿Qué tan importante es? Sólo pregúntate cuántas novelas de amor han sido escritas en el curso de la historia para dar cuenta de ello.

Por otra parte, hacer público “Casa prestada” no es nada fácil. Tuve que borrar mucho para poder realmente escribirlo. Una verdad última con la que hay que entender el valor del despojamiento para poder hacer frente a la relación íntima con la vida, y al espacio mínimo en que se vive. Cada uno los leerá desde su momento y su experiencia, y ahí es cuando te das cuenta de que sólo escribes algo para que se transforme ante los ojos de otro, en su mismo aliento, cuando lo pueda leer.

 

Has transitado por la poesía, el teatro, el cine y la narrativa. ¿Qué particularidad encuentras en la poesía como espacio de creación frente a tus otros lenguajes artísticos?

Gladys, ahí soy profundamente freudiano. ¿Qué otra cosa es la poesía sino la relación entre la fantasía y la creación de escenarios intentando hacer con las fracturas del sentido, los inconvenientes del lenguaje, y sus vínculos con lo inconsciente? Y si tomamos esto así, ¿no es entonces la poesía la vía de creación para acceder a los diversos lenguajes artísticos? Quizás de lo que estamos hablando es de un ideal, pero al menos siempre ha sido un norte para mí.

Te voy a dar un ejemplo, una de las cosas que más disfruto en mi oficio como director de teatro es la iluminación. Y, para mí, eso tan técnico no existe sin poesía. Es la poesía misma. Se convierte en un personaje más que por sí solo habla, que llega desde el silencio y la oscuridad, ¿para dar cuenta de qué?, justamente de lo que se escapa del lenguaje, y de lo que sólo existe en las ambigüedades de lo inconsciente. ¿Puedes verlo? Es justo lo que la iluminación te dice, y no es porque te lo diga colocándote los focos de luz encima sino sugiriéndolo, creando una atmósfera, dando matices, ofreciéndoles espacio a las sombras de tal manera que puedan tener un diálogo de sentido con la luz. Son tantas variables que para mí no cabe duda de que es poesía. Es mi forma de concebirlo, y así, me gusta verlo, y aplicarlo a todo lo demás.

 

Finalmente, ¿qué significa para ti que este libro vea la luz en este momento de tu trayectoria y que tenga un alcance internacional?

La riqueza del compartir, Gladys. Ese es el gran logro: compartir. Eso es lo más importante.

Te voy a contar algo. En el proceso de escritura 2025, me sucedieron dos eventos muy especiales. Desde inicios de este año tuve el honor de compartir con el poeta y traductor chino Yongbo Ma. Un proceso largo de conocer el proceso de traducción de la poesía del chino al español y viceversa. Comprender las dificultades del lenguaje y la postura del poeta frente a su escritura y la del otro. Realmente con traducir las palabras ¿basta? ¿Y el sentido?

La postura de Yongbo frente al paisaje que habita es muy diferente a la nuestra. Traducirlo a él exige (y se agradece) el acto de contemplación y entrega absoluta al mundo que te rodea. Tener el inmenso honor de que un poeta como él traduzca algunos de mis poemas al chino mandarín, te da otra forma de ver la poesía, y meditar en sus posibles lecturas. Por eso en el libro dejé su traducción en uno de los poemas, como una forma de decir: aún hay mucho por escribir... o leer... y comprender.

El otro evento maravilloso fue haber conocido a la poeta Christina Linardaki, de Grecia. Creación y amabilidad junto al grupo de la extraordinaria revista Stigmapolou. Todas ellas hacen un importante trabajo sobre la poesía y sus vínculos con la discapacidad, la enfermedad y la salud. Con esto Stigmapolou coloca la lupa frente al “dasein-poético”. No hay lugar para semblantes, sino para la vida, la muerte, el deseo y el abandono, frente al “tengo miedo y me detengo vs el voy-pa’lante con lo que tenga”. Ahí, salud y enfermedad tienen una voz que debe ser oída en el proceso donde el enfermo no habla para no hacer sufrir a sus seres queridos, y la familia no habla para no angustiar a quien padece. Sin embargo, en el espacio de lo no-dicho entre ambos, ¿cuántas cosas no se están diciendo?

Eso es lo que significa para mí, este momento, significa La lluvia que me habita: llegar a donde tenga que llegar, no importa dónde sea, y que lo que intento decir encuentre un nido en quien necesite escucharlo, en cualquier lugar.


Agradezco profundamente a Johnny Gavlovski por este diálogo generoso y por haberme permitido asomarme a la intimidad creadora de La lluvia que me habita.

Este libro es una muestra de que la poesía se manifiesta en muchas ocasiones como una forma de permanecer, resistir y renacer. Como lectores, nos llevamos la certeza de que en cada grieta, en cada silencio y en cada fragmento de la existencia puede brotar la palabra mágica, y con ella, la posibilidad de reconfigurar la vida.

Gracias por acompañarnos en este encuentro. La lluvia que me habita es ese espacio poético de encuentro donde la voz nos devuelve al origen, como lluvia que cae en nuestros corazones y renueva el ciclo.

Gladys Mendía
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