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No les temas a los muertos:
Javier Armendáriz y su novela La tierra clama nuestros nombres

domingo 2 de noviembre de 2025
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Javier Armendáriz
Armendáriz: “Pienso que es importante tratar de buscar una especie de matrimonio entre el fondo y la forma”.

Javier Armendáriz (Chihuahua, México, 1994) es un escritor de ahora, cuya novela más reciente se titula La tierra clama nuestros nombres (Inefable, 2024). Es policial y gótica. Por este título ha ganado el primer Premio Oculus de literatura fantástica, gótica y de terror que convoca la editorial independiente que lo publica, para confirmar así que en ese ambiente se está publicando lo mejor de la literatura actual. Me refiero a las editoriales independientes. El gótico policial es modo actual de acercamiento a Latinoamérica que se está multiplicando. Los ejemplos más conocidos son las narradoras argentinas Mariana Enríquez y Samantha Schweblin. En México también hay varios escritores que han escogido ese acercamiento para desnudar la necropolítica, visto que narran crímenes, una o varias muertes, indicios, sin que necesariamente se investigue y sin confianza en las nociones de realidad o de verdad en las que se apoyó el proyecto moderno. Esta perspectiva muestra un fantástico macabro o sangriento, justificado o no desde creencias ancestrales sin que ello sea lo prevaleciente, visto que lejos de la preocupación antropológica de lo real maravilloso o el realismo mágico del siglo XX, la preocupación de estos textos parece ser más que de raíces, de presente. Vivimos en la época en la que la modernidad colapsa y resulta evidente su imposición desde el siglo XV por la violencia sistémica. El fin de esta metanarrativa exacerba la violencia (también la común) y por ahí entran los escritores contemporáneos a dejar que se escuchen las muertes que están en la zapata y en el presente de ese proyecto fallido.

 


 

En primer lugar le pido al autor, quien cede amablemente a una entrevista remota, que se presente y me hable de su relación con los libros.

Soy mexicano, soy originario del norte de México, específicamente de Parral, Chihuahua; tengo 31 años y hace trece años (desde 2012) que me vine a vivir a Guadalajara, en el occidente del país, cerca de la costa del Pacífico. Me vine precisamente a estudiar una licenciatura en Letras Hispánicas en la Universidad de Guadalajara. En cuanto a la relación con la literatura, previo a eso. Soy el menor de tres hermanos y tengo una hermana que, cuando era adolescente, era muy fanática de Poe, de Oscar Wilde, de esta onda gótica o romanticona de principios del siglo XX. Por otra parte, tengo un hermano que es muy fanático de las historias, de los cómics, de superhéroes. Batman, Superman, este tipo de cosas. Desde niño, por influencia de mis dos hermanos, empecé a involucrarme con las letras de manera muy natural. Siento que esto es importante, pues al principio hay un elemento lúdico que está muy alejado de lo que pasa en las aulas de los sistemas educativos actuales, percibidos como una obligación, una imposición, tarea, etcétera. Cuando el acercamiento [a las letras] es lúdico, hace que sea más fácil apropiarse de la literatura. En cuanto a escritura, empecé a hacer durante la adolescencia. Tenía esta inquietud... Se me daba lo del lenguaje, la parte lingüística. Y, la verdad, estaba entre estudiar literatura o periodismo. Al final me fui por literatura porque me pareció más general. O sea, siento que el periodismo estaba muy especializado.

Tengo más o menos, independientemente de ejercicios juveniles que hice, unos diez años haciendo textos lo suficientemente hechos como para considerarlos publicables, y llevo ese tiempo intentando acomodar un libro. Estuve mucho tiempo después de mi carrera trabajando en medios de comunicación: en un diario de Guadalajara que se llama El Informador, uno de los dos más importantes del occidente del país. También colaboraba con textos en blogs. Estuve haciendo periodismo musical unos años y algún textito de ficción en alguna revista digital y tal, que es algo que dejé de hacer porque las revistas digitales, lamentablemente, suelen fallecer con frecuencia y se dificulta hacer un portafolio con eso.

Yo considero que La tierra es mi primera publicación, pero tengo otros dos proyectos previos. Uno es la colección de cuentos titulada Golpes al aire en una habitación vacía (Fondo Blanco Editorial, 2025) que está ya diagramada, y otra novela que tengo comprometida con una editorial independiente de Guadalajara (Cubierta Profunda), con miras a que salga el próximo año. Entonces, pues sí, de un año para acá logré acomodar mis manuscritos.

 

Observo con confusión que ha ganado premios, varios. El libro de cuentos no es de ahora; ganó hace tiempo, en 2021.

Fue escrito por ahí en el período de 2016, 2017... Es un reconocimiento regional del norte del país: el premio Nelly Campobello de Literatura Joven del estado de Chihuahua, que tuvo un pequeño estímulo económico, pero no incluía publicación.

 

Le lanzo la pregunta con la que me acerco a la literatura: ¿cómo se inserta en la literatura mexicana y cuál es su proyecto como escritor? ¿Qué le interesa decir?

Sobre los cuentos, el título del libro Golpes al aire es una broma porque son textos que fueron coleccionando muchas derrotas, rechazados en concursos o para alguna estadía, para alguna convocatoria. El hilo conductor en ese libro son las desazones o el encontronazo que se da uno con el mundo real cuando se es un adulto joven, porque muchos de estos textos, a pesar de que están inscritos en una tradición realista (no hay elemento fantástico, policíaco ni negro), son como una especie de realidad llevada a lo absurdo de cuando te das cuenta de que el mundo es menos ordenado o menos predecible de lo que te imaginas cuando eres un niño. Por poner un ejemplo: uno de los textos es sobre una capacitación para una empresa cuestionable que empieza a adquirir características de un culto. El libro va sobre este encontronazo con la imperfección de la realidad o la complejidad de ésta, llevada a su punto de quiebre, sin llegar a ser fantástico. Otro de los textos es sobre el metro de la Ciudad de México, en el cual hay vendedores de cosas muy absurdas, herramientas, comida, lámparas... Es una especie de crónica y empieza con un hombre que, en una crisis económica, se va a vivir al metro y, siguiendo su ejemplo, otras personas hacen lo mismo y se crean poblaciones dentro de las estaciones del metro. Y empieza a haber infraestructura para los pobladores del metro y eventualmente se termina gentrificando y se vuelve el barrio más cool de la ciudad; una exageración de lo que sucede con la gentrificación actual. Se genera esta bola de nieve. Entonces son cosas así, son realistas porque es algo que podría pasar. No hay un elemento fantástico en ello. Es esta realidad llevada casi a su punto de quiebre.

 

“La tierra clama nuestros nombres”, de Javier Armendáriz
La tierra clama nuestros nombres, de Javier Armendáriz (Inefable, 2025). Disponible en Amazon

Le pregunto por su trabajo. ¿Y para vivir enseña?

Trabajo en la industria tecnológica. Hago escritura técnica para proyectos de software.

 

El hombre sabe de tecnología... La novela premiada está escrita, cada capítulo, en géneros distintos: tiene realismo, costumbrismo, fantástico. Incluso tiene un capítulo de ciencia ficción. Vamos siguiendo las pistas buscando la causa de la desaparición de niñas en ese pueblo. Mientras leemos, nos preguntamos por qué ocurrió el linchamiento, como en Crónica de una muerte anunciada, de García Márquez, porque la muerte ya pasó. Son cuentos que se van enlazando y terminan haciendo una historia de violencia compartida. Igual que la ficcionalización no respeta géneros, las líneas que separan la realidad de la ficción se borran, pues es una crónica pero no lo es. El texto es fantástico, pero es hiperrealista. El tiempo del relato es circular. La técnica ofrece la impresión de una pausa en el tiempo. Como Juan Rulfo, como Elena Garro, vuelve sobre la época de los cristeros en la etapa final de la Revolución Mexicana de 1910. Cuenta el autor en otra entrevista que la idea surge en 2018, al ver una nota sobre un linchamiento que sucede en Puebla. Los hechos fueron transmitidos en directo por Facebook Live y los familiares vieron en vivo el sufrimiento de sus parientes. Es decir, el relato es muy antiguo y muy contemporáneo. Hay una comunidad lacustre de pescadores que termina siendo desplazada por los políticos y la economía neoliberal, como pasa siempre. Por más pueblerinos que se canten los candidatos en campaña y por morales que se crean, al final el sistema se traga a todo el mundo. En el delirio de la fiebre que le provocó el Covid-19 a Armendáriz, la nota periodística que no se le salía de la cabeza fue tomando la forma de una novela. Tal vez por eso se lee como un delirio. Todo esto está montado sobre la mayor sutileza.

La modernización siempre ha sido desigual. Al leer esta novela, nos damos cuenta de las maneras en que esta brecha sigue creciendo, aunque tengamos acceso a la tecnología; un linchamiento es una manera premoderna de tramitar la justicia. A mi reflexión responde el escritor:

Es una brecha que se está haciendo cada vez más grande y lo más probable es que se acentúe. Además, con estas nuevas tecnologías que emergen (algo que a mí se me hace apabullante), siento que el texto incluso ya podría ser anacrónico, a pesar de que se publicó el año pasado, porque no toca temas que empezaron a surgir en ese momento. O sea, no hay ninguna mención de inteligencia artificial, por ejemplo. Siento que estamos en un momento de cambios acelerados donde la brecha se hace tan grande que incluso es muy difícil que la literatura capture el presente.

 

Le pregunto por el premio.

Es la primera edición del premio Oculus, un esfuerzo de la editorial. La idea es que inaugure el sello Oculus dentro de Inefable para literatura fantástica y de terror. Ya está empezando a anunciar la segunda convocatoria este año, entonces pues sí como que se ve ahí la intención de que sea un premio que se pueda ofrecer año con año.

 

Le pregunto si el lugar donde ocurren los hechos, un pueblo llamado Las Coloradas, existe. Me responde que no. Es un pueblo atrapado entre la tradición, el impagable avance de una modernidad que amenaza con desarraigar su identidad y su gente, y entonces yo ahí me puse a pensar que es un tema que circula por la literatura latinoamericana desde que empieza: ese es el tema de la literatura latinoamericana. ¿Y entonces, cuál es la novedad? Pues la novedad está en que estos personajes siguen viviendo en la era de la información, el capitalismo tardío, la era tecnológica desde espacios de tiempo detenido al punto en que parecen espectros. Es como un realismo fantástico gore (me inventé ese término que no sé si haga falta). Es decir, no es realismo mágico, es otra cosa. Llevo tiempo pensando en Mariana Enríquez: ¿qué tiene de distinto lo que ella hace, lo que usted hace, del realismo mágico que está completamente obsoleto, mientras que este nuevo sesgo le interesa a toda una generación a nivel mundial, según la crítica? ¿En qué reside la diferencia? Yo todavía no me lo he contestado bien.

Es una buena pregunta. No puedo contestar por Enríquez, obviamente, pero en mi caso creo que el elemento sobrenatural no está en el primer plano de la narrativa, o sea, es casi un elemento que está de trasfondo porque hay capítulos dentro del libro donde el elemento sobrenatural falta. Incluso siento que está funcionando más a nivel simbólico que en un primer plano. Lo dice el mismo epígrafe con el que habla la novela, que es esta cita de Heraclio Zepeda de su libro de cuantos Benzulul.

 

Busco el epígrafe y lee así: “Deja los muertos en paz. Preocúpate de los vivos. Ése es el peligro. / Los muertos viven. Los vivos matan. La noche es larga, dura. / Hay frío. Hay dolor. Hay gritos. / Cuando asoma la madrugada, siempre hay nuevos muertos”. Sigue Armendáriz:

No les temas a los muertos. Témeles a los vivos. Los vivos son los que hacen daño. Algo así. Creo que el elemento sobrenatural está sirviendo más bien como una especie de alegoría o en el nivel de lo simbólico; cuando se manifiesta, traté de que fuera de manera un tanto... que no fuera física. Ese fue el pequeño giro que quise darle al género.

 

Sí, pero los personajes creen en fantasmas o en brujos o en lo sobrenatural o en el diablo, y eso hace que se vuelvan reales por el modo en el que actúan desde esas creencias, que es la tesis de lo real maravilloso. Tal vez ahora no hay inocencia. Si se escribe desde el descreimiento todo se vuelve más violento.

Siento que también cuando hablábamos de realismo mágico en el siglo pasado... El término fue acuñado por el mercado anglosajón para poder vender una especie de folklorismo latinoamericano, ¿no? Entonces, siento que este elemento folclórico ya está superado. No es novedoso, no basta con decir que Latinoamérica es esta tierra mística y misteriosa que ya parece casi folleto turístico, sino que sí creo que va más por este descreimiento o esta pérdida de la inocencia al representar ese elemento sobrenatural. La semilla de la novela está en esa nota, pues fue porque se difundió una cadena de noticias falsas en WhatsApp. Y los pobladores tomaron como chivo expiatorio a dos hombres y les prendieron fuego en la plaza del municipio. Y lo transmitieron todo por Facebook. Creo que lo que pensé o sentí cuando me enteré de la nota es justo lo que usted expuso antes; el cómo de esta coexistencia de los dos tiempos en el mundo contemporáneo. Por un lado, tenemos este desarrollo tecnológico para la diseminación de la información y, por otro lado, seguimos teniendo estas maneras de autojusticia en comunidades donde las instituciones están completamente debilitadas, donde a lo mejor pareciera que el tiempo avanzó en términos tecnológicos, pero no en términos institucionales. Entonces hay una paradoja de pasado y presente coexistiendo y teniendo resultados violentos.

 

Ah, ya... La tecnología adelanta y lo institucional decae y entonces, en ese lugar, se dan ciertos tipos de violencia bien cruentas. Es interesante, porque los personajes rurales en esta narración no son víctimas. La novela no tiene naturalismo porque pueden ser victimarios todos. No hay fe en un progreso positivo como hubo en el naturalismo.

Es que son las dos cosas al mismo tiempo. Es como una especie de cadena trófica, donde siempre hay un pez más grande que el anterior. Esos personajes que son victimarios están inscritos en otras estructuras en las que a ellos les toca ser las víctimas. Está el policía que está inscrito en estas estructuras demasiado cerradas de la corporación policial, inclusive la mujer política, que es una mujer de clase alta, con influencia, pero sufre violencia de género machista con los comentarios que le hace la suegra del hecho de que la gente alrededor de ella espera que se subordine al candidato de su pareja, pero al mismo tiempo, ella tampoco duda en lucrar cuando encuentra la oportunidad de hacerlo dañando a alguien que está más abajo en la estructura. Entonces sí es que todo el mundo ahí tiene la posibilidad de hacerle daño a alguien más, pero también es la víctima de otros.

 

Qué me dice del asunto de la ecocrítica que tiene la novela, pues está la laguna que era el sustento del pueblo, la pesca, que se termina contaminando por intereses de una multinacional y esa contaminación lo pudre todo. Y sobre la técnica. Cada capítulo es narrado por un personaje distinto y parece una sola voz también hasta cierto punto. Se vuelven como un coro griego.

Exacto, sí hay un capítulo que es tal cual un coro griego. De hecho, es el cuarto capítulo de la novela, titulado “Las huestes angelicales”. Está basado en la idea del coro griego tal cual.

 

¿Y cómo se le ocurrió acercarse a la novela de esa manera?

La idea, originalmente, era hacer cuentos. Venía de escribir una novela un tanto más tradicional en su estructura, en el sentido de que es una serie definida de personajes que están presentes a lo largo de toda la narración, y quería hacer cosas más pequeñas. Sí, quería que hubiera un elemento de interrelación entre los relatos, pero se fue haciendo más y más notoria y más obvia en el libro, hasta que terminó volviéndose novela. Los cambios de narradores... la idea era jugar un poco. Pienso que es importante tratar de buscar una especie de matrimonio entre el fondo y la forma. Hay un capítulo que está en futuro, en segunda persona, que es “Nadarás en aguas lejanas”. Partió de la idea de trabajar un tiempo poco usual para la narración. Entonces decido la segunda persona y el futuro; sé que fue lo primero que decidí antes de tener la historia, antes de tener nada, ninguna otra cosa; ese era el reto. Quiero tener algo en futuro en segunda persona, pero las conjugaciones en este tiempo tienen una connotación. Entonces empecé a darme cuenta de que eran de sentencias: no harás; comerás; vivirás; caminarás. Y empecé a pensar en la tragedia griega y en esta cuestión del destino: este manifiesto que es imposible evitar. Hay esta advertencia del peligro, el personaje trata de evitarlo y su mismo intento de evitarlo es lo que hace que se conduzca al destino que se le marcó desde un inicio.

Entonces, pues ahí la idea fue irse hacia el pasado. Se amarraba bien con la idea de este mal que no se puede explicar, que está moviendo todos los hilos y tal vez desde hace décadas. Y pues, yo ya sabía que el personaje iba a ser de origen migrante. Esto porque antes de escribir el libro también hice investigación y una de las fuentes que fueron fundamentales es una tesis de sociología que se titula La vorágine de la violencia, de una académica que se llama Gema Kloppe Santamaría. Su corpus de trabajo son todos los casos de linchamiento documentados en el México posrevolucionario, más o menos de 1920 a 1950. Encuentra más o menos como tres o cuatro tendencias. Y una de ellas es que era gente que era de afuera en comunidades pequeñas. Entonces dije: cómo puedo mover esto al contexto del siglo XXI y, obviamente, tenemos ahorita un fenómeno migrante en México, con la migración que se recibe desde Centroamérica en el cruce a Estados Unidos; también están las migraciones por el desplazamiento. Ahí va uno amarrando los hilos de cómo los distintos elementos se pueden ir atando de manera natural, y esta lógica es lo que está detrás de cada uno de los capítulos. A la hora de escribir trato de divertirme, por eso también hay cambios.

Son referencias o pequeños guiños hacia las cosas que me gustan. Pongo un ejemplo. El capítulo que está escrito como enclave de una falsa ciencia ficción está basado en un cómic de este género de los sesenta, como lo escribiría Jack Kirby, que, dije anteriormente, me gustaba, la idea de utilizar esta prosa rimbombante de estos elementos de ciencia ficción, muy del siglo pasado, y al final resulta ser una fantasía que oculta la realidad que se va revelando hasta el final del capítulo.

Voy a utilizar una forma narrativa, pero de qué manera la amarro para que también esté interactuando con el contenido para que no sea nada más un truco. Ay, pues lo voy a hacer en un tiempo raro porque siento que eso lo hace un tanto débil o hasta pretencioso, pero amarrado con la historia se alimentan mutuamente y justifica forma y fondo.

 

Ese capítulo me sorprendió; no me lo esperaba. ¿De momento, ciencia ficción, pero cómo? El linchamiento. Lo ecológico. La novela explora miedos y las leyendas que cuentan la memoria del pueblo. La obra, en vez de un suceso, es un asunto con el tiempo. Tal vez es que son muchos círculos concéntricos en cuanto a un evento.

Tal cual, esto y la idea desde un punto de vista ético. También lo que está en el centro nunca aparece en el primer plano de la narración. La corporalidad de lo que le sucede a la víctima nunca se menciona en detalle. Y eso también me pareció importante en el sentido del contexto violento que es México, donde creo que muchos de nosotros hemos tenido alguna relación de primera mano con la violencia o la vemos repetida a diario en nuestros medios, etcétera. Entonces siento que no hace falta representarla de frente, pues lo que nos hace falta es más la discusión de lo que hay alrededor de los acontecimientos, más allá de los acontecimientos mismos, porque al final estas cosas obedecen a fenómenos históricos, estructurales, que van más allá de las explicaciones simplistas, que a lo mejor son las únicas que llegan a la mesa de la discusión pública.

 

Pero el enigma en esa novela es por qué desaparecen los niños al principio, ¿no? El tema se vuelve más marginal según va progresando la novela. Bueno, depende de quién narre y entonces el león...

Es un lince. Hay una especie endémica en México de la que una vez me platicó una amiga. Tengo una amiga que es bióloga y tuvimos una conversación acerca de algunas especies nativas del país. Pues, por ahí se habla de la autofagia, este mal que se consume a sí mismo, que es la característica propia del capitalismo tardío en el que estamos viviendo. Creo que la autoconsumición era una buena metáfora también de Mammon, que es esta representación demoníaca de la avaricia, el tener por tener. Esta fuerza ya lo tiene todo y sigue sin saciarse y llega al punto en el que se empieza a consumirse a sí misma.

 

¿Mammon en qué contexto? ¿De dónde salió?

En la tradición judeocristiana está mencionado en la Biblia. De hecho, justo en realidad muchas de las cuestiones con el imaginario demoníaco en el mundo cristiano son más bien cuestiones de traducción. Este Mammon, cuando se menciona en la Biblia, es una traducción de un vocablo arameo que significa codicia o avaricia. “Ten cuidado de la avaricia”, pero por cuestiones de traducción a lo largo de las múltiples capas de traducción que tienen los textos bíblicos, en algún momento se conserva el vocablo y eso hace que se antropomorfice. Y ya eso lleva a las representaciones culturales, que son varias. Una en la que me basé fue en la que aparece en El paraíso perdido de John Milton. Hay un par de menciones a Mammon ahí que también aparecen en el libro, sobre todo esto del piso de oro. En varias ocasiones en el libro los políticos, sobre todo, dicen que la región es rica y que los pisos deberían ser de oro por los recursos que tienen. Cuando se menciona a Mammon, que es parte de las huestes de Lucifer, que son expulsadas del infierno, se menciona que Mammon fue expulsado porque, en lugar de mirar hacia la luz divina, miraba hacia el suelo del Paraíso, que estaba hecho de oro. Y era como esta metáfora del amor por los bienes materiales.

 

Esas voces desde el punto de vista de las clases populares, ¿cómo se acerca usted a la construcción de esos personajes? Digamos, porque es verosímil, resulta verosímil sin ser paternalista.

Es porque así hablaba yo cuando era adolescente, o sea, yo y mis amigos de la colonia. De repente sí sentía cierto nerviosismo a lo mejor de que se pudiera volver casi paródico o una caricatura de estas representaciones que siento que, pues luego hay que tener cuidado de no caer en estereotipos facilones, pero me limité a hablar como yo hablaba con mis compas, cuando yo estaba en la secundaria, en la prepa, y que andaba ahí en la calle de desmadroso.

 

¿En dónde exactamente?

En Chihuahua.

 

¿Hay algo que no le he preguntado que le gustaría decir?

Hay una serie de televisión que me parece que fue fundamental en la decisión de estructurar la novela: The Wire (2002), esta serie policiaca de los dos mil. Son cinco temporadas. El gran tema es la guerra contra las drogas en Estados Unidos. En esa época fue cuando estalló todo el asunto de construir al narcotráfico como un enemigo público tanto en México como en Estados Unidos. Y bueno, el truco de utilizar distintas perspectivas en cada capítulo viene de ahí. Cada temporada está enfocada en un aspecto distinto de la ciudad en que se desarrolla, que es Baltimore en Estados Unidos. El primer capítulo son los narcomenudistas en las zonas negras de la ciudad; la segunda temporada es sobre cómo llega la droga a la ciudad a través de los puertos y también ahí se trata el tema de tráfico de blancas; la tercera temporada regresa a la cuestión del narcomenudeo pero con la esfera política; la cuarta está enfocada en unas elecciones y mira el sistema educativo y la quinta en los medios de comunicación. Lo que logró esta serie fue muy innovador para su época y creo que no he vuelto a ver algo que aborde estos temas con esta complejidad. Es que lo aborda todo desde su naturaleza estructural. Si no existiera The Wire, yo no habría tenido la manera de conceptualizar lo que quería hacer con esa novela. Entonces, sí hay un referente inmediato ahí.

 

Una última pregunta sobre lo que lee, porque se acerca al tema desde el punto de vista de la sociología, así que me da curiosidad.

Soy de obsesiones particulares que varían de un momento a otro. En ese caso estuve leyendo sociología, psicoanálisis. Erich Fromm tiene un libro, Anatomía de la destructividad humana. Leí un par de estudios de la ONU acerca del fenómeno de linchamiento a nivel mundial. Hubo una época en la que estuve muy obsesionado leyendo filosofía de la ciencia porque entonces estuve trabajando en un proyecto más hacia la ficción especulativa. Ahorita estoy leyendo análisis académicos sobre la violencia. Siento que la violencia en México tiene este componente social, económico, político. Entonces, por ejemplo, ahorita el último libro que leí fue Contrapedagogías de la crueldad, de Rita Segato, que aborda el asunto desde una perspectiva de género. Estoy leyendo Los cárteles no existen, de Oswaldo Zavala, que habla sobre la construcción epistemológica del narco como enemigo público número uno en el país y cómo es una construcción originada desde el mismo Estado.

Melanie Pérez Ortiz
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