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Quintín Rivera Toro:
“Me enerva el fundamentalismo restrictivo”

domingo 12 de abril de 2026
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Quintín Rivera Toro
Rivera Toro: “Me veo como parte ineludible de una clase artística que protesta; en la isla, el coloniaje; fuera de la isla, las injusticias sociales; todo es parte de una gama de espíritus humanos que remamos en la misma dirección”.

Quintín Rivera Toro nació en Caguas, Puerto Rico, en 1978. Es fotógrafo, artista sonoro y creador de videoarte. Inició su formación formal en artes plásticas en la Universidad de Puerto Rico. En 2001, obtuvo su Licenciatura en Escultura en Hunter College, Nueva York, y más tarde completó una Maestría en Escultura en la Rhode Island School of Design, en Providence (2013). Tiene una Maestría en Comunicaciones de la Universidad de Puerto Rico (2007) y un Doctorado en Producción e Investigación Artística de la Universitat Politècnica de València en España (2019). Su obra ha sido exhibida en diversos museos de Puerto Rico, incluyendo el Museo de Arte de Caguas, el Museo Dr. Pío López Martínez en Cayey y el Museo y Centro de Estudios Humanísticos de la Universidad del Turabo en Gurabo, así como en el Museo de Arte Contemporáneo de Puerto Rico y el Museo de Arte de Puerto Rico, ambos situados en San Juan. Ha recibido múltiples becas y reconocimientos en Puerto Rico y en Estados Unidos.

Quintín ha recibido la beca de viaje Daad de Alemania; una beca completa para el Vermont Studio Center en Johnson, Vermont; una beca de estudios de la Academia Nacional de Diseño en Nueva York; ha sido artista en residencia en la Ox Bow School of Art, en Saugatuck, Michigan; pasante en el Museo Chinati en Marfa, Texas; ha estudiado en la Escuela Internacional de Teatro de América Latina y el Caribe (Eitalc) en Cuernavaca, México; fue galardonado con una Beca de Logros del Transart Institute en Berlín, Alemania; recibió una Beca para Artistas Individuales, así como una Beca de Nuevos Géneros del Consejo de Artes del Estado de Rhode Island; obtuvo el Premio Sylvia Leslie Young Herman y Honores Académicos de la Rhode Island School of Design; The New York Times ha descrito el trabajo de Quintín como “arte contemporáneo impactante”, y fue seleccionado para la lista de “Top 10 de estrellas emergentes del arte en Nueva York” por Refinery29, bajo la curaduría de Casey Fremont. Entre 2017 y 2019 fue elegido como artista en residencia en la Universidad de El Turabo, en Gurabo, Puerto Rico. En los últimos años, ha recibido becas completas para la residencia de Studios at Mass Moca, así como para el Virginia Center for the Creative Arts. En 2023, una de sus “Pinturas duras” (“Hard Paintings”) fue galardonada con el Premio de Adquisición de la Colección Bassat durante la Feria de Arte Urvanity en Madrid, España.

Sus obras se encuentran en las colecciones permanentes, en Estados Unidos, del Museo de Arte Frost (Miami, Florida), Museo del Barrio (Nueva York, Nueva York) y Museo de Arte de la Universidad de Nova Scotia (Fort Lauderdale, Florida), y en Puerto Rico, en las del Museo de Arte de Puerto Rico (San Juan), Museo de Arte de Ponce, Museo de Arte Contemporáneo, Museo de la Universidad de Puerto Rico (Cayey), Museo y Centro de Estudios Humanísticos de la Universidad Ana G. Méndez (Gurabo), Museo de Arte de Caguas, y en los campus de la Universidad Ana G. Méndez en Cupey y en Gurabo. Él ha contestado todas nuestras preguntas. Todas sus respuestas son para ser compartidas con todos vosotros.

 


 

—En 2025 presentó usted “No Human is Illegal” – Dissident Bodies Collective. ¿De qué trata este performance? ¿Cómo surgió la oportunidad de trabajarlo?

“No Human is Illegal” – Dissident Bodies Collective es un proyecto internacional cuya sede en Puerto Rico es curada por la grandiosa Salomé Cosmique, con quien afortunadamente hemos tenido el espacio, tiempo e interés de trabajar juntos. Su propuesta naturalmente viene a raíz de todo lo que vivimos en la contemporaneidad del primer cuarto del siglo XXI, y atinadamente se interesó en mi propuesta que llevo unos años desarrollando que se llama el “Humano Mutis”. La misma trata de la idea del silenciamiento, ya sea autodirigido o por motivos institucionales, inclusive por miedo social. Siempre me ha interesado trabajar mis ideas desde la fuente que es el miedo, que llevamos inherentemente las personas como parte de vivir. El “Humano Mutis” no tiene identidad fisionómica, no es una persona ni blanca ni negra, ni joven ni vieja, ni hetero ni homo, ni clasificación humana alguna, por esto se viste de sombra. Entiendo que la deshumanización a través de la rampante xenofobia que vivimos en la era “trumpista” alcanza niveles ridículos de imperialismo irresponsable, al estilo de los romanos o napoleónicos. Rebasa todo razonamiento de derechos humanos y su sede es la América del Norte central. El mundo entero observamos cómo se destruye y descarta el propio tejido social del cual venimos. Por esto ambas, tanto mi propuesta como la de que ningún humano es ilegal, fue un buen junte. El “Humano Mutis” se enrosca y lucha con telas inmensas de cavas que llevan palabras como América o los símbolos de masculino y femenino; todos en erosión activa hoy día; por esto hay una lucha entre el concepto pintado sobre el canvas y la interacción de este humano sombra, que podría ser cualquiera, pero que también lucha por motivos silenciados. Así cualquiera puede proyectarse sobre la imagen que se genera con la propuesta.

—¿Qué relación tiene su trabajo creativo-investigativo previo a “No Human is Illegal” – Dissident Bodies Collective y su trabajo creativo-investigativo entonces y hoy? ¿Cómo lo hilvana con su experiencia de puertorriqueño-caribeño y su memoria personal de lo caribeño dentro de Estados Unidos, España, Puerto Rico y el Caribe?

—La verdad es que con los años veo cada vez más cómo la experiencia del migrante está atada a mis investigaciones artísticas. Emigré dos veces en mi vida a Estados Unidos, primero por estudios y segundo por trabajo, y en ambas ocasiones regresé abatido por el cansancio de los valores que promueve Estados Unidos, de la autoexplotación por un sueño inalcanzable de poder en cualquiera de sus vertientes: dinero, fama o éxito, son todas falacias del capitalismo en el que vivimos inmersos. En el caso de España, la visité varias veces durante mis estudios doctorales en Valencia, y mientras que se siente como un pasado distante, es imposible olvidar las atrocidades que se generaron contra los habitantes de nuestra isla, nuestro territorio por haber nacido aquí. La lógica expansionista y colonizadora se mantiene viva evidentemente. El Caribe, desde la colonización, ha sufrido una realidad muy cruel, que es la de no poder comunicarnos unos y otras, desde las restricciones militares de las aguas (no podemos pescar en nuestras propias aguas) y los cielos (no podemos viajar a nuestros países hermanos) hasta el plurilingüismo, como decía el erudito José Luis González en El país de cuatro pisos, pero a diferencia de él, yo no lo veo positivo, sino como una forma terrible de babelismo castigador, donde luego de las ambiciones europeas y los múltiples tratados de repartición territorial dejaron desconectado todo un sistema de pueblos y culturas. Esto me enfurece; como si fuéramos una pizza, nos repartieron a gusto en pedazos. Mi memoria personal es una que se ha construido de manera tardía, como con todos los puertorriqueños, a quienes no se nos enseña nuestra propia historia por miedo a la rebelión ideológica y la siempre presente amenaza de hacernos olvidar de dónde venimos y quiénes somos. Por esto, hacer arte en este país no puede ser otra cosa que una resistencia decolonial.

—Si compara su crecimiento y madurez como persona, escultor, fotógrafo, artista sonoro y videoartista con su época actual o reciente de artista-investigador en Puerto Rico, España y Estados Unidos, ¿qué diferencias observa en su trabajo creativo-investigativo? ¿Cómo ha madurado su obra? ¿Cómo ha madurado usted?

—Bueno, lo de artista sonoro es un error de una curadora que se ha perpetuado, pero lo multidisciplinario es correcto. Ahora, lo que sí es innegable es que le he dedicado períodos intensos a una variedad de vertientes creativas. Claro, las bases: pintura y escultura, el dibujo, pero una vez terminé mis primeros estudios de bachillerato me lancé por el videoarte, el arte público, y más recientemente el performance, el cine y la escritura. Ya son veinticinco años que le he dedicado a estas preguntas y veo cómo regresan planteamientos de la juventud, tales como la vulnerabilidad desde la masculinidad, las comunicaciones y la publicidad, ramas de las humanidades con las que me crie, y el amor por trabajar la madera, desde un lugar político, como un recurso natural nacional, como tantos otros, que no podemos exportar por restricciones de macroestructuras comerciales que nos oprimen. Sólo por darme el gusto de mencionarlos: el café, el aguacate, la papaya, la caña, el tabaco, la marihuana, el cacao y sí, la madera; tantos frutos que abundan, que la humanidad entera los desea, pero se nos restringe la exportación, mientras que compañías extranjeras sí siembran y cosechan toda nuestra cornucopia. Ese dinero, ese capital, nos lo roban con las leyes que se imponen sobre el isleño. Entonces, mi obra siempre parte de estos elementos de protesta, en toda la gama de posibilidades que mi intelecto y cuerpo me permiten, hasta el día que ya no esté aquí.

—¿Cómo visualiza su trabajo creativo-investigativo con el de su núcleo generacional de artistas con los que comparte o ha compartido en Estados Unidos, España, Puerto Rico y el Caribe? ¿Cómo ha integrado su trabajo creativo-investigativo a su quehacer artístico?

—Me veo como parte ineludible de una clase artística que protesta; en la isla, el coloniaje; fuera de la isla, las injusticias sociales; todo es parte de una gama de espíritus humanos que remamos en la misma dirección; aun cuando nuestros grandes egos no nos permitan ponernos de acuerdo y dejar de competir, siento que aunque no lo veamos, la creación artística, como una macroestructura, empuja en la misma dirección, buscando un punto de inflexión, un cambio hacia lo justo y lo inclusivo. Competimos porque vivimos en economías capitalistas, donde para destacarse necesitamos competir por los pocos recursos que nos tiran como migajas. El individualismo, que viene a partir de la era de la razón, es una bella idea, que nos aleja de sistemas feudales de esclavización al trabajo, pero, para ser honesto, no veo ni siento mucha diferencia entre las burguesías medievales y los billonarios de hoy día. Entonces, para integrar mi trabajo artístico dentro de esta realidad, significa trabajar un tercer turno en el día, sacrificar el sueño del cuerpo para alimentar el sueño del alma. Al final recuerdo siempre lo que decía el mítico artista Félix González Torres: “El estudio está en mi cabeza”, idea liberadora para combatir el sistema de fabricación industrial. Al final del día, somos artistas y producimos “artesanalmente”, creaciones que vienen de ideas singulares y se esculpen de principio a fin, un concepto a la vez.

—Ha logrado mantener una línea de creación enfocada en la escultura y la imagen. ¿Cómo concibe la recepción a su trabajo creativo-investigativo dentro de Puerto Rico y fuera, y la de sus pares?

—Como mencionaba anteriormente, en la colonia explotada peleamos por las migajas que caen debajo de la mesa. Aparece una beca, y estamos dispuestos a canibalizar las frágiles relaciones sociales que construimos desde la precariedad. Por tanto, no es sostenible. El trascender en la escena del arte en Puerto Rico tiene mucho más que ver con ser parte de un círculo inclusivo/exclusivo, el cual tiene poca tolerancia para la crítica y en muchas ocasiones llega hasta lo corrupto. Lo sé porque por muchos años estuve dentro de los círculos que aún mueven el arte en Puerto Rico, pero al madurar, y hacer señalamientos sobre dichos problemas, he sido cancelado silenciosamente. Como quiera convivimos, porque no queda de otra, buscamos exhibir en los mismos museos y galerías nacionales. Por otro lado, al llevar la obra al extranjero la experiencia es radicalmente distinta; no porque estos círculos no existan en todas las escenas culturales del mundo, sino porque al no ser local en estos países, no representa uno la amenaza de quitarle el pastel al otro. En mi experiencia, con frecuencia cuando logro presentar mi trabajo fuera de Puerto Rico la obra trasciende, y eso lo atribuyo a que, al no conocerme como persona y ver sólo el trabajo, los curadores, galeristas y coleccionistas no sienten que estoy en competencia con ellos o, por otra parte, ven el trabajo sin conocerme como ente político y por tanto no existe un conflicto ideológico de intereses encontrados.

—Sé que usted es de Caguas, Puerto Rico. ¿Se considera un artista puertorriqueño o no? O, más bien, un artista, sea éste puertorriqueño o no. ¿Por qué? José Luis González se sentía ser un universitario mexicano. ¿Cómo se siente usted?

—Me muero de la risa. Acabo de ver que mencionas a José Luis González, cuando lo citaba en la pregunta anterior. Ciertamente me siento puertorriqueño y mi trabajo obra desde la experiencia de esta identidad, pero esto no llega sin cuestionamientos. Soy cagüeño y siempre lo digo al presentarme, pero de igual manera no crecí sintiendo un orgullo o pertenencia a esta municipalidad. Por el contrario, frases tales como: “Nene, baja la voz, ¿tú te crees que esta es la plaza de Caguas?”, como refiriendo al hecho de ser pueril o falto de etiqueta. ¿Cómo sentir orgullo si se habla del gentilicio de manera peyorativa? Por otro lado, que exista un paradigma generacional (dentro de la teoría y crítica del arte) que propulse lo “internacional” como un marcador del éxito, fue formativo para mí. O sea, en mi juventud se rechazaba el regionalismo, término que aún conlleva muchos estigmas de una especie de falta de alcance o inclusive de educación formal. Sin embargo, años más tarde surge el concepto de lo “glocal” (global + local), lo cual explicaba que una cosa no cancela la otra, y más allá, le distingue. Hemos visto que hoy día se prioriza la identidad local, para así alcanzar una especie de autenticidad u originalidad que se pierde en las tendencias sistematizadas por los museos o grandes instituciones culturales que logran inadvertidamente que los artistas todos acaben pareciéndose. Cuando era niño, observaba la tendencia cubista en la pintura de Puerto Rico, por influencia de Pablo Picasso y el movimiento que llevaba ese nombre. Todos querían parecerse a Picasso, porque todos querían su éxito irrefrenable durante el siglo XX. Hoy día, perdió fuerza esta estética, lo cual nos lleva a preguntarnos si el conceptualismo multidisciplinario que caracterizó el final del siglo XX igualmente perderá su lustre. El tiempo dirá, pero aquí fue que se forjó mi sentido de estrategia para la creación artística y, para ser honesto, no tengo duda alguna de que así será.

—¿Cómo integra su identidad étnica y de género, y su ideología política, con su trabajo creativo-investigativo y su formación y experiencia creativa de origen puertorriqueño?

—Esta pregunta es neurálgica para mí y ciertamente peligrosa de contestar. La pregunta de la “identidad/identity” es una de las más controvertibles de la teoría y crítica del arte de mi generación. Al referirse a mi etnia, no cabe duda de que soy puertorriqueño. Cuando busco en mi ancestralidad sólo hay puertorriqueños. Mi abuela nació en República Dominicana, en Barahona, pero de padres puertorriqueños, y se regresó a la isla con unos diez añitos. Un desertor de marina mercante francesa llamado Maurice fue un tatarabuelo que se quedó en la isla en el siglo XIX, luego se convierte en nuestro apellido boricua “Morise”, pero, aparte de estos dos casos, en mi familia somos purititos puertorriqueños. Fenotípicamente hablando, soy lo que hoy día se refieren a “white passing”, o sea, mi piel es bien blanca y mis ojos y pelo son claros, y por tanto siempre, sin tener conciencia de esto en la juventud, disfruté de los privilegios que otorga el racismo internalizado en los humanos; mientras, siempre sentí una responsabilidad por asumir con orgullo la afrodescendencia que existe en mi familia, la cual es mucha, sólo basta ver fotos mías junto a mis primos hermanos. Antes de perder la inocencia de mis privilegios, sentía un arraigo fuerte por los rasgos diversos de negritud en mi familia y en mi cuerpo; mi estructura física, mi nariz, mis manos y pies, siempre me indicaron el mestizaje que habita en mí, y por tanto desde ahí forjé una idiosincrasia netamente boricua. Me identifico culturalmente con los oprimidos, porque la horrorosa experiencia taína y negra también es mía; aunque no haya yo sufrido en carne propia el discrimen, lloré lágrimas amargas al saber cómo se abusó, asesinó, violó y robó a los antepasados que hoy me traen a esta vida. En términos de género, igualmente crecí dentro del molde heteronormativo, presentándome con sólo dos opciones, ser hombre o ser gay, algo que atemoriza a cualquier persona que nace en cuerpo masculino, ya que el estigma y castigo de la otredad es recalcitrante. Pero la realidad es que nací como lo que biológicamente se conoce como “intersexual”, igual que mi abuelo paterno, con un testículo sin descender, o sea, uno de mis testículos quería ser ovario, y viví, antes de mi conciencia, una “corrección” de genitalia. No me queda claro cómo esto afectó mi psiquis desde un lugar biológico, pero la realidad es que siempre he sido una persona increíblemente sensible, porosa, emocionalmente, y que no me identifiqué nunca con la masculinidad hegemónica, que era un llorón a flor de piel, que me he identificado con lo queer, con lo alternativo y, digamos así, con los freaks del mundo. Su lucha es mi lucha, porque nadie merece sufrir por ninguna de estas categorías sociales, que son tan diversas como la naturaleza misma. Me enerva el fundamentalismo restrictivo, especialmente el que trata de controlar el cuerpo de cualquiera que no sea el propio. En mi trabajo, a través de los años, he explorado mi otredad desde la vulnerabilidad masculina, sencillamente, desde la fragilidad humana y sus esfuerzos por ser reconocida y respetada. En ocasiones he asumido estrategias de corte y estética hegemónica, sólo para poner de relieve su complejidad y contradicción, como por ejemplo mi monólogo llamado La novísima declaración internacional antillana, la cual supone de un ejército caribeño que atacará a Nueva York mañana a las 400 horas; aquí utilizo un uniforme militar, pero llevo falda; explico todas las maneras de aniquilación militar sobrecogedora (teoría militar vigente de Estados Unidos, el “overwhelming force”), pero al final de cada párrafo termino explicando: “Recuerden que esto es teatro”; podríamos analizar varios cuerpos de trabajo a través de este lente, pero lo que me queda claro hoy día es que soy aliado de todas estas causas, pero no soy feminista, no soy afrodescendiente, no vengo de la pobreza extrema; sí soy masculinista, sí soy boricua y desde que cumplí la mayoría de edad he trabajado como un burro para mantenerme estancado en un nivel de pobreza salarial, que ahora cerca de mis cincuenta años entiendo que no va a cambiar. Hago las paces con mis privilegios y mis opresores al mismo tiempo, siempre con la promesa de no perder la esperanza de alcanzar un cambio radical social por el bien común, y si esto es llamarse socialista o comunista, que me apunten en esa lista también.

—¿Cómo se integra su trabajo creativo-investigativo a su experiencia de vida como estudiante antes y después de su paso por la Universidad de Puerto Rico? ¿Cómo integra esas experiencias de vida en su propio quehacer de artista en Puerto Rico hoy?

—Gracias por esta pregunta. Ser de la UPR es otra experiencia colmada de contradicciones. Ingresé en 1996 como estudiante, regresé a terminar mi grado en Comunicaciones en 2005 y de 2014 a 2023 fui profesor de arte, hasta que mi perfil ya no era atractivo para la oferta matricular y dejaron de contratarme. Durante estos tres períodos y entre décadas, observé el gradual pero acelerado desmantelamiento de nuestro primer recinto. Es asombroso ver las acciones sistémicas de un gobierno puertorriqueño autodestructivo y “mimetizante”; decía el teórico Homi Bhabha que el colonizado oprimido oprime a su propia gente con la esperanza inconsciente de alcanzar el poder del opresor; al final son sólo traidores a la patria. Marché como estudiante en ambos períodos y marché como profesor durante una década, dentro de un torbellino de mentiras mediáticas, información confusa y precariedad multisectorial. Sólo nos toca resistir y cargar la antorcha del reclamo hasta que la próxima generación aprenda a destiempo la historia de esta isla. Un Puerto Rico sin puertorriqueños. Hacia eso vamos. Por esto decido cagarme la colonia todos los días; mientras crezca mi hija, mientras mi familia esté viva, mientras haya un espacio para habitar sin miedo a ser desaparecido o castigado, aquí estaré, pero ya lo vemos a la vuelta de la esquina. Este semestre por primera vez decido no seguir con la docencia, por lo miserable del sueldo, por lo inseguro del empleo, por el estancamiento laboral que experimentado por tantos años. Hemos montado mi pareja y yo un café de artistas en el pueblo de Caguas, desde donde hago curaduría, vendo alimentos a precios no capitalistas y nos reunimos todas las semanas para hablar críticamente de la cultura. Sigo haciendo arte en el tercer turno, perdiendo sueño del cuerpo, pero con la esperanza del cambio; cuando me pueda dedicar a mi práctica artística de manera consistente y vivir dignamente, el sueño del alma será logrado; mientras tanto, en Puerto Rico, work harder es la que hay; por eso Byung-Chul Han nos recomienda “más fiesta y más siesta” en esta, nuestra “sociedad del cansancio”.

—¿Qué diferencia observa, al transcurrir del tiempo, con la recepción del público a su trabajo creativo-investigativo y a la temática ficcional o no del mismo? ¿Cómo ha variado?

—Con los años me he dado cuenta de que el público que me aprecia de manera consistente son las personas que no compiten en el mismo ámbito que yo, y no es de sorprenderse. Por muchos años he cosechado los éxitos de un trabajo incansable, la ambición ciega en la juventud, o la urgencia de alcanzar las metas en la adultez; pero desde afuera sólo se comparten los triunfos, y no las derrotas, que son muchísimas más. Pocas personas ven el sacrificio, la inseguridad, la depresión, la pelambrera económica, aunque todas se podrían identificar, porque todos somos humanos. La percepción es algo bien complejo. Lo entiendo porque a mí me pasa igual. Sólo veo los logros de los demás y siento celos y envidia; normal. Sin embargo, con cada experiencia aprendo a celebrar a quienes cosechan sus logros, especialmente al entender que todos tenemos privilegios y opresiones, simultáneamente. Así pienso en lo que decía Andy Warhol: “En el futuro todo el mundo tendrá quince minutos de fama”; yo siento que he tenido unos cinco minutos de esos en mi vida, porque claro, el éxito es un barril sin fondo, una bestia que no se sacia nunca. Hacer las paces con esa fiera interna, que se llama ego, es una combinación de buscar entender que hay espacio para todas las personas, que el mundo entero es demasiado amplio para competir con los mismos círculos porque nos dejen entrar, o que no nos saquen de este.

—¿Qué otros proyectos creativo-investigativos tiene usted pendientes y recientes?

—Quiero hacer arte público. Vengo de una familia que se inventó su propia agencia de publicidad. Mi santo padre, el ejemplo de un trabajador incansable, a quien inconscientemente emulo y con quien hasta compito todos los días, fue un hombre que vino de la escasez, trabajó en construcción y mantenimiento toda su vida, y luego se rodeó de artistas gráficos para correr su agencia que se especializaba en la prensa. Entendí así intuitivamente el tema de las comunicaciones, de los rótulos, de enviar un mensaje con claridad, precisión y al instante. Creo que por eso me enamora tanto el arte público. La grandeza de un “billboard” es algo que todavía me sorprende. Tal vez una reacción al discurso de empequeñecimiento del isleño, y mi necesidad de hacer obras monumentales para combatir este estigma de tan baja autoestima. No somos más pequeños que nadie, cada humano que existe sobre la faz de la tierra tiene un cuerpo similar, no son ni superiores ni inferiores, sólo se han agenciado los recursos de manera desigual. Quiero mis palabras arrugadas (las que llamo “pinturas fuertes”) en “billboards” consecutivos a través de las carreteras de cualquier país, generando una búsqueda y encuentro recurrente para que los transeúntes imaginen preguntas filosóficas, a través de espacios inmensos, en carreteras que nos conecten entre países, viajando por largos tramos de espacio y tiempo.

Wilkins Román Samot
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