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En su novela El ruido de las tabas en el silencio del miedo vuelve sobre el golpe de 1973
Carmen Malarée narra la memoria colectiva chilena en la voz de una niña

domingo 13 de septiembre de 2026
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Carmen Malarée
Carmen Malarée: “Escribí con la voz de una niña que, cuando se reencuentra con su cuaderno, que le sirvió para dejar escritas en él sus memorias, recuerda esa etapa de su vida. Pero ¿qué pasa cuando a los niños se les ha encubierto parte de ese pasado?”.

En septiembre de 1973, Chile entró en una de las etapas más traumáticas de su historia contemporánea. El golpe de Estado que derrocó al gobierno de Salvador Allende tuvo repercusiones que no se limitaron al orden político del país: alteró también la vida cotidiana y las relaciones familiares. Sin saberlo, se inauguraba una etapa en la que muchas personas comenzaron a desconfiar de quienes hasta entonces habían sido simplemente vecinos, amigos o parientes.

En El ruido de las tabas en el silencio del miedo, Carmen Malarée vuelve sobre esos acontecimientos desde una perspectiva particular: la de Beatriz, una niña de diez años que registra en un cuaderno lo que ocurre a su alrededor y trata de comprender un mundo adulto en el que surgieron palabras cuyo significado intrínseco todavía desconoce. Golpe, allanamiento, censura, desaparición o fusilamiento entran poco a poco en su vocabulario, al tiempo que los juegos, la escuela, las amistades y la vida del barrio dejan de estar al margen de la violencia política. Las tabas con las que juega se convierten así en una presencia persistente frente al miedo y en uno de los símbolos centrales de la novela.

Nacida en Chile y formada inicialmente en Sociología en la Universidad de Concepción, Malarée continuó sus estudios en el Reino Unido, donde obtuvo un máster en la Universidad de Cambridge y cursó estudios de posgrado en Pedagogía de Idiomas Extranjeros en la Universidad de Exeter. Esa doble atención a las relaciones sociales y al lenguaje resulta especialmente visible en una novela donde aprender nuevas palabras equivale también a descubrir nuevas formas de la realidad. La autora de obras como la novela breve La voz del silencio (2004), la novela histórica Donde se cruzan los senderos (2011) y el volumen de relatos Kaleidoscopio (2011) nos habla hoy sobre la decisión de narrar el golpe desde una conciencia infantil, la memoria personal y colectiva, la ruptura de la convivencia, el papel de la Iglesia comprometida con los sectores populares y la manera en que la literatura puede regresar a un episodio histórico sin renunciar a la intimidad de quienes lo vivieron.

 

Carmen Malarée y la dimensión de las palabras

Tu novela revisa el impacto que tuvo en la sociedad de tu país el golpe de 1973 y lo hace desde la perspectiva de la infancia. Y esto no es poca cosa, pues cualquiera puede sentarse a escribir lo que recuerda de un hecho histórico, pero tú has construido una novela a la vez entrañable y desgarradora echando mano de la mirada de una niña. Hablemos entonces, en principio, de cómo llegas a esta novela, o a la formulación de esta trama.

La idea nació del juego de las tabas. Hace algunos años escribí un texto sobre esta actividad lúdica y lo presenté en un taller de escritura en Londres donde asistían mujeres chilenas y latinoamericanas. A ellas les llamó mucho la atención este juego milenario, del cual nunca habían escuchado. Fue entonces que comencé a pensar que las tabas en una novela podrían ser un anuncio de algo terrible que se avecina y a la vez refugio para escapar de ese algo, porque es un juego a la vez macabro e inocente: huesos de animales muertos que sirven de esparcimiento a los niños. Narrado por una niña es una forma más directa de comunicación con el lector ya que introduce un factor muy importante en la narración: la inocencia de la narradora que trata de comprender esa realidad donde existe la confusión, dada sobre todo por la diversidad de opiniones que escucha, la ansiedad de los padres, el peligro que corre el cura. La niña pregunta, trata de explicarse ella misma el significado de esa palabra que da la alerta de algo peligroso que se avecina y que los adultos le llaman “golpe”. Su inocencia no logra comprender lo que está pasando sino hasta experimentar esa vivencia; descubre su significación a través de lo que ve y escucha en los medios de comunicación el día mismo del golpe. Esto permite presentar una realidad violenta y represiva, como fue el golpe de Estado en Chile, con herramientas de observación y de juicio presentes en la mentalidad infantil para que pueda llegar a un público que vea esa realidad con otros ojos y tocar así lo estrictamente humano de una situación tan conflictiva y brutal como fue el golpe de 1973. Ese profundo cambio, que marcó el rompimiento del Estado de derecho democrático en Chile, ha persistido hasta la presente Constitución, que fue redactada durante la dictadura y que se ideó para perpetrar ese nuevo orden.

 

El ruido de las tabas en el silencio del miedo comienza con una distancia temporal. Cuando Beatriz recupera su diario, dice: “A medida que leo lo que escribí hace ocho años, reencuentro a la niña que habla en el cuaderno, celebro su manera de pensar; pero me deja la sensación de que lo que ella era ya no es lo que soy yo”. Después de ese primer capítulo, te vas hacia atrás y lo que leemos es ese diario que nos habla desde el pasado. ¿Puedes hablarnos de por qué te decidiste por esa estructura? ¿Por qué esa breve introducción para luego dedicar toda la obra al diario?

Esa introducción, escrita por la narradora en su edad adulta, fue necesaria para advertir al lector de que va a leer un diario de vida escrito por una niña. También surgió como una necesidad de involucrar al lector en el porqué de la narración llevada a cabo por una voz infantil, de prepararlo y despertarle al niño que todos llevamos por dentro. No fue fácil porque no podía mencionar detalles importantes como por ejemplo lo que ocurriría con el cura, ya que éste es el componente de la historia que le da más tensión a lo que se va a contar y marca el desenlace de la novela. En esa introducción tuve que encontrar un equilibrio entre lo que se podía y no se podía decir para interesar al lector sin revelar demasiado. En la novela, la introducción marca, por un lado, la importancia que tiene el diario de vida para conservar la memoria de la niñez, y por otro, el diario de vida comprende una memoria colectiva narrada por una voz infantil después de cincuenta y tres años desde que ocurrió el golpe.

 

“El ruido de las tabas en el silencio del miedo”, de Carmen Malarée
El ruido de las tabas en el silencio del miedo, de Carmen Malarée (El Ojo de la Cultura, 2025). Disponible en Amazon

La protección de Xavier, el sacerdote simpatizante del gobierno de Allende, por parte de los padres de Beatriz, es una decisión que puede poner en peligro a toda la familia. Además, narrativamente muestra cómo la protagonista evalúa la verdad, la mentira y la omisión y acomoda sus conclusiones a su código moral, como ella misma dice. ¿Cómo modifica una situación extrema las reglas morales con las que una persona orienta su vida cotidiana? ¿Cómo lo representas en la novela?

En la novela he tratado de representar un país cuya población se encuentra escindida por elementos ideológicos. Esta división se vivió en el seno de muchas familias, por eso es que doy una gama de personajes de diferentes sectores sociales, porque no era una cuestión marcada estrictamente por la clase social de los individuos sino que en ambos sectores se expresaba tanto el apoyo como el rechazo al gobierno de Allende; los niños, a través de los juegos, superan esas divisiones (no hay enemistad entre la narradora y los hijos del capitán que visita a su tía ni tampoco con su mejor amiga, cuya madre está contra el gobierno democrático). Son los padres de la niña los que entregan esas pautas de conducta moral, son los vecinos del barrio, son los niños con los que la narradora comparte sus juegos, es el cura que despierta su curiosidad y da un ejemplo cristiano hacia los desvalidos, lo mismo que su abuela cuyos valores cristianos la motivan a ejercer la caridad. Entre estos dos personajes secundarios se manifiestan valores cristianos y políticos contradictorios pero ambos realizan tareas de apoyo, a su manera, a sectores de la población privados de satisfacer necesidades básicas. Los niños son muy perceptivos y curiosos, por eso la niña hace preguntas todo el tiempo y por eso las rivalidades que observa las reduce a las mismas diferencias que se dan en un partido de fútbol, porque ella no tiene el elemento ideológico, sino que sus juicios al respecto descansan en su inocencia. Los escritores tienen ante sí el mundo; sus personajes se mueven en él dando cuenta de lo que ocurre a su alrededor. Es por esto que, en una situación extrema, pensé que la comunicación directa entre la voz de una niña y el lector era necesaria.

 

Algo se me hace especialmente interesante de este libro y es el papel de la memoria y el lenguaje. Beatriz tiene una relación casi física con las palabras: las escucha, pregunta por ellas, las busca en el diccionario y las incorpora a ese “saquito de memoria” del que habla su madre. ¿Qué importancia le das a la palabra en la percepción que tenemos de la realidad? ¿Cómo se refleja eso en la novela?

El lenguaje como elemento de comunicación es muy importante. Las palabras tienen un significado que refleja la realidad en la cual las personas se desenvuelven, y si el lenguaje se distorsiona por el uso de términos que se ajustan a intereses personales y/o políticos, esas palabras cesan su función primordial. Formar expresiones con palabras cuyo significado tienen connotaciones totalmente contradictorias, como por ejemplo decir en inglés “friendly fire” (fuego amistoso) o “collateral damage” (daño colateral, o adyacente) sólo sirven para tapar los horrores que ocurren cuando mueren personas inocentes en las guerras. La gente internaliza estos términos sin cuestionar las consecuencias de tales actos: el fuego mata, el daño que afecta a personas inocentes ya está hecho, pero eso se describe como accidental. Hablar lenguas extranjeras nos ayuda a profundizar en el significado de las palabras. En el exilio, que fuerza a una persona a adaptarse a una nueva realidad, pero por sobre todo si está expuesta a otro idioma que no es el suyo propio, las palabras adquieren otra dimensión, porque para hacer más fácil el aprendizaje uno busca el origen de ellas, compara y cuestiona. Decir “breakfast” es decir “to break the fast”, al igual que su equivalente en español, “des-ayuno”, o sea, “deshacer el ayuno”. En la novela la niña expresa mucha curiosidad, se interesa en otras lenguas y, más adelante, cuando tiene que estudiar francés, su padre le explica los números de esa lengua con lógica matemática, un método que a ella le facilita el aprendizaje y es propio del francés. Sin embargo eso no significa que la regla que rige en la formación de las palabras sea igual en todos los idiomas, pero ser consciente de esas semejanzas y diferencias amplía nuestra empatía, porque debemos aceptar las reglas específicas de cada lengua. Los idiomas reflejan la condición humana, por eso en cada idioma están presentes palabras que suenan diferentes, pero que expresan las mismas inquietudes, ambiciones, virtudes y demás sentimientos de las personas.

La palabra escrita nos deja un testimonio, sea falso o verdadero, del pasado. La gran contribución de grabar las palabras en papel y después, de la imprenta, significó perpetuar la memoria colectiva y dar fácil acceso a ella a un gran número de personas. A veces se recuerdan o se justifican con palabras los hechos pasados, a veces se ocultan. Escribí con la voz de una niña que, cuando se reencuentra con su cuaderno, que le sirvió para dejar escritas en él sus memorias, recuerda esa etapa de su vida. Pero ¿qué pasa cuando a los niños se les ha encubierto parte de ese pasado? Hay toda una generación de chilenos que no han tenido la suerte de conocerlo y de cómo esa concatenación de hechos evolucionó al presente.

Con respecto a la literatura, ella nos enseña mucho sobre esa condición humana universal, sobre los vicios y las virtudes humanas de las cuales nos cuentan los escritores en sus historias: Shakespeare nos habla en Macbeth de la ambición desmedida; Calderón de la Barca, en La vida es sueño, del abuso del poder; en Fuenteovejuna, de Lope de Vega, de la solidaridad humana contra un tirano. Son obras que se definen como clásicas porque los vicios y virtudes de los seres humanos son intemporales.

 

El ruido de las tabas en el silencio del miedo: repercusiones de un golpe

Hablemos del estilo de El ruido de las tabas en el silencio del miedo, porque Beatriz interpreta una realidad que la excede a partir de conversaciones fragmentarias, palabras cuyas múltiples dimensiones desconoce y deducciones propias de una niña de diez años. ¿Qué exigencias te planteó sostener esa perspectiva sin que la voz adulta terminara imponiéndose sobre ella?

Escribir con la voz de una niña plantea problemas concernientes a la verosimilitud de la narración, que las palabras fluyan como si fuese una niña la que habla, es decir, que el lector acepte ese mundo narrado por el autor a través de una voz infantil. Así, cuando Beatriz se enfrenta a una palabra que no comprende la consulta en un diccionario, como le recomendó su madre. Cuando los padres le explican algo que requiere tiempo y concentración, ellos recurren a ejemplos o a mostrarle el significado en forma gráfica (el dibujo que le hace el padre para explicar la palabra perpendicular, por ejemplo). En varias ocasiones, durante las explicaciones que le dan los padres (sobre todo la madre, profesora de castellano), la niña, como todo niño de diez años, se aburre de poner atención y elige no seguir concentrándose en lo que le explican. Es una reacción natural en los niños determinada por su capacidad de concentración. Son técnicas a las que recurrí, creo yo, porque he tenido experiencia enseñando idiomas extranjeros a niños pequeños.

 

Las tabas pasan de ser un juego compartido con Corina a convertirse en una presencia recurrente frente al miedo; el 11 de septiembre, incluso su pequeño golpeteo contra el suelo acompaña las noticias del bombardeo de La Moneda. ¿Por qué ese símbolo específicamente?

El golpeteo de las tabas es un refugio: la niña escapa a los que está sucediendo con el bombardeo y la violencia, contrarresta ese miedo que le produce el ruido que llega de afuera a sus oídos, con el ruido que ella hace en forma voluntaria, jugando. Es una forma de control sobre lo que está sucediendo lejos, es decir, el golpe, y que está asimilando en toda su dimensión; tiene miedo y está obligada a escuchar, porque a la vez quiere estar con sus padres. Antes del golpe, ella disfrutaba del juego y no lo relacionaba con algo siniestro, sino que era una forma de esparcimiento que le permitía compartir con su amiga; escapaba también de las opiniones que escuchaba de los adultos por la situación del país. Se sorprende cuando ellas tratan de incorporar al juego a ese personaje secundario, una chica de la misma edad, Mónica, que se espanta al ver los huesos de animales muertos. La narradora le argumenta que peor es comerse un bistec, que viene también de animales muertos. Una respuesta que ella expresa espontáneamente porque está basada en su diario vivir. También esta escena anuncia el drama que se le avecina a Mónica y su familia, ya que la detención de su padre puede conducir a su muerte.

 

Beatriz, la protagonista, es testigo de este momento histórico sin poseer todavía un marco ideológico para interpretarla: descubre que sus padres, sus abuelos y algunos vecinos pueden mirar los mismos acontecimientos desde posiciones opuestas. ¿Cómo fue para ti darle forma a esa mirada inocente, aún incapaz de tomar partido? ¿Qué desafíos representó esto para ti como autora?

Fue un gran desafío que traté de superar narrando con una voz más o menos libre de ideas preconcebidas, con padres de la narradora que no tienen un gran compromiso con el gobierno democrático pero que son conscientes de una situación muy conflictiva; que tratan de explicarle a su hija lo que para un niño es muy difícil de comprender. Por eso los padres toman una posición que trata de escapar a lo estrictamente político de la situación en el país, para que la niña pueda conservar una relación con otros niños y adultos que no esté mediada por el conflicto. Como contraste, está el papel del abuelo y el de la madre de su amiga Corina.

 

Mucha agua ha corrido desde el golpe del 73, pero buena parte de Latinoamérica sigue sumida en la opresión y el autoritarismo. ¿Qué tiene que decirle esta novela al lector contemporáneo?

Yo recuerdo que durante el gobierno de Allende, de otros países latinoamericanos donde existían dictaduras llegaban a nuestra universidad estudiantes universitarios que nos contaban sobre lo que allí ocurría. Hablaban de persecuciones, de presos políticos, de torturas, y yo les decía: “Eso nunca va a ocurrir en Chile”. Más adelante, en marzo de 1973, después de las elecciones en ambas cámaras del Congreso (la totalidad en la de diputados [150 escaños], y una parte [25 escaños] en el Senado), la Unidad Popular aumentó su porcentaje del voto (en cerca del 8% de la elección presidencial) y la situación se polarizó aún más. La posibilidad de un golpe era inminente porque la oposición se dio cuenta de que no podía derrotar a Allende en las urnas. En esta novela he tratado de forjar una memoria colectiva, de hacer conciencia de un período histórico que cambió violentamente de una democracia a una dictadura que duró diecisiete años, de lo que significó no sólo para aquellos que estaban comprometidos políticamente con el gobierno de la Unidad Popular sino también para las personas que no estaban involucradas en una actividad política. Muchos chilenos no son conscientes de que la política económica neoliberal impuesta por Pinochet sigue rigiendo hasta hoy con un sistema de redistribución de la riqueza tremendamente desigual, porque no fue fácil pasar de allí a una democracia que continuaba vigilada por Pinochet y que está aún en proceso de evolución.

 

“Las lenguas extranjeras me han servido para amoldarme a nuevas condiciones de vida”

Tu formación en Sociología precede a una trayectoria que después se desplazó también hacia la enseñanza de lenguas y la literatura. En esta novela coinciden una observación muy atenta de las relaciones sociales y una preocupación igualmente intensa por el funcionamiento del lenguaje. ¿Reconoces en esa combinación una huella directa de esas distintas etapas de tu formación?

Sí, por supuesto. La sociología me ayudó a comprender el sustrato material de las instituciones, de las leyes, del aparato del Estado, de cómo la sociedad evoluciona, y a estudiar la historia desde esta perspectiva. En los colegios deberían enseñar educación cívica para formar ciudadanos que sean conscientes de todo esto cuando llegan a las urnas a marcar su voto, un derecho básico de todo país democrático y cuyo origen en muchos países costó mucho lograr. Las lenguas extranjeras me han servido para aceptar y amoldarme a nuevas condiciones de vida; también para respetar las tradiciones de otro país que tiene una trayectoria histórica diferente a la de Chile. El Reino Unido es una democracia gobernada por una monarquía parlamentaria, en contraste al sistema republicano presidencial bajo el cual yo nací y me eduqué.

 

Has vivido y estudiado fuera de Chile. El exilio o la emigración transforman inevitablemente la relación con el país de origen y con los recuerdos que se conservan de él. ¿De qué manera la distancia geográfica y temporal modificó tu propia mirada sobre el Chile de 1973 al momento de escribir esta novela?

El golpe de Estado en Chile fue una experiencia traumática para muchos chilenos que se exiliaron. Yo viví tres años bajo la dictadura antes de poder salir del país. En ese tiempo tuve que amoldarme a una vida diferente, porque se rompieron todas las normas de convivencia cívica, tolerancia política y manejo gubernamental. Fue el período más cruento de la segunda mitad del siglo XX en el país y los recuerdos no se han borrado. Pinochet y la Junta gobernaban por decretos; luego, los tres poderes del Estado, Legislativo, Ejecutivo y Judicial, estuvieron concentrados en el Poder Ejecutivo respaldado por las fuerzas armadas: una farsa de sistema presidencial. La discriminación, las delaciones, la persecución y la vigilancia de aquellos que habían apoyado el gobierno anterior, los abusos en un ambiente de terror, eran constantes. El recuerdo de esos tres años me ayudó mucho a ambientarme en el Reino Unido, que me dio la seguridad personal que anhelaba. Al escribir la novela se reafirmó aún más en mí el haber tomado la decisión de salir, pero he mantenido lazos afectivos con la familia y los amigos que dejé allá.

 

Ya antes has publicado las novelas La voz del silencio y Donde se cruzan los senderos, así como los relatos de Kaleidoscopio, textos ensayísticos y un relato bilingüe sobre Violeta Parra. Mirando ese recorrido, ¿qué continuidades encuentras entre aquellos libros y tu interés actual por la memoria, la historia y las experiencias individuales atravesadas por acontecimientos colectivos?

Hay una continuidad histórica en la novela titulada La voz del silencio que trata también de las tragedias humanas, coletazos del golpe y la dictadura; la segunda está ambientada en Chile y en ella se toca el tema del exilio y la época represiva que Chile vivió bajo el gobierno de González Videla, quien luego de ganar la elección presidencial con el apoyo del partido comunista reprimió a sus miembros, incluyendo a Pablo Neruda. En su mayoría los relatos de Kaleidoscopio se relacionan con experiencias que viví en Chile, otros están ambientados en Inglaterra, Italia y Estados Unidos, y hay algunos que se ajustan a cualquier realidad del mundo hispanohablante. Los ensayos tratan sobre temas históricos contingentes y sobre literatura comparativa hispánica e inglesa, como el que escribí sobre la obra de Orwell Nineteen Eighty-Four y la de Miguel Ángel Asturias titulada El señor presidente, publicado por Letralia en su edición 158, de 2007.

 

La novela está dedicada a la memoria de tus padres y construye buena parte de su mundo alrededor de vínculos familiares sometidos a tensiones políticas muy severas. Sin identificar necesariamente ficción con autobiografía, ¿qué lugar ocupan tu propia memoria familiar y los recuerdos de aquella época en la construcción de Beatriz y del universo humano que la rodea?

Pienso que todo escritor expresa en su obra algo de su vida y todo aquello que le rodea incluyendo a las personas cercanas, a lo que ve y escucha más allá de su ambiente inmediato, aunque pueden haber excepciones, como las hermanas Brontë. Es sorprendente leer Jane Eyre o Cumbres borrascosas si nos detenemos a pensar en el estilo de vida que llevaban: austero, restrictivo socialmente y tal vez represivo, pero estaban entregadas a la lectura y eso debe de haber contribuido mucho a sus escritos. Pienso que la lectura ayuda mucho en la escritura, sobre todo la de obras clásicas.

En general el desarrollo y la personalidad de un personaje puede tener elementos que se parecen a alguien que un escritor haya conocido o conoce, pero el autor tiene la libertad de agregar y de quitar características a sus personaje. También utiliza parte de sus vivencias y no creo que yo hubiese elegido escribir sobre el juego de las tabas en este libro si no hubiese experimentado el goce de esta actividad lúdica. Recuerdo en forma vívida el golpe de 1973 en Chile, la reacción inesperada que encontré en algunas personas, familiares cercanos algunos, que justificaban todos los métodos que se utilizaron para sacar información de los presos políticos. Ese odio hacia aquellos que apoyaban al gobierno democrático después del golpe me producía repulsión. Me preguntaba: ¿cómo puede una persona enternecerse ante el llanto de un niño y a la vez ser tan cruel al justificar la violencia desatada contra quienes defienden ideas diferentes? Eran personas que yo quería, otras que yo estimaba y que justificaban las violaciones a los derechos humanos; entonces fue muy difícil para mí comprenderlo, pero tuve que continuar, en algunos casos, manteniendo una relación cordial con ellas. Pienso que el famoso plan Z que inventaron los que planificaron el golpe tiene mucho que ver con toda esa polarización política que se produjo en el país.

Jorge Gómez Jiménez

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