
Veinticinco años de escritura —de una escritura que ha hecho de la poesía una forma de indagación espiritual, pero también una disciplina del lenguaje— se congregan en las páginas de Arte poética: antología personal (1999-2024), libro de Christian Díaz Yepes (Caracas, 1980) publicado por Editorial Eclepsidra y que permite recorrer una obra que comenzó muy temprano, en diálogo con la tradición venezolana y con la experiencia de la ciudad, la intemperie y la materia terrestre, y que con el tiempo fue internándose en una zona de mayor densidad contemplativa.
Sacerdote, poeta y autor de espiritualidad, Díaz Yepes dio inicio a su trayectoria poética en 1999 con Las ruedas, ganador del I Concurso de Autores Inéditos de Monte Ávila Editores, al que le siguieron Una barca (2004), El tejedor y la noche (2010), Aquedah y La hoguera (2014), Aun el que siendo (2014) y Bajamar (2023), este último escrito ya en Madrid, ciudad donde reside desde hace varios años. Doctor en Sagrada Teología por la Universidad San Dámaso de Madrid, profesor de teología en la Universidad Católica Andrés Bello y articulista semanal del diario La Razón de España, con formación también en filosofía, humanidades y artes plásticas, su obra se ha construido desde una triple exigencia: la fidelidad a una experiencia interior, el trabajo formal de la palabra y la meditación sobre el acto de escribir.
Hoy conversamos con el autor sobre Arte poética, sobre las decisiones formales que sostienen su imaginario y sobre su dimensión biográfica y espiritual. También exploraremos su relación con la gran poeta Elizabeth Schön, a cuya casa acudió durante tres años para transcribir sus versos, y los vínculos entre su escritura y una Venezuela que permanece presente en su obra aunque él la habite desde la distancia.

Arte poética: un trayecto para poder verlo entero por primera vez
En esta antología confluyen veinticinco años de escritura. Son páginas que parecen mirar el camino recorrido desde una conciencia que evoluciona en el cultivo de la palabra. Háblame de lo que significa para ti este libro. ¿Es el cierre de un ciclo? ¿Había una necesidad, interior o literaria, de compendiar una muestra de tu obra para un lector contemporáneo?
Me cuesta entenderlo como un cierre porque sigo teniendo la sensación de estar escribiendo una misma obra que ha ido cambiando conmigo. Cuando apareció Las ruedas, yo tenía diecinueve años y esos poemas habían comenzado mucho antes. A esa edad uno escribe con una mezcla muy hermosa de intuición y temeridad. Hay cosas que todavía no comprende y, sin embargo, ya sabe reconocerlas cuando aparecen. Veinticinco años después puedo volver a aquellos poemas y encontrar allí preguntas que siguen conmigo.
La antología me ha permitido descubrir precisamente esa continuidad. Yo conocía cada libro por separado, desde luego, pero nunca los había puesto a convivir de esta manera. Al hacerlo encontré una especie de conversación entre el muchacho que escribía en Caracas y el hombre que escribe ahora desde la sierra de Madrid. Algunas certezas han cambiado. También ha cambiado mi relación con la fe y con mi propia condición de poeta. La pregunta esencial, en cambio, permanece.
Por eso la selección tuvo para mí algo de examen de conciencia literario. Había poemas que alguna vez consideré importantes y ya no necesitaba conservar. Otros, mucho más discretos, de pronto revelaban que contenían algo que seguía vivo. Una antología personal obliga a decidir qué parte de uno está dispuesto a entregar nuevamente al presente y que quede en el tiempo como algo personalmente significativo.
Así entiendo Arte poética: recoge un trayecto para poder verlo entero por primera vez. Y acaso también para despedirme de algunas maneras antiguas de escribir sin renegar de ellas, porque fueron necesarias para llegar hasta aquí.
Nueve artes poéticas, una por cada libro, más el epílogo, trazan como una columna vertebral de la antología, dando alguna pista de tu evolución como poeta. No es una decisión neutral ponerle ese mismo nombre al conjunto. ¿Qué relación tiene el título del libro con la idea de que una antología personal sea, en sí misma, un acto de arte poética?
Hay algo bastante atrevido en que un chamo de diecisiete años escriba un arte poética. Tradicionalmente uno esperaría que un poeta se pregunte de esa manera por su oficio después de haber escrito mucho. Yo hice exactamente lo contrario: empecé preguntando qué era aquello que apenas comenzaba a hacer.
Con los años llegué a avergonzarme de aquella temeridad juvenil. Hasta comprender que contenía también una intuición verdadera. La pregunta por la poesía había entrado muy pronto en mi vida. Venía de mi familia, donde la palabra tenía un peso particular, y luego encontró una maestra extraordinaria en Elizabeth Schön. Desde entonces cada libro me obligó a volver a esa pregunta. De ahí esas artes poéticas que van apareciendo como pequeñas estaciones.
Cuando tuve que buscar un título para el conjunto comprendí que Arte poética era casi inevitable. Elegir los poemas también suponía decir qué entiendo hoy por poesía. Aquello que uno deja fuera participa de esa definición tanto como aquello que conserva.
Además, me interesaba que las distintas artes poéticas pudieran contradecirse un poco entre ellas. Espero haber cambiado. Sería preocupante que el poeta de diecisiete años tuviera exactamente las mismas respuestas que al encaminarse a los cincuenta. Lo que me conmueve es comprobar que, debajo de esas variaciones, permanece una fidelidad. Esto me confirma que la poesía tiene que ver con la posibilidad de escuchar algo que nos precede y encontrar para ello una forma verbal.
Desde Las ruedas hasta los textos del epílogo, la poesía va desplazándose de una búsqueda todavía terrestre —la ciudad, la sequía, la plaza, el río, las aves— hacia una voz cada vez más abierta a la dimensión espiritual y mística. ¿Qué ves cuando fijas la mirada en tu evolución como autor?
Veo primero a un hombre que observa mucho. Antes de querer ser poeta quise ser pintor, y sospecho que aquello dejó una marca definitiva. En mis primeros libros hay una confianza enorme en lo visible. Necesitaba tocar la realidad con los ojos. Caracas estaba allí con una intensidad extraordinaria: la ciudad caía en la ruina, mientras el Ávila seguía levantándose sobre ella cada mañana en todo su esplendor. Esa tensión me formó.
Después fui entendiendo que aquellas imágenes ya contenían preguntas que yo todavía no sabía formular. El paisaje nunca me interesó como decoración. Cuando aparecía un río era porque algo estaba pasando dentro de quien lo contemplaba. Con el tiempo fui aprendiendo a reconocer esa dimensión.
También ocurrió algo decisivo con mi vocación sacerdotal. Entré en el seminario creyendo durante un momento que debía dejar atrás la literatura. Un formador me hizo comprender que tenía que integrar ese don en la vida que estaba comenzando. Desde entonces mi escritura fue atravesando una especie de purificación. La fe fue cambiando mi manera de mirar.
Por eso, cuando leo ahora la antología, percibo una continuidad mayor de la que suponía. La tierra permanece. También permanece el cuerpo. Lo que ha cambiado es mi capacidad para reconocer hacia dónde estaban abiertas desde el comienzo esas realidades. La poesía me ha ido enseñando que la trascendencia empieza mirando con suficiente atención una cosa concreta y escalando desde ella hacia lo impronunciable. Es una opción vital muy fuertemente anclada en la gran filosofía cristiana.
Habiéndote leído desde hace algún tiempo, ignoro si es posible sustraerse a la noción de que eres poeta y al mismo tiempo sacerdote. Usas imágenes claramente bíblicas y teológicas, claro, pero no un tono doctrinal; sí, en cambio, una suerte de experiencia verbal de la fe. ¿Qué tan difícil es encontrar el punto en que el poema puede sostener una dimensión religiosa sin convertirse en explicación o sermón?
Es una vigilancia continua. Yo trabajo diariamente con la palabra explicativa. Predico, enseño teología y escribo ensayos. En esos ámbitos tengo la obligación de intentar que una idea quede clara. El poema exige otra disciplina.
La experiencia religiosa llega al poema cuando ha pasado antes por la vida. Entonces deja de necesitar demasiadas explicaciones. Si yo escribo “sed”, “carne” o “deseo”, la tradición bíblica ya resuena detrás de esas palabras, y mi propia experiencia también está allí. El poema tiene que custodiar el misterio contenido en esa palabra. En cuanto intento explicar lo que significa, probablemente he comenzado a escribir otra cosa.
Esto me importa especialmente porque soy sacerdote. La condición sacerdotal podría convertirse con mucha facilidad en una ventaja ilegítima dentro del poema: uno dispone de un vocabulario de cuatro milenios, con todas sus resonancias, y podría conformarse con utilizarlo. Me interesa más averiguar cuándo una palabra religiosa vuelve a hacerse signo vital con nuevas irradiaciones.
He dicho alguna vez que poetizo como sacerdote y sigo reconociéndome en esa frase. Mi manera de contemplar el mundo está formada por la fe. Al mismo tiempo, respeto mucho la autonomía del poema. Un poema que sólo demuestra una verdad que ya poseíamos termina resultándome innecesario. Prefiero que me lleve hasta el lugar donde esa verdad vuelve a sorprenderme.
Christian Díaz Yepes: cada experiencia tiene su sintaxis
En tu poesía es recurrente el empleo de metáforas que tienen que ver con el agua. ¿Qué encontró Christian Díaz Yepes en el agua para expresar lo trascendente?
Lo curioso es que siempre me he considerado un hombre de montaña. Mi paisaje originario es el Ávila, y aquí en España la sierra de Guadarrama es mi entorno vital. Sin embargo, cada vez que comienzo a escribir, el agua regresa.
Creo que comprendí algo de esa insistencia muchos años después de mis inicios, cuando vi por primera vez una bajamar en Galicia. Yo venía del Caribe, donde el mar siempre está presente con toda su exuberancia. De pronto contemplé cómo el agua se retiraba y dejaba visible un suelo por el que unas horas antes habría sido imposible caminar. Aquello me impresionó muchísimo. Comprendí que una ausencia también puede revelar.
Esa experiencia terminó dando origen a Bajamar, aunque el agua estaba en mis poemas desde mucho antes. Por ejemplo, mi primer libro, Las ruedas, tiene la lluvia como metáfora de revelación. Es que el agua tiene una cualidad que me interesa mucho poéticamente: nunca conserva del todo la forma que recibe. Uno cree poseerla y se le escapa entre los dedos. Esa condición se parece bastante a nuestra relación con aquello que nos supera.
Además, está toda la memoria bíblica del agua, que forma parte de mi respiración cotidiana. Rezo los Salmos cinco veces al día y vivo dentro de una tradición donde la sed tiene una resonancia espiritual inmensa. Todo eso actúa en mi escritura, aunque procuro que actúe desde dentro del poema.
Quizá por eso regreso siempre al agua. Puedo verla, respirarla, beberla, dejarla que me empape y tocarla, mientras siempre está indicando algo que excede lo visible.
En el libro hay una insistencia en la escucha: la voz que pide silencio, el viento que debe ser oído, la palabra que llega desde lo profundo, el poema como respuesta a una presencia que antecede al yo. ¿Qué lugar ocupa el silencio en tu escritura, no como ausencia de lenguaje, sino como condición para que el lenguaje ocurra?
Para mí escribir comienza mucho antes de poner palabras sobre el papel. Hay épocas en que puedo pasar bastante tiempo sin terminar un poema y, sin embargo, sé que estoy escribiéndolo. Algo se está formando mientras trabajo en mis iglesias o mientras celebro la misa. Después aparece una palabra que permite que aquello comience a tomar cuerpo.
Elizabeth Schön me enseñó muchísimo sobre esto. Yo la veía detenerse mientras componía. Podía dejar una frase suspendida y quedarse un rato escuchándola. Para mí, que entonces era un adolescente, aquello era fascinante porque me hizo descubrir que escribir tenía una parte aparentemente pasiva, que en verdad era de una inmensa ebullición interior. Había que saber esperar.
Con los años esa enseñanza se ha encontrado con mi propia vida espiritual. La oración me ha educado en una forma de atención donde uno aprende a no adelantarse con su propia voz. Esa experiencia ha cambiado también mi poesía.
Luego viene el oficio, por supuesto. Corrijo muchísimo. Dejo un poema e incluso libros varios años antes de publicarlos. El silencio vuelve entonces de otra manera, porque permite escuchar lo que sobra. Muchas correcciones consisten precisamente en retirar una palabra que estaba impidiendo respirar al poema. De mis padres, que fueron periodistas antes de que la revolución informática pervirtiera el oficio, aprendí que la poda es una parte esencial de la buena escritura, la cual podía llegar incluso antes de que las planchas se colocaran en la imprenta.
Vivimos sometidos a una producción verbal casi continua. Frente a eso, me interesa una poesía capaz de demorarse. El silencio y la espera dan peso a las palabras.
En varios poemas se advierte una sintaxis quebrada, con desplazamientos, encabalgamientos, repeticiones y preguntas que no siempre buscan respuesta inmediata. ¿Tendrá algo que ver esa forma fragmentaria con el modo en que la experiencia espiritual se presenta, por fulgores, tanteos, aproximaciones?
Probablemente sí, aunque nunca he partido de una teoría según la cual la experiencia espiritual deba escribirse de determinada manera. La forma aparece mientras intento ser fiel a lo que el poema está pidiendo.
Hay experiencias que llegan con una sintaxis bastante clara. Otras se resisten y buscan otros caminos de expresión. Uno comienza una frase y descubre que la respiración necesita buscar aire en otro lugar. Allí el encabalgamiento puede decir algo que la gramática ordinaria habría cerrado demasiado pronto. Me interesa mucho esa posibilidad, sin desdeñar nunca las formas clásicas. Es como saber flexionarse sin violentar la columna vertebral.
También ocurre con las preguntas. Algunas de mis preguntas poéticas llevan muchos años acompañándome. No espero resolverlas dentro del poema, porque precisamente su fecundidad consiste en que continúen abiertas. Una pregunta verdadera modifica a quien la sostiene.
La experiencia de Dios tiene algo de eso. Hay momentos de una evidencia enorme y después vienen etapas en que esa evidencia debe ser recordada desde la oscuridad. La escritura aprende a moverse en ese ritmo.
Por eso la fragmentación, cuando aparece, tiene que obedecer a una necesidad. Me incomoda cuando se convierte en un simple procedimiento para que el poema parezca misterioso. El misterio verdadero no necesita que lo oscurezcamos artificialmente. Ya tiene suficiente resistencia para obligarnos a buscar la palabra adecuada.
La poesía tiene que hacerse vida
Comenzaste a frecuentar la casa de Elizabeth Schön a los quince años, transcribiendo sus versos. Esa experiencia, que llegaste a describir como un “taller mágico”, se produjo antes del seminario y antes de la ordenación. ¿Qué te llevó hasta Schön siendo todavía un adolescente? ¿Qué te enseñó?
Llegué por una circunstancia aparentemente fortuita. Yo tenía quince años y necesitaban a alguien que transcribiera los manuscritos de Elizabeth en una máquina que no dejaba de asombrarle: la computadora. Entré en aquella casa pensando que iba a hacer un trabajo bastante sencillo y terminé aprendiendo el oficio poético allí durante años.
Lo extraordinario era verla pensar poéticamente. Mientras yo transcribía, ella podía detenerse ante una palabra y comenzar a hablarme de Heráclito o de un documental científico visto en el antiguo canal cinco. Después regresaba al poema con la mayor naturalidad. Para mí aquello fue una educación que ninguna universidad habría podido darme. Ella misma me contaba que había desertado muy pronto de la Universidad Central de Venezuela, pues se dio cuenta de que allí no le estaban enseñando lo esencial de la vida. Lo encontró, como sabemos, entregándose a la poesía, al teatro y a todo lo que la hiciera amar las bellezas de la vida en cada una de sus expresiones.
Elizabeth me enseñó así que la poesía constituye una forma de existencia. A través de ella llegué a Hölderlin y comprendí después la diferencia que permite establecer el alemán entre Poesie y Dichtung: el poema entendido como mero género literario, la primera, de frente a la palabra capaz de fundar una manera de habitar el mundo, la segunda.
Yo era demasiado joven para comprender enteramente lo que estaba recibiendo. Eso también tiene su belleza. Hay maestros que nos entregan cosas cuyo significado sólo entendemos veinte años después.
Cuando reencontré en Vigo, también de manera “fortuita”, un ejemplar de Aun el que no llega, que ella me había dedicado quince años atrás, entendí precisamente eso. La conversación continuaba. De allí nació inmediatamente Aun el que siendo, para el cual he esperado casi diez años antes de publicarlo ahora. De algún modo se me prolongan hasta hoy aquellas tardes en la quinta Eli de Los Rosales.
Ernesto Pérez Zúñiga, en el prólogo, te inscribe en un linaje que va de El cantar de los cantares a Gerard Manley Hopkins, pasando por fray Luis de León. Se trata de una afiliación que ubica tu poesía en un territorio sagrado, anterior o ajeno a las poéticas contemporáneas dominantes. ¿Esa filiación te resulta justa, o hay algo en tu obra, a tu juicio, más allá de lo místico o lo espiritual?
Me resulta una filiación muy hermosa porque corresponde a lecturas que forman parte de mi vida. El cantar de los cantares me ha acompañado durante años y Hopkins me interesa muchísimo por esa manera suya de hacer que la materia verbal casi participe del estremecimiento de lo creado. Reconocerme dentro de esa conversación me honra.
También tendría cuidado con encerrar la poesía espiritual dentro de una especie de territorio especializado. Los grandes místicos escriben acerca de Dios y, precisamente por eso, llegan continuamente al cuerpo humano. San Juan de la Cruz puede hablar de la experiencia divina mediante una imagen amorosa de una intensidad física extraordinaria. La tradición bíblica procede del mismo modo.
En mi poesía siguen estando Caracas y la experiencia del desarraigo. Sigue estando mi cuerpo, que ha conocido su fragilidad, y mucho más la de quienes me han dejado. La fe no me distancia de esas realidades, sino que más bien me obliga a mirarlas desde una dimensión mayor.
Sigo esa tradición sagrada porque nunca acepté una separación completa entre lo espiritual y lo encarnado. El cristianismo empieza afirmando que el Verbo se hizo carne. Para un poeta, esa frase tiene consecuencias inmensas. Recuerdo cómo Elizabeth la evocaba en latín una y otra vez desde su butaca, sin pretender explicarla del todo.
De modo que recibo con gratitud el linaje que propone Pérez Zúñiga, quien además es un compañero de vida muy especial. Sólo añadiría que la mística que me interesa siempre termina devolviéndome a la realidad concreta con una mirada transformada y más englobante.
El tránsito entre Venezuela y España forma parte de tu itinerario vital y académico, y en algunos poemas aparecen Caracas, la plaza, el valle, la tierra que se pierde o la sensación de orfandad. ¿De qué manera la distancia geográfica ha modificado tu relación con la memoria, con el país y con la materia emocional de tus poemas?
La distancia ha hecho que Venezuela se vuelva mucho más precisa en mi memoria y que adquiera así una nueva forma de realidad. Cuando vivía en Caracas podía dar por sentado cosas que ahora recuerdo con una intensidad inesperada. A veces basta un determinado modo de caer la luz sobre una montaña para que aparezca el Ávila.
Salir del país coincidió además con la experiencia de verlo deformarse de manera dramática. Entonces la memoria dejó de ser solamente evocación y adquirió una responsabilidad. Uno empieza a preguntarse qué debe conservar de aquel mundo que lo formó cuando éste es deformado.
España me ha ayudado también a comprender Venezuela de otra manera. Aquí he podido reconocer muchas raíces que de joven recibía sin preguntarme demasiado por su procedencia. La lengua es quizá la más evidente. Vivir en España me ha hecho sentir con mayor claridad que mi historia venezolana forma parte de una continuidad cultural mucho más extensa.
Todo eso entra en los poemas de una manera que intento no forzar. Caracas puede aparecer mediante una plaza o por una imagen de su valle. Prefiero esa concreción a convertir el país en una abstracción sentimental.
La distancia también ha limpiado cierta nostalgia. Uno descubre que la memoria inventa y que debe vigilarla. Quiero recordar a Venezuela con amor y con verdad. La poesía me ayuda precisamente a mantener unidas ambas exigencias, que nunca han de desvincularse. Y espero volver un día del todo a nuestra patria.
Tu trabajo como docente, articulista y autor de espiritualidad supone una relación constante con la explicación, la argumentación y la transmisión de ideas. La poesía, en cambio, parece pedir otra forma de verdad, menos demostrativa y más encarnada en imágenes. ¿Cómo separas o comunicas esas distintas maneras de escribir cuando pasas del ensayo, la teología o la divulgación al poema?
Las distingo bastante, aunque todas nacen de una misma relación con la palabra. Cuando enseño teología tengo una responsabilidad intelectual muy concreta que, para que sea auténtica teología cristiana, debe mantener su carácter sapiencial y contemplativo. Debo definir los términos y conducir un razonamiento hasta donde sea posible, respetando los límites del misterio revelado y enseñando a amarlo así. En un artículo el lector necesita saber qué estoy afirmando y por qué.
El poema trabaja de otra manera. Puede colocar una imagen delante de mí y dejar que actúe durante años. Si intento traducir inmediatamente esa imagen a una tesis, me autolimito. Eso no significa que la poesía renuncie al pensamiento. Algunos de los poetas que más me han formado poseen una enorme densidad intelectual. Dante es para mí el ejemplo mayor. La racionalidad está enteramente dentro de su forma poética y nunca parece añadida desde fuera, y eso no impide que construya una “obra total”, como me gusta llamar a las de ciertos artistas que han logrado unir como muy pocos el cielo y la tierra bajo símbolos, formas o notas musicales.
Trato de que mis distintos modos de escribir se ayuden a la vez que respeten su naturaleza. La teología me obliga a desconfiar de cierta vaguedad espiritual que puede sonar hermosa y carecer de verdad. La poesía, por su parte, me recuerda que una verdad perfectamente formulada todavía tiene que hacerse vida para que pueda tocar realmente al hombre.
Hay una imagen de Elizabeth Schön que vuelve muchas veces a mi memoria: ella detenida delante de una palabra, esperando. El profesor dentro de mí quiere seguir explicando. El poeta sabe que en ocasiones conviene rendirse ante muchos lugares y vivencias antes de nombrarlos.
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