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Rita y los gatos

jueves 18 de diciembre de 2025
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Son las diez de la mañana. Rita García llega hasta el estacionamiento del centro comercial. Baja del auto. Camina hacia su tienda favorita. Saluda con un “buen día” y una sonrisa de ocasión a la empleada de seguridad que está levantando las tres cortinas metálicas. Va hasta donde están esperando otros clientes. En cuatro minutos se abrirán las dos puertas automáticas. Rita puede estar días y días sin intercambiar una palabra con nadie, divagando consigo misma en largas perífrasis virtuales. Es más, se resigna con estoicismo a las reuniones sociales y en cuanto puede huye de ellas como de un barco que se hunde. Le gusta transitar su existencia como una persona solitaria y callada. Claro, el mundo no termina con ella. ¿Qué pasa? Una joven quiere conocer a qué hora abre el negocio de alimentos para mascotas de allí enfrente. La empleada de seguridad responde: “En media hora”. Diez segundos después, sin decir agua va y sin que alguien le haya preguntado nada, la vigilante se pone a hablar. Dice: “Yo tengo un gato. Cuando le preguntan algo, él contesta. En su lengua, claro”. Lentamente los madrugadores hacen un semicírculo para escucharla. “Por ejemplo, uno le dice ¿cómo estás? o ¿cómo pasaste? y él ronronea y cuenta los chismes del día”. Entre la clientela que espera hay un hombre calvo, de cuarenta o cuarenta y cinco años. Lo acompaña una niña con lentes de unos doce. Él con el gesto afable y ella con una expresión de candidez. A primera vista, a Rita García le parece que quieren decir algo. Pero no. “Tiene un amigo —dice la empleada de seguridad haciendo el gesto del uno con el dedo índice de la mano derecha—. Es el gato del vecino. Lo trae a casa. Cuando llega con el otro, toca, abre la puerta con la cola y asoma la cabeza pidiendo permiso. Es muy educado”. El monólogo continúa como un tren bala al que le fallan los frenos. Rita se aburre, se aburre terriblemente. Sólo ruega que las puertas de la tienda se abran de una vez por todas.

Son las diez y media. Rita García termina las compras y va hacia la puerta automática de la salida. Ve algo que no le parece normal. La empleada de seguridad sigue hablando con el hombre y la niña cándida. ¿Las conversaciones en una tienda no son siempre cortas y concretas? ¿Cuánto cuesta esto o aquello? ¿Tienen el talle cuál o tal? En un hueco del pórtico de la entrada el trío está enroscado en el tema del gato. Rita enciende un cigarro y se queda escuchando desde un segundo plano, tratando de pasar inadvertida. “Una vez —cuenta la empleada de seguridad— se quedó en la casa de mi mamá. Ella me lo pidió, porque quería adoptarlo. Pero tuve que ir a buscarlo”. Entonces la niña pregunta: “¿Por qué? ¿No le daba de comer?”. “Sí, le daba de comer —responde la mujer—, pero lo tenía encerrado en el baño. Pobrecito. Se llama Charley”. El hombre afable que acompaña a la niña permanece mudo y atento, muy atento, aprobando los dichos de la empleada de seguridad con una sonrisa y un movimiento de la cabeza.

Son las once de la mañana. Rita García toma una soda en la esquina del estacionamiento. Mira el vaso y recuerda la tienda, la empleada, el gato, el hombre calvo, la niña con lentes, el gato del vecino y el baño de la mamá. Cierra los ojos. Se queda pensando en los gatos y en las personas. Rita no tiene gato. Su vecina del piso de arriba quiere regalarle uno. En términos precisos, ella no sabe si le importa o le interesa tener un gato. Pero de sólo pensar en aceptar el obsequio le da miedo, un poco de miedo. Trata de imaginarse con un gato. No es un asunto trivial. Entiende que es una experiencia que cambiaría su vida para peor. Un juego demasiado complejo y hasta peligroso para su espíritu. Un gato la alejaría de la posibilidad de experimentar realmente eso que tanto busca: la libertad sin condicionamientos. Decide que no volverá a pensar en el asunto.

Son las tres de la tarde. Rita García llega a la puerta de su edificio en la calle de los adoquines. Hace muchos años que ahí vive en un luminoso departamento con balcón. Por la radio de un auto que pasa oye “Balada para una mujer sola”. Canturrea, a media voz, versos que sabe de memoria.

Carlos Moreira
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