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El regalo de Pandora: un lugar para ser imaginado. Notas

miércoles 15 de junio de 2016
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“El regalo de Pandora”, de Héctor TorresAnte todo, debemos pensar en la ciudad a la vez como lugar para habitar y para ser imaginado. Las ciudades se construyen con casas y parques, calles, autopistas y señales de tránsito. Pero las ciudades se configuran también con imágenes. Pueden ser las de los planos que las inventan y las ordenan. Pero también imaginan el sentido de la vida urbana las novelas, canciones y películas, los relatos de la prensa, la radio y televisión. La ciudad se vuelve densa al cargarse con fantasías heterogéneas. La urbe programada para funcionar, diseñada en cuadrícula, se desborda y se multiplica en ficciones individuales y colectivas.
Néstor García Canclini

I

El ecosistema ficcional se desenvuelve como instancia trastocada por las oscilaciones de los seres que la concurren. El lugar del paraje urbano está, en parte, fuera de las dimensiones físicas, en la interioridad del ciudadano. De esta manera lo que ocurra en el plano psíquico y anímico determina la visión del entorno. En El regalo de Pandora el magma que corre tras la escena constituye el mundo, el tiempo, el palpitar, la fricción. La materia es en todo espectro: densidad. Esa sustancia que determina el destino incierto es consecuencia de un modus: el encuentro sexual, la inquietud, la disputa, el incesto, la dialéctica citadina. Todo ello representa una forma de apropiación, de uso y deslinde. En otros términos, la arteria que se crea entre ser y territorio.

 

La ciudad es un cosmos repleto de síntomas, anuncios de un temblor que pronto en algún punto del transcurrir acaecerá.

II

La ciudad es un cosmos repleto de síntomas, anuncios de un temblor que pronto en algún punto del transcurrir acaecerá. La espera y el agobio, por ejemplo, son ápices de un movimiento subterráneo. En “El alimento de los mirmidones” el ecosistema se compone de elementos espacio-temporales: tiempo, calles, ritmos, zonas de encuentro. En sus cavilaciones cotidianas el personaje de este relato, un profesor de literatura, se entrega a la aventura. Cansado de tertulias pedagógicas se apodera de él cierta convicción foránea, cierto desarraigo:

Y esa certeza se seguía afianzando en la medida que la alternativa era estar de pie en medio de la calle, bajo un belicoso sol que chispeaba con rabia, esperando un microbús que seguro vendría repleto de gente para iniciar un recorrido que, aunque no largo, era sí odiosamente accidentado (2011; 08).

El personaje se sustrae de la rutina, actúa bajo el deseo y el agobio. Se lanza a los brazos de la ciudad, su universo, lo internaliza para sentir intensidades pero también su poder, su bondad-caos. “Las ciudades —dice Canclini— no se hacen sólo para habitarlas, sino también para viajar por ellas” (1997; 109). El profesor fatigado la recorre con otro de los personajes, la mujer-enigma, y atisba ritmos, expresiones: “(…) caminamos por las calles de un barrio que intuía apacible, al que yo estaba cansado de ver desde las ventanas de los buses y al que nunca imaginé que conocería por dentro. Todos los barrios suaves de Caracas tienen similares rostros, similares ritmos” (2011; 12). Asimismo, describe el interior de la casa a la que llega:

La casa, en su interior, se limitaba a una sala poco iluminada, dividida por una media pared donde, al otro lado, estaba la cocina y un par de puertas que, supuse, serían una habitación y un baño. Olía a limpio. Una ventana abierta en un rincón de la sala, elevada y pequeña como toda la casa, nos fue indicando, a lo largo de la tarde, el transcurrir de las horas (2011; 12).

El personaje-ciudadano proyecta bosquejos intrínsecos. Asume el espacio como instancia (o lugar inexplorado) y de allí describe, vislumbra, declara. Ejerce con propiedad el nombre, y nombrar el territorio “(…) es asumirlo como una extensión lingüística e imaginaria; en tanto que recorrerlo, pisándolo, marcándolo en una u otra forma es darle entidad física que se conjuga, por supuesto, con el acto denominativo” (Silva, 27; 2006). Caracas es, a través de ese andar e imaginar, delineada (construida) territorial y afectivamente por los habitantes.

 

III

La urbanidad en El regalo de Pandora es concebida con portales y regiones. En los territorios internos lo orgánico se revela, mientras que en el afuera los personajes son víctimas de sus pensamientos. En “¿De verdad quieres que te diga?” Valeria siente la prolongación de sus pasiones (o el temor quizá la inquiete):

Presionó el botón del ascensor y observó que la pantalla se mantenía impasible iluminando el piso doce. Alborotados sus pudores, la sola idea de que alguien llegara le acrecentaba la inquietud. (…) Echó una mirada hacia la entrada del edificio y pensó en la incómoda ambigüedad que suponía la planta baja, que no era la casa ni la calle (2011; 39-40).

Valeria vive en un edificio y en la calidez de su apartamento suscítanse trepidaciones; las estructuras, telones urbanos, fijan la línea entre el afuera y el adentro. Aquí en los espacios internos se desenvuelve lo orgánico: “(…) se distrajo pensando en las sábanas revueltas que la esperaban, en el cuarto con las cortinas corridas, en esos olores escondidos que saltan de los rincones de esa cama que ya estaba fría (…)” (2011; 40). La territorialidad se funda desde lo íntimo, desde el uso. Así, sus rutas, fronteras, zonas de cruce son establecidas por los personajes-ciudadanos.

 

IV

En “Ese que llaman Cervantes” funcionan dos tipos de interioridad: la concurrida y la orgánica. Los personajes se mueven del bar La Flama hasta el hotel Cervantes. La escena se enmarca en la noche caraqueña y esa faz nocturna pareciera conceder un auge enigmático: invoca seres misteriosos, un tanto crípticos. Dice el personaje: “(…) reparé en una de las mesas del fondo. En ella se encontraba una cabellera blanca y semblante taciturno, casi melancólico, de aspecto distinguido, que bebía solo y en silencio (…). Mis ojos, que nunca olvidan un rostro, jamás lo habían registrado en La Flama” (2011; 72). Más adelante expresa: “Era una noche de personajes raros” (2011; 72).

El ecosistema nocturno es para cobijarse en los recintos.  

El hombre se entiende luego con una mujer, igualmente misteriosa, y deciden finiquitar sus diligencias en el hotel Cervantes, el sitio “distaba mucho de ser un paraíso. Pero era discreto. Y limpio. Y bajo esa lluvia, que ni cesaba ni arreciaba, se convertía en una perfecta opción (…)” (2011; 75). La urbe adquiere connotaciones únicas, sus habitantes divisan rostros, facciones. Lo apuntado por Armando Silva da luz sobre ello: “la macrovisión del mundo pasa por el microcosmos afectivo desde donde se aprende a nombrar, situar, a marcar el mundo que comprendo no sólo desde afuera hacia dentro, sino originalmente al contrario, desde adentro, desde mi interior psicológico o los interiores sociales de mi territorio, hacia el mundo como resto” (2006; 27). Los personajes sienten el peso de la ciudad, distinguen facetas: la Caracas diurna se disputa entre pasos y cavilaciones; la nocturna trepida y se somete a los sentidos.

 

V

Lo urbano se funda en la relación terrenal y en la demarcación afectiva. El proceso aprehensivo es un eje que se constituye en los procesos internos, en la connotación: se pasa de la ciudad de dimensiones físicas a la ciudad de dimensiones imaginarias. La descripción que realiza el personaje de “Ciertos principios de cartografía”, un joven escritor, proyecta el espectro urbano. Al igual que el protagonista de “El alimento de los mirmidones”, el personaje de este relato atisba los matices del espacio, circunscribe, deslinda caracteres, fija analogías entre grupos urbanos y territorio:

A la salida del taller —observa el joven literato— cada grupo se atrincheraba en su guarida. Éstas reflejaban usualmente su estilo. Desde los que se reunían en un gracioso café francés donde había que pedir las cervezas mediante una contraseña (porque no tenían permiso de expendio de licores) hasta los que se paraban frente a las rejas de la licorería de la calle se atrás, a beber cervezas envueltas en bolsas de papel, en una esquina escondida y poco iluminada (2011; 120).

 

VI

Los personajes-ciudadanos recorren durante el día las regiones caraqueñas, mientras la noche designa otro modus. El ecosistema nocturno es para cobijarse en los recintos. Los seres buscan calidez y temblor (se diluyen) en el adentro; divisan formas, rostros en el afuera; sienten ritmos en todo lugar. Silva señala un aspecto interesante en relación con el espacio y su habitante: “El territorio tiene un umbral a partir del cual yo me reconozco. Dentro de sus horizontes lo puedo definir como yo con mi entorno” (2006; 28). El territorio se manifiesta en caracteres por los cuales un grupo se identifica y reconoce: constituyen su yo urbano.

El paraje citadino en “Marlenys nunca se sueña en Caracas” se concibe en el adentro-afuera del personaje. Es decir, el territorio distorsionado, impúdico, es reflejo de un caos intrínseco: “Marlenys nunca se sueña en Caracas. A lo sumo, se soñaba en un espacio impreciso que tenía algo de avenida, con sus restos de esplendor, con sus sobras humanas, su basura, sus grafitis invocando la guerra, mezclada con el paisaje de sus sueños” (2011; 106). En otro punto de la historia la voz narrativa observa: “Marlenys nunca se sueña en Caracas. Esta ciudad lo único que produce son pesadillas” (2011; 112). El personaje es descentrado de su realidad inmediata para situarlo luego en la idealización: la Caracas que Marlenys anhela, un paraje distinto, liberado de convulsiones.

 

VII

El espacio es una construcción imaginaria, se mueve entre líneas de interioridad-exterioridad. La ciudad opera con la energía de sus habitantes, trasunta la disyuntiva cotidiana, la dialéctica entre ciudadanos. Es territorio sintonizado; imagen que labrada en el interior se proyecta hacia el afuera. De ahí los rostros, el espejo, el yo urbano.

 

Referencias bibliográficas

  • Canclini, Néstor (1977): Imaginarios urbanos. Editorial Universitaria de Buenos Aires, Argentina.
  • Torres, Héctor (2011): El regalo de Pandora. FB Libros. Caracas, Venezuela.
  • Silva, Armando (2006): Imaginarios urbanos. Arango Editores. Bogotá, Colombia.
Emiro Colina
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