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Apuntes sobre el lugar común

domingo 24 de abril de 2016

Fotograma de “Pink Floyd The Wall” (1982), de Roger Waters

…el poeta, si es poeta, no describe el mero aparecer del cielo y de la tierra. El poeta, en los aspectos del cielo, llama a Aquello que, en el desvelarse, hace aparecer precisamente el ocultarse, y lo hace aparecer de esta manera: en tanto que lo que se oculta.
Martin Heidegger
Vivir poéticamente es vivir desde la atención: constituirse en un sólido bloque sensorial, psíquico y espiritual de atención ante toda la dinámica existencial de la propia vida…
Armando Rojas Guardia

I

Las ideas congregadas en la conciencia social sitúan al hombre en un contexto que lo condiciona a sopesar la superficie y obviar la profundidad. Ese homo limited inmerso en el estrecho arsenal es inocente de la circunstancia, se conforma con lo producido y no se inquieta por los intereses que motivan la producción. La contemporaneidad de la mente se postulará como la máquina para confutar nociones fraudulentas y rudimentos institucionalizados. Con ello se instituye una perspectiva lúcida y tectónica. La lucha contra el automatismo provocará, entonces, desenmascaramientos, quicios, agujeros, fisuras dimensionales. La disputa espectral1 desestabiliza los cimientos del lugar común, todo lo que gravita en su orden deja ver los hilos que lo mantienen en superficie; la ilación hacia lo subterráneo puede ser infinita, inacabable, si se estima la realidad como conjunto de signos sustituyentes: vectores sígnicos que conducen a otros formando consecución simbólica hacia núcleos.

 

Todo individuo inmerso en la red fundada por los intereses institucionales e ideológicos se adscribe al territorio de lo estrecho y de las mentiras subrepticias.

II

El orden deleznable se sitúa en la sociedad de convencionalismos o en ese lugar anunciado por Víctor Bravo donde lo previsible se convierte “por su reiteración, en estereotipo, en convencionalidad, en automatismo, en cliché” (2007; 55). Dígase que este territorio es la parcela del descarte: si no se reconoce el evento (u objeto) a través del sistema convencional de ideas, será confinado al horizonte de lo extraño. Se urde, así, una línea que separa dos territorios: “el de la convencionalidad” y “el de la extrañeza”. Esta línea divisoria es vislumbrada cuando se trasciende la perspectiva racial2 para asumir la subterraneidad.

 

III

Quien asuma la postura del topo desmonta superficies para seguir la ilación. Se objetan las construcciones sostenidas por la conciencia histórica, de allí que con franqueza Jonathan Culler escriba “la teoría intimida”. Todo individuo inmerso en la red fundada por los intereses institucionales e ideológicos se adscribe al territorio de lo estrecho y de las mentiras subrepticias. Por tal razón, el lugar común “será todo lo que hay que decir en sociedad para ser un hombre correcto y decente” (2007; 55). El individuo que supere dicho estrato irrumpirá en el terreno de lo anómalo para divisar el orden invisible, y capturar en el arrecife la noción no pensada. A través de esta pesquisa trascendental se establecen relaciones meditativas: percepción de la sombra detrás de la luz, “(…) percibir esa sombra —sostiene Agamben— no es una forma de inercia o pasividad sino que implica una actividad y habilidad particulares, que (…) equivalen a neutralizar las luces que provienen de la época para descubrir su tiniebla, su sombra especial, que no es, de todos modos, separable de esas luces”. Los conceptos inicialmente nebulosos operan en los espacios ocupados por ideas en uso, constituyen un movimiento tectónico y esclarecedor, sin embargo Culler estima ese movimiento como una “(…) explicación cuya verdad o falsedad será difícil verificar” (2000; 26). En otros términos, noción que pertenece al orden de lo inquietante, transgresivo y subterráneo.

 

IV

Véase en el discurso de Foucault el orden que desmonta preceptivas. La idea convencional sobre el sexo es objetada “lejos de ser algo natural —dice Culler parafraseando la idea del teórico francés— (…), ‘el sexo’ es una idea compleja creada por la confluencia del siglo XIX de un conglomerado de prácticas sociales, investigaciones, actos de conversación y escritura; creada por ‘discursos’ o ‘prácticas discursivas’ ” (2000; 15-16). La noción general de sexo es una construcción de las prácticas discursivas, de los intereses ideológicos y la categorización. Si se deshabilita esta concepción arbitraria de sexo se concluye que toda realidad instituida es una proyección patentizada por el discurso de las instituciones; ciertas “realidades naturales” son o pueden ser producto de los diversos discursos. González Delgado escribe: “La superioridad del hombre no es algo natural, sino una construcción social” (2005; 10). Con ello puede concluirse que las maniobras de represión son síntomas de un núcleo enfermo y persistente: el poder. Por otro lado, si el discurso conjura la esencia del pensamiento (o la ausencia de los objetos) los signos congregados en él se impregnan de esa misma esencia (o ausencia). En su rol representacional los signos refieren determinado objeto, de allí la idea de complemento o “escritura como suplemento del habla”.

Jacques Derrida deshabilita esa idea y se apoya en Las confesiones de Rousseau para fundar su planteamiento. En la mencionada obra se describen los momentos del filósofo suizo junto a Maman (Madame de Warens). Lo interesante de la descripción es que los signos aprehenden y concretizan. La inexistencia es inhabilitada por los signos. La escritura convoca su presencia y adquiere un valor no suplementario sino potencial. Si la inexistencia posterga la presencia, Rousseau posee a Maman en las líneas que la conciben.

 

V

Gracias a la capacidad de conjurar, los signos pueden condensar cuerpos (abstractos o desdibujados) y retorcerlos a su antojo. El elemento aprehendido en la red de significados adquiere una vitalidad que supera el referente, la simple alusión. La existencia pasa a un plano donde el objeto concebido adquiere peso y el real se aliviana; en otra situación el objeto se arquea en los territorios de la significación, se dinamiza, y logra situarse en un plano cada vez más profuso y menos circunscrito. Duplicando su espesor se unen, entonces, el peso real y el peso signado. Todo lo que aquí de forma sucinta se esboza muestra en primera instancia que la teoría excede su terreno de incubación y disecciona con instrumentos que son aparentemente disparatados o que no pertenecen a su esfera; la teoría explica y confuta ideas que se dan por elucidadas o que han sido instituidas por el deseo y la seducción. La conciencia que logra alcanzar el estatus máximo reconoce las maniobras, atisba el eco en el aire sordo, el cuerpo invisible, el orden oculto, el topo primigenio que habita en la zona fósil de la tierra.

 

Referencias bibliográficas

  • Agamben, Giorgio (s/f). “Paradoja del tiempo que se escabulle”. Ñ, Revista de Cultura.
  • Bravo, Víctor (2007). “Dones y miserias del lugar común”. En El señor de los tristes y otros ensayos. Monte Ávila Editores Latinoamericana. Caracas, Venezuela.
  • Culler, Jhonatan (2000). Breve introducción a la teoría literaria. Crítica. Barcelona, España.
  • González Delgado, Ramiro (2005). “Penélope se hace a la mar: remitificación de una heroína”. Universidad de Extremadura. Estudios Clásicos, ISSN 0014-1453, tomo 47, Nº 128.
Emiro Colina
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Notas

  1. La disputa entre el poder y las voces del agente que asume la posición de adversario.
  2. Aberración al pensamiento desatinado, extravagante y clarividente.