“El amor fingido del comandante Antúnez”, de P. G. de la Cruz
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Regreso al origen

miércoles 27 de junio de 2018

He acabado de leer La edad de hierro (Age of Iron) de Coetzee. Cosa rara porque soy un ferviente seguidor de su obra desde que ganó el Nobel, y desde entonces he procurado leer todo lo que había publicado antes y después de la concesión del premio hasta nuestros días. Más raro todavía si tenemos en cuenta que La edad de hierro es una de sus novelas más celebradas. Se trata en concreto de una de esas novelas de su primera etapa de escritor, aquella en la que su Suráfrica natal es el escenario de la mayoría de sus historias y la particular y muy conflictiva situación política del país, inmerso en la lucha contra el apartheid, el principal factor que condiciona la vida de sus ciudadanos de alguna u otra manera, y ello por muy al margen que pretendan mantenerse del conflicto en su día a día. La edad de hierro, publicada originalmente en 1990, cuenta la historia de la señora Curren, una profesora universitaria de Ciudad del Cabo de origen afrikáner, la cual, arrostrando un terrible cáncer de huesos en fase terminal, escribe una larga carta a la hija que dejó su convulso país para encontrar la paz en Estados Unidos. La señora Curren es una afrikáner que ha renegado siempre del apartheid sin comprometerse en nada. Los últimos acontecimientos —el incendio de un barrio negro, el asesinato del hijo de su sirvienta, el de un adolescente negro que encuentra refugio en su casa y es detenido por la policía— la sumen en un desconcierto con su vida pendiente de un hilo. Es entonces cuando la vieja profesora conoce a un vagabundo negro y alcoholizado que se refugia en su cobertizo. Poco a poco ese negro extraño y sospechoso se convertirá en una compañía imprescindible para la señora Curren.

Como en tantas otras de las novelas de la primera etapa, o la etapa surafricana, de Coetzee, La edad de hierro tiene un más que evidente trasfondo alegórico, esto es, con el cáncer terminal de la protagonista como una parábola de ese otro que llevaba padeciendo desde hace mucho tiempo la sociedad surafricana durante la época del apartheid. La edad de hierro nos ofrece todos los ingredientes al uso de las primeras novelas del autor, esto es, una interpretación mítica de la realidad, la crítica sin fisuras a la segregación racista, una rígida mirada moral sobre las violentas consecuencias que tiene ésta sobre el comportamiento de las gentes, y, sobre todo, un relato más del interior de los personajes que de sus actos. Se trata, pues, de una de esas primeras novelas de Coetzee en las que el mundo literario de éste parece tener como principal fuente de inspiración la crítica al estado de cosas de un país sumido en una guerra civil latente desde hace décadas por culpa del pecado original que el apartheid supuso para la sociedad surafricana. Todas las primeras novelas de Coetzee tratan de analizar desde diferentes perspectivas las perversas consecuencias que el apartheid origina en el día a día de los habitantes de Suráfrica, hasta qué punto éste afecta a la convivencia diaria incluso entre aquellos que, conscientemente o no, procuran mantenerse al margen de los funestos acontecimientos que suceden a su alrededor. Es por eso que las novelas de esta primera etapa de Coetzee parecen carecer del aliento decididamente combativo que tienen las de otros escritores surafricanos blancos (en el caso de escritores negros como Njabulo Ndebele o Zeka Mda el compromiso contra el sistema que precisamente los silenciaba casi se supone por defecto), como la también premio Nobel de Literatura Nadine Gordimer o André Brink. Las novelas surafricanas de Coetzee no son tanto de relatar los males del apartheid como de intentar indagar esas consecuencias morales a las que me refería antes. En general, Coetzee nos habla más de los debates morales e íntimos de los personajes, en especial en el caso de los blancos, pues el autor no obvia que su mirada es la de un afrikáner al margen de su comunidad de origen, pero un afrikáner a pesar de todo, de sus dudas y miedos ante acontecimientos que ven a su alrededor, que de las injusticias del apartheid.

La edad de hierro ha conseguido reconciliarme con el Coetzee literato, novelista, aquel cuyas primeras novelas releo de vez en cuando y sé que seguiré haciéndolo en un futuro.

Ese es el Coetzee en su primera etapa, nada o poco que ver con ese otro tras recibir el Nobel y, sobre todo, después de trasladarse a vivir a Australia y que, coincidiendo con el fin del apartheid, comienza con El maestro de San Petersburgo (1994), donde se ve una clara intención de alejarse de lo que ha sido hasta el momento su territorio narrativo. Ese alejamiento de Suráfrica continuará en el resto de sus posteriores novelas escritas hasta la fecha. La única excepción será Desgracia (1999); la historia del profesor universitario acusado de abusos sexuales transcurrirá con la Suráfrica del pos-apartheid de fondo y donde la violencia y la inseguridad reinan por doquier. Ya entonces se ve a las claras que los dilemas que interesan a Coetzee ya no tienen que ver tanto con el presente o futuro del país y sus gentes, si bien el relato que hace el autor de las inquietudes del surafricano blanco ante el futuro que les espera en la nueva Suráfrica controlada por la mayoría negra es bastante elocuente en su crudeza y cierto pesimismo, como con la delgada línea que define lo que es moral o no, y más en concreto su ética animalista y su amor hacia los animales en contraposición con el rechazo que le ocasionan los actos o maneras de ser de muchos humanos.

Con todo, será a partir de Elizabeth Costello (2003) cuando el animalismo de Coetzee se convierta en una de los temas recurrentes de su literatura junto a esa preocupación acerca de los límites de la moral. Aún más, en las siguientes novelas de Coetzee, Hombre lento (2005), Diario de un mal año (2007), La infancia de Jesús (2013) o Los días de Jesús en la escuela (2016), habrá mucha introspección moral y ética, mucha metaliteratura o discurso sobre el oficio del escritor, y, cómo no, también ese simbolismo de sus primeras obras, el cual ahora reaparece en la serie dedicada al personaje del enigmático y por lo general ausente Jesús, apenas una excusa para recrear una sociedad utópica, la cual vendría a ser, cómo no, la que su autor nos propone como un modelo a seguir.

En cualquier caso, el territorio literario actual de Coetzee ya es muy diferente al de su primera etapa, mucho más personal y yo me atrevería a decir, y ello a sabiendas de la enormidad que supone, que hasta más militante a favor de la causa animalista de lo que lo fue contra el apartheid en su momento. A decir vedad, y sobre todo a tenor de sus últimas novelas, podríamos decir que Coetzee se nos ha convertido en un escritor esencialmente moralista y con una preocupación acaso excesiva por lo metaliterario; un escritor de obsesiones. Muchos críticos señalan que este alejarse de los grandes temas de la literatura para centrarse en el ombligo de uno mismo es lugar común entre los escritores de cierta edad que creen haberlo dado ya todo en el terreno narrativo y que, aun así, siguen empeñados en el oficio de escribir porque su fama les permite seguir vendiendo libros en los que ahora centrar esas obsesiones a las que me refería antes. Dicho de otra manera, a cierta edad el escritor de renombre se aprovecha de éste para vendernos su discurso sin preocuparse en exceso del envoltorio. Por eso resulta muy curioso emprender la lectura de una de sus obras principales de su primera etapa, o etapa surafricana, donde el lector, por muy interesantes o cercanos que sean los temas que Coetzee aborda en sus últimas novelas, se reencuentra con el escritor en su momento más fértil, siquiera en aquel en el que lo que le rodeaba le obligaba a un compromiso, cuanto poco literario, más sincero y eficaz con el lector. Me refiero, claro está, a ese pujo por crear la obra redonda que haga llegar el mensaje de la novela dentro del envoltorio estético más atractivo posible.

Eso es precisamente lo que servidor cree haber recuperado con la lectura de La edad de hierro, el Coetzee que todavía creaba mundos de carne y hueso, mundos reconocibles por muy duros o desquiciados que fueran, y sobre todo por muy alegóricos que fueran, o acaso por eso mismo. Historias de verdad y no simples fábulas morales o ambientes en los que sólo importa lo esencial, el mensaje, y no tanto los detalles de la construcción de tal o cual personaje o escenario, fábulas cada vez más despojadas de lo literario. Dicho de otra manera, siquiera de un modo definitivamente crudo, La edad de hierro ha conseguido reconciliarme con el Coetzee literato, novelista, aquel cuyas primeras novelas releo de vez en cuando y sé que seguiré haciéndolo en un futuro, aquellas en las que encuentro todo lo que satisface mi deseo de literatura, siquiera en su forma más clásica, puede que hasta previsible. Porque lo otro, para qué andarme con media tintas, y siempre con las debidas excepciones como en el caso de sus dos últimas entregas autobiográficas, donde vuelve a destacar la narración sobre el mensaje y sobre todo la ambición de darle varias vueltas a ésta, cada vez se me antojan más simples y puros panfletos en los que el autor predica sus diferentes inquietudes morales o éticas. Eso sí, panfletos de lujo porque Coetzee sigue siendo uno de los mejores escritores vivos y eso se nota hasta en lo más soporíficamente panfletario de sus textos.

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