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No pude salir ileso de esta pensión

miércoles 8 de mayo de 2019
“Pensión de animales”, de Pablo Silva Olazábal
Disponible en la web de la editorial

Pensión de animales
Pablo Silva Olazábal
Novela
Editorial Escarabajo
Colección Literatura Latinoamericana
Bogotá, 2017
ISBN: 9789585618923
140 páginas

Siempre ha producido fascinación en mí la noción del microuniverso que representa homogéneamente los componentes hermosos y desagradables que forman la vida. La estrechez del espacio, de suyo, es un factor detonante de roces hirientes que más bien son choques en vez de fricciones. No por nada tenemos, desde tiempos inmemoriales, como adagio popular el famoso “Pueblo chico, infierno grande”. Al parecer, el mero hecho de compartir el espacio vital es una obligación que la raza humana practica a regañadientes, porque la cercanía lleva a la observación. Y la observación lleva a la comparación y la apreciación de detalles, y entonces viene el afán de cambiar al otro, de hacerlo semejante a uno o distinto de aquella condición que nos produce escozor. Cuando eso no ocurre sencillamente se llega al punto de querer execrarlo, denigrarlo, ridiculizarlo y hasta neutralizarlo a causa de aquello que significa una diferencia. Y por supuesto, las demostraciones de intolerancia no se hacen esperar. Terminamos animalizados, actuando visceralmente, como si ningún raciocinio se nos hubiese dado por naturaleza y decimos sin pensar, hacemos daño sin pensar, movidos por un instinto que nos acerca más a las bestias que al concepto de suprema creación divina, que es lo que el hombre siempre ha creído que es. ¿Y qué mejor ejemplo de tal handicap existencial que aquellas vecindades o pensiones donde es imposible no saber de la vida del vecino de al lado, de enfrente, o de otro piso, con todos los incordios que ello implica? Este es el contexto en el que se desenvuelve la genial y premiada novela del escritor uruguayo Pablo Silva Olazábal, Pensión de animales, que tuve el placer de leer gracias a la magnífica edición de 2017 de la Editorial Escarabajo.

La obsesión por lo intrascendente toma en esta novela un cariz de epopeya que deja sin sentido toda consideración sobre qué cosas debería o no contar un narrador en su relato.

El intro nos lo presenta un ángel borracho, perezoso, que ya no vuela, pero que no deja de preocuparse por Laura, el personaje que va bajando por los pisos de la pensión al tiempo que golpea las puertas de los demás inquilinos con una furia notoria e incontenible y de la que no sabemos el origen pero que se deja sentir irremediablemente por todo el recinto, origina reacciones diversas, es un huracán de rabia que a cada quien tocará dentro de su espacio íntimo y en la medida en que las condiciones pongan a estos inquilinos más cerca de ella o “protegidos” tras sus puertas. Y mientras tanto, el ángel en el altillo de esta pensión observa todo a la vez, y en cada capítulo interviene para que sepamos su reacción ante tan singulares vecinos: un tipo obsesionado con comprar un azucarero de una tienda cercana y que presiente que lo van a matar mientras espera su orden, otro que se toma demasiado en serio el acto de matar a un animal no definible que le quita la calma y que parece burlarse de él con su fuerza y sagacidad, una pareja que filosofa sobre la naturaleza de los ángeles y su intervención en las ideas de los seres vivos, un humano encerrado en el cuerpo de una mascota en la portería y que se sabe víctima del hechizo de una bruja con la esperanza de ser devuelto en instantes a su condición original, el marido de la rabiosa Laura que intenta una suerte de cirugía casera a un loro que lo necesita.

Es admirable el estilo de Silva Olazábal para magnificar situaciones que en apariencia pasarían desapercibidas para la mayoría de nosotros. Sin duda, son dignos de admiración los autores capaces de hacer de un instante ínfimo todo un acontecimiento y los llenan de un significado proverbial gracias al arte de usar bien las palabras. En este sentido, en Pensión de animales se aplica la máxima aquella que dice “menos es más”. Sin innecesaria rimbombancia el autor logra dejar al lector embebido de la atmósfera conmovedora y miserable de la que se compone en parte el gentilicio latinoamericano, acaso porque reconocemos inconscientemente de generación en generación que no somos una raza pura sino el resultado de una combinación, una raza reciente en términos antropológicos, y que por ello aún nos falta dar tumbos hasta lograr un nivel mayor de madurez colectiva. La obsesión por lo intrascendente toma en esta novela un cariz de epopeya que deja sin sentido toda consideración sobre qué cosas debería o no contar un narrador en su relato, lo cual trasforma el hecho nimio en algo apoteósico tan digno de ser contado como las gestas de guerra o las historias de amor más apasionadas. Sólo un talento como el que tiene el autor uruguayo puede hacernos ver atractivo que un vecino de la pensión sueñe con comprar un azucarero en la tienda cercana (con todas las elucubraciones que se figura antes de la compra y el celo que le debe luego al objeto de su adoración) o que una conversación con ribetes etéreos entre una pareja dure varias páginas sin salir el tema de la influencia que ejercen los ángeles sobre nosotros.

Pensión de animales es corta, concisa, a veces cambia de ritmo para dejarnos respirar mejor a ratos, pone a prueba nuestra capacidad de conmiseración ante el patetismo ajeno, todos ellos elementos que uno como lector admira y agradece.

En mi escala del 1 al 10 le doy 9, pues la novela perfecta no se ha escrito aún.

Heberto José Borjas
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