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Apuntes sobre El amor en los tiempos del cólera, de Gabriel García Márquez

miércoles 6 de marzo de 2024
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Gabriel García Márquez
García Márquez publica El amor en los tiempos del cólera a los 58 años, una edad en la que se está más cerca del extremo del amor maduro y paciente que por fin comparten los protagonistas que de la arrebatadora pasión juvenil de la adolescencia.

Personajes principales

Si algo demuestran los perfiles de los personajes principales en El amor en los tiempos del cólera es que al mismo tiempo éstos conservan mucho de los atributos de los personajes femeninos y masculinos garciamarquianos pero también tienen particularidades que se revelan en el texto a cuentagotas, de manera desgajada capítulo a capítulo, de modo que la noción inicial que tenemos de ellos cambia, o se amplía, mientras se avanza en la lectura. El caso que más llama la atención a este servidor es el personaje Juvenal Urbino.

El doctor Juvenal Urbino es descrito como el ideal del buen partido con el que toda mujer desearía casarse (o más exactamente con el que todo padre desearía casar a su hija). Tiene afán emprendedor y rigor para ejercer su profesión de médico, le preocupa la salud pública, intenta que el gobierno local apoye sus iniciativas culturales y de modernización de la ciudad tomando como ejemplo su experiencia en Francia. Es, en teoría, el epítome de caballero solvente y maduro que es aceptado tácitamente en todo ámbito de la aristocracia local. Pero ya a la mitad de la novela descubrimos que la misma Fermina Daza, su esposa, lo considera un pobre diablo cuyos actos se ven impulsados por la ayuda que le da el peso social de sus apellidos. El autor ahora nos lo muestra como un ser manipulable por la voluntad de hierro de su madre, quizás engreído por la facilidad de la vida de quien tiene casi todo asegurado en términos de aceptación sólo por provenir de una familia bien de la región. Pasada la mitad de la novela, el autor revela por medio de una reflexión de Fermina lo siguiente: “Demasiado tarde sospechaba que detrás de su autoridad profesional y su pasión mundana, el hombre con quien se había casado era un débil sin redención: un pobre diablo envalentonado por el peso social de sus apellidos”.

Páginas antes, se devela que se ha casado con Fermina no por amor sino por domar la altivez de ella, y es así que se termina de delinear como un sutil villano, si podemos definirlo así dado que su presencia en la historia trunca la posibilidad de un amorío consumado entre los jóvenes Fermina y Florentino. Es un antagonista cuya ética y estética está por encima del canon tradicional de la novela romántica de folletín. Mientras Florentino Ariza no puede olvidar a Fermina Daza, el doctor Juvenal Urbino se da el lujo de estar casado con una mujer a quien en realidad no ama. Mas este factor no está ni siquiera insinuado en los primeros capítulos que él protagoniza. En términos dramatúrgicos, Juvenal Urbino es un personaje-cebolla, a cuyo centro llegamos al quitársele las capas que lo cubren.

Entonces, la imagen idílica del caballero ideal se desmonta y se rebaja a un nivel de hombre promedio o por debajo del promedio en términos de carácter, condición que lo rebaja y borra cualquier diferencia que el lector haya percibido entre él y Florentino Ariza. Juvenal Urbino, más que evolucionar ante los ojos del lector, se termina de perfilar con el avance de las páginas para mostrar una cara menos perfecta e idealizada, atributo que el Gabo parece sugerir dándole el protagonismo casi total en los primeros dos capítulos de la novela, en los cuales se realzan sus virtudes y su condición de hombre de mundo.

La forma en que García Márquez muestra a sus personajes es distinta a sus anteriores obras.

Es en este aspecto que la forma en que García Márquez muestra a sus personajes es distinta a sus anteriores obras. En El amor en los tiempos del cólera deja el foco primero en el antagonista, en el elemento que obstaculizará el amor eterno de Florentino por Fermina. Quien no tenga una referencia previa de la historia podría creer que al fin y al cabo Juvenal Urbino es el héroe que desea quedarse para siempre con su amada. El autor prefiere, quizás con un afán lúdico y planeado adrede, empezar por las virtudes del villano, por la estima general de su alcurnia que lo precede en su círculo social, por su rutina de casado con una mujer que lo conoce ya a esas alturas como a la palma de su mano, pura costumbre y poco amor. En mi humilde opinión, es un acierto, raro y arriesgado para la época de su publicación. García Márquez lo asume al empezar su novela romántica por el antagonista (y un antagonista que a la larga no es tan dominante como aparenta al principio), condición que en los ochenta era novedosa. Hoy como ya sabemos, las narrativas de las películas de superhéroes y de ciencia ficción recientes suelen empezar mostrando al villano, es un gancho ya muy manido que deja pegado al lector al conflicto de la trama. Pero eso no es nada nuevo: García Márquez ya lo había hecho en su obra maestra de 1985.

 

“El amor en los tiempos del cólera”, de Gabriel García Márquez
El amor en los tiempos del cólera, de Gabriel García Márquez (Random House, 2019). Disponible en Amazon

El amor en los tiempos del cólera
Gabriel García Márquez
Ilustraciones de Luisa Rivera
Novela
Literatura Random House
Ciudad de México, 2019
ISBN: 978-8439735427
400 páginas

Escenas de amor

Las escenas eróticas de Florentino Ariza son explosiones frenéticas de júbilo y descubrimientos gobernados por el deleite de lo nuevo e indebido. Con la viuda de Nazaret se describe hasta el paralelismo entre un striptease de la amante con un bombardeo de guerra que suena de fondo. Lo dice claramente así: “Lo hizo con tanto alboroto, y con unas pausas tan bien medidas, que cada gesto suyo parecía celebrado por los cañonazos de las tropas de asalto que estremecían la ciudad hasta los cimientos”. El autor enaltece el acto de la intimidad sexual de una viuda que por fin se quita el nudo del duelo y le entrega su cuerpo a otro hombre por primera vez en años, encuentra algo dignificante en el acto de deslastrarse de las imposiciones sociales para vivir con la intensidad de quien sabe que está más vivo y joven que nunca. Es, además, una impronta que marca esos encuentros íntimos de Florentino con sus tantas mujeres a lo largo de los años: la mujer es generalmente un sujeto activo en el acto mientras que Florentino es alguien que se deja llevar, se deja seducir, quizás como gesto de gratitud ante su notoria orfandad de amor.

La intimidad de Fermina Daza como mujer casada está repleta de pausas, de sosiego, pues al principio le cuesta sentirse cómoda como para actuar con confianza ante su esposo. En su primer encuentro íntimo con el esposo priman ciertas condiciones que no vemos presentes en las escenas eróticas de Florentino Ariza, y que son el miedo y los nervios ante el prejuicio que se tiene acerca del acto sexual. El doctor Juvenal Urbino se dedica a darle una lección de medicina, o de anatomía, según se vea, para poder lograr el clima ideal que les ayude a dar el siguiente paso con sus cuerpos desnudos. Y aun así, Fermina no deja de demostrar su inclinación a no ser alguien sumiso y comparte el poder en la cama de por mitad con su marido, como podemos comprobar en este pasaje: “Él sugirió en un momento propicio que todo aquello era más fácil con la luz encendida. Iba a encenderla, pero ella le detuvo el brazo, diciendo: ‘Yo veo mejor con las manos’. En realidad quería encender la luz, pero quería hacerlo ella y sin que nadie se lo ordenara, y así fue”.

la forma en que García Márquez muestra a sus personajes es distinta a sus anteriores obras.

El encuentro sexual entre Florentino y Fermina, hacia el final de la obra, deja un relente de ansiedad y de azoramiento en el paladar. Se notan demasiado los estragos del tiempo en los cuerpos de ambos, en la energía vital de ambos, así que el acto íntimo se antoja más una manifestación de un sueño, quizás un capricho u obsesión, que se quiere cumplir en cámara lenta ante la urgencia de ocurrir en la última curva de sus días. El párrafo que lo describe es escueto, breve, deja a un lado los detalles, pues ya el sexo no es un descubrimiento sino un terreno conocido donde sólo cambia en este caso la otra persona que comparte el lecho. Sin embargo, deja claro que la picardía para propiciar un encuentro sexual no se pierde ni siquiera durante la vejez: “Pero volvió el mismo día, a la hora insólita de las once de la mañana, fresco y restaurado, y se desnudó frente a ella con una cierta ostentación (…). Estaba con la guardia en alto, y ella se dio cuenta de que no se dejaba ver el arma por casualidad, sino que la exhibía como un trofeo de guerra para darse valor”. Al final de la escena vuelve la noción triste o desconsolada del sexo meramente recreacional, pues la misma Fermina no sabe distinguir si ha secundado la iniciativa de Florentino por compasión o por amor, lo cual parece reforzar el subtexto de que el sexo entre ancianos es algo que tiene mucho de aventura lastimera, de quimera, quizá de causa perdida, como si se afirmara que ya a una edad elevada esas andanzas son más trofeos de la memoria que placeres presentes; una imprudencia, a fin de cuentas.

 

Espacios cerrados y espacios abiertos

El espacio que más me llama la atención en El amor en los tiempos del cólera es el río Magdalena. De nuevo, García Márquez utiliza el agua como un elemento de donde proviene lo desconocido, lo desafiante, lo que ofrece un extenso panorama de posibilidades. Es a la vez el río un lugar exótico no sólo por sí mismo sino por las maravillas que se encuentran en ambas orillas, pues más allá de ellas se describen una flora, una fauna y unos elementos de la vida rural que se asemejan a las descripciones asombrosas que hicieron los primeros cronistas de Indias recién llegados al continente americano: el modo de vida de los indios, los animales, los colores y olores propios del ambiente. A su modo, la guerra es una amenaza que ni el hecho de navegar el río puede borrar. Es una alegoría al peligro siempre acechante de las empresas autodestructivas del hombre.

Causa particular curiosidad que fuese navegando el río Magdalena que Florentino Ariza perdiese su virginidad, “sin gloria”, como dice textualmente el autor. En esa misma travesía el personaje resuelve no llegar a Villa de Leyva a trabajar como telegrafista. Le da un vuelco a su destino decidiendo que se quedará para siempre en Cartagena, y se devuelve. El río, y el consecuente acto de su navegación, causan efectos en el cuerpo, malestares serios. Fermina Daza lo siente, a ella la travesía no le sienta bien, como si el mar y ella fuesen dos elementos tan parecidos por naturaleza bravía que deben repelerse. Por el contrario, Florentino Ariza en la navegación del río Magdalena se agranda como ser humano al mostrar su catadura y su madurez, y hace descubrimientos o toma decisiones importantes, como la del final de la novela: no hacer parada en ningún puerto hasta llegar a La Dorada y “seguir en este ir y venir del carajo” con su amada Fermina.

Es el río un lugar que expande la novela hacia posibilidades que las limitaciones de la vida en la ciudad imponen. En el río no prosperan tantas de las reglas de las buenas costumbres que imperan en tierra firme. En otras palabras, el río, contrario a la subyugación frente a las normas sociales que implica pertenecer a la gente bien de Cartagena, representa para nuestros protagonistas un ámbito de liberación total, al menos en el otoño de sus días.

 

Florentino Ariza ejecuta la libertad del sexo casual con la misma sensación de hambre que tiene antes y después de cada encuentro íntimo.

El amor en la vejez

El amor en la vejez se concibe en esta novela como el pináculo dramático. Es la idea hacia donde todo apunta. Es por igual una delicia que un tormento, a pesar de que los protagonistas de la novela se encuentran en situaciones distintas en cuanto al estado marital. Por un lado, Fermina tiene un amor de esposa vieja, resabiada y que conoce demasiado a su marido, una relación sin sorpresas que solamente evoluciona para conocer al máximo las mañas del cónyuge. Florentino Ariza ejecuta la libertad del sexo casual con la misma sensación de hambre que tiene antes y después de cada encuentro íntimo. Es un menesteroso del amor que ha sustituido al amor con sexo para hallar algún consuelo a su desamparo sentimental. Y así llega a viejo. El punto ahora es que ambos son un trofeo para el otro, una recompensa tras tantos años de haber desviado su destino de lo que en principio pudo haber sido desde la juventud, cuando Florentino tocaba el violín en honor a Fermina, cuando él la veía dándole clases de lectura a la tía Escolástica, cuando mantuvieron una intensa correspondencia a pesar de la distancia.

Pero García Márquez no sucumbe al endiosamiento de un reencuentro triunfal al darse la viudez de Fermina. No lo idealiza ni lo adorna con lugares comunes y por ello es que luce tan verosímil como las anécdotas vividas, cada uno por su lado, durante los cincuenta años de separación entre ambos. Los dos ancianos se juntan por fin, no sin cierta reticencia por parte de ella, llegan a la intimidad sexual tras un primer intento fallido donde el mismo Florentino reconoce que su órgano sexual “está muerto”, como puede leerse textualmente en la obra. Es decir, que sus años de andanzas de amante de ocasión quedaron atrás, que es momento de encarar el amor de una manera más ralentizada, incluso el gran amor de su vida.

Y en ese desasosiego senil, quedo, reposado, pero desasosiego al fin, el sexo no luce tan gustoso ni tan apoteósico en su efecto sobre los personajes. Es un elemento que se entiende más basado en la nostalgia de haberlo sentido que en la posibilidad de seguir ejerciéndolo. La mima Fermina no puede evitar su sensación de vacuidad tras tener sexo con Florentino y la revelación de que quizás lo hizo por compasión más que por amor. Esa certidumbre hace del amor un sentimiento que ya ha mutado hacia una expectativa de estabilidad emocional que sobrepasa al deleite carnal, pues se ha alimentado de sorpresas, desengaños y verdades calladas que fortalecen la sabiduría de los protagonistas, sabiduría que no niega que hasta el amor llega a su fin, o se desgasta, o cambia la naturaleza. Una noción sobre el amor que se diferencia de la propuesta del mismo autor en el cuento “Muerte constante más allá del amor”, del libro La increíble y triste historia de la cándida Eréndira y su abuela desalmada, publicado en 1972. Es lógico. García Márquez publica El amor en los tiempos del cólera a los 58 años, una edad en la que se está más cerca del extremo del amor maduro y paciente que por fin comparten los protagonistas que de la arrebatadora pasión juvenil de la adolescencia. Por lo tanto, el autor sabe de lo que habla, hay una experiencia de vida como hombre y como amante (soltero y casado) que sustenta la génesis de los personajes y del intrincado triángulo Fermina Daza-Florentino Ariza-Juvenal Urbino.

Pero, sobre todo, la novela celebra el amor como un calidoscopio de posibilidades, como un portal que, aun en las postrimerías de la vida, vale la pena cruzar. Una aventura que, dada su vulnerabilidad a la entropía, debe reinventarse cada día, sin importar cuántos quedan por vivir.

Heberto José Borjas
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