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Sobre Esencia, de Efi Cubero

sábado 7 de diciembre de 2019
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Efi Cubero
Efi Cubero se nos presenta en Esencia como una testigo privilegiada de la creación artística.
“Esencia”, de Efi Cubero
Esencia, de Efi Cubero (La Isla de Siltolá, 2019). Disponible en Amazon

Esencia
Efi Cubero
Ensayo
La Isla de Siltolá
Colección Levante
Sevilla (España), 2019
ISBN: 978-84-17352-44-8
204 páginas

“Sólo el amor y el arte hacen tolerable la existencia”.
William Somerset Maugham

Quienes tenemos la fortuna de conocer personalmente a Efi Cubero y además el privilegio de haber leído y disfrutado sus numerosos libros y publicaciones, sabemos bien que de su mano nos encontramos siempre con el significado originario de la poesía, eso que los griegos llamaron poiesis: la CREACIÓN. Cualquiera de sus textos nos revela que estamos ante un alma creadora que, como ella misma repite desde su sabia humildad, se exilia al interior de sí misma para hallar la verdad, hermana gemela de la belleza. El manantial inagotable, la verdadera fuente, el auténtico diálogo habita en el interior humano, como ya dejara dicho el de Hipona. Y de ello da siempre fe literaria la escritora Efi Cubero.

Confieso que empecé a leer el libro que aquí nos ocupa bajo la premisa que la propia Efi, según me desveló, se plantea cuando contempla una obra de arte: ¿qué me quiere decir el artista con esta obra?, ¿qué pretende comunicar?, ¿qué intenta transmitir?… sabiendo de antemano, eso sí, que sólo hay que esperar para escuchar lo que dice. Así, he leído con calma y atención cada párrafo, cada frase, cada palabra, degustando a sorbos la recreación desde una particular y auténtica creación, la de Efi, regresando atrás para volver a seguir, leyendo para continuar releyendo, disfrutando con pausa tarda y lenta su escritura, rodeada de un mundo, este que no has tocado, que va deprisa, a veces demasiado.

Esencia es una obra que puede sorprender al principio y no sólo por su trabajado y cuidado estilo. Un simple vistazo a cualquiera de sus textos nos sitúa frente a una prosa descriptiva, ajustada a lo esencial, seductoramente evocadora, de gran calado poético, que se adentra con total dominio del léxico en el interior mismo de la obra de arte, allí donde el tiempo no existe porque está detenido. En este sentido, no es fácil de encasillar en un género literario concreto, quizá porque la intención de su autora va más allá de toda rígida clasificación y hasta puede que su libertad creadora así lo pretenda. En cierta medida, es el precio de la autenticidad: no dejarse petrificar por ninguna etiqueta academicista.

Tampoco hay un orden cronológico definido. Al contrario, hay saltos en el tiempo y en las épocas artísticas. El libro se abre con el Guernica de Picasso y acaba con Antonio Gómez, para recorrer entremedias desde el romanticismo de Turner —“un tenso fondo oscuro y abisal al borde seco por donde se precipitan las preguntas sin respuesta lanzadas al vacío”— al realismo de Antonio López —“nadie como él sabe interpretar las gradaciones del sol sobre un humilde membrillero que es también metáfora del tiempo”. Del surrealismo de Dalí en su casa de Port Lligat y el castillo de Púbol al barroco de Caravaggio —“una bárbara muerte puede salpicar de vida una obra, un rastro, un rostro”. Del informalismo de Tápies —“la devastación interior, el íntimo aislamiento, la transposición de conceptos”— al expresionismo abstracto de Pollock, artista atormentado y valiente…

Efi Cubero nos regala su mirada de poeta sobre los grandes genios de la pintura.

La ausencia de un hilo temporal destaca desde un primer momento, pero enseguida y a medida que avanza la lectura, pasa a ser un guiño de complicidad a quienes leemos, tomando de este modo plena conciencia de la reversibilidad temporal: del que el antes no es sino el después y de que el presente es siempre la reescritura del pasado. Esta es precisamente la característica esencial de la obra de arte, que la convierte en atemporal y de la que Efi levanta acta en su propio acto creador, conocedora de que el tiempo de la obra artística es imagen de la eternidad.

La escritora nos regala su mirada de poeta sobre los grandes genios de la pintura, desde los clásicos como Da Vinci, el Greco, Rubens, Rembrandt, Gauguin, Velázquez, Goya, hasta otros menos conocidos para el público menos especializado como son Ai Weiwei, Roni Horn, Rodchenko, Axel Hütte… pasando por la obra de sus amigos personales: Rufino Mesa, Paco Mora Peral, Alfonso López Hidalgo, Antonio Gómez o Urbano Galindo. Entronca de esta suerte con una lista de poetas y escritores que, inspirándose en obras de pintores, las han convertido en objeto de su cosmos literario: Alberti, Cernuda, Unamuno, Buero Vallejo… También, como ellos, nuestra autora se reconoce a sí misma reconociendo la autenticidad del acto creador en un juego de reflejos casi místico, el de los espejos de las almas creadoras. De la mano de su exquisita prosa y siempre con la fuerza de su poesía, los lectores evocamos la obra pictórica que nos presenta en sus páginas y hasta podemos situarnos frente a ella en una sala del Louvre, del Prado, del Täte, de la National Gallery, del D’Orsay, del Rikjsmuseum, del Reina Sofía o del Documenta de Kassel. Todos son lugares conocidos y hasta espacios familiares para Efi, porque no se puede pasar por alto que nuestra poeta es también una gran conocedora de la historia del arte. Sin duda, la impronta de su erudición como ensayista y crítica de arte se deja también traslucir a lo largo de este libro. De este modo, presentándonos a Anish Kapoor, leemos:

Aquel día miré desde el Pont Neuff al verdoso Sena. Sus aguas parecían recién pintadas por alguno de los impresionistas (…). La multitud deambulaba por París (…). Al fondo, el Arco del Triunfo parisino recortaba como siempre su fotografiada silueta y L’Etoile lucía más dinámica que nunca a través de sus arterias tentaculares. Los Campos Elíseos nos dejaban caminar con despreocupada indolencia (…); tenía claro el objetivo de hacia dónde encaminar mis pasos, entrar al Grand Palais.

Desfilan sosegadamente por las páginas de este libro pinturas y artistas que nos invitan a adentrarnos en los matices y en las interioridades de su obra, más allá de lo que se ve a simple vista en los lienzos. Sin embargo, hay mucho más que esto. Si alguien se queda en una lectura superficial, puede pensar que está delante de un ensayo poético sobre obras artísticas, frente a una teoría sobre la teoría del arte o, si se prefiere, ante una metaestética. Y, ciertamente, asistimos en un primer momento al arte de la descripción estética que se recrea en la belleza de la obra de arte. Pero esta recreación no sólo responde al goce en el sentido stendhaliano de la expresión. Va más allá del juicio estético que pueda emitir un espectador experimentado ante una creación artística. Antes bien, acaba remitiendo a la verdad y al ser que, como ya aventurara el mismísimo Nietzsche, sólo el arte puede captar, lejos de las anquilosadas categorías tradicionales. Sólo en el arte se aprehende el verdadero ser que no es más que devenir. Y la poeta lo sabe de primera mano:

Arte fractal. El tiempo y la materia, la materia del tiempo. Tiempo como materia de infinito y la perplejidad de la mirada que se pierde en la red que nos absorbe sin tregua ni respiro. Un paso más allá y el tiempo es ido, el futuro es pasado (…); queda sólo lo neutro, la inmensa soledad que albergará la ausencia.

Estableciendo un sutil juego de autenticidades, Efi Cubero sabe, como verdadera creadora, que la obra necesita ser percibida para cobrar sentido.

Efi se nos presenta como una testigo privilegiada de la creación artística. La suya es más que una mirada. Es una transparencia a la continuidad del acto creativo. Su escritura nos brinda su particular búsqueda, tanto lingüística como espiritual. Guarda pulcra fidelidad a Rilke, para quien el verdadero creador es quien encuentra su lenguaje, quien vuelve a decir lo eterno, pero con sus propias palabras. “Ser alguien que es artista —que crea— significa poder decir el propio ser”. Aquí es donde reside la grandeza y también “el dolor de la Creación”, el verdadero hilo conductor de Esencia. O, en palabras de Efi, “el reverso del espejo. El dolor del que se siente extraño, la lucha en un mundo hostil, la salvación de uno mismo por el Arte y la Palabra”. Y de esta forma se nos hace manifiesto, hablándonos de su gran amigo Rufino Mesa:

Él se siente especialmente vinculado con la Naturaleza y con el Ser. Centrada sobre el punto de emergencia se desgrana la vida en los capítulos de la emoción y de la reflexión, buscando el equilibrio, uniendo los fragmentos y, en su tiempo interior, dando acceso y sentido a la esperanza (…). Él ha experimentado en carne propia todo el significado del esquivar la muerte, sabe por tanto de lo transitorio, de lo frágil y lo efímero de la humana existencia. Del dolor. Pero también de lo que sobrevive, de la fuerza y de la veracidad de la Creación, de lo que marca pautas, de lo que deja huella mientras reflexionamos; de lo auténtico, de lo que es verdaderamente necesario, como el arte y la palabra.

Estableciendo un sutil juego de autenticidades, Efi Cubero sabe, como verdadera creadora, que la obra necesita ser percibida para cobrar sentido. Su mirada nos sitúa en un presente continuo, en un tiempo reversible que es el mismo tiempo que comparten la poesía y la creación artística. Y desde la fraternal simbiosis entre ambas, la poeta nos brinda un diálogo vivo, no sólo con la obra y su tiempo, también con el alma del artista creador porque en ella también siente, en cierta medida, la suya reflejada. Es ahondar en lo más profundo, una escucha interior, una metafísica introspección.

Así nos presenta a Goya, no sólo uno de mis pintores predilectos, también uno de mis ensayos favoritos, con metafísica introspección:

Goya nos mira desde una solidaria soledad. Desde los abisales silencios que poblaron y pueblan la fuerza de su obra, Goya nos mira siempre desde la Soledad (…). Él, que sabe, como nadie, convocar el aquelarre subversivo de los presentimientos, nos muestra descarnada la otra orilla, la del secreto oscuro que habita en cada ser y nos obliga a mirar desde dentro. Y mientras nos seduce, en la fascinación nos horroriza.

Con la maestría de quien conoce la obra y sabe mirar, Efi logra también crear belleza con su verbo. Al recrearse en la obra que contempla no hace sino replegarse hacia el interior de sí misma, allí donde se reconoce con el otro creador de autenticidades. Su prosa, pulcra y poéticamente densa, es su mirada que nos habla y nos guía. Su depurada percepción nos hace descubrir los sentimientos más profundos y reconciliarnos con ellos a través de lo bello —y tal vez también a través de lo sublime— que se refleja en su propio interior y al que da forma con sus palabras.

Efi Cubero domina el arte de escuchar en silencio su propio diálogo interior.

Una dialéctica contenida entre su verbo y la obra de arte inunda este libro. “El vértigo insondable de la creación entre la mirada y la palabra”. El alma de la creadora vive la experiencia estética desde la hondura meditativa y desde su propia sensibilidad creadora. Pero lejos de lo experimentado por los sentidos, sus ensayos, rebosantes de humanismo, nos tienden la mano para ir más allá de la superficie de lienzo, a adentrarnos en la escucha interior, allí donde reconocemos la verdad y nos hacemos verdaderamente “humanos”.

Esto es Esencia: “la mirada que avanza más allá y sólo comprende a otro creador de autenticidades”. Quienes recorran sus páginas tienen que saber que este libro no se atrapa en una sola lectura, ni tal vez en múltiples, porque nos invita a la incesante y siempre inacabada tarea de ahondar y de mirar lejos de la mundana inmediatez, de la superficialidad, de lo insustancial. Su contenido, como su propósito, es abisal. “Nunca pobres de espíritu”.

Decía Novalis que, “cuando un poeta canta, estamos en sus manos: él es quien sabe despertar en nosotros aquellas fuerzas secretas; sus palabras nos descubren un mundo maravilloso que antes no conocíamos”. Y esto es precisamente lo que descubre quien se adentra en la lectura de este libro, “un mundo maravilloso que antes no conocíamos” y que Efi Cubero nos desvela con la madura maestría de quien sabe mirar y, sobre todo, domina el arte de escuchar en silencio su propio diálogo interior. Este y sólo este es el verdadero camino de la creación, el de quien se recrea en la Belleza para buscar siempre la Verdad y el Bien, tríada metafísica que nos remite al Ser y, en definitiva, a la ESENCIA.

Inmaculada Morillo Blanco
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