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La Pelle, de Curzio Malaparte

jueves 16 de enero de 2020
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Curzio Malaparte
Curzio Malaparte en un restaurante de Capri.

“Non v’è alcuna differenza” dissi “fra una donna che si prostituisce a un tedesco, e una donna che si prostituisce a un americano.”

“What?” esclamò Mrs. Fiat con voce rauca.

“Dal punto di vista morale” dissi “non v’è alcuna differenza.”

“Ve n’è una molto importante” disse Mrs. Fiat mentre tutti tacevano, rossi in viso: “i tedeschi sono barbari, e i soldati americani sono bravi ragazzi”.

“Sì” disse il Generale Cork “sono bravi ragazzi.”

“Oh, sure!” esclamò il Colonnello Eliot.

“Se aveste perso la guerra” dissi “nessuna donna in Europa, vi degnerebbe di un sorriso. Le donne preferiscono i vincitori ai vinti.”

Curzio Malaparte, La Pelle.

“La piel”, de Curzio Malaparte
La piel, de Curzio Malaparte (Galaxia Gutenberg, 2010). Disponible en Amazon

El ejército aliado, americano más bien, desembarca en Nápoles tras la espantada de las tropas fascistas italianas y las alemanas, primero aliadas y luego invasoras. No es el primer ejército extranjero que la ciudad ve llegar a sus calles, se podría decir que Nápoles ha visto desfilar por ella a casi todos; griegos, romanos, ostrogodos, bizantinos, normandos, españoles… Nápoles supura historia por tosas sus grietas y eso hace que la llegada de los soldados americanos asemeje una historia conocida, más de lo mismo, algo así como “ya tardaban, ya, en invadirnos estos”. Pero, de la misma manera que en el pasado los bárbaros quisieron pasar por libertadores éstos de ahora pretenden hacer lo mismo, aún más, quieren que se les reciba como héroes. Y la ciudad no lo tiene muy claro, no sabe con exactitud quién es el enemigo y quién el aliado. Cómo va a saberlo si hasta hace apenas unos días vitoreaban a su Duce y se congratulaban de las victorias de su ejército en Abisinia, Albania o Libia. Y además, ¿por qué estos americanos iban a ser diferentes a los odiados alemanes? Por si acaso y ante la duda, sólo hay una cosa cierta, siempre habrá un mañana y la necesidad de encararlo como sea, hay que sobrevivir a toda costa, y si para eso hay que sonreír al soldado americano, hacerle de criado, enseñarle una pierna o ya directamente ofrecerle el cuerpo y hasta el alma, pues se hace y santas pascuas, aquí no ha pasado nada, llevamos toda la vida en las mismas, unas veces son ejércitos extranjeros, otras nuestros propios amos en forma de nobles decadentes o políticos corruptos, y otras también, las más, nosotros mismos convertidos en lobos y/o corderos.

Curzio Malaparte, un hombre que impone a su prosa una deliciosa libertad de estilo y pensamiento.

Con todo, el aspecto más interesante de la novela no es otro que el encuentro, encontronazo en muchos casos, entre dos mundos, el de la América moderna e industriosa, también tan idealista como ingenua, y la vieja y decadente Europa, la cual, en ese sur mediterráneo por el que, insisto, han pasado todo tipo de ejércitos y han dejado su huella otras tantas civilizaciones, se presenta derrotada de antemano, con una postura ante la vida tan cínica como resignada, capaz de todo lo peor y de muy poco bueno, apenas interesada en otra cosa que no sea el día siguiente y para de contar.

De ese modo, el protagonista-narrador que acompaña como oficial traductor al oficial aliado, un admirador de la vieja Europa desde esa idealización tan propia del americano culto a rebosar de mitos y mistificaciones, sirve de contrapunto a esa ingenuidad de la que éste hace gala a cada paso. De hecho, el protagonista-narrador acaba mostrando a su compañero americano el verdadero rostro de esa ciudad y esas gentes que acaban de recibirles a él y a sus soldados con los brazos abiertos y de la misma entusiasta manera con la que antes levantaban enérgicamente el brazo en alto al paso de las Camicie Nere de Mussolini. Y no es precisamente un rostro angelical, puro, sino más bien todo lo contrario, es un rostro curtido por todo tipo de calamidades y en especial la de la miseria endémica de la mayoría de sus habitantes, la verdadera cara de la Italia vencida una vez más, la Europa deshecha en mil batallas, la mayoría de ellas fratricidas.

Y todo esto contado con la pluma de alguien que en sí mismo era todo un personaje, el escritor de origen alemán y aristócrata Curzio Malaparte, un hombre que impone a su prosa una deliciosa libertad de estilo y pensamiento, a veces tanta que se diría que escribe llevado única y exclusivamente por el instinto de contar sin filtro lo que tiene delante de sus narices, que golpea de seguido sobre la conciencia y los tabúes de su propia gente. Una voz a la contra del relato oficioso de aquellos años inmediatos a la derrota fascista donde todo lo que vino después con la derrota fascista y nazi se ha idealizado hasta extremos de pesadilla a lo Walt Disney. Es por lo tanto una prosa que en su afán de desmitificar una época y a unas gentes, de darle la vuelta al dobladillo del relato oficial de aquellos años, podría haber caído en el mero regodeo de lo sórdido o el drama crudo sin concesiones; pero no, en realidad, y como mucho, todo el relato aparece cubierto por un halo de amargo desencanto, se diría que una especie de saudade mediterránea, incluso una cierta nonchalance o afectada desgana de personaje de vuelta de todo, que en algunos momentos del texto incluso alcanza cotas de verdadero y sobre todo sincero lirismo, belleza entre la mugre o algo por el estilo, vamos, que emociona a la par que ilustra y mucho sobre la cosa esa de la condición humana.

Estamos ante un escritor de los que levantan acta con su testimonio de toda una época.

Y podría continuar por este camino a ninguna parte del elogio sin freno, que es lo que tiene cuando cae en las manos del lector un texto que sacia de verdad el apetito de buenas lecturas, cuando después de mucho tiempo uno vuelve a reencontrarse con las razones que justifican de verdad la pasión por los libros. No es para menos, insisto ya por enésima vez, estamos ante un escritor de los que levantan acta con su testimonio de toda una época con obras como la que nos ocupa, o Kaputt, Il ballo al Kremlino, Muss. Il grande imbecille, Il sole è cieco y otras tantas, no un simple emborronador de cuartillas. Alguien que pertenece desde hace mucho y con todo derecho al Olimpo en el que los lectores y el tiempo consagran a los escritores dignos del tal nombre. Lo raro, lo verdaderamente llamativo, y al mismo tiempo también lo que no hace sino agrandar su leyenda, él se la puede permitir, es la constancia de que una vez más el precio de la independencia, el ir no tanto a contracorriente como en contra a veces de uno mismo y deberse en exclusiva a lo que cree o se siente en cada momento, no es precisamente el del reconocimiento en vida de los tuyos, más bien todo lo contrario. Pero bueno, también es cierto que la condición humana que nos hace sectarios por definición tendría que dar todo un vuelco tal como para que, de repente, aquellos que deberían hacerlo estuvieran dispuestos a reconocer los méritos de alguien en sí mismos y no en función de los prejuicios o las lealtades de cada cual a su tribu, fratría, bandera o lo que sea. Sí, así suelen ser las cosas, es inevitable pero no por ello menos cansino y desolador.

Txema Arinas
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