“El amor fingido del comandante Antúnez”, de P. G. de la Cruz
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Baroja, a pesar de don Pío

martes 3 de marzo de 2020
Pío Baroja
Es así, pensando en escritores técnica e incluso humanamente deslavazados, que acabo reflexionando acerca del incombustible atractivo de Baroja para varias generaciones de lectores.

Leo la novela de uno de los dos escritores españoles que el también escritor y articulista Alberto Olmos considera los mejores de su generación. Se trata de un cuentista excepcional, de lo mejor en castellano. Ahora, la novela que acabo se me antoja eso mismo: un cuento largo. Está tan perfecta y maravillosamente escrita como la mayoría de sus cuentos, cada frase cincelada al milímetro, cada palabra en su sitio, el ritmo justo según el momento. Una verdadera obra de orfebre en cuanto a técnica y eficacia narrativa. El final, en cambio, no me convence nada, se me hace precipitado, en plan punto final por las bravas, porque la cosa no daba para más. Cuestión de gustos, claro. Pero sí, he aquí un pedazo de escritor, un profesional en el sentido de que notas en cada frase que el autor se lo ha currado, que respeta lo que tiene entre manos, que sabe cómo y qué hay que escribir a cada paso. Sin embargo, es todo tan perfecto, encaja todo tan bien, se nota todo tan medido, hay tan poco resquicio a lo superficial, no sobra nada, que en realidad me deja frío, como una tortilla de patatas ni poco ni mucho hecha, en su punto.

A mí me gustan los escritores a los que se les ven las costuras, incluso, si no sobre todo, con sus excesos a cuestas.

Pero claro, es que yo he crecido como lector con autores que distaban mucho de ser los mejores en su oficio. Autores a los que se les notaban las costuras por todas partes, que siempre cojeaban de algo, que cuando tenías un libro entre tus manos ya sabías que ibas a encontrar algo que en otros seguro que se te hacía inaceptable. Autores como Baroja, Benet, Max Aub, Aldecoa, Goytisolo, Laforet, Umbral, Sánchez-Ostiz y mejor paro, mejor me quedo con la lista de españoles en castellano porque si empezamos con Saer, Ibargüengoitia, Cabrera Infante, Faulkner, Céline, Roth, Bernhard, Malaparte, Pasolini, Koeppen, Lobo Antunes, Chirbes… Todos ellos, claro está, escritores como la copa de un pino; pero, que quieras o no, y normalmente suele ser sí, siempre pecan de algo, siquiera por algún lado y por lo que sea que tampoco importa mucho. Sin embargo, y mira tú por dónde, es precisamente lo que les hace destacar, lo que los caracteriza, lo que te encandila de veras. Ni más ni menos que aquello que el lector de veras avezado busca en un autor con mayúscula, lo que tan rimbombantemente llamamos voz propia, el estilo de marras, y puede que se deba en buena parte a esos supuestos defectos o excesos del autor. De ese modo, uno ama a Baroja cuando éste se deja amar. Lo ama sobre todo a pesar de la desmaña y la impostura que lo envuelve, o acaso precisamente por ellas, y, en cambio, se aburre a mares con Delibes, lo bien que escribe, lo jodidamente serio y puntilloso que es con la pluma.

A ver si al final va a ser que el arte reside precisa y esencialmente en lo original a pesar de todo, otra vez la monserga de la voz propia, el estilo, y todo lo demás, pues eso, artesanía. Pero claro, como vivimos tiempos de computadora, de robótica hasta en el alma, del pragmatismo como religión única y verdadera, pues todo tiene que encajar, todo tiene que ser perfecto, pulcro, incluso prístino como si toda experimentación hubiera sido herejía. ¿Y el alma, dónde coño os habéis dejado el alma? Pues eso, que a mí me gustan los escritores a los que se les ven las costuras, incluso, si no sobre todo, con sus excesos a cuestas, las más de las veces figurones a tiempo completo o sólo a ratos. ¿Por qué no? Pero sobre todo con alma, humanos, como el propio Olmos sin ir más lejos. A mí un escritor que cae bien a todo el mundo…

Y es así, pensando en escritores técnica e incluso humanamente deslavazados, que acabo reflexionando acerca del incombustible atractivo de Baroja para varias generaciones de lectores. Algo que resultaría inexplicable dado tanto la tosquedad literaria de Baroja como lo plomizo de la mayor parte de su producción literaria a rebosar de lugares comunes, imposturas de todo tipo y una visión de la vida, y más en concreto del mundo que le rodeaba, como muy de cliché de intelectual de su época. No estoy muy seguro de si no toda esa devoción barojiana reside en su mayor parte en el embeleso que provoca la lectura de sus libros de acción o aventuras entre los más jóvenes al estilo del famoso Zalacaín el aventurero, como en ese inconformismo aderezado de nihilismo pseudofilosófico —Baroja le dio mucho a Schopenhauer y a Nietzsche como tantos otros escritores del momento e intelectuales poco más que de sentarse en el Café Gijón un cuarto de hora y pare de contar—, esa rebeldía de cachorro de la clase media española más o menos ilustrada en constante conflicto tanto con los suyos como con el resto de sus ya no tan semejantes, que es lo que apunta en libros como El árbol de la ciencia, La busca, César o nada, Aurora Roja y de verdad que poco más. Por lo que a mí respecta me confieso víctima de ese primer embeleso provocado por la primera lectura de Zalacaín el aventurero, Las inquietudes de Shanti Andia, La casa de Aizgorri, La leyenda de Jaun de Alzate y en general toda su obra dedicada a su tierra vasca. Eran los primeros libros para adultos que un familiar ponía en mis manos, y en ellos se hablaba de nuestro entorno más próximo y de nuestras gentes con una visión harto idealizada, incluso cuando Baroja trataba de verdaderos canallas, como que siendo vascos acababan por no serlo tanto y si lo eran se debía a que tenían verdaderos motivos para ello. Ese Baroja de la adolescencia fue precisamente quien más contribuyó a afianzar en el subconsciente la idea, esencialmente idealizada y a rebosar de tópicos, que luego refrendaban los adultos con su propia visión autocomplaciente y no poco interesada sobre las cosas del país; el País Vasco, claro. Luego vinieron los libros de la juventud tardía, la rebeldía impostada y ese malestar a cuenta de todo lo que le rodea a uno, que ni acaba de asimilar de buen grado ni sabe por dónde van los tiros, si bien intuye que lo que hay no está bien, no funciona, algo habría que hacer para cambiar semejante estado de las cosas aunque luego Baroja no haga nada, todo lo más tirarse al camino, largas, interminables caminatas que lo eran sobre todo alrededor de sí mismo. Puede que como hacemos la mayoría de nosotros, siquiera ya sólo porque estamos condenados a hacerlo a poco que compartamos en alguna medida ese desasosiego barojiano, el cual no es tanto descubrir que las cosas no son como nos gustan, como negarnos a aceptar que en el fondo mucho de lo que criticamos nos complace más de lo que estaríamos nunca dispuestos a confesar porque de lo contrario no tendría sentido tanto postureo de listillos de vuelta de todo y daríamos directa y definitivamente en simples cascarrabias con cierta facilidad para hacernos escuchar y no siempre de buen grado por los que nos rodean. Amén de correr el riesgo de ser descubiertos como lo que realmente somos: unos impostores.

Y con todo, por qué no decir lo obvio, Baroja como escritor en un verdadero fiasco, alguien que se traicionó a sí mismo.

Opino que ahí residiría la mayor parte del atractivo barojiano, y quizás también la razón de su sorprendente vigencia como autor, a la cual todo lo más habría que añadir una rápida e instintiva identificación o gusto por un estilo que enseguida reconocemos no poco atrabiliario ni nada, desmañado incluso, esencialmente intuitivo, aproximativo. Y acaso por ello también un rasgo más de esa supuesta rebeldía ahora estética o literaria, el escritor cuya obra se sobrepone a sus detractores haciendo precisamente virtud de sus carencias y al que, por si fuera poco, encima va la posteridad y le concede todo su beneplácito para escarnio de todos aquellos críticos que van cayendo en el olvido o ya directamente en el hoyo.

Y con todo, por qué no decir lo obvio, Baroja como escritor en un verdadero fiasco, alguien que se traicionó a sí mismo, a su obra más significativa y personal, perpetrando una recua de novelas verdaderamente soporíferas, pedantes, vacuas, chapuceras, cuyo verdadero peso, a mi juicio, sólo se sostenía por el prestigio de las primeras antes citadas. Dicho de otro modo, que Baroja escribió demasiado y sobre todo de lo que le vino en gana en cada momento, sin preocuparse por la coherencia de su obra ni el dudoso interés que podía tener para los lectores aquello de lo que trataba. Tal es así que muchas de sus novelas menores, de turista o simple observador de lo que acontece en la calle y que luego va y lo cuenta, apenas tienen otro atractivo que el nombre del autor que acompaña al título.

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