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Zarandeando a Colombia

miércoles 1 de abril de 2020
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“Memorias de un hijueputa”, de Fernando Vallejo
Memorias de un hijueputa, de Fernando Vallejo (Alfaguara, 2019). Disponible en Amazon

Memorias de un hijueputa
Fernando Vallejo
Novela
Alfaguara
Bogotá (Colombia), 2019
ISBN: 9788420438863
186 páginas

Memorias de un hijueputa constituye la más reciente aparición en el ámbito novelístico, del que sin duda sigue siendo el escritor colombiano actual más discutido: Fernando Vallejo. Para tratar esta obra, ofreceremos primero una breve síntesis de ella, luego un examen de sus puntos fuertes y sus puntos flacos, y finalizaremos con una conclusión.

Memorias de un hijueputa se ubica en un futuro próximo en el cual un dictador que ha gobernado Colombia por varios años, tras retirarse del poder se radica en Medellín y desde allí hace un recuento de su gobierno, pero entremezclándolo con recuerdos de su vida y distintas impresiones acerca de todo lo que se le pase por la cabeza, sea divino o humano. Según él mismo nos relata, durante sus años al mando de la nación este autócrata, entre otras, ha ejecutado hazañas como suprimir los tres poderes públicos para encarnar en su persona a todo el Estado, fusilar a todos los ex presidentes de Colombia incluido Iván Duque, que fue el último que lo antecedió, ordenar que los delitos nunca tendrán fecha de prescripción, hacer de Colombia un país vegetariano, acabar con el Código Penal y con la Constitución, matar a millones de colombianos para impedir la impunidad de cualquier delito, suprimir la Iglesia Católica, las motos, las radios, la música, el fútbol y la ortografía de la lengua española. Asimismo, el dictador termina aboliendo los impuestos y las sociedades sin ánimo de lucro, persigue a las mujeres que dan a luz por cometer el abuso de tener hijos, aniquila gremios como el de los médicos, los banqueros y los dentistas, obliga a reescribir la historia de Colombia, cierra las universidades públicas y elimina las humanidades de los currículos de las escuelas. En fin. A la vez que el dictador-narrador nos cuenta su gesta, como es tradicional en un libro de Fernando Vallejo también se insulta a cuanta persona, grupo humano, institución, idea o tradición se le ocurra a quien escribe, y por eso, sólo por referir algunos ejemplos, se habla mal de los colombianos, la clase política nacional, el acuerdo de Santos con las Farc, muchos escritores, muchos músicos, muchos pintores, el papa Francisco y los papas anteriores, países diversos que van desde Estados Unidos hasta España o Noruega, Simón Bolívar, el idioma español, el cristianismo, el Islam, dictadores varios (¡oh paradoja!), los pobres del mundo, científicos a tutiplén, Dios (con y sin mayúscula), algunos de los familiares de Vallejo, el sexo femenino, el universo, etc.

Constantemente, el libro arremete contra todas las religiones y sus ministros como factores alienantes de la humanidad.

A nuestro modo de ver, entre lo destacable del libro hay varios puntos. Lo primero —como también es usual en las obras de Vallejo— es su actitud iconoclasta que se expresa en su actitud de insultar, insultar e insultar, a todo y a todos, desde la primera hasta la última página del libro. Hay que reconocer que Vallejo sabe agraviar con una eficaz combinación de furia y de gracia. Lo segundo, que viene derivado de la actitud referida, es su empeño desmitificador. Vallejo promueve la descreencia, el dejar de creer en casi todo lo que nuestra cultura nos ha enseñado en cuanto a historia, religión, política o hasta la costumbre más sencilla de la vida diaria. Por ejemplo, se suele sostener de modo popular que la música es lo opuesto al ruido, y así pensamos y obramos en consecuencia con tal noción. En cambio, Vallejo asevera que la música hace parte del ruido y que el verdadero opuesto de la música sería el silencio, y de allí que, en su ficción, determine prohibir la música en Colombia. Lo de menos es si el supuesto vallejiano es correcto o no; lo interesante es que, con esta idea, el escritor nos obliga a reconceptualizar el mundo, a verlo desde un nuevo punto de vista, y esa es una función primordial del arte. Si un artista permite percibir el universo desde una nueva óptica, está proporcionando la primera herramienta para que sus espectadores y lectores comiencen a pensar de un modo distinto. El caso musical referido sólo es uno de los varios que hay en el texto y que el lector agradece. En tercer lugar hay que señalar que, en el afán de insultar y desmitificar, Vallejo acude mucho a la burla y al humor negro como un modo de ridiculizar ideas y personajes; por citar algunos casos, en cierto momento señala que de nada sirve la costumbre de las madres colombianas de encomendar a sus hijas a la Virgen María pues igual a estas hijas las asaltan y así resultaría más eficaz conseguirles guardaespaldas que encomendarlas a la Virgen; en otro instante, el dictador decide erigirle un monumento a Islero, el toro que mató al famoso torero Manolete; en otro momento erige una estatua a Antanas Mockus en el acto de bajarse los pantalones e instala la obra en el Relleno Sanitario de Doña Juana. Vallejo tiene tino para revelar lo risible de la condición humana y lo grotesco de aquello que generalmente se toma por normal.

En cuarto lugar, hay que apuntar una curiosa confluencia del ateo Vallejo con otro tipo de pensadores que no son precisamente de su misma línea. Constantemente, el libro arremete contra todas las religiones y sus ministros como factores alienantes de la humanidad, y lo que propone para reemplazarlas es una “moral sin religiones” (p. 149), es decir, una normatividad social que permita otro modo de vida sin apelar a las ceremonias y formas tradicionales que hasta hoy han hecho carrera en casi todos los credos. Es claro que esta es una concepción muy en la tónica de la Ilustración que, en esa dirección de despojar a las iglesias de tanto añadido inútil, en nuestro tiempo ha alcanzado a ciertos filósofos y teólogos que sí creen en Dios, como por ejemplo el luterano Dietrich Bonhoeffer, quien al plantear conceptos como el del “cristianismo sin religión” (la posibilidad de hallar a Dios por la fe y por fuera de la parafernalia eclesial tradicional) coincide con Vallejo en esa necesidad de despojar a las religiones de tanta ceremonia y forma convencional, que es más enajenante que vivificante.

En quinto lugar, y para cerrar esta sección de logros, señalemos que en sus disposiciones a insultar, a descreer, a la burla, a promover una nueva moral y otro modo de percibir y pensar el mundo, el libro de Vallejo tiene una propuesta axiológica digna de ser considerada en un contexto como el colombiano. Nuestro país ha sido una sociedad tradicionalista y más bien tiende a reproducir valores familiares y religiosos heredados que aventurarse con algo distinto, y eso ha sido particularmente notorio en los últimos años con la llegada al poder de ciertos movimientos de derecha. Por esta razón es que un libro como Memorias de un hijueputa es valioso, porque en esta obra Vallejo hace un llamado a Colombia a arriesgarse a controvertir las ideas, los hábitos y las conductas en que hemos sido formados, y que evidentemente no son muy efectivos en la práctica, como lo demuestran la inequidad, la injusticia y el fracaso patentes en tantos asuntos individuales y sociales de este país.

A través del alter ego del narrador (como lo hace en otros libros) Vallejo se vanagloria de su condición de pederasta.

Y ahora mencionemos algunos de los aspectos objetables del libro. En primer lugar, recordemos que en la novela el modo en que el narrador “salva a Colombia de sí misma” es instaurando una dictadura, sólo de esa manera se implanta el orden y el país comienza a funcionar. En otras palabras, Vallejo cae en la misma trampa en que de modo recurrente han caído los pensadores latinoamericanos desde los tiempos de Bolívar hasta hoy: creer que con el caudillo apropiado en el poder, en el acto el país se organiza. De este modo, Vallejo incurre en el mismo mesianismo que en Colombia ha llevado a tipos como Álvaro Uribe al poder y en Latinoamérica a otros especímenes semejantes. Además —como tantos analistas sociales ya lo han hecho notar—, es cuestionable que una ética civil para una población de repente funcione mágicamente por el simple hecho de que un cierto caudillo la imponga desde arriba, es más, la historia latinoamericana proporciona decenas de ejemplos que demuestran lo contrario. En segundo lugar, sorprenden las afirmaciones simplistas de Vallejo en asuntos económicos. Sólo tomemos dos. En la página 66 afirma que “en Colombia pagamos los ricos por los pobres” y que los estratos 5 y 6 pagan “unos impúdicos impuestos” para que los estratos 1 a 4 no paguen nada. Sólo para mencionar a un conocedor del asunto, el economista Luis Carlos Reyes asevera que en Colombia los más ricos pagan en impuestos alrededor de 5% de sus ingresos, mientras que un empleado común paga entre 8 y 15%, y que en conjunto un asalariado tributa porcentualmente más que los dueños de las empresas colombianas.1 En otro apartado, Vallejo se queja de que en Colombia los pobres todo lo reciben gratis, desde agua y electricidad, hasta educación universitaria y posuniversitaria (p. 102), lo que resulta absurdo cuando se recuerda, por ejemplo, que 3,6 millones de colombianos no tienen servicio de acueducto,2 o que 62% de los bachilleres colombianos no ingresan a la educación superior,3 es decir, la pobreza en Colombia es tal que esos millones de personas no sólo no reciben agua y educación universitaria gratis, como dice Vallejo, sino que simplemente no reciben nada (ni pagado ni gratis). Es palpable que en estos temas Vallejo habla por hablar, pero que desconoce los datos más rudimentarios al respecto.

En tercer lugar habría que mencionar que la jactancia de Vallejo respecto de sus relaciones pederastas es muy cuestionable. El dictador presume de que en sus fiestas se gozan muchachos y niños (p. 68), de que en una época su límite para tener relaciones sexuales homosexuales era máximo hasta los diecisiete años (p. 77), y en otra época su rango de parejas homosexuales era de quince a diecisiete años (p. 155). Lo de menos son esas precisiones numéricas, lo que sí es claro es que a través del alter ego del narrador (como lo hace en otros libros) Vallejo se vanagloria de su condición de pederasta, es decir, se vanagloria de relaciones sexuales con menores de edad, alardea de una libertad sexual con chicos que legalmente aún no son adultos y lo cierto es que no veo cómo se puede presumir de tales acciones cuando es obvio que en una relación entre un adulto y un adolescente hay una clara desventaja emocional y de maduración psicológica de una de las dos partes implicadas. Jactarse de este tipo de relaciones es como si un jugador de tenis se ufanara por haber derrotado a un contrincante que sólo tiene una pierna.

Memorias de un hijueputa es un libro en donde se le dispara a todo lo que se mueva.

En cuarto lugar, habría que señalar la lamentable recurrencia en cierta seudociencia. En las páginas 74 y siguientes, Vallejo afirma que el virus del VIH no existe, que el sida se explica por otras razones, y que detrás de esta “supuesta epidemia” de sida lo que hay es un complot de la industria farmacéutica y de ciertos centros científicos internacionales. Excluyendo la crítica a la industria farmacéutica, que sin duda no está guiada únicamente por fines altruistas y claro que también responde a las exigencias del mercado capitalista, es palmario que Vallejo se está uniendo a una corriente llamada “el negacionismo del sida” que es una corriente seudocientífica y conspirativa de las que están tan de moda, que consiste en creer que el virus del VIH no causa el sida, o creer que no existe el VIH, o que sí existe el VIH pero que es un virus inofensivo que no tiene la peligrosidad que le adscriben. Aquí lo interesante, si se consulta a las autoridades en el tema, es que el consenso científico mundial está en contra de esta teoría conspirativa, y que con esta nueva pifia Vallejo incurre en los mismos disparates de libros suyos como La tautología darwinista o el Manualito de imposturología física.

En quinto lugar, y sólo para finalizar este apartado, dejemos constancia de la caprichosa misoginia vallejiana. A lo largo del libro abundan todo tipo de invectivas contra el sexo femenino, de las mujeres se dice que no deben abrir la boca y que bajo el gobierno del dictador, él se ha asegurado de ello (p. 122-123), que no hay nada más mortífero para la humanidad que su “paridera” de hijos (p. 132-133), las tilda de ser el “error más grande de la Evolución” (p. 151) y similares. Hay un prejuicio de estos tiempos que es la misandria u odio patológico al sexo masculino, y la verdad es que la misoginia vallejiana, como la misandria, comparte con ella las mismas desafortunadas características. Es paradójico que, con su misoginia, Vallejo acabe alineándose en ese mismo desprecio hacia la mujer de esos cristianos e islámicos de los que él tanto vitupera.

Concluyamos diciendo que Memorias de un hijueputa es un libro en donde se le dispara a todo lo que se mueva, que de esos disparos muchos dan en el blanco, pero otros son balas perdidas que matan transeúntes inocentes. La obra es una necesaria zarandeada para un país premoderno como Colombia, aun cuando en la zarandeada se acaban vindicando nociones fascistas, antidemocráticas y gratuitas muy discutibles.

Campo Ricardo Burgos López
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Notas

  1. Luis Carlos Reyes, “Ni un peso más de impuestos a los asalariados”, El Espectador, 19 de julio de 2018.
  2. Paula Delgado Gómez, “Lo que falta en suministro de agua y alcantarillado en Colombia”, El Espectador, 26 de julio de 2018.
  3. Redacción Vivir, “De cada 100 colombianos, 56 no completan la educación secundaria”, El Espectador, 21 de febrero de 2018.
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