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Las fronteras de Luis Mora Ballesteros

sábado 12 de diciembre de 2020
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“Díptico de la frontera”, de Luis Mora Ballesteros
Díptico de la frontera, de Luis Mora Ballesteros (Centro Editorial La Castalia, 2020). Disponible en Amazon

Díptico de la frontera
Luis Mora Ballesteros
Novela
Centro Editorial La Castalia
Mérida (Venezuela), 2020
ISBN: 978-980-7123-21-1
208 páginas

“Lo único bueno de las fronteras son los pasos clandestinos”
Manuel Rivas, El lápiz del carpintero

Hay escrituras que son arriesgadas. El riesgo muchas veces lo determina el tratamiento de ciertos temas: el amor, la política, la sociedad, la denuncia, la pasión, la vida. Todo lo que se redacta puede ser interpretado como ejercicio de riesgo, en especial cuando el objeto que se narra abre heridas, palpa cicatrices o genera escozor. Las reacciones tienen en común el hecho de que son respuestas que recaen sobre un cuerpo, por lo que resulta lógico pensar que la lectura, último eslabón de la cadena de la creación literaria, aspira a una experiencia corpórea. Por ende, hay lecturas que gustan, que se digieren, que caen mal, que generan bienestar o lastiman.

Así como hay escrituras que habitan momentáneamente el cuerpo de los lectores, existen otras más arriesgadas que tienen la peculiaridad de alojarse, como organismo vivo, en las hendiduras de la memoria. La obra de Luis Mora Ballesteros Díptico de la frontera puede perfectamente entrar en esta descripción. En poco más de doscientas páginas, Mora Ballesteros presenta una historia doblada en múltiples narrativas que transportan al lector a “la frontera más caliente del América del Sur, como dicen los periodistas”. El territorio fronterizo representa, en esta obra, el espacio simbólico de la memoria donde el personaje principal, encarnado en el licenciado Juan Ángel Villamediana, va cosiendo las historias de esos hombres y mujeres, habitantes de los confines del mundo, en esos pueblos “que no conocen el mar”, y a quienes apenas se les asoman algunos ripios de identidad.

 

Dípticos: desdoblamientos y dualidades

Que la novela cargue el término díptico en su título no es casual. La palabra díptico se usa en artes gráficas para señalar la impresión de una hoja que presenta un doblez simple y, generalmente, divide la mitad del papel. De esta forma, la hoja impresa tiene un relieve que marca un límite espacial entre los contenidos impresos. La imagen del díptico, en combinación con la voz frontera, sintetiza apropiadamente los hechos relatados en la obra. Díptico de la frontera se desarrolla en la separación límite entre dos países: Colombia y Venezuela; la separación espacial: que tiene como punto de partida el año 1987 y se traslada después a la década del 2010; y la separación textual: la narración prosaica y el periodismo documental.

En Díptico de la frontera el lector descubrirá que el no-lugar es un espacio habitado, vivo, apostado en los bordes de dos naciones históricamente hermanadas a fuego y a sangre.

Pero lo destacable del relato no se queda en el juego de las dualidades entre las fronteras geográficas y textuales sino en el hecho de permanecer en la hendidura: en ese no-lugar característico de los tramos fronterizos. De acuerdo a la noción antropológica presentada por Marc Augé, y que se ha asimilado en otras áreas del conocimiento, el no-lugar es un espacio de no permanencia porque es un tramo de tránsito: un aeropuerto, un ascensor, una autopista, un peaje, un pasillo. Cuando se trabaja el no-lugar se parte de la idea de que estos espacios no son aptos para el asentamiento, pero en Díptico de la frontera el lector descubrirá que el no-lugar es un espacio habitado, vivo, apostado en los bordes de dos naciones históricamente hermanadas a fuego y a sangre. Ese es el principal quid del relato y es en este punto donde la narrativa genera las claves para comprender mejor una realidad ajena a las urbes de estos dos países. Es por eso que la advertencia que emite el falso editor en las notas preliminares se hace tan certera: Díptico de la frontera “es la crónica de un viaje imaginario por los municipios del eje colombo-venezolano, tan distantes, tan retirados geográficamente de Bogotá y de Caracas, que muchas veces hace pensar que los permea una cartografía inasible y difusa”.

Díptico de la frontera se ubica en la hendidura del mapa colombo-venezolano en el año 1987. A partir de este momento comienzan a revelarse los relatos de los niños y los adultos de la Hacienda El Paraíso. Un suicidio genera la primera tragedia de la historia y, con la desafortunada partida de la madre de unos mellizos, la lluvia enlodó el cuerpo de los habitantes que no conocen el mar. En el segundo capítulo la narración da un salto hacia el año 2010, cuando se revela que las líneas anteriores corresponden a un borrador escrito por el licenciado Juan Ángel Villamediana. El periodista de La Región aspira, con el texto, a retratar el inédito lado humano de los espacios fronterizos, más allá de los cuerpos mutilados por la violencia guerrillera, habitualmente descritos en los reportajes de la prensa tachirense. Palabras más, palabras menos, el diálogo telefónico entre el protagonista y su falso editor contextualizará al lector en el lado venezolano de la frontera y lo paseará por la ruta de San Antonio, San Cristóbal, La Grita, La Fría y algunos espacios de la Guajira.

El Catatumbo, vigilante milenario de la vida de los hombres y mujeres de frontera, servirá de guía en la complicada geografía de los acontecimientos que se relatan de lado y lado de los linderos nacionales. Así, la narración constantemente demarcará los territorios ganados por la escritura con señalizaciones que aluden a un lado norte y a un lado sur. El lado norte del Catatumbo es el venezolano: el que recibía —hasta hace poco— a agricultores que huían de los fusilamientos, los reclutamientos forzados, la explotación campesina y las violaciones de niñas y mujeres. El lado venezolano es el sector indiferente donde sus ciudadanos saben que entre ellos hay sujetos rotos, de acentos extraños, que intentan dar continuidad a su vida, con otras identidades; pero que consideran la tragedia del otro un mal ajeno. El lado sur del Catatumbo, en cambio, es el lado colombiano, el que reconfiguró sus campos a punta de minas antipersonas, el de los pueblos fantasmas, con tuberías donde circula la sangre en lugar del agua, de hogares solitarios y sordos de vallenato, con familias deshilachadas y miembros protésicos. En el lado sur, el colombiano, predomina la vegetación tupida, los ríos navegables y sobreviven las fincas de otros tiempos, probablemente, menos agrios; donde los niños se imaginaban como los próximos Pibe Valderrama y no tanto como soldados leales a las Águilas Blancas.

La dinámica entre estos dos poblados sugiere la existencia de desdoblamientos de los espacios. La marca de la hendidura en la cartografía social da cuenta de territorios con dinámicas de vida ligeramente diferentes, pero que, de vez en cuando, salpican. Esas salpicaduras consisten en secuestros de ciudadanos colombianos en territorio venezolano, alcaldes de municipios venezolanos con pasado colombiano, ciudadanos con dobles identidades (que arrastran pasados difusos) y productos que circulan en ambos lados sin aparentes restricciones más que el gusto de los consumidores: canciones de Diógenes Díaz, arepas y pizcas, franelas del Deportivo Táchira, pasta de tabaco y programas radiales que acercan las distancias entre los pueblos.

Las fronteras no son espacios taxativamente separados ni mucho menos son lugares suspendidos en el tiempo. Todo lo contrario: son espacios vivos, permeables, donde circulan cosas, anécdotas, frustraciones y esperanzas. Las notas esbozadas por el personaje Juan Ángel Villamediana, y la construcción narrativa del autor del libro, Luis Mora Ballesteros, dan cuenta de esas hibridaciones, donde la violencia es el lenguaje natural y el pasado es una herida urgida de suturas.

 

Territorio: la memoria del cuerpo, la memoria del texto

El cuerpo y el texto comparten semejanzas interesantes. Ambos objetos funcionan por medio de la articulación. Estas articulaciones coordinan estructuras simples y complejas: el cuerpo vivo se compone de células, moléculas, órganos, musculatura, esqueleto, extremidades y cerebro. El texto, por otra parte, presenta frases, párrafos, ideas principales, ideas secundarias, expresiones, oraciones complejas, oraciones simples, sintagmas y palabras. El texto manifiesta un sentido, tiene una función. El cuerpo, por otra parte, existe porque forma parte de un sistema de vida, que lo necesita para su prosecución.

La violencia sistemática contra el cuerpo de los hombres es la principal demostración del dominio de los grupos armados sobre un territorio.

Ambos objetos, cuerpo y texto, también comparten otra semejanza: arrastran memoria. Las cicatrices, por ejemplo, son grietas sobre la superficie del cuerpo que señalan unas marcas temporales. Las cicatrices cuentan una historia y muchas veces asoman las primeras señales de un dolor. El texto también tiene memoria: lo que se escribe siempre tiene pincelada de anécdota o es el producto de una idea que tuvo un antecedente. El estilo de escritura, así como las siluetas de las cicatrices, señalan además una procedencia: una narración novelística, una imagen testimonial, una lectura previa, un estilo particular de representar un tema.

Con Díptico de la frontera sucede que la memoria del cuerpo y la memoria del texto van en coordinada armonía. Muchos de los personajes que aparecen en el relato cargan consigo marcas corporales que revelan el panorama de los espacios en conflicto: hoyos de balas en el pecho, niños sin brazos o sin piernas, extremidades cegadas por el machete, bocas sin lenguas, ojos arrancados de los cuencos, virginidades rotas, úteros invadidos por las células del invasor. La violencia sistemática contra el cuerpo de los hombres es la principal demostración del dominio de los grupos armados sobre un territorio. La historia de las guerras ofrece un estruendoso catálogo de ejercicios de mutilación y asesinatos contra la población civil con el objeto de apropiarse del espacio. Detrás de cada violación hay un acto simbólico de apropiación y un deseo de dejar huellas. El cuerpo es el primer y más importante campo de batalla.

Lo que ocurre en la frontera colombo-venezolana no es, de ninguna manera, una excepción sobre esta infame práctica universal. La barbarie fronteriza ocurre y ha ocurrido desde que la crisis colombiana devino en escenarios arrasados por la guerrilla y el paramilitarismo. Si bien la obra de Mora Ballesteros no es un relato documental ni se elabora a partir del rigor periodístico, es una narración que aprovecha las elasticidades de la ficción para transportar esa denuncia. Quizás la gran ganancia de un relato como Díptico de la frontera es el hecho de que la escritura generó un calco de ese panorama y, con el manejo de una narrativa clara, preparó el terreno literario para cimentar un tipo de memoria: una acorde a la de los pueblos sin ley, sometidos a las necesidades de las guerrillas, y la de los padres, abuelos y tíos; comunidades de pasado colombiano, que forman actualmente parte valiosa e intangible de la idiosincrasia colombiana en Venezuela.

 

Vallenato mío, cumbia nuestra

Una última rendija de la memoria queda por explicar: la auditiva, por donde se escapan las notas musicales del Valle de Upar. El pasado del campesino colombiano y el presente venezolano cohabitan en un vallenato escuchado en un taller mecánico de Maracaibo, en una litografía en Barcelona, en el cubículo de una universidad caraqueña, o en un campo de refugiados en Atacama. Si existe una imagen poderosa que describe perfectamente la coexistencia de dos sociedades antepuestas ha sido la del raspacanilla que suena en los reproductores de la gente. La obra de Mora Ballesteros no escatima en recordar esto y es por eso que, cada cierto tiempo, la narración genera una pausa para dejarse llevar por las composiciones de Pastor López, el Binomio de Oro o Diomedes Díaz. De esta manera, y a medida que el licenciado Villamediana indaga sobre las desapariciones de los soldados fronterizos o la existencia del Comandante Ciro, los espacios serán decorados con los hilos musicales que acompañan la vida de los seres sin tierras:

Apago la radio en la que sonaba Pecadora del Indio Pastor López, miro por el retrovisor a Pastor que va sentado atrás con la lengua afuera jadeando de sed, y no sé por qué siento que desde que salí por toda la vía Panamericana, reina un silencio rotundo que semeja decir que nadie sabe por qué suceden estas cosas en aquel puerto sin mar (89).

La presencia de la cumbia y el vallenato en Díptico de la frontera recuerda la salsa que envuelve las crónicas de José Roberto Duque o las historias urbanas de Cerrícolas, de Ángel Gustavo Infante. Pareciera que hay una necesidad de compaginar la desterritorialización del campesino con las letras del folclor, y el resultado de esto son apariciones de imágenes ricas de emoción y nostalgia. Estas alusiones, por otra parte, no se reducen a la mención de una radio encendida, o el tarareo de la melodía interiorizada por un soldado del ejército venezolano; la música también participa en la nomenclatura de los capítulos del libro.

Díptico de la frontera es una obra que puede dialogar con el lector de diferentes maneras.

Uno de los apartados de Díptico de la frontera lleva por nombre “Tierra mala”, como la canción homónima de Diomedes Díaz. En el imaginario diomedesco regado por las costas venezolanas y colombianas a la par, la tierra mala es aquella donde no crecen semillas. La tierra mala es aquella donde no se recogen frutos. La siembra, si aspira a prosperar, debe pisar otras tierras, muchas veces ajenas, para asegurar la supervivencia del fruto. La narración constantemente hará hincapié en ese deseo de la huida, en la necesidad del agricultor de dar continuidad a los procesos de la naturaleza, aunque eso implique dejar los pies en el lodo minado:

Aquí no hay mar y esas almas que huyen de la guerra han cruzado los ríos. Los pasan sobre una curiara o apiñados en una almadía. Seguirán caminando y, al cruzar la trocha, la requisa se tornará rigurosa. “¡Este sí!, ¡este no!”. (…) Los guajiros huyen del hambre y de la sequía que azota a la península. Es fama escuchar que por allá hace mucho no se ve llover, lo que impide la siembra y somete a la sed y a las enfermedades a decenas de miles (33).

La “Tierra mala” deja de ser en la obra sólo un referente musical y se convierte en una metáfora con relieves variados. Tierra mala no es solamente una condición topográfica o un terreno baldío; es también un destino nublado, es la marca de la incertidumbre de no saber si detrás del Catatumbo hay un destino visible, o un futuro más humano. De ahí el hecho de que la canción tenga tanta resonancia en los sectores populares de las urbes venezolanas. Detrás de unas letras regadas al compás del acordeón hay un mensaje poderoso sobre una tragedia desconocida: “Creo que sembré en tierra mala o no supe sembrar / Pero creo que sembré bien, Dios me lo enseñó todo / Entonces eres tierra mala porque no nació en ti”. Y es allí, en la memoria innombrada, huérfana de nombres y de relatos donde el vallenato y la cumbia llenan los vacíos, como sombras escandalosas en las páginas del díptico.

 

El díptico oportuno

Díptico de la frontera es una obra que puede dialogar con el lector de diferentes maneras. En primer lugar, lo pone al corriente de una realidad que, efectivamente, forma parte del imaginario de los sectores populares —y no tan populares— de la sociedad venezolana. El hecho de que la literatura venezolana no haya desarrollado ampliamente el tópico sobre el pasado costeño o paisa de muchos de sus ciudadanos venezolanos, no quiere decir que sea un relato marginal dentro de las narrativas nacionales. Esta situación adquiere otros niveles cuando se incorporan los procesos diaspóricos de los venezolanos. La reaparición y la peligrosa ratificación del término veneco en los discursos asociados a la migración forzada dan cuenta de unas heridas en el cuerpo social que no han tenido suficientes diálogos para sanar.

El trabajo de Luis Mora Ballesteros resulta interesante porque recuerda que, mucho antes de que los venezolanos contemplaran la posibilidad de huir de sus tierras, por la escasez de alimentos, la persecución política o la impunidad del Estado en materia de derechos humanos, las trochas fueron atravesadas por sujetos que apenas cargaban la ropa que llevaban puesta. El destino venezolano y el colombiano se hallan nuevamente unidos por las fronteras geográficas y simbólicas marcadas por el desplazamiento, la desidentidad, la mutilación de los cuerpos y ese vallenato que habla sobre los inesperados caminos de la vida.

Finalmente, Díptico de la frontera, pese a lo crudo del tema, es un bonito recorrido por diversas propuestas narrativas locales y universales. Es posible que el lector especializado encuentre rastros de relatos anteriores que forman parte de la tradición literaria. De la influencia venezolana se podrían extraer afinidades con las crónicas caraqueñas de Ángel Gustavo Infante (especialmente en el estilo intercalado entre la narración y las imágenes de la topografía), cuentos como “Noticias de la frontera” de Miguel Hidalgo Prince (la temática) o novelas como La última vez de Héctor Bujanda (la relación con la memoria individual y colectiva). De la influencia colombiana destacarían obras como El desbarrancadero de Fernando Vallejo (el ejercicio poético), La vorágine de José Eustasio Rivera (la violencia alrededor del Arauca). Y, de la tradición universal, aparece una relación leve, pero notable, con El corazón de las tinieblas de Joseph Conrad, en especial cuando los periplos del licenciado Villamediana comienzan a dar vueltas sobre la identidad del comandante amo y señor de los habitantes de la frontera.

Sirvan entonces estos breves apuntes para introducir la primera obra de Luis Mora Ballesteros y para problematizar las historias de fronteras que circulan entre los límites geográficos, entre las calles de ciudades importantes de Colombia y Venezuela, y que se esconden en los armarios de las madres, tíos o abuelos bajo la forma de papeles de circulación agropecuaria, junto a la cédula de identidad vencida de la República Bolivariana.

María Ledezma G.
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