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Virginia Woolf, el intelectual y la torre inclinada

martes 26 de mayo de 2026
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Virginia Woolf
Según Virginia Woolf, el distanciamiento de los escritores por el hecho político estaba condicionado por sus estilos de vida y por las restricciones tecnológicas.
“Ética y escritura”, edición especial por los 30 años de Letralia
Este texto forma parte de la antología publicada por Letralia el 20 de mayo de 2026 en su 30º aniversario

Uno no quiere estar pensando siempre en el futuro, si, como a veces pasa, uno está viviendo en el presente.

Virginia Woolf. Cartas a un joven poeta

Vamos a partir de la siguiente premisa: los tiempos de hoy son los tiempos de antes y, pese al avance titánico de la tecnología, la gente sigue siendo la misma. Vivimos una curiosa paradoja: cambiamos tanto para terminar siendo los mismos. El gatopardismo regresa con fuerza y está de moda entre nosotros. Dada esta situación, tendría cierto sentido cuestionar el papel del escritor en la configuración ética de la sociedad (preguntándonos, además, si tal cosa es posible), y podríamos arrojar nuestro análisis sobre la producción literaria actual, si no fuera por el hecho de que sigue siendo atractivo o enriquecedor voltear la mirada al pasado más reciente que tenemos, que es el siglo XX.

Hay un libro que me gustaría traer a colación: Los artistas y la política, de Virginia Woolf. Esta es una compilación preparada por Ediciones Godot y agrupa nueve trabajos de la escritora inglesa, entre conferencias, ensayos y cartas. Esta publicación fue bien recibida por los lectores porque nos revela la postura de la escritora sobre un paraguas de temas de su época, trabajados desde el ensayo, que es un género muy versátil para atajar inquietudes de la no-ficción.

Se entiende que la intención de este trabajo es mostrarnos a una escritora que analiza la literatura, mientras hace seguimiento a los eventos que le tocó vivir y que no fueron intrascendentes para la cultura del siglo XX: la Primera Guerra Mundial, la Revolución rusa, la transición tecnológica, que ya venía dándose tras la Revolución Industrial del siglo anterior, el fin de la belle époque, entre otros. Y cada texto pone la mira sobre un tema literario particular: la escritura de poesía, las escuelas de literatura en Inglaterra, las mujeres escritoras, la intelectualidad confrontada con la mediocridad, la pintura, el refinamiento visual y la descripción verbal, entre otros.

 

“Los artistas y la política”, de Virginia Woolf
Los artistas y la política, de Virginia Woolf (Godot, 2022). Disponible en Amazon

Los artistas y la política
Virginia Woolf
Traducción: Ana María Álvarez
Ensayos
Ediciones Godot
Buenos Aires (Argentina), 2022
ISBN: 978-987-8413-92-1
160 páginas

II

Virginia Woolf (1892-1941) no es un nombre desconocido en la literatura. Probablemente sea la escritora más leída o, al menos, más mencionada en los últimos años. Sus novelas han sido ampliamente divulgadas: se leen en universidades, en clubes de lectura, se hacen series y películas sobre sus obras. Su retrato de medio perfil, además, es reconocible entre tantísimos rostros de escritoras del siglo XX. Y alrededor de su nombre, su historia y sus escritos se ha construido una imagen: la de una mujer frágil, con una alta sensibilidad del mundo particular, con una subjetividad cruda y una vida oscilatoria entre la lucidez etérea y el tormento lacerante.

Las novelas de Woolf son atractivas porque demuestran la capacidad única de embellecer el dolor y esto ocurre, en parte, porque el dominio de su lenguaje supo aterrizar las sensaciones que para el común de nosotros resultan inabarcables y, en parte también, porque tenía una relación cercana con el dolor, a tal punto que incluso sus últimas palabras, las de su despedida, en una carta dirigida a su esposo, la mostraba inconsolable, pero consciente de su situación:

No creo que dos personas hayan sido más felices hasta el momento en que sobrevino esta terrible enfermedad. No puedo luchar por más tiempo. Sé que estoy destrozando tu vida, que sin mí podrías trabajar (...). No creo que dos personas pudieran haber sido más felices de lo que nosotros hemos sido.1

Pero la intención de este breve ensayo no es reiterar en el mito alrededor de Woolf, sino rescatar esos pequeños y poco conocidos estados analíticos en que la autora impone su voz y autoridad literaria y crea discernimiento sobre la crisis del arte, del intelectual, de la literatura inglesa y la crítica.

 

III

Hay un planteamiento que es transversal a todos los textos incluidos en esta edición y es la razón por la que esta antología se titula como se titula: el rol de los escritores en la definición política. En palabras de la autora, los escritores contemporáneos (vale recordar: contemporáneos con ella) tenían un problema común: reconocían sus tiempos, pero no se sentían comprometidos en involucrarse demasiado en ellos. Algo así como si las guerras, la pobreza y la desasistencia del colectivo fueran escenografías inertes que rodeaban sus ficciones, sin acercarse a ellos y sin hacer mucho desorden en los alrededores. Un citado a las declaraciones del crítico Desmond MacCarthy es servido por la autora para dar evidencia de su preocupación: “No estábamos interesados en política. La especulación abstracta era mucho más absorbente; la filosofía era más interesante para nosotros que las causas públicas”.2

El resultado de este distanciamiento con la contemporaneidad era que los personajes de las ficciones de estos escritores vivían, interactuaban, se desvelaban, se enamoraban, se desencantaban, se embarazaban, se divorciaban, se despechaban, sin prestar mucha atención a las trincheras o al tumulto, sin mancharse la ropa de carbón y sin contaminar el pan de sus mesas con el hollín de las chimeneas industriales. El escritor se ubicaba socialmente sobre una capa superior, en una posición aparentemente intocable, y capturaba el paisaje social desde una altura que daba cuenta de su posición económica y cultural. “Lo que veo —señala Woolf—, mirando por encima de esa superficie cambiante, es la imagen que ya les he mostrado: el escritor sentado frente a la vida humana del siglo XIX y, mirando a través de sus ojos, esa vida dividida y agrupada en muchas clases diferentes”.3

Según Virginia Woolf, el distanciamiento de los escritores por el hecho político estaba condicionado por sus estilos de vida y por las restricciones tecnológicas. La mayoría de ellos pertenecían a clases sociales medias y altas, tenían servidumbre, vivían entre la universidad y los espacios culturales elitistas, y se sentían lo suficientemente cómodos para conversar sobre asuntos etéreos y existenciales en medio de grandes conmociones y disturbios. Podríamos arriesgar y decir, usando una expresión recurrente en nuestros días, que estos escritores escribían desde sus respectivos privilegios.

Uno de los ejemplos mencionados por la autora es el de Jane Austen y Walter Scott. De acuerdo a Woolf “ambos vivieron durante las guerras napoleónicas y ambos escribieron a lo largo de éstas”,4 pero como estos conflictos ocurrían en lugares lejanos de Inglaterra y las noticias tardaban en llegar al resto de las regiones del reino, había una limitación tecnológica y geográfica, una inmunidad, que impedía conocer, en un tiempo relativamente corto, los horrores acontecidos, por lo que las noticias no alteraban sustancialmente sus visiones del mundo: “Scott nunca vio a los marineros ahogándose en Trafalgar; Jane Austen nunca escuchó el rugido de los cañones de Waterloo. Ninguno de los dos escuchó la voz de Hitler cuando nos sentamos en casa por la tarde”.5 Otros autores fueron mencionados por Woolf en este mismo orden de ideas: Keats, Shelley, Byron, las hermanas Brontë, George Elliot, Trollope, Browning...

La mención a Charles Dickens —reconocido narrador de la pobreza de la Inglaterra industrial— es excepcional entre todas las menciones, porque es descrito por la escritora desde la visión de que era un narrador que hablaba desde la pertenencia a una clase económica desfavorecida, en contraste con lo que ocurría con W. M. Thackeray, quien hacía el mismo ejercicio representativo, pero desde el universo social de la clase media-alta.6 Y el contraste entre ambos narradores fue el ejemplo que necesitaba la escritora para reiterar que los seres humanos, y más los artistas, comparten su visión de mundo de acuerdo a lo que les tocó vivir y desde sus experiencias, y que, por lo mismo, es complejo que puedan usar su arte para representar realidades que les resultaban ajenas. Mucho menos denunciarlas. La torre de marfil, ese conocido arquetipo del escritor moderno diferenciado del cuerpo social, se figuraba entonces como un modo de vivir y hacer intelectualidad a finales del siglo XIX y principios del XX. La autora, al respecto, recogía sus apreciaciones de la siguiente manera:

Durante el siglo XIX, hasta agosto de 1914, esa torre era firme. El escritor apenas era consciente de su alta posición o de su visión limitada. La mayoría de ellos tenía simpatía, gran simpatía, hacia otras clases; deseaba ayudar a la clase trabajadora a disfrutar de las ventajas de la clase de la torre, pero no deseaba destruir la torre o descender de ella, sino hacerla accesible a todos.7

 

IV

Pero la torre de marfil, con el paso de los años, fue mutando, y lejos de permanecer como una estructura rígida e inamovible, se transformó en una plataforma flexible, que se contorsionaba en función de la posición moral y ética del intelectual. Y la mirada de Virginia Woolf sobre la torre es brillante, porque le agrega una característica adicional: la de un mirador que se inclina para detallar mejor aspectos interesantes del paisaje humano, pero que no es capaz de despojar al intelectual de su condición ulterior de observador testigo, por lo que la contemplación del entorno, de las personas y de sus peripecias eran distorsionadas, fragmentadas o desdibujadas:

Todos estos escritores eran agudamente conscientes de su torre, conscientes de su nacimiento en la clase media, de sus educaciones caras. Entonces, cuando llegamos arriba de la torre, la vista parece extraña. No completamente al revés, sino inclinada, de lado. Esto también es característico de los autores de la torre inclinada: no miran a ninguna clase directamente a la cara, las miran desde arriba, desde abajo o desde un lado. No hay clases establecidas que puedan explorar inconscientemente. Esta es tal vez la razón por la que no crean personajes.8

Entonces, desde esa lógica, escribir sobre la esclavitud no era lo mismo que ser esclavo; escribir sobre los desplazados de conflictos no podía ser equivalente a ser desplazado. Y esto, en contra de la intención de representar de manera justa las realidades de los sectores vulnerables de la sociedad, hacía el efecto inverso: convertía los testimonios en caricaturas, porque la representación y la similitud fallaban en ofrecer un cuadro fidedigno de la visión de los grupos y, lo que era peor, corrían el riesgo de raptar sus inquietudes. En estos tiempos diríamos que hay cierta “apropiación” y “tutela” en el acto de proyectar en la ficción las voces de los grupos vulnerables: de los negros, los pobres, los aborígenes, las mujeres, los refugiados o exiliados.

Aparte de esta limitación para representar genuinamente al desfavorecido, el escritor encuentra otra traba que podría ser una amenaza para su supervivencia: la escritura es un acto social y una forma de vivir que se sostiene, en buena parte, de personas que no son intelectuales. La literatura, así como el arte, es esencial para el ser humano, pero es una actividad de la que, paradójicamente, puede prescindirse en situaciones límite: “El arte es el primer lujo que se descarta en tiempos de crisis; el artista es el primero de los trabajadores en sufrir”.9

La contradicción se asoma alrededor de la intelectual. ¿De qué le sirve a la sociedad un artista que vive aislado de ella? ¿Qué tiene de funcional o de necesario que un intelectual, desde su comodidad y aparente lejanía, represente la realidad de los otros? En otro ensayo de Woolf de la misma antología, titulado “Mediocre”, respondería a estas interrogantes y definiría su postura alrededor de esta tensión de la siguiente manera: pese a la existencia de una conexión frágil, casi invisible, entre el artista y la sociedad, hay una codependencia entre éstos, pues ambos se necesitan:

Los brutos están esperando después de un largo día de trabajo sentarse en los asientos baratos de un teatro caliente para ver cómo se ven sus propias vidas (...) y los intelectuales, por supuesto, son las únicas personas que no hacen nada, son las únicas que pueden ver cómo hacen las cosas.10

El trabajador, el que vive del día a día, no tiene tiempo para verse a sí mismo y por eso debe recurrir al que sí tiene para tener una imagen de sí. Sin embargo, como se ha escrito antes, la representación es imperfecta: el espejo es oblicuo y no devuelve un calco exacto de su realidad. Por muchos años esto ha sido un tema recurrente en las escuelas de arte y de literatura: algunos dicen que no es correcto que una persona que desconoce los modos de vivir de los demás hable en nombre de éstos; otros afirman que el arte es lo suficientemente elástico y diverso para que se admitan libertades creativas y, dentro de esas libertades, se puede dar voz a los que no tienen. Ambos criterios deben ser revisados desde la circunstancia agravante de que muchas de las comunidades que no tienen voz o espacio en el arte, en la literatura y, también, en las discusiones políticas y filosóficas, son personas marginadas de los discursos dominantes: son las voces de los sin-poder, de los invisibilizados por las políticas de los gobiernos y de los que, hambrientos por perpetuarse en sus tiranías y privilegios, necesitan de chivos expiatorios para descargar sus resentimientos, así como de los que necesitan reafirmar sus espacios como protegidos del sistema y, en aras de evitar la incomodidad o el ruido, eligen deslegitimar la existencia del que se encuentra en desventaja. Hay que recordar que Woolf se refiere a la relación de los intelectuales con los eventos que marcaron su historia, enmarcados en el siglo XIX y XX, pero, como se puede notar, sus palabras sirven perfectamente para esbozar qué ocurre con la intelectualidad del siglo XXI.

 

V

Ante lo escrito por la autora, y regresando al punto inicial de este ensayo, cabría cuestionarse si lo escrito por Virginia Woolf hace eco en nuestro presente. Han pasado muchas cosas desde entonces: dos guerras mundiales, crisis económicas, conflictos civiles, invasiones militares, ascensos y caídas de dictaduras, luchas por derechos civiles, origen y destrucción de Estados, nuevas formas de explotación y control financiero, genocidios, tortura y desaparición de seres humanos, actos terroristas, nuevas y flamantes tecnologías: internet, energía nuclear, androides, inteligencia artificial, la Cuarta Revolución Industrial, etc.

Y los que hemos revisado la literatura del siglo pasado, a la par de todos estos acontecimientos, hemos descubierto que los intelectuales se han ubicado en distintas posiciones en relación con las crisis sociales, en función no sólo de sus realidades económicas, sino también de sus ideologías, y han confeccionado diferentes vestimentas para cada una de estas ocasiones: observador de safaris (Hemingway), militante de “las causas justas” (Dalton), escritor testigo de los crímenes de guerra (Levi), intelectuales orgánicos (Sartre, Gramsci), moderadores de debates televisivos (Vidal), antihéroes de la cultura de masas (Bukowski), y hasta el autodenominado influencer (Gaiman). Pero, muy en el fondo, pareciera que la torre inclinada de Woolf permanece igual, esencialmente, pero con algunos cambios cosméticos.

Este gatopardismo del intelectual puede verse como una incapacidad característica de su rol sin que se considere un fracaso. El escritor, el pintor, el cineasta, el poeta, incluso el crítico, el analista, el creador y el pensador e intérprete del mundo, también son personas y, como tales, carecen de observación infinita. Los escritores también tienen sesgos y prejuicios y realizan comentarios infelices. También han sido víctimas de discriminación, desclasamientos, segregaciones y distintos tipos de violencia. Sería muy ingenuo de nuestra parte que, en estos momentos que corren (que son bastantes turbios), depositemos en ellos la atribución de perfilar nuestras realidades inmediatas y de que hablen por nosotros, especialmente cuando somos objeto de injusticias. Y esta actitud no debe ser leída como una rebelión de los mediocres (usando los términos de Woolf) contra las élites, sino como un ejercicio de autorregulación en la dinámica existente entre el artista y el colectivo, en esa tenue dependencia que sostiene la supervivencia y preservación ética de ambos.

 

Referencias bibliográficas

  • Woolf, Virginia. Los artistas y la política. Traducción de Ana María Álvarez. Buenos Aires: Ediciones Godot, 2022.
María Ledezma G.

Notas

  1. Woolf.
  2. La torre inclinada.
  3. La torre inclinada.
  4. La torre inclinada.
  5. La torre inclinada.
  6. La torre inclinada.
  7. La torre inclinada.
  8. La torre inclinada.
  9. Los artistas y la política.
  10. Los mediocres.
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