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Paisaje mayor que la mirada, de Carlos Doñamayor

sábado 22 de mayo de 2021
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“Paisaje mayor que la mirada”, de Carlos Doñamayor
Paisaje mayor que la mirada, de Carlos Doñamayor (Visión Libros, 2021). Disponible en la web de la editorial

Paisaje mayor que la mirada
Carlos Doñamayor
Poesía
Visión Libros
Madrid (España), 2021
ISBN: 9788418516320
48 páginas

Carlos Doñamayor (Madrid), ligado profesionalmente a la universidad, ha publicado siete libros de poemas: en una primera época; Latidos (1994), En el centro de ti (1995) y Diluido en la corriente (2000), y en una segunda época, de intensa actividad, El eco trascendido (2017), Hasta que el tiempo vuelva (2018), Cicatrices de silencio (2019), Al trasluz del deseo (2019) y dos plaquettes: Sombras detenidas (2020) y Paisaje mayor que la mirada (2021).

En el siglo XIX, los poetas franceses daban a conocer sus nuevos trabajos entre escritores a través de unos pequeños librillos que denominaban plaquettes. Fiel a esta tradición, Carlos Doñamayor ha difundido esta su última publicación para dar a conocer, a modo de pequeño muestrario, parte de los poemas que integran sus próximos tres libros, ya finalizados, cuya publicación y presentación se ha visto obligado a demorar a causa de la pandemia.

“Cuando a escuchar al silencio me retiro” es la forma más idónea de abordar la lectura de este poemario, nacido —en parte— desde la soledad y el silencio de quien intenta poner en orden su corazón herido:

Si oyes el silencio
no precisarás hallarle la palabra.

Es así como Carlos Doñamayor se enfrenta al espejo de la verdad y no pierde de vista la realidad de las cosas que ya no serán nunca como eran. Va a ser por medio de las palabras como el poeta quiere hacerse dueño absoluto de su destino, para aferrarse a su pensamiento lúcido y así no tropezar con las sombras, intentando esquivar el último escollo del turbulento río de la vida.

Hundido en el solio en que pervivo,
los ojos se me encienden de poniente
cuando recuento derrumbes y vacíos.

Qué dolor me ceniza entonces
al enfrentarme a la penuria,
a la lluvia de rotundas cicatrices.

Qué dolor frente al quicio de la nada
cuando la vida surte temporales
y no logra cercar a la derrota.

Qué dolor cuando los gritos se despeñan,
cuando el tiempo engarfia desconsuelos
y la esperanza ayea y morbidece.

Es a través de estos poemas, que no llevan título, como Carlos Doñamayor pone de manifiesto la profundidad de su pensamiento poético, que queda reflejado en la certeza de la luz de sus pupilas, que no pueden ser ocultadas en el enigma de sus palabras. En estos poemas, el autor pasa revista a las cuestiones a las que se enfrenta: la soledad, la luz y la palabra, los recuerdos y los afectos, enfrentándolos a una nueva realidad. Son estos los temas que trata en sus próximos poemarios, aún inéditos.

El sobresalto alcanza encubierto,
con avidez oscura o engaño
y simulando una anécdota al azar,

agrede en lo firme
como materia de sorpresa,
con luz de voluntad propia,

causa estupor disfrazado de inerte,
a veces dolor con desafecto
sin ánimo de compasión.

Habrá que mirar lo impensable,
lo imprevisible, lo incalculable,
y aceptar una nueva realidad.

Por medio de los versos el poeta tratará de conjurar las tempestades difuminadas en la niebla de su memoria, en ese tiempo que todo parece consumado. Descubrimos en sus poemas unas imágenes que nos trasmiten una sensación perturbadora ante el espanto con el que a veces nos sorprende la vida, pues cuando el dolor te surge con sus estragos prematuros, es imposible conciliar el sueño.

Mi noche es un ritual de miedo
que late en completo desamparo.

Desciendo a lo más hondo
entre el silencio y los latidos,
en un pulso de tambor que ahuyenta el sueño
y me detiene en los umbrales.

No hay reluz de luna
en el techo de la alcoba
que amanse las heridas,
que esplenda vida y burle infiernos,
que desarme el rostro amargo del insomnio
y restañe de alborozo los verdores.

Es necesario recordar el ayer y el hoy para sobrevivir al olvido desde esa distancia enigmática, es ahí como el poeta encuentra la clave para ser dueño de su destino, en esa victoria imposible contra el desaliento que es la memoria. Sólo así los crepúsculos del otoño se verán iluminados.

La fascinación de recordar
es detenerse en lo que en realidad importa.

Antes hubo que mirar
intensamente todo,
con impaciencia,
abarcando aquello que desborda lo previsto.

El tiempo avanzará después
hurtando anécdotas,
deconstruyendo lo mirado:
su tarea es olvidar.

Recordar se convierte entonces
en recompensa.

La noche a veces puede ser oscuridad, pero también espacio blanco de encuentro con nuestro yo más íntimo, y en la soledad de la noche es donde el poeta se siente tocado por la conjunción de los astros, que van marcando su destino y trata de encontrar la respuesta del misterioso azar del devenir.

Amaneció nublado,
y no había nadie en el espejo,
aunque sé que engaña
devolviendo las imágenes del revés.
Como otros días
la mañana es áspera y negra.

No vi el otoño ni sus frutos de colores
a pesar de su idioma inagotable,
tampoco la primavera
cuando floreció con mirada limpia.
Pasaron las horas como decimales,
en ellas puse mi horizonte.

No quedan pronombres que me amen
Sabré por qué cuando termine el tiempo.

Llama la atención cómo el poeta se aleja claramente de la poesía de confesión o desahogo como recurso estético. Su pensamiento poético vibra más allá de todo personalismo, y usa la razón y el sentimiento dirigido a lo otro, a un todo en el que convivimos.

Apenas miras el reloj,
sus agujas sólo se abren al enigma,
escuchas cada hora
en la que vives,
en la que pasas o te alejas.
Nada es exacto.
Mientras,
los ojos miran, se diluyen
urdidos por quejidos,
luz de un sueño
que llena el cielo,
vapor leve
que se condensa en llanto.

Todo es laberinto
sin explicación de la derrota,
el tiempo jamás fue puerto,
no es fácil desenredar su sigilo
ni resistir a su codicia,
es una trampa y una tumba:
en él te haces,
…………………..en él acabas.

Según nos adentramos en el poemario Paisaje mayor que la mirada, vamos descubriendo el latido potente de un poeta que desborda humanidad, y va impregnando el papel de sentimientos, vivencias y esos sueños que se fueron escapando en esas noches eternas que sólo la poesía puede conjurar.

Es ahora cuando la profundidad de su pensamiento poético, ensamblado en un pentagrama rítmico de silencios y pausas, es capaz de sostener una emoción siempre en equilibrio con la clarividencia de sus palabras.

No es más que la vida, lo que pasa,

te lo digo ahora, en nuestro otoño,
ante su reflejo que nos hiere,
mientras abrazamos la costumbre
de contarnos solos repitiendo
la salmodia de la esperanza,
en la ebriedad de estar perdidos
entre los sueños y su silencio.

Nos basta la compasión de los años,
su temblorosa realidad,
sobran las jerarquías del olvido,
la insolencia de la memoria.
Quédate fijamente en mis ojos
para que quiebren las tinieblas,
para que el tiempo no sea distancia,

y sea la vida sólo lo que pasa.

Carlos Doñamayor nos sumerge en este fascinante poema de tintes metafísicos en un mundo de oscuridad, de ausencia de luz, invadido por sombras que ocupan la estancia de la memoria que, como una noche infinita, parece adueñarse de todo. Pero, una vez más, la luz viene a rescatarnos, quemando como una brasa las miradas para que, purificadas por el resplandor, puedan seguir desafiando al azar y sean conducidas por un camino que desemboque en la claridad.

Huye la luz
…………………y el hombre
se repliega en la palabra.

Soporta la tristeza y se expone
a recibir estigmas de lo oscuro,
no a cualquier cosa.
Pero la palabra no posee
lo que no sabe ver,
ni conoce los caminos
de la tierra y del aire.

Es la hora del estupor
y de la ausencia de razón
y la mirada ciega.
La palabra carece de mensaje,
se suma a lo truncado,
no es capaz de interpretar
fuera de los sentidos.

Quedan despiertos
los ojos de los hombres
hasta que,
de entre la memoria oscura,
resucita la luz
…………………..y se hace nosotros.

La presencia sobrecogedora de la soledad es una profunda herida que traspasa el corazón del poeta, arrancando amargas lágrimas de hiel con las que conjurar un vendaval de espanto.

El silencio profundo de las noches,
su lucernario,
irrumpe como el hechizo de la mandrágora,
es un buen telón para recordar.
Mirar al cielo preguntando
por un pasado inexistente,
por el abrazo primero quizá,
o cualquier otro embeleso,
sustrae de la realidad de ahora.

La vida es unívoca: no puede volver.

La impaciencia del presente
no es un artificio,
Es realidad de violencia por vivir.
La negrura de la noche distrae
como una oriflama, un mero adorno,
su silencio es comedia,
no deja de ser una amenaza,
un presagio,
que convoca para su causa.

Carlos Doñamayor goza de reconocido prestigio en los círculos intelectuales y foros poéticos de Madrid. Se muestra en este poemario, Paisaje mayor que la mirada, como un autor consumado que sabe adentrarse con lucidez en el laberinto de las emociones más profundas por medio de la palabra esencial, y traspasar el umbral del miedo, el dolor y la soledad hasta transformarlo en belleza.

Sólo nos queda esperar, tras este anticipo recién publicado, a la aparición de los próximos poemarios que completarán y desplegarán en un amplio abanico la fusión de sensaciones, circunstancias y elementos, que hacen de su poesía un refugio por encima de las sombras que nos rodean.

Pilar Galán García
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