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La escritura como gesto de amistad

sábado 4 de diciembre de 2021
“Monólogos de la bella durmiente (sobre María Zambrano)”, de Miguel Morey
Monólogos de la bella durmiente (sobre María Zambrano), de Miguel Morey (Alianza, 2021).

Monólogos de la bella durmiente (sobre María Zambrano)
Miguel Morey
Ensayo
Alianza Editorial
Madrid (España), 2021
ISBN: 978-8413621715
440 páginas

Sabía que el nombre de Miguel Morey (Barcelona, 1950) me resultaba familiar. La memoria no me jugaba una mala pasada, pero tampoco me facilitó la exactitud de lo que quería encontrar. Pero de un momento a otro, sin esperarlo, se esclareció bastante el camino: Monólogos de la bella durmiente (sobre María Zambrano), de Alianza Editorial, el reciente libro de 2021 del especialista en Friedrich Nietzsche, me remitió a cuanto conservo de audiovisuales de la pensadora malagueña y universal.

Morey es uno de los que más hablan en la Presentación del volumen 1 de las Obras completas de María Zambrano. Lo hace al lado de Jesús Moreno Sanz, uno de los mayores especialistas (el mejor para muchos) de la autora de los ineludibles Filosofía y poesía, Hacia un saber sobre el alma, El hombre y lo divino, La tumba de Antígona, Claros del bosque. Llamó mi atención ese pensador que, con mucha modestia e indiscutible lucidez seductora, desplegaba —vehemencia sobria mediante— su parecer en torno a la Zambrano. Aunque en torno a remite, en rigor, a los contornos de algo o alguien, sus afueras. Pero Morey se ubicaba desde la obra de la pensadora y, según se lo pedía su intervención, salía unos instantes de allí para referirse a las circunstancias epocales de tan peregrina y fragmentaria, si bien consoladora palabra zambraniana. Entonces, me apeteció leerlo. Por la jugosa y bella reseña de Jesús Aguado aparecida en Cuadernos Hispanoamericanos1 supe del nuevo libro de Morey. Lo obtuve como regalo de un amigo. Y no por muy esperado, dejó de ser sorpresa. Pocas veces ambicioné curiosear tanto en lo que un autor decía de otro. Sin embargo, al tener el libro en mis manos, lo puse cerca de los pendientes por leer. Esperé unos días hasta que no aguanté más: tenía que escuchar ya estos Monólogos de la bella durmiente.

A propósito de en torno a, Morey en “Preludio. María Zambrano: uso y mención” señala al respecto un antecedente muy meritorio para el lector familiar e incluso el neófito. Valga esta primera cita en que escribe:

Existe una dificultad en hablar sobre María Zambrano, en hablar sobre. Subrayo, porque la dificultad se presenta así, como acompañada de un presentimiento: el de que otra cosa muy diferente y mucho más apacible sería hablar de María Zambrano, que mucho más interesante sería hablar con María Zambrano, como acompañando su pensamiento… Que el grueso de la dificultad proviene de la mala postura que ese sobre impone ya antes de comenzar a hablar. Me atrevería a conjeturar que todos quienes hemos tenido que hablar unas cuantas veces sobre María Zambrano hemos acabado padeciendo esta incomodidad, totalmente carente de credenciales quizás, pero que sin embargo se hace problema (23).

El conflicto, por supuesto, no termina ahí para Morey y menos para el lector. ¿Cómo atreverse a convertirla en objeto, cuando antes es medio de conocimiento? María hechiza con su supuesta sencillez expositiva, donde ni sistematiza ni compone teorías de ninguna estirpe. ¿Por qué iba a hacerlo si lo suyo era desvivirse a partir de esa prosa reflexiva y autobiográfica, con afines ondulaciones entre la poesía y la filosofía? Nuestras experiencias de lectura quedan enriquecidas al leer a María Zambrano. Nos cambia la vida. Pero ella, no obstante, se escapa desvaneciéndose por, entre otras razones, su vida errante y su escritura fragmentaria e intermitente, pero a un tiempo poblada de procedimientos expresivos que no menoscaban la desenvoltura y belleza del lenguaje. Mientras es poeta “por la propia naturaleza o textura de su obra”,2 acaso extrañará cuando se acota lo siguiente:

Hay que volver a recordar ahora que no fue profesora de Filosofía, que sus libros propiamente no enseñan filosofía, que por más que contengan enseñanzas filosóficas, son otra cosa. Que el auditorio imaginario de su escritura no está compuesto ni por alumnos ni por colegas, sino que es el propio del escritor, del literato: nadie y cada cual. Y si tuviéramos que imaginar qué lector ideal se corresponde con este registro de escritura, diríamos que la posición específica en que se coloca la interlocución con el lector exige una lectura que podría llamarse, irónicamente, alumbrada (28).

Pareciera Morey recomendar cómo leer a María. Pero más bien relata tratos tensos aunque enaltecedores porque la ha releído. A la Zambrano hay que acercársele, en los escritos breves o de caminos más extensos, sin ánimo pretencioso de comprenderla del todo. Es una cercanía prudencial donde el tomar distancia también se impone. Distancia para advertirla sin el lastre del primer hechizo. Luego, es que puede intentarse decir algo atendible como que, pese a concurrir algunos contratiempos para la comprensión de su prosa iniciática, ella enseña con amor. Baja la voz y enamora como si dialogara. Que sí dialoga con ella misma y al instante con los demás. Un diálogo que es confesión.

Por otra parte, amén de que “Los usos del vocativo” entronca con esas páginas relevantes de Alfonso Reyes de Junta de sombras, es un acápite de diversificación del acontecimiento de la lectura, aplicable a todo el libro, caso de cuando argumenta: “El primer aspecto a subrayar es que la finalidad de la lectura no era el conocimiento ni el adoctrinamiento moral sino la experiencia espiritual posible, y es con vistas a ese fin que se articula el procedimiento”. (299). Y antes de entrometer a la protagonista resume: “En la lectura, invocamos y somos invocados, somos llevados por un constante devenir vocativo, en continua transformación. Se trata de escuchar lo que (me) dice el pasaje, preguntarse lo que (me) quiere decir, pensar en lo que dice, abrir al pensar…” (301).

María concibió cerca de cuarenta volúmenes y Miguel no es sólo el autor de Monólogos de la bella durmiente. Eso sí, aquí muestra su orbe zambraniano de mayor agudeza y madurez.

Al entrar y salir de suelo cubano —habanero específicamente— desde 1936 a 1953 (período de revoluciones, inicios y culminación de una guerra desgarradora) e ir alternando estancias en México, Puerto Rico y Cuba, será esta isla lugar de paso y, sin embargo, territorio entrañable, su “patria prenatal”, donde su escritura comienza, cuando no prolonga y perfecciona ideas más que conceptos. Es circunstancia oportuna para el acaecimiento de su intelecto, referido y ahondado en “Delirios en La Habana”. El delirio, “ese raro bucle entre experiencia vital y forma literaria que dota la voz, para poner en marcha toda la fuerza de la ficción a favor de un sentir que se piensa” (172).

Resulta meritorio que un libro como este se estructure por cuenta de textos escritos durante casi treinta años, aunque su historia comienza en 1971, año del contacto inicial de su autor con aquellas Obras reunidas (Primera entrega). María Zambrano concibió así muchos de sus libros. Lo que en otros escritores pudiera clasificarse de maña intelectual asociada al desespero de publicación, en ella como en Morey responde a variaciones temáticas de más de un libro. Pues María concibió cerca de cuarenta volúmenes y Miguel no es sólo el autor de Monólogos de la bella durmiente. Eso sí, aquí muestra su orbe zambraniano de mayor agudeza y madurez.

A medio camino entre lo historiográfico casi familiar para todos y la elucidación para sí, Morey, que tiene a predecesores y coetáneos expertos tan exigentes como colegas y amigos en prólogos, conferencias, artículos, tesis y libros (José Luis Aranguren, Carmen Revilla, José Ángel Valente, Agustín Andreu, José Luis Abellán, José-Miguel Ullán, Jesús Moreno Sanz, Antonio Colinas, Mercedes Gómez Blesa, Agapito Maestre, María Luisa Maillard García, Clara Janés, Fernando Savater, Rogelio Blanco, Virginia Trueba, Fina García Marruz, Cintio Vitier, Eliseo Diego, Jorge Luis Arcos, Enrique Sainz, Roberto Méndez, Manuel García Verdecia, María Fernanda Santiago Bolaños, Ivette Fuentes, Javier Gomá, Madeline Cámara…), concibe un volumen personalísimo y tan bien escrito, donde resalta a primera vista la cubierta de Manuel Estrada, bellísima y simbólica imagen de libro abierto sobre uno físico por revelarse. ¿Revelarse? En efecto, no cabría esperarlo de otra forma, menos de una pensadora que llega con una vitalidad rara y sobria, harto deleitable por cuanto razona, pero dispuesta a alejarse de los atónitos ante su estilo. En principio, esos mudarán de aires según las modas. Aquí Miguel Morey es la mar de elocuente:

A estas alturas, cabría ya comenzar a sospechar que la dificultad en la que andamos es fruto de una resistencia querida, de la propia María Zambrano. Como si su prosa, a sabiendas, se construyera para evitar que el lector se sobreponga a lo que lee, para esquivar al lector que no se ponga en el caso. No cuesta nada imaginarla repitiendo la respuesta del marinero al infante Arnaldos: Yo no digo mi canción sino a quien conmigo va… (34).

María Zambrano se queda para siempre en quienes la merezcan.

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Notas

  1. Jesús Aguado: “Un cuento de hadas”, en Cuadernos Hispanoamericanos, Nº 853-854, julio-agosto 2021, Madrid, pp. 443-446.
  2. Eduardo Moga: “María Zambrano, poeta”, en Cuadernos Hispanoamericanos, Nº 783, septiembre 2015, Madrid, pp. 82-90.