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Diarios: A ratos perdidos 1 y 2, de Rafael Chirbes

miércoles 9 de febrero de 2022
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Rafael Chirbes
En los diarios de Chirbes nos encontramos con unos apuntes que nos sorprenden por la crudeza con la que han sido escritos.
“Diarios: A ratos perdidos 1 y 2”, de Rafael Chirbes
Diarios: A ratos perdidos 1 y 2, de Rafael Chirbes (Anagrama, 2021). Disponible en Amazon

Diarios: A ratos perdidos 1 y 2
Rafael Chirbes
Diarios
Editorial Anagrama
Barcelona (España), 2021
ISBN: 9788433999313
472 páginas

Meses después de haber leído los Diarios: A ratos perdidos 1 y 2 de Rafael Chirbes, observo estupefacto que aparecen en las listas, ya no sólo de los más vendidos como de los mejor considerados, que publican a final de año los suplementos literarios de mayor tirada en España, como son El Cultural y Babelia. En el caso de este suplemento editado por el periódico El País incluso aparece como el primero de la lista. No es que yo conceda demasiado crédito a este tipo de listas en las que, por lo general, lo que se hace es ratificar el embudo mediático que unas pocas editoriales de supuesto gran prestigio y medios casi que ilimitados aplican a toda la producción literaria de un país como España, de modo que todos aquellos autores que no publican en dichas editoriales simple y llanamente no existen para los medios y todavía menos para el gran público. Tampoco es posible saber, ya no sólo los criterios de los críticos que eligen los libros que merecen ser enlistados como los mejores del año —lo de los más vendidos es obvio que suele tratarse de un mérito que hay que atribuir más a la capacidad de la editorial para promocionar un libro que al autor en sí mismo—, sino incluso qué críticos confeccionan las listas. Claro que a veces casi mejor no saber nada, porque cuando se sabe, o más bien cuando alguien dejar caer algo al respecto, no se trata ya sólo de que se confirmen todas las sospechas acerca de que la labor de algunos críticos no es otra que la de promocionar los libros de la editorial que está vinculada empresarialmente con el medio para el que trabajan, sino que a veces incluso se descubre que todo es producto de un simple compadreo entre amigos y poco más. Ese parece ser, por cierto, el caso del libro que nos ocupa a la hora de aparecer en cabeza de lista de los mejor considerados que elabora cada año la revista Babelia, pues el libro de Chirbes es comentado por la escritora Sara Mesa como el mejor libro de 2021 haciendo alusión a la amistad que la unía con Chirbes y el impacto que el libro de éste les había producido tanto a ella como a varios amigos en común entre los que se encontraba, qué casualidad, Jorge Herralde, editor de Anagrama, una de esas grandes editoriales a las que me refería antes; vamos, dicho en planta, que todo queda en casa porque, en efecto, a nadie se le escapa que Babelia, si existe como suplemento literario, parece ser antes que nada para promocionar los libros de Anagrama y Alfaguara, junto al resto de las editoriales grandes, por supuesto.

Dicho lo cual resulta más fácil entender cómo un dietario puede llegar a ser el libro más destacable, encomiable, recomendado, de todos los publicados durante un año entero, por encima de todo tipo de novelas, libros de relatos, teatro, poesía, ensayo, etc. Los diarios como género literario son bastante discutibles. Y lo son porque, si tenemos en cuenta que el diario no deja de ser un simple apunte de lo cotidiano por parte del autor, una nota sobre lo más destacable del día, ya sea acerca de lo que ha sucedido a su alrededor o de aquello que le ronda por la cabeza por la razón que sea, el campo de maniobra para dar rienda suelta a lo estrictamente literario se presenta asaz restringido. De hecho, el riesgo más grande de intentar hacer de un diario una pieza literaria con todas las letras no es otro que convertirlo en una puesta en escena del autor, es decir, una (auto)ficción de la cotidianidad de éste en la que, faltaría más, él queda siempre como el más exquisito, culto, sensible, sensato, heroico incluso, algo así como los insoportablemente engolados y narcisistas diarios del escritor leonés Andrés Trapiello a los que hasta tiene el cuajo de calificar de “novela de mi propia vida”, esto es, en una concepción tan reduccionista como interesada del concepto de novela una vez que la Real Academia Española ha redefinido el término que contenía la palabra “ficción” como su principal característica, y lo ha reducido a algo tan vago y absurdo como “obra literaria narrativa de cierta extensión”.

Parece evidente que el secreto de unos buenos diarios está, aparte del interés que pueda tener en principio para el lector el personaje que los escribe, en el término medio famoso en que los griegos situaban la virtud.

No obstante, otro de los grandes riesgos de los diarios como género literario es pecar precisamente de todo lo contrario, es decir, despojarlos de un mínimo de ambición literaria hasta el punto de convertirlos en un mero repertorio de las naderías acontecidas a su autor a lo largo del día sin mayor interés del que pueda tener levantarse de la cama para rascarse el culo, ir al baño a echar un meo y luego meterse debajo de la ducha. Parece imposible concebir que alguien se tome la molestia de llevar un diario para anotar única y exclusivamente insustancialidades que no lo distinguen en nada del resto de los seres humanos, ya sea en lo que se refiere a su rutina o las alegrías, angustias, miedos, quejas y el resto de sentimientos o sensaciones que comparte con todos nosotros; pero, ahí están los diarios, adjetivados como secretos, de una de las figuras más relevantes del siglo XX, el filósofo, matemático, lingüista y lógico austríaco Ludwig Wittgenstein, y de los cuales lo mejor que se puede decir es que si de verdad habían sido concebidos para ser secretos así tenían que haber permanecido per saecula saeculorum.

Así pues, parece evidente, una vez más, que el secreto de unos buenos diarios está, aparte del interés que pueda tener en principio para el lector el personaje que los escribe, en el término medio famoso en que los griegos situaban la virtud. Dicho de otro modo, unos buenos diarios tienen que ser la conjugación de lo cotidiano, lo intrascendente o simplemente anecdótico, con lo supuestamente excelso en forma de relato de experiencias presentes y pasadas relacionadas con el oficio artístico y sus inmediaciones, o los recuerdos y hasta chascarrillos convertidos en simple motivo narrativo. Un estilo de diarios del que, a mi juicio, los de Goethe serían el modelo a seguir en cuanto a equilibrio entre el riesgo de aparentar un mero catálogo de bagatelas cotidianas y ese otro de ambicionar precisamente todo lo contrario, una insufrible apología del ego de cada cual. Un estilo del que en España yo destacaría El quadern gris de Josep Pla o los dietarios de Miguel Sánchez-Ostiz como ejemplos en los que lo cotidiano se mezcla con lo que no lo es, con lo que atañe en exclusiva a la literatura o a cualquier otro campo artístico, como simple pretexto para dar rienda suelta a una escritura que, independientemente del interés que pueda tener el lector por la persona y la obra de quien la firma, se sostiene por sí sola. Son diarios cuyo principal atractivo no es otro que el estilo que convierte al autor en único, ese en el que uno sabe que va a encontrar tanto los temas que le obsesionan a éste contados de la manera sincera y hasta apasionada como acostumbra, como un delicioso sentido del humor, del que no hay que desdeñar el vitriolo como un aliciente más, y que es, a la postre, lo que hace que uno dedique su tiempo a la lectura de lo que en boca del pesado de turno sería motivo para salir corriendo.

Y luego están los diarios de Chirbes. Leo sus diarios porque se trata de uno de mis autores preferidos y creo, confío, que leyendo sus diarios, es decir, hurgando en la intimidad que Chirbes está dispuesto a mostrarme, podré entender mejor su mundo literario conociendo cuáles son sus influencias, qué lecturas le gustan y cuáles aborrece, familiarizarme con aquello que lo inspira, detalles de su biografía personal o el inventario de entusiasmos y antipatías, o conocer los pormenores sobre su proceso creativo, la lucha interior con la página en blanco, así como incluso husmear en su rutina con el único propósito de intentar atisbar hasta qué punto puede condicionar ésta todo lo anterior. Eso sería lo habitual en los diarios de cualquier otro autor, sobre todo de uno que los hubiera publicado en vida, un cóctel que ya luego sería más dulce o amargo, más insípido o chispeante, según la personalidad de cada cual. Empero, eso sí, por muy sinceros, amenos y hasta enjundiosos que puedan ser unos diarios, siempre serán una puesta en escena del autor con su correspondiente e inevitable camuflaje, el autorretrato que éste quiere presentar en sociedad, porque ese y no otro es el motivo por el que alguien se toma la molestia, sobre todo teniendo en cuenta lo que supone de desnudo en público más o menos integral.

No obstante, en el caso de los diarios de Chirbes, y sobre todo en estos correspondientes a los años previos a su consagración como escritor de éxito, de hecho más de la mitad del libro pertenecen al período previo a la publicación de su primera novela, Mimoun (1988), y el resto a los preparativos de sus inmediatos proyectos literarios, nos encontramos con unos apuntes que nos sorprenden por la crudeza con la que han sido escritos, sobre todo a la hora de referirse a sí mismo como un escritor en ciernes que duda todo el rato de si será capaz de llegar a serlo.

Quiero escribir. Tengo entre las manos otra cosa que no sé si acabara saliendo. En los ratos libres, leo muerto de risa Bouvard et Pécuchet, que, como me pasaba con Madame Bovary, tampoco me había animado a leer nunca en francés. Me parece excelente el libro sobre Espinosa que ha escrito Albiac, uno de esos libros sólidos, erudito, cargado de tristeza, una especie de Bataillon-Erasmo escrito desde el fondo de los tiempos sombríos, aunque no eran precisamente más luminosos los tiempos en que Bataillon escribió su obra: la primera edición es de 1937.

No nos podemos engañar, todo el que escribe también aspira por principio a que lo suyo trascienda algún día de la forma que sea.

Son apuntes de alguien que todavía es más un lector que un escritor, y, por lo tanto, de alguien consciente de que lo que dice en ellos no tiene ningún interés para terceros. Escribe para sí mismo. ¿Por qué? Pues probablemente porque el escritor que quiere ser siente la necesidad, como suele ser habitual en la mayoría de escritores, de escribir siempre algo a diario, lo que sea con tal de ejercitar la pluma, de soltarse sobre lo cotidiano, lo personal e intrascendental, hacer callo. Una necesidad que con el tiempo muchos escritores han derivado hacia las redes sociales aprovechando la inmediatez con la que llega lo que escribe a un hipotético público y la publicidad, todavía más hipotética, que eso supone para su obra. En el caso de los diarios de Chirbes nos encontramos en los ochenta y, no sólo no se estilan todavía las redes, sino que tampoco podemos presumir que él hubiera elegido esa vía para saciar esa necesidad de escribir un mínimo de líneas diarias. De hecho, los apuntes que Chirbes nos deja más allá de lo exclusivamente literario, sobre sus lecturas y titubeos con la escritura, son de una crudeza consigo mismo que asombra y hasta ruboriza por innecesarios y porque, en lo que atañe a la relación tóxica que mantiene con su novio François, al lector se le antoja puro cotilleo.

¿Por qué tener pudor también aquí en la intimidad de un cuaderno para nadie? ¿Es que se puede escribir para uno mismo? Me digo que sí, que se puede escribir para recordar y comprenderse uno mismo, pero no acabo de creérmelo del todo. Entonces, ¿pienso que estos cuadernos acabará leyéndolos alguien que no sea yo?

Preguntas que se hace Chirbes en sus diarios, ¿puede que consciente de que está contando más intimidades de las necesarias en el caso de que algún día lo que escribe vea la luz? No nos podemos engañar, todo el que escribe también aspira por principio a que lo suyo trascienda algún día de la forma que sea, como escritor de éxito, de minorías selectas o siquiera ya sólo a modo de círculo de amigos, e incluso en plan maldito, es decir, como curiosidad para estudiosos de estas cosas. Sin embargo, entretanto, hasta que apunte la ansiada trascendencia, por qué censurarse en el ejercicio diario de poner en negro sobre blanco aquello que, como mínimo, le sirve al autor de desahogo. De ese modo, en estos diarios aparece un Chirbes más humano de lo que acostumbramos a encontrar en los diarios de otros autores. Un Chirbes que nos habla sin tapujos, no sólo de los quebraderos de cabeza que le provoca el tiovivo sentimental al que está subido con su pareja, sino también de sus adiciones y debilidades provocadas por un malestar existencial del que tiene buena parte de culpa el desencanto político con su propia generación, la cual parecía dispuesta a cambiarlo todo y que al final aceptó conformarse con las migajas que el sistema puso a su disposición para que se cumpliera la premisa gatopardiana de que todo cambie para que todo siga igual. Ni más ni menos que lo que será más tarde el eje argumental, siquiera el trasfondo, de la mayoría de sus novelas, donde nos habla de su infancia de desarraigos y contrastes entre la exuberancia biológica y humana de su Valencia natal y la aridez otro tanto de esa Castilla a la que fue enviado a estudiar a un internado, así como de las sensaciones que le sugiere escribir en una lengua que no es la suya, siquiera familiar o sentimental, pero en la que vive prácticamente instalado a pesar de su necesidad de volver de continuo a la otra, su nostalgia de la lengua valenciana de la que nunca se ha desligado del todo y cuya catalanidad defiende como parte de un sistema literario que abarca mucho más de las fronteras autonómicas correspondientes, y todo ello sin renunciar a una mirada crítica, incluso sañuda, sobre su Valencia natal, y no digamos ya de sus paisanos (“Qué respeto puede merecer un pueblo que ha convertido el paraíso que le regalaron [lo era en su pobreza, lo conocí] en un albañal infecto. Se han follado a los ángeles que ha mandado el Señor. Les queda tragarse la lluvia de fuego, que donde estuvieron [donde están] quede solo una negra y maloliente mancha, entre bituminosa y azufrada”), de la literatura en general y la novela en particular, siquiera como él la entiende, por entonces tan a la contra de lo que estaba en boga y sobre todo lo que él consideraba auténtico.

Entonces, para qué seguir leyendo estos diarios de Chirbes si tenemos la sensación de estar leyendo algo que nos saca los colores. Pues, siquiera en mi caso, porque es el precio a pagar para poder disfrutar de unos deliciosos apuntes literarios, los cuales, si lo son, se deben en gran parte precisamente a esa especie de oportunidad que le otorgaba escribir para sí mismo, al menos en su origen.

 

31 de octubre

Echevarría, en El País, vuelve al concepto de “estilo elevado” del Benet de La inspiración y el estilo. ¿Qué es eso? Hay una élite que le gusta vestir la literatura —y la historia, que diría Galdós— con coturnos. Es decir, vestirse ellos mimos con coturnos. En las obras que les gustan a los altivos sacerdotes de texto (pienso ahora mismo en los comentarios que ha merecido la última reedición de Lacruz, El ayudante del verdugo como secreto libro de culto para unos pocos; ojo, el excelente libro de Lacruz no tiene la culpa, hablo de sus comentaristas, de su afán por posar en el lugar al que acceden unos pocos como los montañeros que se fotografían en un K8) siempre está presente un toque de soberbia. Lo que nosotros conocemos, lo que nosotros degustamos. La literatura como diosa que concede sus favores misteriosamente sólo a algunos elegidos, élite de inteligencias elevadas, entre las que se encuentra —cómo no— el exégeta, el crítico. Sospechan de cuanto huele a clase baja, a gatera por la que alguien de fuera, de abajo, se les pueda colar en el santuario, y se apresuran a dirigir hacia ese gato inoportuno sus escobazos.

¿Se habría permitido Chirbes unos juicios tan despiadados, pero sobre todo sinceros, aunque ni más ni menos que lo que piensan muchos lectores y escritores, pero que callan por si las moscas?

Así pues, son precisamente esos apuntes literarios, tanto los que atañen a los entresijos del oficio de escritor, con todas sus dudas y miedos a la hora de enfrentarse a un reto literario, y no digamos ya más tarde con todo lo que conlleva su publicación, como con los comentarios completamente desinhibidos y sobre todo sinceros con los que juzga otras obras y a sus autores, y en mi humilde opinión también certeros, los que hacen de la lectura de los diarios de Chirbes una verdadera delicia. A decir verdad, estoy convencido de que si hay una razón objetiva para que unos diarios como los de Chirbes hayan sido elegidos como uno de los libros más importantes del pasado 2021, sólo puede deberse, dejando a un lado el mamoneo antes mencionado entre editores y críticos al servicio del grupo mediático de turno, por la expectación, cuando no escándalo, que han suscitado algunas de sus opiniones acerca de autores de renombre y/o fama a los que, amparado en ese supuesto anonimato al que también nos referíamos antes, pone a caer de un burro.

También exhibe brillantez en algunos tramos Lo real, de Belén Gopegui, un libro bienintencionado, que en su conjunto resulta artificioso, hasta rozar la cursilería en algunas metáforas y en la elección de adjetivos. Personajes y diálogos poco creíbles. Un libro que me resulta, sobre todo, aburrido.

Pérez-Reverte está convencido de que como novelista puede hacer lo que le salga de los cojones (por usar el lenguaje que le gusta) y le brinda al lector un descabellado recital de lenguaje macarra, lenguaje de corte “vallekano”, pura movida madrileña en boca de estos pobres hombres que tomaron sopas en el siglo XVIII, y, sin salirse de ese arbitrario espacio —por otra parte es lo suficientemente ancho—, ofrece un esperpento de rancio españolismo levantado en armas frente a lo gabacho, una forma de variante de Torrente, el brazo armado de la ley, en la que no faltan toques de lo que conocemos como prensa del corazón. Algunas frases que dicen los personajes: “una cosa discreta, sufrida, fashion” (pág. 36); “como los enanitos del bosque, aibó, aibó” (pág. 39), “el pifostio” (pág. 51), “les meto a los ingleses… un gol que se van a ir de vareta” (pág. 68), “¿Cómo se dice poca picha en gabacho?”, “Poca piché” (pág. 71), “Toma candela yesverigüe fandango, pa ti y pa tu primo. Tipical spanish sangría. Joputa. Yu understán?” (pág. 89), “la cosa está más claire que la lune, mon ami Pierrot” (pág. 99), o “Que se me tombe par terre la chorra…” (pág. 100). Horacio Nelson, en el texto, se nos presenta como “un marino de pata negra”, un “Jabugo de los mares”. En la construcción del esperpento patriótico, da todo igual, pata negra o “Nati Mistrati” (pág. 168), el “zipizape” (pág. 215). Churruca se casa con un yogurcito de buena familia, y los hay que “cantan la traviata” en la página 140. Y a eso los críticos sesudos lo tratan como novela histórica. “Yes, verywell”. El autor es académico. El artefacto va dirigido a un público de ideología (llamémoslo así) tan confusa como la que mueve las hinchadas de los campos de fútbol, vagamente irritado por el injusto trato que le da la vida, y tocado en sus valores patrios por algo que ha roto con lo que se supone que hubiera sido su buena vida de siempre: hay xenofobia (antigabacherío) y vindicación de la España de siempre: populismo de la España de los de abajo, siempre traicionada. Y el texto se abre a una profusión de proclamas contra la modernidad, y —de nuevo— a favor del pueblo irredento al que castigan, roban y desprecian unos señoritos finos amariconados y afrancesados. Lo dicho: Reverte derrocha dosis de populismo y demagogia. Aunque (y aquí entra la tradición interclasista del franquismo: escribimos después de ese huracán) los conceptos de “Valor” y “España” pueden unir a los de arriba con los de abajo. (…) Leyendo Cabo Trafalgar, cobra urgente actualidad La gallina ciega, de Max Aub. Ha ocurrido algo irreparable en la historia de España que no admite la espontaneidad, la inocencia; que exige cirugía al enfrentarse a ciertos temas, a ciertas formas. Digamos que parece que, después de Franco, ya no es posible un Arniches.

¿Se habría permitido Chirbes unos juicios tan despiadados, pero sobre todo sinceros, aunque ni más ni menos que lo que piensan muchos lectores y escritores, pero que callan por si las moscas, como los que hace sobre figurones de las letras españolas tan bien considerados por la crítica y, en el caso de Reverte, sobre todo por el público, de no tratarse de unos diarios íntimos sin perspectivas de ser publicados algún día? Pues, aunque todo apunta a que no, si tenemos en cuenta que ya tuvo tiempo de hacerlo cuando estaba vivo y gozaba del suficiente prestigio como escritor para que dichos comentarios no pasaran como una simple rabieta de escritor fracasado y por lo tanto envidioso a más no poder, ¿por qué aparecen ahora? ¿No se atrevió por simple pudor, para evitarse más problemas de los necesarios? ¿Se trata de una traición a la voluntad de Chirbes por parte de sus herederos en complicidad con su editor, Herralde? No se puede saber, de modo que todo queda en el terreno de las sospechas. Sin embargo, como sospechar siempre sale gratis y además no lleva a ninguna parte, yo me inclino por pensar que Chirbes pensaba ya única y exclusivamente en su posteridad como autor, por eso quiso que sus diarios se publicaran póstumos a modo de testamento vital y además preventivo para todo aquel que en el futuro quisiera acercarse a su obra y a su persona con ánimo de sacar sus propias conclusiones. De ese modo, no sólo evitaba tener que enfrentarse a polémicas con personajes con los que probablemente no habría querido compartir ni el mismo espacio en un periódico, sino también el engorro de tener que dar explicaciones al público sobre algo que para él era agua pasada desde hacía ya mucho tiempo.

Txema Arinas
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