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Rafael Soler, pirómano del lenguaje profano

sábado 6 de agosto de 2022
Rafael Soler
Soler es ingeniero y sociólogo, pero esencialmente escritor.

Plaza Mayor de Salamanca. Octubre de 2012. Víspera del XV Encuentro de Poetas Iberoamericanos. En la mesa alguien atento. Se nota, a primera vista, temple y decisión. Pide un gin-tonic y enciende un delicado cigarrillo. Se trata de Rafael Soler (Valencia, España, 1947). Su especial tratamiento humano nos conecta. Es inevitable relacionarlo con mi padre por su cabellera blanca. Intercambiamos libros, hablamos del oficio deslumbrante y de poetas, de nuestros países, de la ternura y el mar y el ocaso de la noche (conjuntamente con Gabriel Chávez Casazola). Plática que transcurre como sutil parpadeo y, que, sin darnos cuenta, quedamos solos en tan emblemático sitio. El tiempo nos ha devuelto similares diálogos, reencuentros y lecturas.

Rafael Soler (ingeniero, sociólogo, pero esencialmente escritor) es autor de varios textos entre lírica y narrativa. Del primer género resalto Los sitios interiores (Rialp, 1980), Maneras de volver (Vitruvio, tercera edición, 2011), Las cartas que debía (Vitruvio, tercera edición, 2014), Ácido almíbar (Vitruvio, 2014) y No eres nadie hasta que te disparan (Vitruvio, 2016). Entre sus antologías consta Leer después de quemar (El Ángel Editor, 2018), con prólogo de Iván Oñate y selección de Lucía Comba.

Sobre Rafael Soler cabe el dilema de qué más admirar en él, si su propia lectura poética —con voz firme y conmovedora— o sus poemas que silenciosos navegan directamente en los latidos del receptor. En esta aproximación a su propuesta poemática se describe el contenido de Maneras de volver, Ácido almíbar y No eres nadie hasta que te disparan.

 

Maneras de volver es un libro que germina desde el cántaro y la memoria.

Volver al fulgor de la grafía

El verso anida en el papel como una necesidad del espíritu. Como pan y agua. Como fuego y aire. Como regocijo infantil y caricia del nieto. La poesía habita en el torbellino y la inclemencia, en la calma y el sosiego. Es el instintivo llamado de la paz y la bienaventuranza, de la niebla y la ceniza. Es el contubernio con lo propio y lo ajeno, con la desidia y la esperanza. Es la cosecha de reliquias y sortilegios. Es el suspiro de experiencias furtivas y la premonición de la parca.

Maneras de volver es un libro que germina desde el cántaro y la memoria. No es un solaz cualquiera, sino la aprehensión de la vida y la profundidad de un canto con voz agigantada y pertinente. Es la búsqueda de la amada y, con ello, la profanación del amor. Es el recuento de las historias perdidas y el recuerdo de los cuerpos ausentes.

El poemario está dividido en tres partes: “Amor Kebap”, “Vivir es un asunto personal” y “La casa helada”. Germina en sus páginas el regocijo de la carne y la ironía del beso, la cavilación de lo pasado entre amigos y la abundancia de los abrazos, más la mortaja extraviada en el seno de la noche. Rafael desde el vespertino contacto con los labios envolventes dice: “yo no elegí ser el primero en navegarte / y surcar tu cuerpo cada noche como un río / bebiendo amaneceres que no me pertenecen // yo no subí las cimas coronadas de tu cuerpo / ni bajé a sus profundidades // yo no busqué la deriva de tu sueño / ni tengo cien años para darte // yo estaba en mi camino sentado con la tarde / y tú pasaste”.

Poesía que se impone ante la vacilación del añejo legado aristotélico, que transita por los bordes de la inclemencia sin importarle el futuro, tan sólo la conjunción de lo coexistido. Es el naufragio después de la bohemia y los fracasos inconfesables; exclamación de códigos que atraviesan la añoranza. Como expresa el autor: “una promesa / que sonríe con sorna cuando hablo // un buzón que abro sólo si se queja / algunas oraciones en buena compañía / un ascensor donde tropiezo conmigo cada tarde // un homenaje que nunca merecí / un divorcio merecido // odio al alcohol / incomprensible y falso // dos plumas / una sincera la otra perezosa // y un día más para seguir conmigo”.

En la ruptura del aburrimiento y hastío que provoca el ruido de la urbe, y en el peregrinaje conducente a la muerte, la versificación sugiere: “En nombre de todo lo prohibido / del duelo que nos viene y su dolor profundo / de vida hasta las cejas pido / resucítame // y por un instante en vilo nada cambiaré de lo vivido”.

Soler con Maneras de volver retorna a la indecible pasión poética, en donde los grillos se observan con el blanquecino semblante lunar, para legarnos el brillo del amanecer como antítesis de tristeza.

 

Rafael Soler es poeta en toda la dimensión de este ejercicio de alas abiertas y luces perennes.

Respuestas desde la paradoja y la palabra afilada

La contemplación es elemento sustancial en el rumbo del arte poético. Esto, desde una motivación autorreferencial que induce a revelar cuestiones cotidianas. Desde la guarida marchita de los casos y de las cosas, el poeta devela interioridades y asume su rol sin vergüenza alguna. Es un demiurgo de su tiempo, de este tiempo en donde el abatimiento y desconsuelo se toman las calles de nuestras ciudades carentes de solidaridad, desde donde el creador se arroga la condición de testigo privilegiado de la penumbra.

Rafael Soler es poeta en toda la dimensión de este ejercicio de alas abiertas y luces perennes. Conoce de la metáfora y de los resquicios atragantados en la escritura. Es un oficiante de las huellas mundanas, de las profanaciones que asaltan en la sombra noctívaga, de las intimidades atadas a sufrimientos y ráfagas de felicidad. En sus versos se asume la felonía que ocasiona corazones rotos y la devoción del gozo oculto. La intensidad del río y la tinta derramada hacia la nada. La reminiscencia de los años mozos y la lenta espera del ocaso. El paseo del domingo y la impotencia ante la lluvia. Los juegos iniciales y el quebranto que deviene por la ilusión fallida. La pasión de las sábanas al fragor de la batalla íntima. La sensación perturbadora del olvido. El escote y el olor del cuello que se confunden entre el cántaro y regocijo del siguiente día.

Ácido almíbar es una conjunción de la acidez existencial que corroe nuestro efímero tránsito terrenal: “epifanía de lo amargo por venir y lo nacido”, con la melaza sustraída de la ternura de otros labios: “(…) de universal dominio y pleitesía / labios tijera así desdén para otras bocas / que hacen del carmín un estandarte”, al igual que los correspondidos por la amada: “labios vudú amor como los tuyos / enteramente ciegos / de muda voz y mano laxa / para abolir al teutón que llevo dentro”.

Ácido almíbar es una obra de relecturas y desventuras que está compuesta por las secciones “Quédate a los títulos de crédito”, “Galería de afines y cercanos”, “Retrato de dos para ninguno”, “El público siempre tose en lo mejor”, “¿Quién anda por ahí?”, “Caso cerrado” y “Posdata”.

Soler sostiene una mirada irónica de los momentos que convoca la vida, partiendo de los entornos familiares, las anécdotas adolescentes con fragancia a sexo, la nostalgia del convite femenino y las madrugadas prolongadas a causa del vodka o del vino (para ser consecuente con la representación autoral). La muerte tiene sus respuestas desde el epitafio y el silencio: “Finge dormir / finge que finges dormir / finge si quieres que fingiendo dormir / pospones el tiempo que no queda / (…) después vendrán los carroñeros / diligentes y sabios / a su pico de estaño encaramados / y la muerte dejará de molestarte”.

Son los sueños cuya bitácora alerta el diluvio, la condena que nos deja este clamor poético.

 

En las cuestiones del amor, Soler es un obstinado celebrante que delira a través del verbo.

Seducción en el diván y pólvora para el descanso eterno

En No eres nadie hasta que te disparan, nuestro autor deambula irreverente por el sendero enunciativo de imágenes entre lo circular y contradictorio, en donde casi da igual beber un martini en un bar cualquiera, borronear en una vieja Olivetti, o ir divagando en el metro. Soler explora cada conjetura y hallazgo del hombre, con el afán de confeccionar una pieza lírica, con cuidadoso esmero. Dejando que de a poco el texto contenga vitalidad propia, en una sagaz apuesta rítmica y subjetiva.

En las cuestiones del amor, Soler es un obstinado celebrante que delira a través del verbo. Seduce a la otredad. Y se ramifica con voz y tesitura femenina: “La mujer que fui y nada espera / sacude las alfombras / deja su aliento sobre el vidrio / que un día fue su corazón // y una forma tal vez de mandamiento / una urgencia nacida en el asombro / la tiende en el coraje de la hierba”. Asimismo, refiere al rumor desgastante de los días, al apacible devenir de las derrotas, y al propio asesinato del sujeto lírico: “un muerto cabal acepta su destino / apenas se permite ensoñaciones necrológicas / y algún gesto interior protocolario / al estrenar su funda”.

De la reminiscencia de los hechos y vicisitudes, asevera: “Todo recuerdo tiene el tamaño que merece (…) // todo recuerdo a medias sin embargo / es entera la verdad de una mentira”. Es la amada quien arremete en larga vigilia por la conquista del prolongado beso: “no es más largo el amor cuando perdura / ni más corto el dolor al ofrecerse / mostrando las cortinas”. En esa lucha compartida el amante desvela el regocijo que palpita en sus adentros, pero también los temores de que aquel deseo se desvanezca como fugaz travesía, sin retorno secular. Apenas yace como difunto que advirtió un fatal desenlace, con intriga detectivesca y viuda negra de por medio: “Yo estaba tranquilo al verme así / con un disparo en la cabeza (…) // y ahora dos preguntas / por qué fue tan parco tu sicario / por qué no viniste al funeral / para soplar las velas”.

En toda familia cunde un Caín con su Abel. Al menos eso nos dejan estos versos de hiel y sobresalto. Con satírica expresión afloran recursos como el oxímoron, el hipérbaton, la anáfora. Y la hipérbole: “soñaba usted con morir en lo sagrado”. También se distingue la pantalla grande con un montaje escenográfico de sello surrealista; Ava Gardner y sus muslos y sus piernas y sus labios en la pluma delirante del poeta, quien recurre a una construcción de personajes asumidos como tal, y atravesados en la retórica expositiva cuyo rodaje impregna de ficcionalización poética. No eres nadie hasta que te disparan está dividido en seis apartados (“Cuaderno de Elvira”, “Cuaderno de Martín”, “Cuaderno de Abel”, “De cuanto pudo acontecer y no sucede”, “El cine, en el cine”, “Epílogo, y no”) que consiguen un corpus compacto, debidamente estructurado entre el absurdo y la realidad alterada por el fenómeno sintáctico.

Rafael Soler es un caminante que, acompañado de las vanguardias, acomete en “el vientre estéril de lo eterno”.

Aníbal Fernando Bonilla
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