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Un canto a la vida
(sobre Fragmentos de la memoria: mi vida en dos batallas, de Margarita Drago)

miércoles 28 de septiembre de 2022
“Fragmentos de la memoria: mi vida en dos batallas”, de Margarita Drago
Fragmentos de la memoria: mi vida en dos batallas, de Margarita Drago (Dunken, 2022).

Fragmentos de la memoria: mi vida en dos batallas
Margarita Drago
Testimonio
Editorial Dunken
Buenos Aires (Argentina), 2022
ISBN: 978-987-85-1874-9
227 páginas

Fragmentos de la memoria: mi vida en dos batallas, de Margarita Drago, es un libro imprescindible para comprender la fuerza del amor y la vida en las despiadadas cárceles de la dictadura argentina. Se inicia con tres epígrafes, uno de ellos demoledor debido a su trascendencia como realidad histórica: “Primero mataremos a todos los subversivos, luego mataremos a todos sus colaboradores, después… a sus simpatizantes, enseguida… a aquellos que permanecen indiferentes, y finalmente, mataremos a los tímidos”. General Ibérico Saint Jean, gobernador de la provincia de Buenos Aires (mayo de 1977).

Al igual que la conmovedora “Carta abierta a mi nieto” que en 1995 el poeta Juan Gelman le escribe al hijo de su hijo Marcelo, desaparecido por la dictadura (que resultó ser su nieta Macarena); en Fragmentos de la memoria: mi vida en dos batallas se presenta la fuerza del amor, el imperativo de vivir y denunciar la barbarie en un paisaje de aniquilación sistemática de parte del Estado. Y en este proceso tanto Gelman como Margarita Drago declaran una verdad humana trascendental que se cristaliza alrededor de un sentimiento transformador: el amor. Amor a los padres, hermanos, hijos… y en el caso de la ex prisionera política Drago, amor a las imprescindibles compañeras y por último, y sobre todo, a una compañera especial, Mariana, cuyo cariño —definido por la autora como “redención y vida” (p. 208)— le proporcionó el aliento para sobrevivir y seguir luchando.

Algunos de los textos de Fragmentos de la memoria ya habían sido publicados en Nueva York acompañados del subtítulo Recuerdos de una experiencia carcelaria (1975-1980). En esta nueva entrega donde se siguen recuperando recuerdos de esos cinco años pasados en las cárceles argentinas, la materia vivida se recontextualiza, se reordena y se completa. Hay detalles impresionantes que no aparecieron en el libro anterior y resultan sumamente valiosos. Sin embargo, el núcleo fundamental de esta compilación radica en la incorporación de una experiencia que apenas se hallaba esbozada en la versión anterior y constituye su tema medular: la relación amorosa homoerótica con Mariana, acto prohibido por la organización política a la que ambas pertenecían, por la sociedad argentina y latinoamericana, por sus instituciones de poder y, como bien ella explica, por el aparato legislador y represivo del Estado. Cito a Drago:

El eje narrativo del libro invita al lector a una nueva lectura desde otro enfoque. En la versión original la voz narrativa se mueve por el impulso de narrar su historia, aportar al proceso de reescritura de la historia de la nación, además de rendir tributo a las mujeres con las que compartió la cárcel y los sueños. En esta edición revisada y aumentada, en la que el propósito de contribuir a la reescritura de la historia se sostiene y el homenaje a las mujeres permea en todas las páginas, lo medular es la relación amorosa. Dicha relación nace, se nutre y se fragua, clandestinamente, en el ambiente carcelario donde las protagonistas deben cuidarse de no ser blanco de la mirada punitiva de los captores y, también, de las otras prisioneras. La historia culmina con la confesión de una de las protagonistas —la autora— y el juicio partidario de las compañeras… (p. 14).

Fragmentos de la memoria: mi vida en dos batallas se articula en dos secciones. “Parte I. La primera batalla” se inicia con tres textos introductorios que exploraré en estas páginas, y contiene cuatro secciones (“La Alcaidía de Rosario. De compartir el trabajo, el dolor y la risa, nació el amor”, “Cárcel de Villa Devoto. A través del ventanuco de la celda, la vida y el amor”, “Homenajes. A ellxs, siempre en mí y conmigo”, “A ellas, mis compañeras”. La parte II, “La otra batalla. Una memoria que resiste el olvido”, menos extensa que la primera, explora el tema de narrar como un acto de conciencia, describe el regreso a la Alcaidía de Rosario en 2007, el enamoramiento de Mariana, la confesión y el juicio carcelario, y contiene noticias varias y un epílogo.

“La primera batalla” abre con “A pesar del miedo”, un relato previo a la detención de la autora, donde en apenas sesentaitrés líneas se presenta la descripción más contundente del miedo que he leído en mi vida. A este impresionante texto le sigue una descripción de las actividades diarias de Drago y su familia para cerrar con “24 de octubre de 1975”, donde narra el día de su captura. Si el texto sobre el miedo no llegó, como en mi caso, a suscitar un impacto sobre el lector, este relato magistral lo golpea contundentemente, pues recrea cómo la violencia sólida, irracional y despiadada, se va enseñoreando de todos los aspectos de la narración. Con sutil maestría la autora inicia su texto con una escena de la cotidianidad (rutina que gracias al capítulo anterior podemos imaginar). Lentamente la violencia se va amplificando, apoderándose del espacio cotidiano en los planos visuales, sonoros, táctiles con tal fuerza que deja a los miembros de la familia anonadados y al lector sin respiración.

En la sección siguiente, “La Alcaidía de Mujeres de Rosario. De compartir el trabajo, el dolor y la risa, nació el amor”, se agrupan estampas que describen la vida en el sótano de esa cárcel semiclandestina de la ciudad de Rosario donde, en un clima de horror y en convivencia cotidiana con la muerte, se gesta el amor por la compañera Mariana. “La cárcel de Villa Devoto. A través del ventanuco de mi celda, la vida y el amor”, reúne relatos que describen la experiencia en esta segunda prisión —ya en Buenos Aires— donde ambas, Margarita y Mariana, alojadas en diferentes pisos, se comunican por señas a través del ventanuco de la celda. Después de una serie de homenajes a compañeras y compañeros, se inicia la parte final del libro, “La otra batalla. Una memoria que resiste el olvido”, donde Drago narra abiertamente la historia de amor lésbico que nació en la cárcel y las guerras internas vividas en la prisión y fuera de ella (con la carga de culpas, miedo y autocondena). Según confiesa, la redacción de esta sección constituyó el proceso más intenso, doloroso y prolongado de todo el libro. Por varios años tuve el honor de ser testigo de algunas de estas disputas internas que vivió la autora hasta que la historia pudo cobrar vida en Fragmentos de la memoria: mi vida en dos batallas, el único espacio o, como ella lo escribe, “la única casa capaz de contenerla” (p. 15).

Con fina visión, la poeta cubana Minerva Salado abre su magnífica introducción con la descripción de esta doble batalla:

Claro que fueron dos batallas. Y lo peor es que la que deja huella más profunda se libra frente a los tuyos, aquellos que elegiste, a quienes te entregaste con la quimera de obtener una mejor vida para todos.

De pronto, no aceptan esa parte de ti que integra tu identidad como persona, y el castigo que recibes es semejante a los golpes y las ofensas que provienen de las celadoras y los militares de la cárcel, adonde te han condenado por tus ideas. Los tuyos no te golpean físicamente, pero te juzgan y excluyen, te hacen sentir que no mereces marchar junto al grupo. Establecen una humillante línea divisoria entre ellos, los castos, y tú, la impura.

La huella de los golpes del enemigo se graba, pero cicatriza; al paso del tiempo se conserva la marca como una suerte de condecoración por el maltrato vencido. El signo del abandono amigo cuesta sanarlo. Se trata de un tatuaje que permanece en tu memoria como la pérdida… (17).

Más adelante, Salado puntualiza las vivencias de Margarita Drago:

La versión actual (de Fragmentos)… profundiza, diría yo, en la historia desde lo íntimo-personal a lo colectivo-social, trayecto que se abre desde la litera común a la celda compartida y avanza hacia el ámbito de la cárcel y aun fuera de ella. El espacio exterior carente de libertad no es más que otra prisión donde los ciudadanos deambulan en pos de la sobrevivencia.

Adentro, dos mujeres viven la culpa de su encuentro. Mariana, más audaz; Margarita, más tímida. La felicidad es intermitente y efímera, defendida de la vigilancia prohibitiva de las celadoras y con el disimulo apenas logrado ante sus propias compañeras. Pero se vive con entrega y es tan intensa que se instala en la memoria como un recuerdo indeleble (p. 18).

Los fragmentos de memoria que se van desglosando en el libro (fascinante es el caso de “Cosas de la memoria” donde, muchos años después, la compañera Amanda le recuerda a Margarita algo que ella había borrado: “¿Te acordás cuando nos tapiaron? ¿Que no te acordás cuando nos tapiaron? Si eras de las que estaban junto a la reja gritando, ‘¡Celadora, no nos quiten el aire!’”; p. 69). La memoria personal había clausurado la experiencia de la crueldad, el horror vivido, y ya en libertad su amiga la ayuda a recuperarla.

Me detengo en el respeto con el que recibieron a Drago —en octubre de 1975 y en la Alcaidía de Rosario— las contraventoras (mujeres acusadas de robos, asaltos y asesinatos) y las trabajadoras sexuales que recogían en la calle cuando la policía hacía redadas nocturnas en la ciudad.

Allí pasaban uno o dos días junto a nosotras hasta que las llamaban a declarar ante el juez y las liberaban. Aquellas mujeres andaban con sus colchones a cuestas, los que les entregaban en la jefatura para dormir en cualquier comisaría o centro de detención donde las sorprendiera la noche. Vestían ropas mínimas y extravagantes (…). Hablaban a los gritos, insultaban a las carceleras y a los policías (…). Yo no salía del asombro. Me sorprendía la manera en que burlaban la ley (…). Desde la marginalidad gritaban lo que querían, seguras de que nada iba a cambiar (p. 44).

Para contrarrestar el tsunami de muerte que arrastró a Margarita desde su arresto, se alza la fuerza que tuvo el amor de Mariana:

Quería que esa pesadilla se acabara de una vez y para siempre. Ella, con la serenidad que da la convicción en los ideales, me abrazó y sin titubear me dijo: Tenemos que seguir peleando por la vida, por la nuestra y la de todxs. Ese fue un instante clave. Sus palabras fueron calando hondo en mi conciencia. Lentamente, la cárcel dejó de ser paréntesis y se transformó en espacio y tiempo de resistencia, de lucha por la vida, la mía, la de todxs, tal como me lo probaba Mariana con su palabra y su ejemplo. El amor, su amor, fue la razón del milagro (p. 56).

Pero ese amor poderoso y emancipador era un amor prohibido, censurado por la sociedad, clandestino ante el grupo, un tabú doble que doblaba la vigilancia tal como Claudio Rodríguez describe en uno de sus versos de “Cáscaras”. Sin embargo, no se trataba de doble vigilancia, sino triple, cuádruple, iba por dentro y también por fuera, y se extendió durante décadas. Sólo en las páginas finales la autora logra deshacer ese nudo gordiano para ofrecérselo a sus lectores:

Y aunque dudosa, me adapté a la norma que impone la heterosexualidad por mucho tiempo. Recién cuando decidí romper con ese esquema impuesto, seguí los dictados de mi cuerpo y me involucré en una relación de pareja con una mujer, reviví la batalla. Tuve que confrontarme a mí misma, esta vez, con otra conciencia, armada con las herramientas que me proveyó la experiencia de vivir en la frontera, junto a otrxs, en particular, mujeres que, con y por sus prácticas militantes y personales, me aportaron en la comprensión y resolución de mi batalla… (p. 224).

Retomo las palabras de Minerva Salado que describen el proceso de Fragmentos de la memoria: mi vida en dos batallas:

Para la autora de este libro nunca hubo intención de olvido. Y (…) hoy no siente vergüenza, ni culpa, ni miedo. En el proceso obtuvo la libertad que requería contar su historia. Porque, entre otras cosas, la cualidad de ser libre rechaza ese sesgo perverso que corroe la condición humana y se llama simulación.

Según Umberto Eco, cada lector trae al libro sus vivencias, su enciclopedia personal, y a través de ellas lo va desentrañando. En mi caso quiero señalar dos elementos que me conmovieron: la Navidad y la figura del padre.

Resulta que en la primera prisión en la ciudad de Rosario, en su alcaidía, se pasaban leyendo los únicos textos que tenían escondidos: La madre de Gorki y los versos de uno de los poetas argentinos más importantes del siglo XX, Juan L. Ortiz. Y resulta que el padre es el que paulatinamente va cobrando cuerpo y solidez a lo largo del relato. Aparece por primera vez en “A pesar del miedo”:

A las seis de la mañana llegaba mi padre. Entraba a la casa muy despacio y se quedaba en la cocina mientras preparaba el mate y escuchaba las noticias. A la media hora se aparecía en la habitación y nos despertaba con un beso y un mate amargo caliente. Por lo general traía la pava al cuarto, se sentaba en el borde de la cama y mientras nos cebaba mate nos daba las noticias. Aquel gesto cotidiano de mi padre, su presencia y el anuncio del día renovaban mis fuerzas (p. 26).

En el tercer texto de la colección, “24 de octubre de 1975”, día del arresto, tras una descripción de sus reacciones nerviosas “cuando un tropel de hombres invadió la casa. ¿Vos sos Margarita Drago? ¡A vos te estamos buscando, guerrillera hija de puta!” (p. 37), su presencia solidaria se focaliza en sus manos: “Papá caminaba nervioso por la casa. En un momento me tomó del brazo, y con voz temblorosa me dijo: ¡Valor, hija, yo sé que vos sos muy fuerte! Bajito, decime qué tengo que hacer (…) (pp. 37-38).

Hacia el final de “24 de octubre” el padre vuelve a aparecer, esta vez fragmentado: “Al cabo de un rato, entre los gruesos barrotes de hierro vi algo que me hizo estremecer. Me paré, me trepé al banco y me aferré a las rejas. Creí que estaba soñando y abrí los ojos más grandes. La ventanita me devolvía la imagen de mi padre. Le reconocí las piernas y su andar cansado” (p. 39).

En el relato dedicado a “La primera Navidad” (1975) presenciamos, y valga el oxímoron, su ausencia:

En los días previos a las celebraciones navideñas suspendieron las visitas con la excusa de que habíamos cantado canciones subversivas. Nuestrxs familiares volvieron a casa con su carga de paquetes más la angustia de no haber podido abrazarnos en esos días festivos. Yo sentí no poder abrazar a mi padre, quien seguro esperaba ansioso nuestro encuentro para estrecharme con fuerza entre sus brazos con la intención de rescatarme de ese infierno” (p. 53).

La fiesta rezuma crueldad. A pesar de la tristeza de no poder ver a los familiares: “Dieron las doce de la noche y todas nos confundimos en un abrazo (…). De pronto empezó a sonar una música a todo volumen. Era señal de que estaban torturando”. Cuando treintaiún años más tarde visite ese lugar del espanto le llegarán a la memoria “los gritos de lxs torturadxs, la música estridente, las carcajadas de los guardias borrachos y nuestros gritos desafiantes: ¡Asesinos! ¡Asesinos!, acusándolos desde las profundidades del sótano” (p. 70). Pero a ese regreso a la cárcel llegaremos más tarde.

A las torturas no sólo se dedicaban los especialistas sino también los sacerdotes y los enfermeros. Un accidente en el que a la autora se le quema la pierna con agua hirviendo se convierte, para el plantel carcelario, en una oportunidad para ejercer los tormentos:

Tendida sobre la camilla espero. Los enfermeros hablan mientras preparan los instrumentos. Se acercan y se colocan uno a cada lado. Yo me aferro a los bordes de hierro de la camilla. A esta altura la pierna es una inmensa ampolla que se extiende desde la punta del pie hasta la rodilla. En un movimiento rápido, sin dirigirme la mirada ni la palabra, uno de los enfermeros empieza a raspar la ampolla con una espátula de metal, y sin titubeos, pasa y repasa el instrumento, una y otra vez y cada vez con más fuerza. Quiero gritar y me muerdo los labios para que no me salgan los quejidos, contraigo los músculos del estómago y contengo la respiración. Un sudor frío me baña el cuerpo y se me llenan los ojos de lágrimas. Con las manos húmedas me aferro aún más a los hierros de la camilla y las uñas se me incrustan en las palmas. La desgraciada no dice una palabra, comenta el hombre, mientras continúa la operación y la charla que mantiene con el otro. Al cabo de un rato, y después que termina de desollarme, dice: Tu turno. Entonces, el otro echa un líquido desinfectante sobre la carne viva y en unas cuantas pinceladas cubre toda la pierna. Acabada la operación me obligan a pararme y me dejan en manos de la celadora. La mujer me toma del brazo y me conduce por los largos pasillos hasta la celda. Cuando la guardiana abre la puerta de la 56, se me aflojan los músculos del estómago y los nudos de la garganta y me echo a llorar en los brazos de Esther y María (p. 98).

Por otra parte en la cárcel de Villa Devoto aparece Mario Hugo Bellavigna, sacerdote católico quien torturó sicológicamente a las presas políticas y, amparado en el sacramento de confesión, instaba a la delación (p. 95). Algunas de sus víctimas lo recuerdan con frases como: “Primero soy penitenciario, segundo capellán, tercero sacerdote” (“Escrache a Mario Hugo Bellavigna”, Sur Capitalino; 28 de noviembre de 2004; consultado en la Web el 26 de julio de 2022).

Quiero contraponer ese paisaje humano del Mal (con enfermeros y curas torturadores, celadoras sádicas y torturadores especializados), esos espacios de la perversidad (los largos corredores, cerrojos, puertas, barrotes, el cristal que separa a las prisioneras de sus familiares, el tubo por el que deben hablar), ese tiempo indefinido en ese paisaje de la desolación, con el océano de amor de las compañeras, su forma de organizar los días (tanto en los trece calabozos de castigo en solitaria donde Drago estuvo a lo largo de cuatro años, como en las celdas compartidas), en los profundos abrazos solidarios, las conversaciones interminables, las canciones, las lecturas, las actividades de estudio, las esculturas talladas en hueso, los bordados con hilo de toallas para ofrecerse como regalos en días especiales… Y en el centro de todo esto, Mariana, a quien, ya en libertad, la autora busca durante décadas, proceso que describirá en la segunda parte del libro.

Pero volvamos a la figura del padre. Tras el traslado en noviembre de 1976 de unas treinta prisioneras de la cárcel semiclandestina de Rosario a la oficial de Villa Devoto en Buenos Aires, se les permite recibir visitas de sus familiares. Villa Devoto era la cárcel más segura de Suramérica. “La nueva orden era concentrar a todas las prisioneras políticas reconocidas por la Junta Militar en una cárcel modelo que pudieran mostrar a los organismos internacionales y cubrir, detrás de esa vidriera, los cientos de centros clandestinos de tortura y exterminio” (p. 74). Para la Navidad de 1976 se les permite ver a sus familiares. Pero debido a la enfermedad de su madre, sólo llegan el padre y el hermano: “Los ojitos de papá chispeaban de alegría y los de mi hermano se llenaron de lágrimas. ¡Qué linda estás, Margarita, con el cabello largo!, dijo mi hermano (…). ¿Cómo estás, hija? ¿Cómo las tratan? ¿Les dan de comer? ¿Pasaste frío en el invierno? (…). Hija, me siento orgulloso de vos. Camino por las calles con la frente alta y se me llena la boca cuando te nombro” (p. 77).

Amor, preocupación, orgullo sentía el padre. En “Historia de unas sandalias”, el delicado capítulo que aún acontece en Rosario y Margarita le dedica, la autora describe cómo él le arregla con esmero las sandalias de plataforma y tiritas negras con las que entró y salió de la cárcel. “Como para entonces recibíamos visitas le pedí a papá que las mandara a arreglar y me las trajera nuevamente. Muy diligente, mi padre pegó las tiras con cemento y las cosió con un hilo grueso y encerado para reforzarlas. A la semana siguiente se apareció con una bolsa en la que me traía ropa, alimentos, cigarrillos y las sandalias, lustrosas y arregladas” (p. 101).

Resulta imprescindible mencionar la carta manuscrita que él le escribió, que la hija pudo leer años después (en la cárcel se la habrían incautado), y se incluye en el libro:

Mi padre me escribió una carta que nunca me mandó a la cárcel. No pudo enviarla porque como era habitual, tuvo que ocuparse de lxs enfermxs. Y seguramente no se acordó de mandarla después que mi madre saliera de la clínica de enfermxs mentales, y mi hermano, del hospital donde estaba internado por un ataque de asma. La había escrito con demasiado esmero porque le costaba trabajo hacerlo; la emoción no lo dejaba coordinar ideas, decía. Escogió las hojas de un cuaderno mío, de escuela secundaria, y las del cuaderno de una alumna de séptimo grado para que en las noches me acompañaran su recuerdo y mis memorias…

Y me toca pasar a la segunda parte del libro, “La otra batalla. Una memoria que resiste el olvido”, donde, en ocho capítulos de diferente extensión, desarrolla el tema medular de estos “fragmentos de la memoria”: su amor por una mujer. Se inicia con una afirmación de las razones por las que escribe:

Escribo por un deber de conciencia, y no sólo para expulsar lo que en un tiempo provocó asfixia, sino porque considero que es narrativa urgente, que cuestiona y desestabiliza el pensamiento patriarcal que hemos asumido, aceptado e internalizado como verdad incuestionable. Escribo desde la madurez y provista de ricos aprendizajes y valiosas experiencias de vida, lejos de mi país. Narro mi historia, la que involucra a las mujeres con las que compartí la prisión y a las que me une la misma lucha. Se trata de una historia en la que tuve un rol activo, de la que no reniego, sino valoro y rescato, a pesar de las muchas concepciones erróneas, algunas aberrantes en nuestro tiempo, y las que yo compartía como integrante de la Colectiva de las Presas Políticas Argentinas y de la generación a la que pertenezco (p. 170).

En el capítulo siguiente, “6 de agosto de 2007. Regreso a la Alcaidía de Rosario”, describe la vuelta con su sobrina Mari y su esposo Germán a ese lugar de horror, donde halló el amor por primera vez. Llegar no fue fácil. Era invierno, y mientras iban de camino: “Me preguntaba, para qué regresar, si podía gritar en cualquier parte que no fuera esa cárcel, de todas maneras, quién se iba a enterar y, además, qué importancia tenía el que alguien se enterara, si lo que valía era saberme viva y entera” (p. 175).

Podía gritar en cualquier parte, pero debía hacerlo en aquel punto de la ciudad de Rosario, en aquel sótano de la Alcaidía de Rosario. El resumen de las sensaciones, recuerdos, sentimientos que surgen durante el recorrido es imposible de sintetizar. Al principio la acompaña Germán, pero repentinamente un hilo de luz irrumpe en el sótano:

…me encontré sola en el pabellón. Mis familiares habían salido. Comprendí que querían dejarme sola para que hiciera mi acto de exorcismo. Me quedé muda y sin saber qué hacer. No grité como había planeado. No sentí la necesidad. De pronto, me arrebata una fuerza oculta y muy extraña y empiezo a zapatear, a brincar, a sacudir las piernas, los brazos, las manos, la cabeza, el tronco y el abdomen. Necesito sacarme la cárcel de la piel, del cuerpo entero. Doy vueltas, me contorneo, levanto y agito los brazos, giro, giro y giro hasta quedar extenuada. No sé cuánto tiempo estoy entregada al ritual. Sigo los dictados de mi cuerpo, hasta que la misma fuerza extraña y oculta que me invadió entera cesó y me dejó libre para que abandonara ese infierno. En medio de esa oscuridad, una fisura por la que se coló el hilo de luz que propició el despojo. Di una última mirada a todo el espacio y salí. ¡Lugar maldito!, dije, mientras atravesaba la reja. Cuando me di vuelta para ver lo que dejaba atrás, una voz me resonó desde muy adentro: En este lugar maldito amé, amé intensamente y por primera vez a una mujer (p. 180).

Este capítulo se engarza orgánicamente con el siguiente, titulado “En ese infierno amé por primera vez”, donde reflexiona sobre ese enamoramiento:

Lo cierto es que no sé cómo me enamoré en la cárcel si nunca me había sentido atraída por una mujer, ni me había detenido a mirar un cuerpo femenino con deseos de poseerlo o, al menos, nunca fui consciente de ello. No puedo atribuirlo al encierro, al aislamiento y a las totales privaciones a las que nos condenaron, como se suele argumentar cuando se analizan las relaciones lésbicas en las prisiones. No, porque mi relación con Mariana comenzó en el sótano de la Alcaidía, cuando apenas llevaba unos meses de detenida y no había aún experimentado años de carencias afectivas. Además, de acuerdo con la premisa del vacío afectivo, la mayoría de las mujeres hubiesen mantenido relaciones íntimas entre ellas. Y no fue así (p. 182).

Rememora más adelante los primeros encuentros:

En la cárcel, como cuando estaba en libertad, yo le temía a la noche. La asociaba con el espanto, con el zarpazo sorpresivo del enemigo. De noche secuestraban y operaban los “grupos de tarea” o las bandas asesinas. De noche, en las cárceles solían sacar prisionerxs para interrogarlxs y torturarlxs, o hacían traslados a centros clandestinos, o simulacros de traslados en los que fusilaban a las víctimas indefensas bajo la vil excusa de intentos de fuga. Cuando llegaban las sombras de la noche a mí me atrapaba el pánico. Como Mariana y yo dormíamos en la misma cama litera, la que compartíamos con otras dos, tres y hasta cinco mujeres, yo le apretaba la mano para espantar el pánico y encontrar refugio en la suya. Y así me dormía, a su amparo, como cuando me dormía abrazada al vientre de mi madre en las horas en que me invadía el miedo. Y me pregunto, ¿en qué momento se destrenzaron las manos y comenzaron a deslizarse, tímidas, para acariciar el vientre? ¿En qué momento se buscaron las bocas y en un silencio de besos ahogaron gritos, llantos y alaridos? (p. 185).

Describe asimismo la cruel vigilancia a la que ambas se vieron sometidas no sólo por las celadoras, que era normal, sino por las propias compañeras, lo que duele sobremanera en la lectura del texto. Es parte de la segunda batalla a la que alude el título del libro. También incluye cómo confesó ante sus compañeras su amor clandestino, qué reacciones suscitó y cómo perdió todo contacto con Mariana. En las últimas páginas vemos la vida en la cárcel a partir del golpe de Estado de 1976.

Para nosotrxs habían elaborado un programa científicamente calculado. Se trataba de un plan fascista diseñado y compartido por las dictaduras sudamericanas de Chile, Uruguay y Paraguay. El plan consistía en destruirnos física, emocional y psicológicamente, en minar nuestra moral día a día hasta aniquilarnos. No todos los miembros del aparato represivo coincidían con esta propuesta. Los sectores más sanguinarios maquinaban otros proyectos. Así, el director de la cárcel de Villa Devoto, Juan Carlos Ruiz, abiertamente lo anunciaba: Si fuera por mí las mataría a todas, pero tengo orden de los militares de aniquilarlas psicológicamente. De esta manera nos exhibían, como en vidriera, ante los organismos nacionales, internacionales y el mundo. Éramos las piezas de exposición de un país cuyos gobernantes se jactaban de ser “derechos y humanos”. Éramos el botón de muestra tras el que pretendían negar la existencia de los centros de la muerte, donde exterminaron a lxs más valiosxs hijxs de nuestro suelo (pp. 191-192).

Para ir concluyendo esta nota que podría extenderse mucho más, quiero tocar dos temas de corte estilístico y morfológico que distinguen Fragmentos de la memoria: mi vida en dos batallas: el parco y magistral uso de Drago de la adjetivación al describir situaciones donde ésta podría dilatarse en un escritor menos prolijo. Y, claro está, la elección a nivel morfológico y gráfico del lenguaje inclusivo, la sustitución de los plurales en masculino (para incluir femeninos y masculinos) por esas equis que fluyen, casi ni sorprenden, pues son parte de la esencia de Fragmentos de la memoria, la afirmación de una mujer latinoamericana de la fuerza del amor y el compromiso solidario y su rebelión contra unas estructuras mentales fijas que desde el lenguaje también construyen nuestra visión del mundo. Retomo las palabras de la autora: “Escribo por un deber de conciencia, y no sólo para expulsar lo que en un tiempo provocó asfixia, sino porque considero que es narrativa urgente, que cuestiona y desestabiliza el pensamiento patriarcal que hemos asumido, aceptado e internalizado como verdad incuestionable” (p. 170).

Y para cerrar este comentario de la magnífica obra de Margarita Drago Fragmentos de la memoria: mi vida en dos batallas le paso la palabra al poeta turco Nazim Hikmet, nacido en 1902 en Salónica (hoy, parte de Grecia), y a quien conozco gracias a Margarita Drago y de quien transcribo un fragmento del poema “No es chacota la vida”.

No es chacota la vida.
La tomarás en serio,
Como lo hace la ardilla, por ejemplo
Sin esperar ayuda ni de aquí ni de allá.
Tu más serio quehacer será vivir.
No es chacota la vida.
La tomarás en serio,
Pero en serio a tal punto
que, puesto contra un muro, por ejemplo,
con las manos atadas,
o en un laboratorio,
de guardapolvo blanco y con grandes anteojos,
tú morirás por que vivan los hombres,
aun aquellos hombres
cuyo rostro ni siquiera conoces.
Y morirás sabiendo, ya sin ninguna duda,
que nada es más hermoso, más cierto que la vida…

(Nazim Hikmet: Últimos poemas 1959-1960-1961. Madrid: Ediciones del Oriente y del Mediterráneo, 2000. Consultado en Internet, Festival de Poesía de Medellín, 2014).

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