“El amor fingido del comandante Antúnez”, de P. G. de la Cruz
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Presencia de lo efímero, de David Cortés Cabán

sábado 26 de febrero de 2022
“Presencia de lo efímero”, de David Cortés Cabán
Presencia de lo efímero, de David Cortés Cabán (Ediciones Boán, 2021).

Presencia de lo efímero
David Cortés Cabán
Poesía
Ediciones Boán
Colección Voces de Abacoa
Arecibo, Puerto Rico, 2021
89 páginas

Hay que celebrar la reciente publicación del magnífico libro de poemas en prosa y minicuentos Presencia de lo efímero, del autor puertorriqueño afincado en Nueva York, David Cortés Cabán. El libro, de tono intimista y atmósfera onírica, se divide en tres partes. En la primera aparecen veintiséis poemas en prosa, escritos en un lenguaje sencillo y accesible, que exploran diferentes temas, pero producen sensaciones de alucinación o ensueño análogas. Llevan títulos como “Árboles”, “La sed”, “El eco”, “La razón” o “El anciano”. La segunda sección, “Cuál es el orden? ¡Todo esto es tan gracioso!”, agrupa quince minicuentos que, partiendo de argumentos relativamente definidos, se hacen cada vez más abstractos. Esta imprecisión, que domina a partir del tercer texto, cede parcialmente hacia el final, pues los tres relatos que preceden el espléndido minicuento que cierra el libro están enmarcados en escenarios y experiencias neoyorquinas. La tercera parte ya no pertenece a la pluma de Cortés Cabán sino a la del crítico Ernesto Álvarez, quien presenta un extenso estudio sobre su obra.

Presencia de lo efímero está enmarcado por los temas del orden y su anulación: el desorden. Se inicia con “Problema de perspectiva”, donde se presenta un insólito diálogo entre “el poeta mayor” (que podría coincidir con el Jorge Luis Borges cuyos versos lo anteceden como epígrafe) y la voz poética, sobre el espacio que deben ocupar los objetos en el mundo: “¿Entonces este poema es un desorden? le pregunté al poeta mayor. / ‘Cierto, explicó: la máquina de coser debe ir en la esquina y el pavo real debe estar en el centro’. / Sentí que había un problema de perspectivas… La perspectiva no lo es todo, pensé, además la máquina de escribir está debajo de la mesa y debería estar sobre la mesa donde he puesto la máquina de coser…” (p. 7). Este cuestionamiento sobre tres objetos representativos en la vida —la escritura, el trabajo fabril y la belleza— establece el tono onírico de la colección a la vez que apunta indirectamente a la importancia de la ordenación de los textos en el libro.

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El problema del orden y su negación se combina con el tema de la vejez, y reaparece de forma impactante en el minicuento final. En efecto, en “Cuál es el orden” se desglosan algunas de las razones por las cuales un hijo ingresa a su padre en un asilo de ancianos debido a la incapacidad del padre, que figura como narrador del relato, de mantener el mundo en orden. El texto se inicia de forma dramática: “No dije nada, Sabía que vendrían a buscarme. Habían decidido llevarme a un asilo porque mi ancianidad les perjudicaba”. Más adelante, la misma voz poética explica: “Hay un orden para todas las cosas. Debí haber pensado que había un tiempo para todas las cosas, pero nunca comprendí la palabra orden. Es posible que mi vejez sea el desorden. Soy un verdadero desorden…” (p. 50).

Pero volvamos al principio. En los poemas en prosa iniciales también se exploran temas como el tiempo, las dificultades del regreso a la patria y el amor. Aparecen a menudo elementos de la naturaleza (el bosque, el abedul, el gallo) y obras emblemáticas de poetas y pintores de los siglos XIX y XX. Como se declara en “Voces que no tienen edad”, domina la sensación de haber entrado en un sueño: “No siento el peso de la realidad. Mis vecinos tampoco la sienten” (p. 9).

Este desprenderse de lo real se manifiesta en “Hojas y tiempos”, un poema circular, donde se reflexiona sobre el paso del tiempo: “El viejo y el muchacho trabajan en el patio. Mientras leo a Whitman recogen las hojas que el viento arremolina. El viento despeina sus cabellos y lleva sus voces… / Estamos en un mismo lugar. Ahora el viejo y el muchacho leen un poema de Walt Whitman. Para no avergonzarlos yo sigo su labor, recojo las hojas secas del patio mientras el viento desprende un remolino de hojas rojas detrás de mis pasos” (p. 19). Por otro lado, “Hay más opciones” nos presenta a una muchacha aristócrata que pide escuchar, en una fiesta imposible, la sonata “Claro de luna”, y en “Estamos tratando de soñar”, de título especialmente significativo, se incorporan al tejido poético las aldeas de Marc Chagall y los icónicos girasoles de Vincent van Gogh (pp. 31 y 23).

Poco antes de pasar a los minicuentos, en el conmovedor “Los enamorados”, la voz poética dialoga con un interlocutor y le describe un espacio natural por donde pasa una pareja de jóvenes: “No te avergüences del leve soplo sobre el pasto seco. Sobre el azul más profundo la luz brilla y se disipa. No estás en el jardín, no estás donde pudiste estar. La luz es igual. Inclínate y escucha el viento”. El texto, de apenas media cuartilla, incluye una magnífica definición de la vida anclada en el desorden: “La vida es lo que alcanzamos cuando corremos sin rumbo” (p. 26).

La segunda parte de Presencia de lo efímero combina en su título el del último relato, “Cuál es el orden”, y el octavo, “Todo es tan gracioso”. Se inicia con dos cuentos espléndidos narrados en primera persona que recrean, siempre dentro de la lógica de la ensoñación, una experiencia infantil (un niño que se hace amigo de un misterioso perro) y un viajero, en este caso un poeta, que se enfrenta a las autoridades por llevar en el fondo de la maleta un gallo de pelea.

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“El exiliado regresa de Nueva York”, tercer minicuento, indaga sobre la formación identitaria del que se va de su país, explorando cómo se forja el personaje del exiliado. Y en los relatos que siguen se suceden temas abstractos como la soledad o el amor que habían aparecido en la primera sección del libro. Frente a los dos cuentos iniciales, en la mayoría de estos textos los hilos argumentales ceden y también se impone el tono abstracto que dominaba en los poemas en prosa. El libro va cerrando con tres relatos que se desarrollan en un marco neoyorquino: “El río Hudson”, ambientado en el otoño; “Desde un hospital de Manhattan”, que explora la vida y la muerte en un hospital de la ciudad, y “No hay nadie en Battery Park”, donde figuran un grupo de niños junto a su maestra en un parque del Bajo Manhattan que se halla muy cerca de los antiguos muelles. En este último minicuento se escinden las líneas que separan la realidad de la literatura y el presente del pasado, dejando en el lector una sensación de inseguridad y extrañamiento. Y esta perplejidad sirve magníficamente de prólogo a “Cuál es el orden”, reflexión final sobre la vejez y el desorden que cierra el poemario.

David Cortés Cabán ha publicado más de media docena de libros de poesía a lo largo de cuatro décadas. Para aquellos familiarizados con su obra, esta nueva entrega redondeará su visión sobre la poética de su autor. Y para los que leen por primera vez a este fascinante poeta boricua, Presencia de lo efímero constituirá una experiencia sorprendente y transformadora.

Marithelma Costa
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