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Luz cenital, de Rafael Talavera

miércoles 23 de noviembre de 2022
“Luz cenital”, de Rafael Talavera
Luz cenital, de Rafael Talavera (Vitruvio, 2022).

Luz cenital
Rafael Talavera
Poesía
Ediciones Vitruvio
Madrid (España), 2022
ISBN: 978-84-125874-1-8
96 páginas

Luz cenital es el título perfecto para un libro que plasma a la perfección esa última luz del atardecer que ilumina todas las cosas sin hacer daño a la retina aunque sí al corazón, o a lo que queda de él cuando el lector ha pasado la barrera de lo que se entiende por vejez; esto es, esa edad gobernada por la sabiduría que otorga la experiencia. La experiencia que permite reconocer nuestro miedo a la suprema ignorancia de lo que vendrá después de la vida presente. ¡Ojalá alguna eternidad soportable! Pero nadie puede garantizarlo.

Con su lectura al fin nos podemos sentar en la mesa para contemplar los últimos rayos de luz del día y el nacimiento de las estrellas. Es un libro que consagra la belleza como lo que permanece en nosotros una vez que todo lo demás es ya recuerdo, cuando el viento de la vida se ha llevado las hojas y el árbol desnudo eleva su mirada al cielo del atardecer y de la noche.

Con gran sinceridad y acierto el poeta reconoce que yo a estas alturas ya no sé qué son las cosas y por ello la imagen de la luna es mencionada con terrible profusión como símbolo de algo fijo, que no pasa y tal vez conozca el sentido de lo que nos ocurre, la luna quieta, blanca, límpida

La frivolidad excluida, sólo queda un vacío embellecido por la luna, pero además el autor rechaza la posibilidad, que un ángel le ofrece, de rescatar su vida, hasta el punto de desear que ésta a su debido tiempo se extinga. Desde luego la edad tiene los deletéreos efectos del borrador sobre la pizarra. No nos encontramos con el clásico libro de recuerdos, sino más bien con su opuesto: la contemplación de la realidad despojada de cualquier atisbo de esperanza por la obra del tiempo inclemente:

No, no es lo mismo a los setenta, en que se vive
todo como un naufragio…

A los veinte, a los treinta, a los cuarenta
e incluso en los cincuenta, o los sesenta,
se trataba de recrear el mundo…

Pero todo eso se acabó.
Ya no se trata de nada, de nada:
sólo hay un muro que, sin más, te cierra el paso.

Nos hallamos pues ante una obra profundamente nihilista y no debido a un análisis filosófico, que se da por supuesto, sino a una constatación de la realidad, sentida y no sólo percibida en su interior por el autor de este libro.

Así, en la página 62 se nos advierte:

El carácter del poema depende
de mi lugar en el espacio, de mi instante en el tiempo.

Y por consiguiente:

La vejez me destierra a una belleza
que está en peligro.

Un nihilismo sentimental que se profundiza con los años y nos deja como herencia un sentido de la belleza basado en la melancolía. El fin, omnipresente en estas líneas, asume también el amor y así el poeta nos dice:

¿Podré decir de ti mi último día
Has sido mi más fiel crepúsculo?

No están lejos Pessoa, Calderón ni probablemente ningún ser humano a medida que envejece de las inquietudes plasmadas en el poema que transcribimos a continuación, y que podría también considerarse un acertado resumen de este libro:

Lo que dice el amor
y lo que calla
son una misma cosa:

¿qué más da ser
realidad que sueño?

¿O quien te sueña
no te regala
su verdadera vida?

Somos pues un sueño, pero sólo ahora, con el transcurrir de los años, somos conscientes de ello, de manera que, refiriéndose a su juventud, el poeta nos dice:

debería pensar en cuando yo fui un dios…
y no me daba cuenta de mi divinidad.

Y también se percata de que el tiempo es presencia de la ausencia

Finalmente es de destacar que el nihilismo del presente libro no se limita al autor, sino que se extiende con mordaz ironía al universo entero:

Dios está en todas partes, a lo mejor, croando.

Esta osada comparación de Dios con una rana no será probablemente compartida por muchos, pero refleja perfectamente el estado de espíritu que la edad produce en el ser humano: la rebelión contra el tiempo, la sensación de que sin nada que supere a éste no merece la pena existir y menos todavía haber existido. En realidad el autor de la presente obra querría ser Dios y desde luego no podemos reprochárselo. Pero somos hombres y leyendo este libro al menos nos sentiremos acompañados por alguien que, como muchos de nosotros, no deja de buscar la luz, aunque ello signifique asumir un dolor que nunca abandonará al ser humano: el dolor de ver las canas en el espejo y de leer las esquelas en los periódicos, pero sin noticia alguna sobre una vuelta de los que partieron. La contemplación de los últimos rayos de sol en compañía de Rafael nos permitirá acaso unirnos a las primeras estrellas, aun desconociendo el alcance y el significado de la noche…

José Elgarresta
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