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Eran un destino, de Javier Olalde

miércoles 17 de noviembre de 2021
“Eran un destino”, de Javier Olalde
Eran un destino, de Javier Olalde (Vitruvio, 2021).

Eran un destino
Javier Olalde
Ensayo
Ediciones Vitruvio
Madrid (España), 2021
ISBN: 978-84-124465-0-0
196 páginas

Si la principal misión de la filosofía es enseñar a pensar, este libro nos parece de obligada lectura.

En primer lugar porque aborda campos de obligado conocimiento en medio de la perplejidad y el caos que caracterizan a nuestro mundo, y en segundo lugar porque ahonda en ellos de la forma que más interesa al lector: la crítica. Pero una crítica práctica, esto es, examinando las consecuencias de las ideas comentadas en la vida de todos. Ideas sucintamente completadas con una biografía de los personajes, para exponer el marco en que fueron expuestas y la evolución que supusieron en el pensamiento occidental, que es también el que más interesará al lector de estas líneas.

No se trata afortunadamente de una historia de la filosofía. Cualquiera podría citar miles de nombres que faltan: Heidegger, Wittgenstein, los presocráticos, etc., y por ello tampoco tiene miles de páginas, pero una simple enumeración de los que sí aparecen es suficiente para dar una visión del pensamiento filosófico actual y excitar el interés del lector: Giordano Bruno, Rousseau, Kierkegaard, Nietzsche, Freud, Camus, Lévi-Strauss, Richard Rorty.

La conclusión de la obra, en líneas generales, es que no hay una única conclusión posible. Cada lector debe realizar el esfuerzo de seleccionar aquí y allá hasta construir una visión personal, elaborada con criterios propios.

Veamos algunos ejemplos de esta utilización de la crítica para una mejor comprensión de los autores comentados y su influencia en la filosofía actual.

  • El panteísmo díscolo de Giordano Bruno. El heliocentrismo de este prematuro genio y su sugerencia de la existencia de múltiples mundos fueron castigados con la hoguera por una religión cristiana que sólo podía admitir sus dogmas. Años más tarde Galileo se vio obligado a abjurar de esta misma teoría, que puede ser considerada el primer paso hacia la cosmología moderna y nuestra actual comprensión del universo. Las líneas que el autor de este libro dedica a estos acontecimientos sin duda constituyen el más evidente alegato que puede hallar el lector occidental contra la intolerancia que ha tenido lugar en su propia historia.
  • La hipocresía de Rousseau. El mítico autor del contrato social, base de la democracia moderna, pregona la bondad natural del hombre, pero no reconoce a sus propios hijos. Poco puede añadirse a estos hechos como motivo de reflexión acerca de sus palabras.
  • Kierkegaard y el sacrificio de Isaac como símbolo de la necesaria renuncia a la moral propia para poder acceder a la fe, que constituye la única salvación posible (“Fe absurda ante la pared sin puerta”). Nos hallamos sin embargo posiblemente ante una postura propiciada por una reacción sicológica un tanto discutible en el plano intelectual: el abandono por Kierkegaard del amor más importante de su vida “por imperativo divino”…
  • Nietzsche y su superación del esteticismo por el espíritu dionisíaco, como expresión de la pérdida de la fe racionalista y la creencia en el progreso humano. Un planteamiento que está detrás del dadaísmo, el surrealismo y nombres tan significativos como Aragon, Éluard, Artaud, Max Ernst, Magritte y los españoles Salvador Dalí, Joan Miró y Luis Buñuel. Pero ¿a dónde conduce el mencionado “espíritu dionisíaco”, si no es al punto de partida?
  • Freud y su explicación de la naturaleza del hombre como la lucha entre el eros y el tánatos. El eros, sentimiento vital, es peligrosamente individualista y debe ser contrarrestado por el tánatos, sentimiento de la muerte, que opera a través de la distinción entre el yo, el superyó y el ello en el individuo. La sociedad es posible gracias a la represión de los sentimientos individualistas del eros. Represión producida por el temor a la autoridad y por el sentimiento de culpa instalado en el superyó a causa de los deseos reprimidos. Ya Freud cree con Schopenhauer que “la creación no incluye el propósito de que el hombre sea feliz”…
  • Con Albert Camus llegamos al máximo del nihilismo, pero también al de la solidaridad ante el dolor humano. Ante el abismo entre las esperanzas humanas y la indiferencia del universo, lo único posible es la precaria solidaridad de la especie. Albert Camus opta por la tensión de la rebeldía en vez de replantearse el sentido del mundo.
  • Visto todo lo anterior y su inoperancia práctica para la felicidad del ser humano, Lévi-Strauss propugna el multiculturalismo, la tolerancia ante las manifestaciones culturales ajenas, que paradójicamente puede llegar también a la intolerancia cuando se trate de proteger los valores culturales propios. En todo caso, nos hallamos ante una investigación sociológica, más que ante una indagación filosófica.
  • En la misma línea que el apartado anterior encontramos ahora el pragmatismo convencional de Richard Rorty, que puede ser considerado símbolo del “pensamiento posmoderno” del último trecho del siglo XX por su trayectoria vital: padre comunista, juventud socialista, madurez posmoderna y, como culminación, defensor a ultranza de la democracia liberal-capitalista. “Nada hay en las personas, aparte de lo que se ha incorporado a ellas a través de la civilización”, de manera que “el sentido de la obligación moral es un asunto de condicionamiento más que de penetración intelectual”. Lo que le mueve a proponer una utopía socialdemócrata, cuyo ideal consistiría en la “minimización del sufrimiento” y la “maximización de la tolerancia”, construyendo una “comunidad de confianza” entre las diversas culturas, donde los no occidentales se persuadieran de las ventajas de integrarse en la comunidad occidental. Afirmaciones de carácter bastante relativo, pues, aun aceptando que la sociedad occidental sea justa, tal justicia estará en todo caso referida a los países ricos, donde la brecha entre los pobres y ricos propios aumenta cada día y todavía más la existente entre países ricos y pobres, por lo que más les valdrá a estos últimos desconfiar de la solidaridad y comprensión occidentales.

Bien, hasta aquí un somero análisis de este libro, cuya lectura enriquecerá sin duda los planteamientos del lector y éste convendrá con el autor de estas líneas en que pensamientos como los aquí plasmados, además de suponer un esfuerzo intelectual importante, proporcionan un profundo goce de espíritu.

Finalmente es de justicia felicitar a Javier Olalde por el acierto del título. La trayectoria de los biografiados representa ciertamente un destino cumplido por cada uno de ellos como la máxima expresión de la libertad humana, que es, a fin de cuentas, la que escribe la historia.

José Elgarresta
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