
El cazador de sueños
José Elgarresta
Novela
Ediciones Vitruvio
Madrid (España), 2025
ISBN: 978-8412978599
204 páginas
Un nacimiento inesperado
Comprendo que mi infancia no fue precisamente una infancia feliz, aunque sí normal, supongo, en aquellos tiempos en que a nadie se le ocurría preguntarse si un niño era feliz o no, pues todos sabían que estaba condenado a serlo. Yo vine al mundo en una pequeña ciudad del Norte y ya desde el principio me di cuenta de que nadie pedía mi opinión para nacer ni para nada. Entonces se nacía y basta. Conservo un vago recuerdo de haberme encontrado muy cómodo en el seno de mi madre hasta que fui expulsado al exterior de forma inmisericorde. Incluso creo haberme resistido a respirar una vez fuera, no sé si debido a la sorpresa o al cabreo, hasta que los azotes en las nalgas que me propinó el médico me obligaron a llorar, primer acto de rebeldía al que debo la vida y que constituyó un aviso de cómo iba a transcurrir esta. Ya entonces la luz hería mis ojos y las figuras de los otros seres humanos se agitaban alrededor de mí sin orden ni concierto, dando lugar a una sensación de perplejidad que todavía conservo. En realidad, no me parece haber avanzado mucho, aunque comprendo que esta puede ser una impresión engañosa, pues ahora sé que mi ignorancia de los demás es mucho más vasta de lo que hubiera podido concebir, pero este es un conocimiento que se adquiere con el tiempo y entonces todo era instantáneo.
Volviendo a lo que interesa, diré que mis padres eran de una edad bastante avanzada, por lo que supongo que mi llegada a este planeta los cogió tan por sorpresa como a mí mismo, lo cual explica muchas cosas de cuanto me sucedió a continuación y que tan importante papel tuvo, sin duda, en la formación de mi personalidad. También debo señalar que soy hijo único, muy delgado, de expresión soñadora y, en esa época, todo inocencia, características que movieron a mis progenitores a ingresarme, cuando cumplí los cuatro años, en un colegio de bondadosas monjas con el sano propósito de complementar una educación, basada sobre todo en señoritas y mademoiselles, que se presumía demasiado blanda, aunque todavía recuerdo la ocasión en que una de ellas me hizo tragar una pastilla de jabón en el baño, pero claro ellas tenían también la mejor de las intenciones.
Con estos antecedentes, no es difícil comprender que las pesadillas fueran las habituales compañeras de mis noches. Mi sueño preferido consistía en un pavoroso incendio y cuando iba a perecer, quemado vivo, despertaba, calado hasta los huesos y temblando ante la perspectiva de que descubriesen a la mañana siguiente que me había meado, lo cual ocurría indefectiblemente, dando lugar a escenas tan penosas que incluso hoy día prefiero no recordarlas. Así, mi existencia fluctuaba entre la vergüenza y el desconcierto y si no tuve tentaciones claras de suicidio, fue porque mi candidez era tan grande que me protegía, impidiéndome imaginar cosas que necesariamente hubieran puesto en grave peligro al autor de estas líneas.
El colegio de las Madres Apostólicas
Afortunadamente, quedó así demostrada la validez del refrán “no hay mal que por bien no venga” y pude subsistir para enriquecerme con nuevas experiencias, entre las cuales no puedo dejar de mencionar las religiosas, que sin duda contribuyeron decisivamente a dotarme de una capacidad de resistencia a la tortura que aún hoy me parece sobrenatural, cuando su secreto consistía precisamente en que me la hacían ver como algo natural.
De esta forma, comencé a comprender que “Dios escribe derecho con líneas torcidas” y eso me ayudó mucho en mis relaciones con las monjas, que eran unas arpías empeñadas en demostrarse a sí mismas, y de paso a los niños, que la sociedad se dividía en dos categorías: los hijos únicos, ñoños, blandos, fantasiosos y despreciables, y los demás. Más adelante comprendí que este tipo de caracterizaciones era mucho más universal de lo que hubiera podido imaginar, por cuanto supone esa esquizofrénica visión del mundo a que tan dada es nuestra civilización, como una oposición entre los que intentan aprovecharse de la realidad tal cual es, sin ponerla en tela de juicio, y los que necesitan recrearla para hacerla habitable. Huelga decir que yo me encontraba entre los segundos, por lo que estaba condenado a sufrir en carne propia los más dolorosos conflictos, tal como se describen, por ejemplo, en El Quijote y este pensamiento, demostrativo a pesar de su dureza de no ser yo el único sobre la tierra afectado por esta clase de problemas, me hubiera servido, sin duda, de no escaso consuelo, pero, como ya he dicho, entonces era todo candor y el tiempo no existía para mí. Las piezas del rompecabezas en que se basaría mi personalidad caían aquí y allí y nadie se molestaba en colocarlas.
En medio de tan relajadas sensaciones me encontré, pues, en el colegio de las Madres Apostólicas, que así se llamaban por tener misiones en África y Oceanía, donde enseñaban con gran acierto a bien morir, ya que el bien vivir era pecado y señal inequívoca de condenación, doctrina en la que, como la casi totalidad de religiosas de su época, eran consumadas especialistas y de esta forma conseguían que uno se sintiese siempre en deuda con Dios, por lo que había que confesarse, pero los efectos del sacramento pasaban pronto, porque los actos de que uno se acusaba eran inevitables y su carácter maléfico incomprensible, de modo que uno volvía a cometerlos y se sentía sucio y cualquier castigo estaba misteriosamente justificado. Entonces venían los mayores, que eran los delegados de Dios en la tierra, y te castigaban y estabas en sus manos. Claro que ellos a su vez tenían también sus sicarios, que eran los niños que por uno u otro motivo les caían en gracia, y tenían también su parte en la ordenación de la convivencia, parte que usualmente consistía en el permiso tácito de poner en ridículo a sus compañeros menos afortunados, y de esta manera estimulaban la crueldad de los tiernos infantes, quizá pensando que en el futuro les sería de gran provecho, y nos tenían a todos en un puño.
En estas circunstancias, fui conducido al aula en que transcurriría mi primer año de martirio y enseguida me di cuenta de que el niño rubito, depositado en medio de la clase para que se rieran de su ingenuidad, iba a ser el pasto preferido del gallo del corral, que era un niñato bastante mayor que yo en edad y en físico, con el inestimable don de un carácter alegre y desvergonzado, lo que en la mente de nuestras profesoras equivalía a ser más sano de cuerpo y de alma, sobre todo si iba acompañado de un estatus familiar elevado, como era el caso, y esto era muy importante porque todo el mundo sabe que es mejor caer en gracia que ser gracioso y de este modo cuanto él hacía era alabado, o al menos tolerado, y cuanto yo hacía era reprimido o ridiculizado como si proviniera de un degenerado o un tonto, conceptos que no entendía, pero a pesar de ello hacían su efecto, como gusanos introducidos en la manzana de mi alma cándida.
Entonces era costumbre regalar algo a las profesoras con ocasión de su santo, su cumpleaños, o cuando la Navidad o alguna fecha importante así lo aconsejaban y yo regalé a una de ellas un gigantesco bombón repleto de licor, que fue pasando de mano en mano hasta que el gallo lo aplastó lo suficiente para que la propia profesora pudiera reírse de mí con discreción y el resto de la clase lo celebrara con ruidosas risotadas, y a continuación pasamos al patio para el recreo, momento que el gallo aprovechó para continuar burlándose de mí, con lo cual yo llegué a la conclusión de que nada peor me podía ocurrir y me enfrenté a él en singular pelea.
El era mucho más fuerte que yo, pero no había calculado que la situación me había transformado en una fiera acorralada, de manera que, como en una lucha entre un hombre y una fiera acorralada cualquier cosa puede ocurrir, cayó al suelo y yo aproveché para pegarle una patada en la cabeza que lo dejó inconsciente con gran disgusto suyo, de la clase y del claustro completo de profesoras, que estuvieron a punto de expulsarme, pero no lo hicieron, pues, al fin y al cabo, yo pertenecía también a una familia bastante conocida en la localidad y no era cuestión de ponerse a malas por una fruslería semejante, ya la vida se encargaría de ajustarme las cuentas y mientras tanto había que seguir cobrando los recibos.
Un mundo aparte
Esta es la experiencia que mejor recuerdo de mi paso por aquel colegio, pero sin duda tuve otras más gratas. Creo sinceramente que alguien me sonrió alguna vez y, dado que mis notas en aprovechamiento eran buenas, tuvieron que felicitarme, pero las felicitaciones no supusieron alivio alguno, pues, dada mi tendencia a la ensoñación y a abstraerme de cuanto me rodeaba, llevaban aparejada la fama de empollón repelente y eso constituía un baldón imposible de borrar. A pesar de que mi situación sicológica me incapacitaba para el estudio, mis resultados escolares demostraron que, al menos durante la infancia, la facultad retentiva es capaz de actuar en las peores condiciones imaginables y la memoria es más difícil de combatir que el pecado original.
En cualquier caso, me las arreglé para tener un amigo con el que solía jugar en mi casa y, cada vez que venía, me parecía un acontecimiento tan milagroso que cualquier cosa podía ocurrir y en efecto ocurría, de manera que nuestros juegos eran para mí mucho más reales que el resto de mi vida y de ahí procede probablemente mi imaginación desbocada, que luego me ha proporcionado más de un disgusto, aunque también grandes satisfacciones. Cuando estábamos solos, tenía la sensación de poder construir un mundo inmune a las amenazas del exterior, un mundo comprensible y humano que se desvanecía tan pronto como mi amigo se iba y yo tenía que irme a la cama, donde me acechaban las pesadillas, pero yo ya tenía dentro de mí la esperanza de que esos momentos de felicidad podían repetirse en el futuro y eso me mantenía vivo. Nada hay más inconcebiblemente resistente que un niño desamparado; puedo dar fe de ello, porque yo lo he experimentado en mí mismo y, de no haber sido así, hubiera jurado que es imposible.
Acuciado por la necesidad de crear mi propio universo, aprendí pronto a leer y devoraba cuanto caía en mis manos. Esta fuga de mi conflictiva existencia entusiasmó, como es natural, a mis padres, que no estaban preparados ni dispuestos a complicarse la suya con los resbaladizos problemas causados por mi radical inadaptación a lo que me rodeaba. Al fin y al cabo, como comprendí luego, ¿No los tenían, a su modo, también ellos? De lo que se trataba era de que cada uno recorriese su camino por el mundo, olvidando en lo posible que pisaba sobre ascuas, porque las ideas que uno se hace sobre lo que debería ser su vida no se cumplen jamás y en ese sentido estarían, con seguridad, tan frustrados y despistados como yo mismo, pero también menos dispuestos a reconocerlo. En definitiva, probablemente habían avanzado tan poco como yo por la autopista de sus sueños y, debido a ello, estimulaban inconscientemente mis evasiones, comprándome montañas de tebeos, con los que me familiaricé hasta el punto de que llegué a expresarme como los personajes de sus historias, extremo peligroso, pues llevaba aneja la acusación de cursilería, que en esa época era casi tan deshonrosa como la de judaísmo bajo la inquisición. Gracias, no obstante, a esta peculiar situación, adquirí un buen dominio del lenguaje, instrumento necesario de mis correrías imaginarias, el cual, al no ser propio de mi edad, provocaba con frecuencia las risas de mis interlocutores y en esas ocasiones enrojecía de vergüenza y no sabía dónde meterme. Pero mis sueños eran cuanto tenía y antes de perderlos hubiera muerto.
- El cazador de sueños, de José Elgarresta
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