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Permanecer en la tierra con el corazón en la mano
(sobre Este permanecer en la tierra, de Angélica Hoyos Guzmán)

sábado 4 de noviembre de 2023
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Angélica Hoyos Guzmán
Cada poema es siembra en Este permanecer en la tierra, de Angélica Hoyos Guzmán. Juan Yamarte • Latin American Literature Today

En un comentario literario, a más del dominio técnico-estructural, habrá que intuir el impulso subjetivo. Una mirada particular tras una lectura específica. Sobre el hacer poético se pueden decir muchas cosas, aludir muchos factores, esbozar muchas impresiones. Sin embargo, siempre quedarán significaciones pendientes y latentes. Por tanto, de ningún modo dejará de causar asombro la observación y el escrutinio receptor, como respuesta al hallazgo que hiciera el bardo. ¿Qué pretende exteriorizar la poesía, o, cuál es la llama o llaga que va dejando a lo largo y ancho del designio humano? Tal vez, una interpretación —vana e ingenua al fin— de las frustraciones y anhelos de ese mismo conglomerado humano.

“Este permanecer en la tierra”, de Angélica Hoyos Guzmán
Este permanecer en la tierra, de Angélica Hoyos Guzmán (Nueva York Poetry Press, 2020). Disponible en Amazon

Este permanecer en la tierra
Angélica Hoyos Guzmán
Poesía
Nueva York Poetry Press
Nueva York (Estados Unidos), 2020
ISBN: 978-1950474820
106 páginas

Este permanecer en la tierra (Nueva York Poetry Press, 2020), de Angélica Hoyos Guzmán (Barranquilla, 1982), es un poemario con olor a madre agua, con sabor a madre tierra, con color a Pachamama (llena eres de gracia), cubierto de girasol e inclemencia. Hay una voz poética desde el desaliento y el exilio, sumergida en el vacío: “Poesía exiliada entre el humo”. Su presencia persuade a la intimidad: “soy el pájaro, la ola, la bruma, los acordeones: / la entrega del agua sobre mi cuerpo”. Voz errante acaso en los linderos pedregosos de la memoria que siendo única, se vuelve colectiva, en contraposición a aquello de “la historia borrada de los pueblos”. Voz que también se difumina en el tiempo: “La calle y el pasado no empujan hacia adelante. / El futuro es un sol lleno de pregones”. Según la apreciación de Rómulo Bustos Aguirre, en el prólogo: “La voz se enmascara. La voz prueba el lado amargo. La voz fustiga, ironiza y desvela violencias. Se abisma. Y de nuevo resurge”.

Territorio propio del ser, en donde “se sabe escrita la bruma” y la esperanza, antes que con caligrafía conceptual, con una fuerte caligrafía vivencial, esto es, con la sonrisa y el padecimiento que emana del arroyo, de la energía de la montaña, de la rabia, del sonido en los orígenes de la existencia. Porque el poema es posible en la dimensión de los hechos convertidos en cicatriz y tristeza. Semilla vital para nombrarse desde el barro en comunión con la vasija, y nombrar a otros poetas con devoción y audacia en abrazo eterno (Rilke, Lorca, Neruda, Vallejo, Huidobro, Dalton, Gómez Jattin…). Aliento que traspasa los límites de lo permisible para “ser leopardo, loba y luz de luna”, precisamente, a través de la luz de la palabra, que es luz en los ojos de niña, o sea de gloria, ya que, como afirma Hoyos, “nuestra lengua es fuego”.

Cada poema es siembra, en el perseverante propósito de dar con el enunciado preciso. La poeta exulta utopías, exalta luchas y vibra con las manos magulladas y añejas que cifran sobre el ardor, las penas y el regocijo.

La sapiencia y el encantamiento de la abuela se interponen como recuerdo inmanente, junto con el amor de madre (sinónimo pleno de poesía), en aquel acto auténtico de estremecimiento proveniente de la niñez o de la “orfandad salvaje”. En Este permanecer en la tierra (dividido en tres partes: “El dulce tronar del agua”, “La simetría natural” y “Exilio para los raros”) navega la melodía celeste en “el mar encrespado”, y, aunque las imágenes provocan heridas, cabe el espacio para entretejer el sentido de la vida, más allá de las batallas perdidas. La mujer desnuda se erige como guerrera que cuida y sostiene “el corazón del mundo”.

Aníbal Fernando Bonilla
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