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Esta reseña de El libro negro de los colores, de Menena Cottin y Rosana Faría, no está en blanco y negro

sábado 16 de marzo de 2024
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“El libro negro de los colores”, de Menena Cottin y Rosana Faría
El libro negro de los colores, de Menena Cottin y Rosana Faría (Libros del Zorro Rojo, 2019). Disponible en Amazon

El libro negro de los colores
Menena Cottin y Rosana Faría
Libro para niños
Libros del Zorro Rojo
México, 2019
ISBN: 9788492412198
24 páginas

El libro negro de los colores, de Menena Cottin (escritora) y Rosana Faría (ilustradora), es una propuesta editorial que invita a explorar nuevas formas de recepción y comprensión de la cotidianidad. Publicado originalmente por Ediciones Tecolote en 2006, y en 2019 (su edición más actual) por Libros del Zorro Rojo, este libro fue el ganador del primer premio en la categoría Nuevos Horizontes, otorgado por la Feria del Libro Infantil de Bologna 2007 y elegido por el New York Times entre los mejores libros ilustrados del 2008. El libro negro de los colores está catalogado como libro infantil y ha sido traducido a dieciséis idiomas.

Menena Cottin, la escritora del texto, nació en Caracas, Venezuela, en 1950, como se lee en su web: “Estudió diseño gráfico en Caracas, en el Instituto de Diseño Fundación Neumann. Luego de realizar cursos de escritura e ilustración de libros para niños en Parsons School of Design, y de animación tradicional en Pratt Institute, ambos en la ciudad de Nueva York, comenzó a crear libros para niños”. Si bien su formación profesional va encaminada a la ilustración, y que desde su formación se enfoca en la creación para las infancias, en el libro colabora con otra ilustradora: Rosana Faría.

Este libro está narrado en tercera persona, advirtiéndonos desde el inicio que lo que está por presentarnos es la perspectiva ajena, en este caso, la de aquel que no puede ver. En este texto, la figura narradora nos explica los colores “según Tomás” (Cottin 2018), un niño que “oye… huele… toca y… saborea” (Cottin 2018), pero que no ve. Para los videntes, la comprensión de los colores es, primeramente, visual. No la experimentación de los colores, pero sí la comprensión de los mismos. Con esto quiero decir que uno puede interactuar con el rojo de la manzana sin comprender que la manzana es roja. Uno primero interactúa con los colores, y unos años después los reconoce como colores a partir de sus diferencias visuales.

Para comprender aún más lo particular que resulta el acercamiento que Cottin nos ofrece a los colores, podemos contrastarlo a otros diez libros recomendados por la revista Hola.com para aprender los colores. Lo que Todo es color, de Pascale Estellon; El monstruo de colores: un libro pop-up, de Anna Llenas; Colores, de Francesca Ferri, y los otros siete libros tienen en común es que, a diferencia de El libro negro de los colores, todos hacen uso de la representación visual del color para llevar a la infancia a comprenderlo. Si bien también se relaciona a los colores con elementos de su color, como el libro de Cottin, esto se ve acompañado del color representado visualmente, a diferencia de en el libro de Cottin. Otra diferencia es que en éste el color amarillo no es amarillo como la mostaza (es decir, no se relaciona el nombre del color con el color del elemento) sino que “sabe a mostaza” (Cottin 2018). El color adquiere las características sensoriales (sabor, olor, etc.) que le corresponden al objeto en el que se encuentra.

Cottin propone la experiencia del color a través de la invidencia no como la ausencia del mismo pero sí a través de la ausencia del mismo como lo percibimos los videntes.

El libro de Cottin, debido a que el Braille en el texto no es el adecuado, no puede ser leído por personas ciegas. Por lo tanto, su lector objetivo sí es el vidente. Como mencioné anteriormente, parece que el libro propone la comprensión de la perspectiva ajena. Está hecho para que uno como lector vidente experimente los colores de una forma que le resulte ajena, pero también para que uno no experimente los colores por un momento. Cottin propone la experiencia del color a través de la invidencia no como la ausencia del mismo pero sí a través de la ausencia del mismo como lo percibimos los videntes. Es decir, que Tomás presente una experiencia en la que no puede acceder a la vivencia visual del color es posible debido a que experimenta un mundo que sigue siendo colorido.

Lo que Cottin propone es entonces una inversión. Para el personaje de Tomás el color no es un adjetivo, como lo es para los videntes: la casa es azul, verde es el pasto; los colores son parte del estado de las cosas (ser es un verbo estativo). Para el personaje de Tomás el verbo es sustantivo: sujeto, objeto, posible debido a la acción y no al estado. Por lo que se vuelve aún más relevante de forma gramatical. Ya no es parte de los detalles de la oración, sino fundamental en el enunciado: “El color verde huele a césped recién cortado y sabe a helado de limón” (Cottin 2019); hablamos del verde, no del césped, no del helado. Por lo que, al no poder acceder a la experiencia cotidiana visual del color, altera la perspectiva a una que sigue reconociendo el color desde aquello a lo que sí se tiene acceso: la experiencia de vivir un mundo con colores.

El libro negro de los colores de Cottin nos recuerda que es posible experimentar lo mismo de muchas formas. Tomás propone que, más que vivir un mundo de colores, podemos vivir los colores del mundo. Esta reseña no es blanco y negro; el blanco me espera siempre, y el negro surge a cada golpe de mis dedos contra el teclado.

Claudia Santos

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