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El abuelo, la cesta y el mar, de Elizabeth Schön

sábado 30 de marzo de 2024
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Elizabeth Schön
Elizabeth Schön (1921-2007), con El abuelo, la cesta y el mar, nos descubre ante un diálogo que bien podría ser un encuentro cotidiano y fugaz. Lisbeth Salas, serie “Retratos” • Archivo Fotografía Urbana

Con El abuelo, la cesta y el mar (Monte Ávila Editores Latinoamericana, 2005), de Elizabeth Schön (1921-2007), me inclino por ubicar esta composición en una suerte de microrrelatos con una secuencia que cautiva al lector. Uno tras uno es un encuentro con la sensación de estar al lado de la niña que nos cuenta; más que contar, es un susurrar de una historia imperecedera con la presencia del abuelo y el mar como acompañantes inseparables. Al punto que es necesaria la alusión de los tres personajes como un componente, una categoría en tres cuerpos para generar una conmoción con la palabra que conmueve.

En cada historia existe una entrega de afectos y una memoria como elevaciones que liberan la transparencia de un mundo cargado de luz, reflejos, movimientos y colores, hecho nada casual en Schön, quien se descubre con la influencia de las artes plásticas. Les cuento que me veo en la necesidad de escribir casi simultáneamente a la experiencia lectora, una exigencia. Es descubrirse en estas coincidencias.

Se percibe una dosis de imágenes poéticas que están en la dimensión de lo frugal, lo austero y comedido, valgan los adjetivos. Leamos:

Yo diría que los niños necesitamos, como los barcos, de un muelle muy amplio y de unas aguas muy quietas y transparentes.

“El abuelo, la cesta y el mar”, de Elizabeth Schön
El abuelo, la cesta y el mar, de Elizabeth Schön (Monte Ávila, 2005). Disponible gratuitamente en Poesía Vzla

El abuelo, la cesta y el mar
Elizabeth Schön
Prosa
Monte Ávila Editores
Caracas (Venezuela), 2005
ISBN: 980-01-1264-2
72 páginas

Así comienza, en primera persona, íntimo y preciso. La niña musita la visión de un mundo distinto. Nada más que la presencia del abuelo para convertirse en su muelle. Con la seguridad de lo vivido, sí, porque el gesto del abuelo es eso, la manifestación del afecto absoluto. Hablemos de encuentros con imágenes que se convierten en representaciones y cuadros como dibujos que están en el mar y que sólo se necesita de otra mirada. Un lente para una mirada diferente que recrea con otros matices la existencia de la contemplación.

El tamiz poético está dado:

En el mar encuentro sus ojos, sus ojos que saben ser mar para mí, que apenas alcanzo a sus hombros, que apenas toco la espuma y me duermo.

Evidente que existe un discurso narrativo por cuanto se cuenta algo. La presencia del actante manifiesta y da a conocer no sólo lo que ve sino lo que siente. Traduce un ambiente, que con su alfabeto, sintoniza con el lector. Con un espacio físico determinado: el mar. Y todo lo que ello implica. Ahora, Schön nos entrega unas peculiaridades que potencian las historias. Si bien los relatos no tienen títulos, justo pueden leerse como tal o, si el lector lo decide, lo puede asumir como una historia completa. Y digo más, lo podría leer como un largo poema en prosa, si cabe el término, porque da para ello.

El abuelo, la cesta y el mar se erigen como una constante que dan ritmo y textura a la historia.

Sin pretender ahondar en pretensiones semánticas, se da una estructura global de significación, como lo afirma José Romera Castillo (1988); luego el mar, la cesta y el abuelo se erigen como una constante que dan ritmo y textura a la historia. Es evidente que la estructura salta a lo tradicional, el logro va por el sentido imaginado de la autora. Se juntan los vocablos que sugieren un determinado estado de las emociones y acto seguido las reflexiones que producen el estado de ánimo producto de las lecturas de estos relatos. Leamos: “Llegamos al mar. El oleaje se precipita. La espuma se desenvuelve sobre las aguas, blanca, amplia, con miles y miles de burbujas por donde penetra la luz hacia la profundidad”. Es más que un estado narrativo, va por la relación que la niña establece con el acontecimiento. Las palabras se juntan para dar con una realidad, es la articulación que sólo podrá combinar Schön para perfilar su relato.

El signo literario se configura cada vez que se asume la lectura.

Decir cuerpo es decir pupilas para recorrer el mar todos los días: “El mar se escurre entre mis dedos”, así acontece con la vida, con las emociones y los pensamientos, todo es como volátil ante el mar, no existen verdades, sólo su presencia. Todo lo de afuera va hacia la introspección, los dibujos de la naturaleza se calcan en la memoria de la niña; entonces, es otra naturaleza naciente, se reinventa con la presencia del mar. Vocablos recurrentes en su uso: “blanco”, “brillante”, “espuma”, “cielo”, “arena”, “azul”, entre otros, y en el estilo de Schön, para dar corporeidad al código en correspondencia con lo narrado para que acontezca la acción literaria y por ende lo ficcional. Nos trasladamos al otro universo, el que no se ampara en las leyes de una sociedad. Vamos por otro camino, el de la configuración de un símbolo de lo representado por la voz narrativa-ficcional de la niña.

Lo emotivo acontece, la reflexión también.

El lector se ve acompañado por la voz narrativa de la niña, es una lectura que se emparenta con la compañía, la espuma como un nuevo espacio para ser:

—Ten paciencia y no escarbes tanto, él saldrá solo.

Se habla siempre con la mirada hacia el mar o, mejor, el mar siempre habla con el viento en la sonoridad de las olas; cada ser viviente en su hábitat expresa lo inaudito, los colores adquieren relevancia en cualquier hora del día, incluso por la noche; ellas, las piedras, alumbran en su fragor interior, en su composición de muchos siglos. La quietud aparente empuja a las piedras silentes en apariencia. El asombro es espontáneo. La mirada de arena es paciente como las algas que se abren en su escalada al cielo; después de todo, sobrevienen las dudas que “bañan por completo los campos, las montañas, los valles”.

La cesta va cargada de lo material, lo concreto: cangrejos, espinas, caracoles, almendrones, erizos, fíbulas y espuma.

Apreciamos los modos del relato desarrollados por Romera Castillo, ya nombrado, que dan cuenta de un estilo discursivo en los relatos que configuran el hecho extraverbal, lo denominado como “técnica constructiva”; explicamos al menos dos técnicas-figuras representadas por la “cesta”: la cesta va cargada de lo material, lo concreto: cangrejos, espinas, caracoles, almendrones, erizos, fíbulas y espuma, sobre todo eso, la espuma que se desvanece al instante de ser acariciada por “los rayos del sol cuando caen sobre el mar” y por los dedos del abuelo, luego la cesta con la otra significación, la que va cargada de lo inmaterial: el miedo, la noche, la virtud, la paciencia en la orilla de los mares. Dos figuraciones que delinean la trama; luego, el lector tomará la decisión de continuar el diálogo con el narrador para que: “¡El mar, mi cesta y la arena que crecen y se amplían y se enredan a las estrellas y quedan allí, aprisionados por el cielo y ansiosos de no bajar más a la tierra!”.

Elizabeth Schön, con El abuelo, la cesta y el mar, nos descubre ante un diálogo que bien podría ser un encuentro cotidiano y fugaz; aun así, nos percatamos de que la historia está en otra dimensión que se inscribe en un carácter más universal en tanto que la unidad presentada en el libro apunta a un discurso narrativo que se explica en sí mismo como una epístola poética. El lector podrá liberarse de un código establecido para irrumpir en el mundo ficcional, un espectro quizás más libre y con más riesgo que el que se está acostumbrado a leer.

José Ygnacio Ochoa
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