Saltar al contenido

Poemas que duelen:
Falla de borde, de Luis Manuel Pimentel

miércoles 19 de junio de 2024
¡Comparte esto en tus redes sociales!
Luis Manuel Pimentel
Cada verso de Falla de borde, del venezolano Luis Manuel Pimentel, es una entrada al enunciado de la realidad que golpea sin previo aviso.
No sabemos exactamente qué son esos impulsos y sueños que nos ponen en marcha, pero al escribir queremos que nos muevan como una brisa que ignoramos de dónde sopla.
Orhan Pamuk, La maleta de mi padre

Luis Manuel Pimentel es poeta, narrador y editor (Barquisimeto, Venezuela, 1979). Licenciado en Letras por la Universidad de los Andes (ULA), magister en Literatura Iberoamericana. Profesor universitario. Radicado hoy día en México. Pimentel nos congrega con el sentido del verbo en las alucinaciones del cuerpo como aquello que se busca y no se consigue. El poema se manifiesta en su sentido más sugerente. Evidencia una urgencia colectiva en su voz poética porque se percibe desde el lamento. Leamos:

Falla de borde comienza con el poema “Hija”; quizás sea esa una despedida, quizás una entrega de afectos visualizados con la palabra. Es como un presentimiento de que algo está por venir y no sabemos qué. Desprendimiento de la certeza para caer en el abismo de la incertidumbre; aun así, se está en presencia del riesgo con el dolor que es cotidiano y se vuelve costumbre porque no hay otra posibilidad. El desamparo se corre al lado de la palabra para ser otro país, el país de las letras. Los títulos, o más bien esas dos primeras palabras que funcionan como inicio del poema, marcan un destino de una sociedad con su enfermedad terminal: el descaro de pocos que le arrancan la felicidad a la otra parte que es la gran mayoría de los habitantes de una comarca.

Las historias son desgarradoras, duelen cuando se leen, corrijo, cuando se viven en simultaneidad con la lectura. La voz poética nos lleva en su discurso con un lamento que se cierne en la piel, luego surge aquella imagen que golpea en el palpitar de las emociones. El solo hecho de la existencia del sobreprecio y sobrevaloración en la permanencia de un país por más de dos décadas. Es un tipo de violencia que pega en el estómago porque ni jugos gástricos quedan. Decirlo da como una punzada, pero son poemas de la verdad sin poses: “Hija, te dejo esto / en medio de mucha incertidumbre: // un techo de tejas rojas, / una luna sonriente en cada cumpleaños, / un par de libros sagrados, / y luceros que comprimen la mediocridad del asesino”. “La señora salió angustiada / a las cuatro de la madrugada para hacer / la cola de la comida...”.

“Falla de borde”, de Luis Manuel Pimentel
Falla de borde, de Luis Manuel Pimentel (El Taller Blanco, 2023). Disponible para su descarga gratuita en la web de la editorial

Falla de borde
Luis Manuel Pimentel
Poesía
El Taller Blanco Ediciones
Colección “Voz aislada”
Cali (Colombia), 2023
58 páginas

El gesto está en negarse a morir al instante. Debemos prolongarnos en la escritura porque es lo que escasamente queda en los monitores de las PC de cada casa o en cada rincón del pensamiento de gente con la voluntad de seguir con la escritura, sin importar de dónde sopla esa brisa: es la otra forma de subversión. El poema desmiente el ornato del político arbitrario, los restaurantes aéreos y los apartamentos en Dubái con el tufo de lo mal habido. Poemas para sentirlos en cada lectura y no olvidarnos de qué estamos hechos. El dolor gravita en la intemperie de hombres desplazados por el mundo. Con todo, la escritura permanece en su intención. El poema se sostiene por sí solo.

Resulta que la falla no está en el pavimento, ocurre que la socavación va por otro escenario. Va dibujada en el rostro de cada habitante que padece el desarraigo. Después de todo, aparece un poema titulado “Ven”, que suena como a una esperanza, que sugiere una sonrisa y un llanto de infinita dignidad. Viene dado como el vaivén, tipo montaña rusa con el siguiente poema: “A mí me da la gana de”..., se repite en trece ocasiones como para ubicarnos en espacio y tiempo para decir: “aquí no pasa nada”, somos lo que somos y a cuenta de nada porque la reputación y el pudor nos lo pasamos por la menuda inquietud. Cabe preguntarse: “¿Qué fue lo que hicimos tan mal?”. ¿Cuál ha sido la falla histórica que hemos cometido? ¿En quién creer? Todas las preguntas sin respuestas inmediatas. Aun así el afecto por un país se mantiene intacto, el juego amoroso va como el ideal de ciudadanía que se quiere para todo país. Bien se expresa en el Diccionario del ciudadano sin miedo a saber (2007), del filósofo español Fernando Savater: “El ciudadano es el sujeto de la libertad política y de la responsabilidad que implica su ejercicio”. En este caso, la voz poética lo ejerce desde la figuración del poema, desde el poemario Falla de borde, como el canto-lamento-letanía para decir lo que se padece.

Luis Manuel Pimentel da en el tuétano; por supuesto, primero pasa por la piel y carcome. Va directo, sin rodeos, a la esencia del padecimiento que se ha vuelto cotidiano, en apariencia, porque el dolor está presente aun cuando se duerme. Esos fantasmas que afloran mientras se duerme, personajes de la realidad venezolana se convierten en un componente para la escritura de Pimentel. La voz poética trasmuta la esencia de eso que es realidad dolida en el poema sentido. Ese dolor es de cada habitante de un pueblo que se niega a morir. Es como una liviandad aparente. Pero aparece el poema con la virtud de encantar con el vocablo en la delicadeza de comprendernos desde el impulso erguido de una súplica amorosa; insisto en ello, porque es lo que se transmite en estos cantos. Por ejemplo, en el poema titulado “El hilo invisible” está dado para que se diga desde el desgarro.

Cada verso es una entrada al enunciado de la realidad que golpea sin previo aviso; luego viene dado un vuelco con el alfabeto porque esa manera de escribir va con la particularidad de una voz poética. Esta voz anuda dos tensiones al unísono. Una primera tensión que está en el campo de lo sufrido, real y palpable, y una segunda tensión que se cimenta en un texto que modifica la noción de lo vivido para trasladarlo al campo de un nuevo signo: lo poético. En este momento sí se comparte con el otro lo que es común: el dolor y la desesperanza. El espejo de un país está contenido en Falla de borde: se siente todo un país en una cola y en el exilio. Leamos el poema: “Hacer la cola / soñar con otro país / cuando lo cotidiano tenía sentido. / Comprar el boleto. / Mirar a la gente hablar del próximo vuelo / o del próximo presidente que sí los salvará. // Se antepone la imposibilidad de lograr sueños / para volver aquí, / a esta cola / y en las otras tantas que nos quedan, / para profundizar el exilio con la melodía (...)”. Con este poema finaliza el libro para decirnos lo que somos en esencia. Quizás lo que importa en este caso es que la brisa siga su soplo para que llegue el abecedario completo y llegue hasta las voces inquietas con imágenes que escrutan en la hendidura que atraviesa a la nación: “vuelan las palabras” (...); “¿tienes miedo de entender lo escrito?” (...); “estamos en guerra, dicen” (...); “nos tienen vigilados”. Poemas que almacenan las sensaciones de las ausencias.

“Bufones”, “muertos” y “familia” se funden en el dolor para dibujar la complicidad de unos pocos. Para el resto se mitiga en la suerte de las bolsas de basura, pues estamos allí, al borde de la falla. El enunciado de un dibujo que no queremos siempre será “una ráfaga de brisa fría”.

Falla de borde es un manifiesto a la vida, es un canto a la verdad, al desamparo. Crea una suerte de convención sin ataduras para redefinir lo que se escribe. Parece contradictorio pero, debo decirlo, es un canto al afecto porque nos cuenta lo que se es: lo que es. No existe acomodo. El diálogo es franco y directo, aun así no hay lágrimas, ellas van por dentro. Creo que es otra forma de la escritura sentida, desde lo que padecemos. No vemos teorías ni retórica, es y ya, no más, es lo que tenemos y veremos hasta dónde lo soportamos. La otra realidad que se discierne para convertirse en otro escenario, nada fácil. El fulgor de una vida adolorida, al menos eso, estar claro de lo que adolecemos y nos abruma. Se escribe, insisto, desde el dolor, porque es una relación amorosa con lo que te han quitado. Con todo, la palabra no se ahoga. La voz del poeta se erige en su estruendo. El poeta logra asir desde el vocablo un canto activo de la memoria: el poema.

José Ygnacio Ochoa
Últimas entradas de José Ygnacio Ochoa (ver todo)

¡Comparte esto en tus redes sociales!
correcciondetextos.org: el mejor servicio de corrección de textos y corrección de estilo al mejor precio