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El prisionero de la luz, de Edilio Peña

miércoles 24 de abril de 2024
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Edilio Peña
Edilio Peña le da relevancia a aspectos de biografía y psiquis del personaje como puntos previos a la escritura dramática. Vasco Szinetar

El prisionero de la luz
Edilio Peña
Novela
Editorial Espasa
Barcelona (España), 2000
ISBN: 9789802712885
154 páginas

El cuerpo de mi pareja deja de ser forma y se convierte
en una substancia informe e inmensa en la que, al mismo
tiempo, me pierdo y me recobro. Nos perdemos
como personas y nos recobramos como sensaciones.
Octavio Paz, La llama doble.

El prisionero de la luz (Espasa-Narrativa, 2000), novela de Edilio Peña, se desarrolla en catorce secuencias. Cada una de ellas contiene su intermitencia para que el lector se guíe. Es una novela para sentirla en primera instancia y luego para pensarla. Los temas planteados esbozan las apetencias del ser humano en su plena ambición que se topa con los límites de la cordura. La otra interrogante que surge en el lector: ¿será cierto lo que me cuenta el narrador-personaje o todo obedece a una condición estrictamente ficcional? Lo que sí es cierto es el enganche, aquel que comienza con la lectura; quien lee cae en el artejo de seguir en la búsqueda de respuestas a los acertijos que se presentan en el transcurso de la trama. La existencia de un espacio sensible predomina en todo el desarrollo de la historia de la novela.

La construcción de un acto de complicidad entre los personajes es la elaboración y presencia de la psiquis de éstos. Es tal vez esto lo más sensible en sus obras. El juego colectivo-lógico se funda en esta instancia; no sólo se crea al personaje en su cotidianidad, sino también se descubre en el comportamiento de los mismos a través de gestos y miradas que expresan la condición antagónica de vida/muerte. El personaje puede aparentar una lucidez extrema en su ser como se observa en los personajes de Shakespeare (Hamlet, Otelo, el rey Lear), pero en ese personaje está la posibilidad de una muerte lenta por su tormento espiritual, evidenciándose en sus acciones y su interrelación con los otros. Se establece, de esta manera, la dinámica de los contrarios —contraste-oposición—; surge un caos en donde el personaje, con su carácter, asume una decisión acompañada de la conciencia, plantea una lucha contra las dificultades, realiza una prueba de su fortaleza en virtud de superar las dificultades y, por último, está el clímax que es aquel momento del máximo esfuerzo por alcanzar la realización plena en las acciones.

Edilio Peña le da relevancia a estos aspectos de biografía y psiquis del personaje como puntos previos a la escritura dramática. De esta manera, la biografía es anterior a su escritura. Me hago entender: biografía que en principio es esbozada por el escritor y luego va tomando cuerpo según las exigencias en el desarrollo de la trama, pero ésta se reconstruye en las acciones y se emparenta con la psicología del personaje.

Un cirujano plástico que se erige desde la segunda guerra mundial, un antecedente del que no puede deslastrarse por las mismas circunstancias en que fue concebido.

Cada personaje por separado contiene una memoria particular, incluso desde mucho antes de decidir cualquier acción o ejecutar algún gesto. Cuando ese personaje se interrelaciona con otro personaje, se produce un cambio, el cual es inevitable, a la hora de construir la historia de cada uno de ellos. Cambio que dinamiza el desarrollo de la historia, le da la fortaleza y potencia necesaria para vivirla. Un cirujano plástico que se erige desde la segunda guerra mundial, un antecedente del que no puede deslastrarse por las mismas circunstancias en que fue concebido. Su existencia tiene un propósito porque debe escribirse una historia que arrastra un conflicto bélico que data de años: “Nunca antes había estado prisionero. Desde que lo estoy, un sentimiento de inexplicable humanidad o compasión se ha ido instalando en mi corazón. No he podido entender mi disposición a la piedad para las víctimas a las que mi padre ayudó a exterminar”. Un personaje que obedece al otro. Es como de una conciencia reservada para dos personajes.

Creemos entender de los elementos teóricos de los que se forja Peña, y su aplicación tanto en sus novelas como en sus relatos y su dramaturgia. En este caso de la novela se vislumbran Padre-Hijo-Clon en una entidad. El comportamiento de los personajes desdoblados en uno contiene el signo interpretativo. El texto cobra fuerza en su intencionalidad. Al punto de olvidarnos del contexto histórico mundial en el que se inscribe.

La coherencia en el discurso está dada.

Peña capta y adapta lo difícil de los cambios, no sólo en el ámbito social sino también en el intrincado mundo de la psicología del hombre —suficiente con lo que veamos alrededor de nuestro contexto—, habitante de un conglomerado que incuestionablemente se encuentra solo, se sumerge en un universo de precariedades. Los personajes de Peña son auténticos porque así los crea, ubicados de tal manera que de esa interacción surge la respectiva confrontación alucinadora entre las partes; cada uno construye una historia con su respectiva anécdota en un tiempo y espacio que exige un comportamiento particular del lector. Estos elementos dan cuenta de una escena para representar la dinámica de los contrarios: definida como la confrontación de personajes. Así, desde esta perspectiva, se da inicio a la conciencia de ellos; ¿lapidario?, quizás, pero innegable: “El Clon se despojó de su uniforme y quedó totalmente desnudo como yo. Sus miembros eran idénticos a los míos; hasta un lunar albino, sobre la tetilla izquierda, reproducía el m de mi pecho lampiño”. Los personajes se mimetizan en su afán de manifestar una realidad que les perturba.

Cada personaje es un comportamiento que le exige rigurosidad en el tratamiento de la palabra. Razón por la cual a través de sus personajes provoca y confronta las complejidades de las relaciones humanas, lo que conduce a pensar que Peña, dentro de su pluralidad y polifonía de signos, rescata las contradicciones del hombre como un signo de la vida social. Es un planteamiento de Peña que se observa en la presentación de los opuestos, en un forcejeo entre permanecer o desaparecer, unido al desarraigo en la piel. Existe en ellas una necesidad de conceptuar al otro, sin el ánimo de crear juicios de valor; sobresale la separación entre dos realidades: una externa, en la que está todo lo tangible en tanto se tienda a creer que es en el afuera donde está todo, pero hay otras en el adentro, en las que se plantea la mayor intensidad de sus vidas, sus propias contradicciones con las del otro personaje en la dialéctica de opuestos y semejantes en la que todos sucumben.

La obra de Peña muestra una curiosa composición entendida como un complejo juego de relaciones.

La obra de Peña muestra una curiosa composición entendida como un complejo juego de relaciones cuyos personajes proyectan sus debilidades, sin temor a ser descubiertos: “Obligarme a convivir con el doble de mi persona fue el castigo más perverso que haya podido padecer… Nadie resiste mucho tiempo consigo mismo; muchos menos si son dos en uno”.

El autor juega con el lector-cómplice en el sentido de dejarle pistas para que teorice en torno a la hechura de la novela, no con el afán de estatizarla, no, sino en el sentido de elevarla y que perdure en el tiempo. Leamos este pasaje: “¿Por qué Violeta hablaba con el parlamento de una obra de teatro o una película? Un estilo de diálogo tan estudiado que yo mismo me dejaba llevar por sus pautas composicionales”. Una propuesta de acercamiento desde lo humano para crear otra perspectiva hacia un orden para comprender el discurso en un contexto determinado por las pasiones.

Entendemos de los indiscutibles referentes que debe contener el autor y en consecuencia los traslada al narrador, pero lo que aspiramos a significar con estos comentarios es la existencia de múltiples interpretaciones producto de la lectura de la novela. Debo confesar que mi imaginación, con lo narrado, vuela y bien alto, eso lo propicia el que cuenta y, en definitiva, el cómo se cuenta la historia —esto lo he afirmado en otras ocasiones—, luego, caemos en cuenta en ello con el tema de “luz” como otro signo que se instala en la historia.

Pudiéramos afirmar que existe una línea de investigación de base; aun así, lo ficcional sobrepasa lo real. Las historias sugieren para que aflore lo imaginado en el lector. Esas historias que se cuentan son de cómplices: con la vida de los personajes, en un mundo que es el mismo, posiblemente los diálogos son diferentes. Por eso, para desear que el mundo cambie y los personajes se transformen, cada diálogo posee un “continente de significaciones”, que aquí no termina, pues estos textos de la novela siguen produciendo insatisfacciones dialécticas complejas y paradójicas. Los personajes, como en la actuación, no serán nada complacientes, su existencia les exige una configuración en el molde interno. Veamos:

—Epa, ¿quiénes son ustedes?

—Nosotros mismos.

—No, ¿quién eres tú?

—Yo soy yo y él es él.

—Deben probarlo.

—No es necesario, somos yo.

—A ver, ¿por qué son tan idénticos?

—Eso no se puede responder.

Quizás aprendemos demasiado rápido a ser de manera fragmentaria, como en la vida misma; nos enseñaron a eso, a no ser o, en el mejor de los casos, hacernos de a poco, y en eso pasamos la vida. Cabe la pregunta: ¿quiénes son en verdad Adolfo Primero, el Clon, Adolfo Segundo, Robert New o Karl Ziegler Haber? No lo sabemos. Al parecer todos son uno; después de todo, la intensidad y corporeidad de los personajes está lograda. Estos personajes se descubren en el devenir de la historia, se afianzan en sus contrariedades y contradicciones. Aun así, nos quedaremos con lo fragmentado de cada uno, como en una película, que al final de todo es lo que parece. Lo iluminado no lo conseguimos en el Tercer Reich, él es vencido por las fuerzas aliadas; vamos con lo iluminado por el sendero de Armando Reverón: “la luz”. Todo, creemos, está supeditado a la sensación de infinitud. Una luz en el camino, en ese andar solitario con la nada y por la noche que acompaña en ese infinito del vocablo que se agolpa y se entrecruza; luego, otra vez la nada, la página en blanco.

José Ygnacio Ochoa
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