
Habito en la esquina del mismo parque donde Antonio María Flórez sitúa Llámame tiempo. Esa podría ser la razón por la cual, a primera vista, esta novela me parece tan cercana: porque todo me es conocido. Pero hay más razones, la más poderosa en realidad: la aparición en las primeras páginas de la referencia a la clepsidra, reloj de agua, mecanismo para medir el tiempo mediante el flujo regulado de un líquido hacia o desde un recipiente graduado, proveniente del antiguo Egipto. Y aquí debo explicar algunas cosas más personales: hace casi seis meses murió Maruja Vieira, poeta colombiana y mi madre. Fue precisamente un poema suyo donde menciona la clepsidra el que dio paso a su última antología, publicada por la Cancillería de Colombia:
Todavía sueño
con todos los caminos
del aire, del mar y de la tierra
que me están aguardando
mientras cae
la gota silenciosa del tiempo
en la clepsidra.
Al encontrar la misma referencia y al tener tan vívida la idea de lo que significa ese lento caer del agua en la clepsidra, me preparé de manera inmediata para saber que en esta novela el título Llámame tiempo era mucho más que un artificio literario. Era exactamente la urdimbre del tiempo en sus páginas.
Ahora bien, como dice el escritor mexicano Juan Villoro, “las historias comienzan con una fisura, una caída, un problema que debe resolverse”. Y Flórez lo plantea rápidamente: de manera sorpresiva y por una serie de casualidades o errores digitales, aparece una mujer que, luego de un nombre inicial diferente, se identifica como “clepsidra”. Tal vez una pista más que el narrador da a sus lectores para que mantenga la atención sobre lo que realmente importa: “el tiempo”.

Llámame tiempo
Antonio María Flórez
Novela
Ayuntamiento de Don Benito-ACEM
Don Benito, Badajoz (España)
Depósito legal: BA-000127-2024
304 páginas
Lo que transcurre allí, en esa correspondencia provocativa —casi estrafalaria a veces— con esa mujer del 2.0 no será motivo de esta introducción para que los lectores no me acusen de revelar con antelación lo que quieren descubrir. Digamos, como dijo también Villoro sobre su novela Llamadas de Ámsterdam, que el protagonista “vive de manera extrema el componente narrativo que hay en toda relación amorosa”. Pero en este caso el hilo de correos electrónicos es más el hilo de Ariadna para el laberinto de lo que el narrador quiere revelarnos.
Porque en ese parque, en ese mundo aparentemente pequeño, con sus jugadas de baloncesto, sus viejos, sus niños y sus perros, Antonio María Flórez logra tejer todas sus facetas y quizás, la mayoría de sus obsesiones; pero, ante todo, convierte a Llámame tiempo en la novela de un país, visto en retrospectiva y perspectiva.
Y empecemos por la “obsesión” más importante que nos revela Llámame tiempo: la relación de Flórez con su pueblo adoptivo, Marquetalia, pero la Marquetalia de Caldas. Con base en el encuentro con un antiguo militante de las guerrillas del Llano —que para información de los presentes tuvieron origen en el partido liberal y estuvieron conformadas por campesinos en distintas regiones del país, enfrentados a las fuerzas más oscuras de la violencia gubernamental conservadora—, Flórez cuenta orgullosamente la historia de ese lugar, fundado por su bisabuelo, en medio de las montañas, cuya identidad ha sido un poco robada por esa Marquetalia de Tirofijo, ubicada en otra parte del territorio nacional.
Allí, en este paisaje, donde Flórez ha vertido consistentemente su literatura tanto poética como narrativa, sus pobladores también fueron también víctimas de la violencia y, en medio de las conversaciones con don Eduardo Franco Isaza —el ex guerrillero—, la novela nos relata la historia de Marquetalia; los sucesos de la atroz masacre allí perpetrada, para luego llegar al increíble momento del banquete del perdón, sello de quienes se anticiparon a todo rito o proceso de reconciliación.
Ahora bien, la excusa de contarle a don Eduardo sobre su pueblo permite que emerja en la novela esta geografía limpia y pura de la Marquetalia caldense de donde Flórez parece no marcharse jamás; pero, también, ahondar en los años de la violencia partidista en Colombia con singular precisión y de fuente completamente directa.
En este escenario tengo que decir que lo histórico no “se lleva” la modernidad de la novela, completamente ajustada en referentes a la época en la que transcurre su hilo (principios del siglo XXI), y sustancialmente enriquecida con toda suerte de guiños literarios, cinematográficos y musicales que pueblan la vida de ese protagonista que se parece en demasía a su autor.
No voy a profundizar en cómo se desenreda la madeja de acontecimientos que permiten a la novela el trasfondo de país que tan hábilmente narra Flórez, puesto que la invitación es a leer la novela. Sólo puedo agregar, como bien lo dice el autor en sus páginas primeras, que “su casual inicio no se compadece con su irónico y abrupto final”. Y que, como él, quizás yo “miro y miro los relojes deseando que el tiempo vuelva atrás, o se vaya para adelante, que salte sobre el vacío del presente hacia el futuro, al momento en que esto ya no sea ni exista más en mí”.
Palabras leídas en la presentación de la novela Llámame tiempo, de Antonio María Flórez, el lunes 22 de abril de 2024, en el Centro Cultural Español Reyes Católicos, en el marco de la Feria Internacional del Libro de Bogotá (Filbo).
Para adquirir este libro
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