Las mujeres de la guerra
Vienen del llanto y el dolor
de los muertos no encontrados,
de todo lo perdido.
Traen el corazón hecho jirones
pero cosen sus historias
entre lágrimas y risas nuevas
como si fueran camisas
para estreno los domingos.
Les pedimos que nos cuenten,
que nos digan cómo se amasa
el pan de los perdones,
cómo hierve el cocido
de las preguntas sin respuesta.
Son ELLAS,
las mujeres de la guerra,
de nuestra guerra.
Están aquí y allá
y a veces no las vemos.
No queremos escuchar
el palpitar de su corazón
frente al horror,
o entender cuándo
sus pieles de cristal
se rompieron para siempre,
dejando todo sueño en el olvido,
arrancando de raíz toda esperanza.
Cuando nadie caminaría
con tanto dolor a cuestas
ELLAS, corren.
Cuando todos bajamos la cabeza
ELLAS alzan su voz
para decirte ¡ANDA!
Cisnes
Los cisnes solitarios
vuelan lejos —dijiste,
mientras tus alas blancas
iban perdiendo altura.
In memoriam
Al árbol de cerezo del World Trade Center
Sonrío a la par de la chica japonesa
a la que su novio le toma
una fotografía
debajo de mis ramas
apenas florecidas.
Un poco de viento
disimula el arnés
con el que me sostengo
de nuevo
en el centro de este parque
al que vienen
los que no pueden olvidar.
El ruido del agua
que cae incesante
en las fuentes
apenas silencia
los gritos que escucho todavía
de los que volaron
aterrados
por entre los cristales.
Las preguntas de los que
no encontraron
el camino de regreso,
el llanto de los
que no han podido dejar de llorar.
Mientras anochece
y las luces encienden
los nombres grabados
en la piedra
y sobre las nuevas edificaciones
—altas, cada vez más altas—
el último sol de la tarde
crea el caleidoscopio
de los reflejos y las sombras,
yo,
el único de los míos
que sobrevivió al horror,
escribo con pétalos,
en el suelo,
una nueva historia.
Navegante
Me gustan los hombres
que siembran rosas
cuando hablan.
Los de la mirada larga
y los puertos anclados
en las manos.
Me gustan los hombres
silenciosos, casi tristes;
esos que parecen
un grito de amor
en medio del naufragio.
Deshabitar la casa
Deshabito nuestra casa lentamente.
Hago montones diferentes con los libros:
Sándor Márai y Yourcenar irán conmigo;
también Selma y Saramago —sólo los ensayos.
Por supuesto, Sábato con la fotografía
que le tomé en Santos Lugares,
esa, con las manos en alto,
porque hay que “resistir”
y salir a abrazarnos a la calle.
Hoy no podemos hacerlo,
—eso también nos lo quitaron.
Enrollo en las alfombras los juegos con mi gata
—Camila ya no está con sus ojos azules.
Guardo en la maleta
todo lo que callé por años,
silencios perfectamente acomodados,
junto con los abrigos largos
que ya no sé cuándo voy a usar.
Nada, nadie al final de la calle.
Un sol dorado dibuja mi perfil
en mi nueva ventana.
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