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Con el corazón en la mano
(sobre Paisaje interior: poemas de última hora, de José Molina Melgarejo)

miércoles 17 de julio de 2024
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José Molina Melgarejo
El amor y el desamor, en todos sus matices y con todas sus tonalidades —ya acres, ya ocres—, es el tema de Paisaje interior: poemas de última hora, de José Molina Melgarejo.

El poeta granadino José Molina Melgarejo (Granada, 1956) acaba de publicar su nuevo poemario bajo el título Paisaje interior. Poemas de última hora (Loto Azul, 2024).

Molina lleva la literatura en el ADN. Por tradición familiar, está vinculado a la música y a la poesía, y toda su carrera profesional la ha venido dedicando al mundo editorial. En él ha desarrollado todo tipo de funciones, desde redactor hasta maquetista pasando por corrector, editor, jefe de producción... Autor de numerosos trabajos periodísticos en diferentes revistas, asimismo ha ido publicando puntualmente libros divulgativos, entre los que se cuentan: Queridos recuerdos de los años 50 y 60 (2017); El Retrovisor: un paseo emocional por la memoria (2019); Nosotros, los niños futboleros nacidos en los años 50 (2020), 60, 70 y 80 (2021), cuatro volúmenes, y El libro de oro del fútbol (2022). En el terreno de la creación, Molina cultiva la narrativa con colecciones de cuentos, como Un soplo en el corazón (2017), Premio de Cuentos Ignacio Aldecoa, y El alma desnuda: relatos desafiando al tiempo (2018), además de tres novelas: Mañana de domingo (2022), Aquellas maravillosas vacaciones (2023) y Urgencias (2023).

Sin embargo, Pepe Molina —como le gusta que le llamen— se siente fundamentalmente poeta —y así también le gusta que le consideren. Y de ello dan cuenta sus numerosos poemarios, que ha ido dando a la luz con el correr de los años, desde el primero que saliera en 2016 con el título de El delirio de la palabra: prosas y versos de juventud. En los últimos años se han ido sucediendo otros tantos: Del amor y otras locuras (2021), Reverso y anverso: poemas de largo recorrido (2022) y Travesía sentimental (2023), hasta llegar a este Paisaje interior, que hoy nos ocupa.

“Paisaje interior: poemas de última hora”, de José Molina Melgarejo
Paisaje interior: poemas de última hora, de José Molina Melgarejo (Loto Azul, 2024). Disponible en Amazon

Paisaje interior: poemas de última hora
José Molina Melgarejo
Poesía
Editorial Loto Azul
Madrid (España), 2024
ISBN: 978-8419871701
62 páginas

El poemario se abre oportunamente con una cita de Patrick Modiano que reza así: “Un hombre sin paisaje está totalmente desarmado”. En ella no nos queda claro a qué paisaje alude el novelista francés que escribiera el guion de la película Lacombe Lucien, de Louis Malle. No nos será necesario despejar la duda porque Molina sí tiene la certidumbre del paisaje que a él mismo le interesa. Si va de cine la cosa, naturalmente es imposible ignorar que Luis Buñuel quería haber bautizado su primer célebre filme Un perro andaluz con el inquietante título de Es peligroso asomarse al interior. Pero tampoco sigamos esta pista para llegar tan lejos, porque Molina no va amarrado en absoluto a este hilo de Ariadna que buscaba internarse en los procelosos recovecos del inconsciente.

Digámoslo alto y claro: Paisaje interior es un libro sencillo, sin alharacas intelectualoides ni pretensiones grandilocuentes. Un libro que busca la comunicación directa con el lector, un libro que no hace uso de un lenguaje críptico ni alambicado. En absoluto. En este “paisaje interior” —metafórico oxímoron— el poeta se acerca a la orografía íntima y feraz que puebla el panorama de su alma delicada, entre la que discurren los ríos de la memoria, sus meandros más sinuosos, algo que, por otra parte, el poeta ya ha alentado en sus entregas líricas anteriores. El paisaje de Molina no actúa, pues, en calidad de actante y, por consiguiente, no es un personaje más. Es el registro vivo y confesional de sí mismo. Y lo hace público en un ramillete de versos que nos hablan con el corazón en la mano, con la sinceridad de lo auténtico, como un amigo que se sienta a nuestro lado a hacernos partícipes de sus confidencias.

El libro reúne veinte poemas enmarcados entre un proemio y un colofón —en forma de lámpara, como si de un caligrama de Apollinaire se tratara— del propio autor, que —digámoslo también sin ambages— es un poeta del amor, como lo era el Pedro Salinas de La voz a ti debida. Pero un poeta del amor en toda la extensión que al término le daban los antiguos griegos. A saber: Eros, Storgé, Philia y Agápē. Por ello, no puede faltar un canto a las víctimas de las guerras que actualmente asolan el planeta, un canto de piedad destinado a toda la humanidad.

Asimismo, en la estructura de este Paisaje interior late la referencia implícita a un libro icónico de otro declarado poeta del amor: Veinte poemas de amor y una canción desesperada, del gran Pablo Neruda, donde el colofón citado no sólo redondea el guarismo del chileno, sino que a su vez tiene un carácter metapoético que viene a ser toda una declaración de intenciones del poeta granadino, que actúa como corolario del libro: “Cada vez que me adentro en las páginas desnudas de mi libro, / me reencuentro conmigo mismo, porque en ellas reposa / mi alma toda, y en sus versos, tímidos y serenos, / el paisaje interior por el que ha discurrido / la vida que azoraba mis cálidas / mañanas en calma, la que / templaba mis noches / gélidas, desiertas / y aciagas”.

Resulta sorprendente que otra poeta del amor —andaluza también— acabe de publicar precisamente —al tiempo que Molina (en junio de este mismo año)— otro poemario de igual título. Nos referimos a la gaditana Mª Ángeles Robles, que en la prestigiosa Renacimiento —la editorial del sevillano Abelardo Linares— ha coincidido en la misma mirada ensimismada que nuestro poeta de Granada, si bien es cierto que las poéticas de ambos autores son de facturas muy diferentes.

Con esto, ya tenemos el retrato robot del poeta José Molina Melgarejo, que bebe —como él mismo dejaba constancia en su aludida novela Mañana de domingo— de maestros como Bécquer, Machado, Hernández, Darío, Rosalía o Lorca.

Los tópicos del poeta —siempre nimbados por lo sentimental— son recurrentes a lo largo de toda su producción lírica: el paso inclemente del tiempo, la pérdida y la orfandad, la infancia, la nostalgia, el color local de su tierra natal, sus lazos familiares y su ausencia... En definitiva, el amor y el desamor, en todos sus matices y con todas sus tonalidades —ya acres, ya ocres. El autor suele decir que sólo escribe sobre lo que conoce, sobre lo que ha vivido y sobre lo que siente. Fuera de ahí —añade— no hay nada que le interese. Estamos, pues, lejos del fingidor de Pessoa. O no tanto, si atendemos en puridad al contenido último del sentir profundo del autor de los heterónimos.

Pero vayamos al libro. En él nos vamos a encontrar “versos sin rima, libres y sueltos”, como nos advierte el propio Molina en uno de sus poemas.

Si las primeras composiciones que abren este Paisaje interior son de largo aliento —poemas eminentemente narrativos y, en consecuencia, épicos a su manera— y están dedicados a sus abuelos maternos Manuel y Petra, los siguientes irán desgranando sentimientos que —al albur de la memoria— nos llevan al desasosiego del poeta, pero también a la mansedumbre estoica que le consuela en su peregrinar emocional.

En el poema “Manuel” nos acerca a una de esas páginas imborrables de su personal universo íntimo a través de la figura de su citado abuelo, que fue represaliado durante la Guerra Civil en la cárcel de Nanclares de Oca: el paisaje y el paisanaje son, pues, lo mismo. El lamento no puede ser más amargo: “Nada quedaba ya de aquel rey destronado / que perdió su reino por un panfleto, / apenas un vaso bautizado con su nombre, / un cuerpo consumido y enjuto, / una piel transparente tatuada de surcos / y unos ojos azul cielo raídos / que clavaban su mirada en el vacío, / donde sabían que no había nada, / como nada había ya que lo sostuviera, / salvo un trago de vino tinto / servido a borbollones en un vaso / en el que Manuel se bebía a sí mismo”. Ya aquí encontramos la recurrencia a la adjetivación que es uno de los rasgos distintivos que definen la técnica poética de Molina.

Su procedimiento escritural tiene también en la figura retórica de la anáfora otro recurso caro al poeta. La utilizará con eficacia en diversas composiciones: “Sueño” —sus once estrofas se abren con esta palabra—, “No quiero” —la expresión inicia sus quince estrofas—, “La primera vez”, “Me basta” —poema del Eros—, donde la expresión que da título al poema abre las tres primeras estrofas del mismo creando un clímax que alcanza su cénit en la cuarta, en la que se desprende del recurso para finalizar: “A tus pies me rindo / en pasado y en presente, / en pretérito y en futuro, / para recorrer juntos / la travesía del desierto”; “No sé”, y, por último, “En mi mente”, donde “En el laberinto de mi mente...” será el bordón de este poema donde se hará más notorio que en ningún otro el paisaje al que apela Molina: “En el laberinto de mi mente / hay veredas que se bifurcan / muros de niebla que no se disipan, / sueños disfrazados de pesadillas... // En el laberinto de mi mente / hay senderos sin salida / y caminos sin llegada / duelos a muerte con la vida...

En otros casos, la anáfora se convierte en una políptoton al ir jugando con variaciones verbales como en los casos del poema “Tiempo perdido” —donde la forma reflexiva se replica con diferentes acciones—: “Se me escurre el tiempo / que antes acariciaba / con las puntas de mis sueños y ahora siento lejos”— o en el poema final —“Dolor y muerte”—, donde las estrofas se abren con el adverbio de modo cómo. Sus versos son los que el autor dedica a los damnificados por los conflictos bélicos de los que hablábamos antes (“A las víctimas que habitan mi paisaje exterior, pero también laten dentro de mí”).

Recibimos, pues, con interés, esta nueva entrega del poeta José Molina Melgarejo —Pepe Molina—, que insiste renovado en transitar con lucidez su inveterado paisaje interior.

Eugenio Rivera Claudio
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