

Impuras y El libro rojo
Cecilia Podestá
Poesía
Revuelta Editores
Lima (Perú), 2024
ISBN: 978-612-5044-72-3
120 páginas
El telón de fondo para este escenario de coros femeninos es el del amor amargo, atormentado, o devastado por el poderoso periplo de los acontecimientos, a saber: el nacimiento, la muerte, el engaño, la mentira, el incesto y, por supuesto, el desamor. Estamos pues ante la caricia puesta al espectador sobre una llaga, no para ser colmada con gratitud, ni con desprecio, sino con la memoria funesta de lo inútil y lo perdido. Tal vez el único remedio para la estupidez humana es contrariar con todas las pasiones posibles, transmutando el olvido en deseo. Sea con la tristeza, sea con lo deleznable, la desesperación emprenderá un ciclo de historias y fracturas que revelará su ontología en su pasión mayor, el canto blasfemo.
Cada voz declara su leche y su sangre, iluminando las comisuras de las heridas, unas cuantas moscas señalan la desnudez. El abismo de toda eternidad resguarda los frutos extraños. En medio de la neurosis y la anagnórisis, los personajes son dueños de sus culpas, solidarios y fallidos, deciden su fraternidad y optan por resignificar lo animal para redimirse de la enfermedad, de lo corrupto y de la vergüenza.
El absoluto mal no es el error de los creyentes, ni el don de los dioses. Es la pieza deforme de quienes oyen el coro femenino. Las que tocan los cadáveres, las que restañan heridas, las que maltratan y las que violentan con crueldad el envés y el borde.
La conciencia expulsa este registro en bruto, la maldita arcada de las noches embestidas. Un dolor, una ira. Sin luchar, el aliento de sus fuerzas jamás podrá hallar compasión. Placer y venganza en cada oración y plegaria, cuando se ama se transgrede hasta la traición. Las mujeres hurgan en la culpa humana, y así traman la gracia de sus nombres en celo y los encarnan en carne propia. La voz y los cuerpos se deshacen en un sonido monstruoso, de gran magnitud, incluso cuando es inaudible afrenta todo silencio y todo secreto.
El hambre y la sed no entierran esta soledad. Sólo cuando superan la violencia y la estupidez hallar la media luz de la carne es instituir una nueva redención. El aullido resurge de sus crímenes. El aullido se declara con desgracia y amargura, pero también con otros aromas, otros sabores. El cuerpo despierto entre estas soledades ya no está satisfecho con la belleza ni el placer, sino que en secreto ha construido su nueva e indómita residencia. En este rincón, el poder y la opulencia no despojan ya los nombres y los sueños. En este lugar profano habitan las ausencias y las faltas, no sólo las experiencias inconclusas de un rigor humano sino todas las excrecencias de un cuerpo propio, sobre todo auditivas y sonoras donde se resguardan las acciones fallidas, cuando no veniales. Pero este lugar no es para cobardes.
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