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Lo que queda de los naufragios
(sobre Ama de casa, de Yurimia Boscán)

sábado 27 de septiembre de 2025
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Yurimia Boscán
Yurimia Boscán alumbra, como un reflector, los utensilios de cocina, su papel protagónico en la construcción de ese personaje llamado mujer. 📷 Clara Telo
En mi casa
el viento se ha llevado
la enredadera
Wafi Salih

Carmen Lovissoni es una poeta de Carora. Uno de los versos del único libro de poesía que escribió, Perfume de brassier, despertó en mí esa herida de ser mujer y escritora. Carmen nunca se percibió artista, aunque pintaba incansablemente, y su casa fue refugio, punto de encuentro y promoción de artistas. El verso al que me refiero es: “No hay poesía en el remiendo de una media”. Sus poemas son un viaje entre olores, texturas, sabores, elementos de la cotidianidad que atan a la mujer a los enseres, a las rutinas, muchas veces odiosas por repetitivas y carcelarias, impositivas, tarea de mujer: ama de casa.

Justo ese último es el título de libro que me ocupa, obra de Yurimia Boscán (Caracas, 1963). Desde mi admiración por sus letras y su quehacer literario, como promotora del libro, incansable acompañante de los procesos creativos de jóvenes y no tan jóvenes, espero estar a la altura de sus letras y de esa voz que no sólo canta con la guitarra baladas y otros géneros, también lo hace sobre el papel, derrochando la noche de sus versos, la luz de su labrada poesía.

El título de “ama de casa” o “señora” se desliza por el léxico diario, una designación aparentemente inocua para aquellas mujeres cuyo trabajo principal, para todas lo es, aun siendo profesionales, el hacer del hogar habitable, limpio, y la comida preparada, ropa limpia, sostienen esas infraestructuras íntimas donde las familias anidan. Pero esta designación, que se da con fingida libertad, encierra una clasificación, una valoración tácita. La sociedad, con su lente evaluador, juzga a las mujeres por la pulcritud de sus cuartos, la nutrición de su familia, la rendición en los estudios de los hijos, y las mascotas, y hasta la satisfacción del esposo. Es un festival doméstico donde la corona se ciñe a la “reina del Desfile de las Rosas” del hogar, una incongruencia silente donde la competencia se da en el espacio más privado. Y la ella, que somos nosotras, amas de casa, nos oímos en este otro poema de Yurimia: “Una mujer está en casa / ama desde la llama / de la cocina humeante // Desde el territorio esquivo / del mejor detergente / y la ropa limpia para el otro // Una mujer está en casa // casi nadie puede verla”.

“Ama de casa”, de Yurimia Boscán
Ama de casa, de Yurimia Boscán (El Perro y la Rana, 2016). Disponible para su descarga gratuita en la web de la editorial

Ama de casa
Yurimia Boscán
Poesía
Fundación Editorial El Perro y la Rana
Caracas (Venezuela), 2016
ISBN: 9789801435105
61 páginas

La casa. Ese intrincado laberinto de lo cotidiano sirve de motivo para su escritura; en sus cuartos y cocina podemos distinguir a poetas como Ana Enriqueta Terán, Indira Carpio, María Auxiliadora Chirinos, Rosicler Aiken, Ana Enriqueta Terán, María Calcaño, Edy Barboza, y muchas otras que indirecta o directamente refieren los espacios de lo íntimo, los rincones de ese hábitat que guarda silencios y esperas, lágrimas y risas, que se ha denominado el reino de las mujeres, triste dominio sobre lo inanimado, cucharas y cubiertos, el color de las cortinas, el lugar de los muebles. Este verso de ironía manifiesta del poemario En la casa de mi closet afirma lo que Sara Ahmed expresa en uno de sus libros, que:

La idea de vida soportable da a entender que las condiciones de vida implican cierta relación con el sufrimiento, con “aquello” que una vida debe enfrentar. Es soportable aquella vida que no llega a verse amenazada por las adversidades que se ve obligada a enfrentar, ya sea en términos de sus crudas condiciones de existencia o en su propio sentido de objetivo, dirección y propósito.

Tenemos las mujeres un propósito más allá de nuestras entregas a las labores del hogar, al cuidado de los otros, a la gravitación permanente en los conflictos domésticos. En la mayoría de los casos, existe esa meta, ese querernos destacar en algo en el campo de lo público, pero casi siempre en segundo plano, o como los caracoles llevando la casa a cuestas. En un verso de Yurimia: “La casa / mi bocacalle más ancha”.

Nos lo hace saber nuestra autora. En el engranaje de las sociedades capitalistas avanzadas, se crea una escisión, un abismo entre el mundo de la familia y el mundo del trabajo. La mujer que cumple, voluntaria o involuntariamente, la función de madre y esposa, queda relegada a un plano distinto de la mujer que ejerce un trabajo asalariado. Sin embargo, la voz que emerge de estas páginas nos recuerda, con una lucidez inquebrantable, que el ama de casa no es menor.

Es difícil renunciar a la idea que nos hacemos de nuestra propia vida, más cuando la hemos vivido según los dictados de esa idea. El reconocimiento de la pérdida acaso traiga consigo la voluntad de experimentar una intensificación de la tristeza que hasta ese momento se había visto pospuesta por la esperanza.

—nos comparte Sara Ahmed. Y nos ratifican los poemas de Boscán.

La idea de vida soportable da a entender que las condiciones de vida implican ciertas alianzas con el sufrimiento, con “aquello” que una, como mujer, debe enfrentar. Lo comenta en un análisis anterior a este intento mío Tomás Martínez Sancho:

La vida aparece agotada, gastada, en las cosas más cotidianas de la labor del ama de casa. [El cansancio] es un poema logrado que ahonda en la vida hecha re-frito, simulacro, en un juego de intercambios entre cena y vida de la mujer. El cansancio de la mujer se atribuye a la cena; el cuerpo flotando de la mujer es referido a los restos de comida hechos cena; la comida refrita es la vida refrita; finalmente, el simulacro de comida es simulacro de vida. El cansancio de la cena.

Es soportable aquella vida que no llega a verse amenazada por las adversidades que se ve obligada a enfrentar, ya sea en términos de sus crudas condiciones de existencia o en su propio sentido de objetivo, dirección y propósito. Nos hace saber nuestra autora en estas líneas: “Extraño en mí / —sensual amante de weekend— // aquella que habitaba / el cuerpo / salsa y jazz neón // La he visto deambular / por esta casa / convertida en sudario / de ollas y recuerdos”.

El cansancio de la cena, el cuerpo orbitando en la comodidad de lo sobrante, la cena como el eterno dilema del “re-frito”, el ejercicio de poner sobre la hornilla. La casa es un camino largo que se detiene en la puerta de un horno, se consume en un fuego lento y aprisiona las fibras hondas de la casa que es el cuerpo, ese cuerpo casa, y sus goteras. Ella es un retazo cosido de la abuela, pañitos, mecedora, un susurro repiqueteando en la lluvia como un salmo. La casa, una siniestra ostentación, su máscara y su piso, una excusa. Tomo del texto de Tomás un poema de Lydda Franco Farías, que él refiere y que hermana esta sensación que nos trasmite Yurimia en “Bienvenido a casa”, poema del libro Una:

bienvenido a casa / donde ningún fulgor nos hace / volver la cabeza / mientras el horno crepita / y hay dolor de manteles no es tan fácil / recoger una a una / las migajas / lo que jamás seremos quizás por eso / después de brindarte / la mejor de las sonrisas / cuerpo de lava avasallante / nos amamos detrás de los armarios / debajo de la cama / después veremos / cómo llenar este vacío / de fin de mundo

Se despliega en susurros y ecos, donde la figura del “ama de casa” se teje con hilos de invisibilidad y no sólo por un trabajo sin remuneración económica, también por la entrega de tiempo, y oportunidades individuales desaprovechadas, bien sea para el ocio, recreación, o simplemente “mirar el techo”, que es mi forma de manifestar el apropiamiento de nuestra individualidad. Poder tener el espacio o el tiempo para pensar, sin tener las manos ocupadas pelando papas, o atendiendo las necesidades de otro. Diría Virginia Woolf, un cuarto propio, que creo es una metáfora de un lugar privado, pero más que físico, prefiero especular que se refiere a una apropiación de las horas, y lo que consideramos se quiere hacer en ellas, y no lo que se debe, según los otros. En boca y letra de Yurimia sobre el papel leemos: “Esperando mi tiempo / endulzo un tango / apurada en los quehaceres / de la cocina y la alquimia // Porque un plato exquisito // es salvarse, / a poco”. Nuestra poeta, con una sutileza punzante, nos recorre por dentro, este espacio íntimo del sentir compartido es revelado, las capas de significado que encierra la existencia de la mujer en una sociedad aún lejos de la paridad y la justicia.

La complejidad se acrecienta al considerar los atributos únicos de la mujer como sujeto biológicamente determinado: su sexualidad, el color de su piel, su origen étnico, su ubicación en un sistema de clases, su conciencia política, su sensibilidad creativa, su disposición para afrontar las relaciones de poder y dominación que la hacen sujeto ajeno, muchas veces de sí misma. La pregunta respira en el aire: “¿A quién debo el poder detrás de mi voz?”. Y, con una melancolía que se anida en el alma, la variación: “¿A quién le debo el poder detrás de la falta de mi voz?”. En mi libro Las imágenes de la ausente planteo:

Desde siempre este tema pasa por el trance de hacer irreductibles bifurcaciones cuyo piso en ocasiones pareciera no contener el peso de una discusión clarificadora: ¿se mira realmente la presencia de lo femenino o seguimos en el paradigma que contempla el mero arquetipo de lo que es, sin potenciar la necesidad del deber ser que, en voz de una utopía posible, sirva para reconstruir la igualdad en el marco de la diferenciación?

Detengámonos a reflexionar sobre los elementos afectivos que envuelven al “ama de casa”. Sin obviar que nuestros pensamientos están condicionados por las normas sociales y las coordenadas que dictan el bienestar, y no por la comprensión de las dimensiones sacrificiales de sostener una casa: “El cansancio / de la cena // Cuerpo flotando / en la comodidad de lo sobrante // La cena / eterno dilema / del re-frito // Simulacro / puesto sobre la hornilla”; amargamente ilustrativo el verso de Yurimia. Me atrevo a profesar una emoción que está en mí y creo, detrás de su verso, este otro verso de Bachelard: “Quisiera que mi casa fuera como la del viento marino, toda palpitante de gaviotas”.

Un viaje retrospectivo, un camino hacia los espacios innombrados del amor, la invisibilidad, el dolor, la confianza, la desconfianza y otras emociones ocultas que discurren paralelas al quehacer de un “ama de casa”. Yurimia Boscán alumbra, como un reflector, los utensilios de cocina, su papel protagónico en la construcción de ese personaje llamado mujer. Mujer de la casa, o mujer de casa, que hasta hace no tanto era una alta distinción que enaltecía a la hembra humana por sus rasgos de ama de casa, le procuraba epítetos enaltecedores, de decencia y sacrificio, de inmolación silenciosa y aplaudida por la esfera pública. Una escoba, la mesa de la cocina, una nota amorosa, el rutinario acto de encorvar la columna para limpiar las huellas en la estructura laberíntica del hogar, todos estos elementos señalan los aspectos emotivos que acompañan una actividad que, a menudo, se trivializa.

Palabras contradictorias pugnan en las páginas, obligándonos a confrontar la idea de que el “ama de casa”, mientras ama y trabaja, es al mismo tiempo dominante y dominada. “Soy un ciclón / en calma”, escribe Yurimia. Y los ciclones, se nos recuerda, giran en la misma dirección que la Tierra, en una circulación densa, sin una salida visible. La ama de casa gira, en su mente y en su entorno, a menudo sin poder vislumbrar una solución, es un acto de profunda resignación o elección, no quiere o no se lo permiten, recordemos que somos parte todos de la trampa del patriarcado. Sin embargo, se nos afirma su humanidad, su capacidad plena y su deseo de ser vista, escuchada y comprendida. Pero las condiciones que determinan su visibilidad se establecieron mucho antes de que aprendiera a respirar fuera del útero. Con esta realidad histórica el ama de casa deberá, ineludiblemente, enfrentarse. Este poema, hermoso y de un brillo metafórico extraordinario, orienta por los pasillos, las paredes y la sangre, las vísceras y el corazón del cuerpo-casa, hogar y mansedumbre:

Condenada a mi cotidianidad / Dios es monosílabo / Sé a veces se acentúa y otras no / (es día-crítico) como yo / Cocina es una palabra grave (muy grave) / Corazón es una palabra aguda (tal vez por eso duele tanto) / Sábana es una palabra esdrújula / como escápate, sacúdete, desvístete / Mi nombre es sustantivo / propio poeta es común angustia / es abstracto humanidad es colectivo / Cansancio es una palabra grave / Amar es una palabra aguda / que no admite tilde / es un verbo intransitivo como yo.

El “ama de casa” es descrita como una “mujer residual hecha vapor”, “casi nadie puede ver”. Es una mujer-ausente que deambula por estas páginas, una practicante de sortilegios que hace malabares con la multitud de tareas que se le atribuyen. Audaz en el movimiento y la improvisación, capaz de resolver con su lógica “elemental” lo que parece ser un “gran problema”. En su vaivén, no cesa de hurgar el espacio inconmensurable de su recinto minucioso. Es la mujer-ama, la cotidianidad tácita. Lejos de la jactancia, la encontramos sigilosa, “hecha quejido / que puebla la ternura”, siendo su menester la querencia. Para Simone de Beauvoir: “...sólo la meditación de lo ajeno puede constituir a un individuo en un otro, el divorcio del ser por intermediación de una voluntad extraña a la hembra humana”.

La “mujer ciclón” en “calma” rastrea a su amante, sabiendo que ninguna relación perdura más allá del instante intenso. Surge la pregunta desgarradora: “¿A quién / desde tanto afuera / colocaremos dentro / como un escapulario / que nos salve?”. Esta búsqueda sempiterna la lleva a entregar llaves que luego abandona, incapaz de evitar lo ineludible; el ciclo se repite: “... el miedo heredado / de quedarnos solos”.

“¿Qué es, pues, lo que se decía en aquello que era dicho?” (Michel Foucault). En Ama de casa los poemas se vuelven hipertextos, tocando desde las posibilidades que ofrecen la parodia, el kitsch, lo no trascendente. Cada palabra es un acto de absoluta realidad, la cena y el hogar, cuya rutina mecánica se transmuta en la violenta verdad, de ser siempre, sin ella, sujeto para el otro, asumida desde ese “no lugar” al que se exilia, o la exilia más bien, su herencia cultural.

El espíritu nihilista de estos poemas niega la posibilidad de rebelarse. A la sujeta ella, poeta, ama de casa, le espera el legado indiscutible de la tradición, y aun cuando sueña con otra, ella, esa figura trascendental, no existe. En su lugar, gestos de complacencia, máscaras, anhelos, soledad, deseo, están cargados de frustración, rabia, son el aura de los muebles, trepan las paredes, la cama y la mesa, van y vienen en la voz, al igual que la escoba, que barre los desechos, también el polvo en que se convierten las ilusiones de redención.

Cuando una mujer barre, quizás pretenda desaparecer una historia o dos. Las obligaciones se suceden: salir de la casa para la basura, el pan, la luz, el mercado; entrar a la casa para hacer el amor. Si la mesa hablara, contaría de aliños y anhelos picaditos, de cubiertos, servilletas, mantel y vasos puestos, y de una espera inmensa. El celo, la noche que se acuesta y duerme sin tocar, orillándose a la resaca de hembra, el saber de la almohada y de miles de noches cansadas, que redireccionen los días. Los viejos lugares, parcelas en la memoria, duelen, encabritan la soledad, que salva y aniquila, con un bolero de fondo en medio de la tarde, retrae del patio y el entorno, y aquella que habitaba el cuerpo “salsa y jazz neón”, ahora deambula por esta casa convertida en sudario de ollas en polvo sobre los espejos.

El “sí” que establece una relación, y las frases que se callan cuando el “sí” es ya un peso enorme. Entonces rueda por el piso la energía de los abrazos, monosílabos al pie de la cama niegan con un aire helado los espasmos y besos, sólo un par de cigarrillos, humo sobre el humo del amor perdido. Refiero en las imágenes de la ausente:

Se retorna al fondo del fracaso cuando la referencia pretendida no logra seducir ilimitadamente, ésta baja del altar, se encuentra en la derrota, se ve partícipe de la gran simulación, del simulacro donde el poder se realiza en el sí mismo del otro.

La prisa al toqueteo de la masa, el calor de la plancha que calma el desabrido acto de levantarse sin una caricia, sin saliva en el cuerpo ni complicidad de aromas compartidos. Levantarse y sostener el viacrucis de comidas: desayunos, almuerzos y cenas, de sol a sol.

Recoger el desorden, doblar la ropa, suspirar sobre la lavadora, sacarle brillo al piso. Aumenta el miedo heredado de quedarnos solas y el amor y la costumbre se diluyen en arrepentimiento. Y volvemos a recordar a Bachelard: “Un arquitecto modeló los proyectos del poeta y quedó construido el castillo con su corazón de choza”.

Ama de casa, de Yurimia Boscán, no es sólo un poemario; es un grito silencioso. Ella desentraña la casa, no para denigrarla, sino para exponer la complejidad que a menudo la desvaloriza y relega a un segundo plano. La autora nos obliga a mirar de cerca la contradicción inherente a esta figura: la mujer que es columna y, simultáneamente, presa de su hogar. La identidad de los fuegos de una casa, ¿a qué responde? Historia emocional que exige ser vista y comprendida. La obra se convierte en escenario de la lucha interna por la visibilidad y el reconocimiento de la mujer en un espacio que es suyo, y ajeno, nos lo dice en un penúltimo poema: “En la casa de mi closet —a salvo del alquiler— habita mi cuerpo”.

Wafi Salih
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