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El último lobo, de Lázló Krasznahorkai

sábado 20 de diciembre de 2025
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Lázló Krasznahorkai
Krasznahorkai despliega en El último lobo un agobiante diálogo de 96 páginas sin puntos.

“El último lobo”, de Lázló Krasznahorkai
El último lobo, de Lázló Krasznahorkai (Sigilo, 2024). Disponible en Amazon

El último lobo
Lázló Krasznahorkai
Novela
Editorial Sigilo
Buenos Aires (Argentina), 2024
ISBN: 978-6319065824
96 páginas

Lázló Krasznahorkai, premio Nobel de Literatura 2025, abandonó Hungría en 1987 y viajó al entonces Berlín Occidental, donde obtuvo una beca. Estudió Derecho y Filología Húngara, fue editor y abona en sus textos el humor de Milan Kundera, la experimentación de James Joyce y la influencia evidente de las letras rusas. Profundo, con una narratividad precisa, nada solemne, trata temas como la soledad, la decadencia social, la banalidad de la época y el desengaño.

En El último lobo, editada en Argentina por Sigilo y traducido el texto por el chileno Adan Kovacsics, hay un estilo al servicio del fluir de la conciencia y de un diálogo un tanto accidentado. En efecto, oye la historia un barman húngaro que no se encuentra demasiado disponible a la escucha (sólo oye haciendo preguntas que requieren de la confirmación constante del protagonista a su interlocutor). Y la cuenta el narrador protagonista (en tercera voz), un filósofo, parroquiano de ese espacio lúgubre en la Hauptstraβe de Berlín, escéptico y harto de todo, que según sus dichos fue invitado por una extraña fundación a Extremadura, a fin de investigar y escribir acerca del “asesinato” de una manada de lobos. A su entender se lo congrega por un malentendido en tanto él ha perdido el norte, no cree en sí mismo ni en el planeta. Su refugio, el bar.

Hasta la página 93 de esta nouvelle el lector no verá un solo punto. Razón por la que el tono es agobiante. ¿Acaso no representa la visión de un mundo que padece de locomanía, cuya presunta transfiguración evolutiva va hacia ninguna parte y se vale de avatares “reales” que ficcionalizan la realidad y viceversa? Ignoro si en las lecturas de Krasznahorkai se incluye la obra de Peter Sloterdijk; ambos comparten preocupación y análisis. Como dice el protagonista en la página 25, “su cerebro dejaba de funcionar, suponiendo siempre que hubiera funcionado alguna vez, sí, pensar en algo, pero ¿en qué?”.

El interrogante obligado del lector, habida cuenta del desenlace abierto en El último lobo: ¿“fallecieron” los lobos, fueron “asesinados” o “se extinguieron” porque “los cazaron”? Una escritura atormentada con sesgo de humor, pues ¿quiénes son seres sintientes hoy, dónde radica la brutalidad irracional? Breve y conciso el texto, en esta novela corta, fascinante, la alegoría se impone.

Paula Winkler
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