
Según Jacques Lacan (Écrits, París: 1966, Éditions du Seuil, 508 y sig.), el amor es dar al otro lo que no se tiene. Yo agregaría que es prometer lo que no se tiene a un otro que no lo necesita ni tampoco lo quiere o lo imagina. Se trataría, según el psicoanalista, de una aporía (femenina), cuestión conceptual ésta (la femenina) que hoy, contextualmente, me parece altamente superada o cuando menos, superable... En efecto, si vamos a pensar que la carencia y lo imposible se encuentran del lado de las mujeres, algo hay que develar todavía en los matemas que ilustran los diversos discursos según Lacan (freudiano, no está de más aclararlo). El amor sería así un eterno malentendido...
En términos axiológicos, respecto de las virtudes hay quienes sostienen que el amor es superior a la justicia. Habría que ahondar en la ética de ambos vocablos. La “justicia” comprende lo institucional e institucionalizado, el discurso social que busca equivalencias (justicia distributiva) y el que se supone representa aquello de dar a cada uno lo suyo según rangos de mérito y esfuerzo (justicia conmutativa). Asimismo, hay una justicia divina (para los creyentes y fieles y para los religiosos y autoridades dirigentes de cada iglesia) y otra platónica (aquella inalcanzable por perfecta que funciona como deseo individual y colectivo). No se olvide la jurídica: no sólo basada en la ley sino en parámetros hermenéuticos concretos que limitan la interpretación de los hechos y las pruebas del expediente, atento a que la justicia institucional conforma un sistema cognitivo cerrado en tanto último resorte de control legal en la comunidad.
Cuando la justicia es justa (hace justicia, además de “decir derecho”; es decir, aplica la ley sin prevaricar pero teniendo en cuenta su base humana), amor y justicia articulan. Circunstancia cuando menos poco comunicada en los medios y reservada a los jueces idóneos que hablan mediante los textos de sus sentencias según la ley con una adecuada y contextual hermenéutica (silogismo práctico [no el lógico] a que se refiere la tópica y la zetética de Theodor Viehweg).
Ahora bien, se puede hablar de “amor” desde una semiótica de las pasiones (según signos intersubjetivos y textuales) y desde una visión “semiológica”, que no sólo encara el signo social (metonimizado y semantizado, v. gr. mediante poemarios, cartas, películas, arte, narrativa y ensayística), sino que bucea el sentido sobre la base de la pragmática receptada en testimonios, crónicas, etc., pero incluyendo los silencios, los subtextos, etc.
Sin intimidad no hay amor pasión. Lo íntimo pertenece a cada uno. Y cuando es narrado o filmado, el artista que encara tal intimidad lo hace desde cierto voyeurismo simbólico, pues su posición excede la suya propia para abarcar la de quien leerá o la del espectador que interpretará lo escrito en el guion y filmado con actores. Todo ello, según su parecer y conforme el aprendizaje lingüístico de la significación que hizo el artista y también el receptor de la obra. Ambos, inmersos en la cultura.
Si hay algo que contradice la expresión del amor es el espectáculo. Nadie que ama lo exhibe como en un “gran hermano”. La mirada amorosa nunca es escópica, competitiva, de resultado. Amor no es goce sino deseo; por esto, es imposible de “concretar” en una única y ahistórica versión, aun institucionalizándolo. Un matrimonio, una pareja, puede transitar años o meses, continuarse en hijos y nietos. Las distintas formas del amor pasión, del amor pleno, llevan siempre una cuota de narcisismo, pero ayudar a los demás, tener hijos, nietos, bisnietos, no son espejos. Provocarán orgullo, es cierto, y en tal sentido habrá algo de narcisismo trófico (buen narcisismo), pero andar posteándolo a los cuatro vientos constituye una costumbre, en cambio, de ansiosos y de mal gusto.
Quien ama, escucha, y aunque razón no le faltaba a Lacan en el sentido de que de la paradoja humana no se libera ni el más sabio cuando ama, todos amamos conforme la singular humanidad que nos es propia. Sin una falta, sin una carencia, sin la vulnerabilidad del dubitativo, se imposibilita un amor auténtico. Se trate del amor al prójimo, del amor pasión, del amor filial, etc. El amor, en definitiva, no es simétrico ni se rige por principios lógicos. Por esto, los ególatras no saben amar, se solazan siempre de sí mismos y se limitan a su percepción.
El amor tan vulgarizado en las redes, y a menudo fuente de cotilleos extremos en la tele y en las revistas del corazón, guarda similitud con la justicia endeble, retórica, ralentizada, poco contextual y puramente silogística. Ambas representaciones sociales, bastante actuales salvo excepciones, nada tienen que ver con los dispositivos pensados en la filosofía antigua de Aristóteles y de Platón. Tampoco, con la tabla de valores de la filosofía idealista alemana. Habrá diversas formas para amar en la época. Sin embargo, todos nos damos cuenta cuando nos enamoramos, sostenemos alguna pasión, nos colocamos en la posición del otro para ayudarlo. Los silencios suelen ser mejores cómplices, no son imprescindibles las declamaciones en las redes.
Puede que el amor en este siglo se asimile más a una construcción foucaultiana. Según los versos del poeta argentino Rolando Revagliatti (Ojalá que te pise un tranvía llamado Deseo, Buenos Aires: Leviatán, 2024, 60), si bien lo real se expresa en el humor irónico que caracteriza a este gran creador porteño, como “Tú eres todo lo que tengo, amor mío / teóricamente / Pero prácticamente / tú no eres, amor mío, / todo lo que tengo”, el amor pasión, el amor al otro y la justicia humana como valores en sí mismos no admiten, a mi juicio, resignación, espectáculo ni desesperanza.
El amor no se mide en términos de competencia. No pertenece al “mercado”. Y aun en su conceptualización más abstracta, no merece ser exhibido en el circo de los amarillismos reduccionistas de algunos medios, y menos, mediante declamaciones o con posteos improvisados de quienes se autocalifican, semblanteando retóricas.
El amor cortés habrá pasado de moda: la idea de que uno haga de dos es compleja y poco realizable hoy, en tanto bastante con que cada cual lleva lo suyo consigo. Sin embargo, las nuevas representaciones de la época tienen bastante poco que ver con una expresión amorosa digna de emulación. El amor es escucha. ¿Quién escucha al otro o se escucha? Es un estado pasional, diría incluso neurótico, del que no nos zafamos jamás, por suerte.
El tema es qué queda después del amor en un planeta afecto al odio que desconcierta y continúa aparentando.
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