
Hacia 1960 Gaston Bachelard (1997) afirmaba en La poética de la ensoñación que la poesía devuelve la vida a los objetos cotidianos, a todo lo que damos por cierto y cuya voz ignoramos hasta que un verso o una frase nos devuelve una mirada sobre algo que siempre ha estado ante nosotros y que hemos terminado por olvidar. La poesía reafirma al mundo, y a su vez reafirma también los territorios, las ciudades y los pueblos, dándoles existencia en una narrativa general, en una imagen de palabras. Es así como ocurre en Yo era el camino y marchaba hacia el viaje, la primera novela del escritor dagüeño Saúl Munévar, publicada en 2024 por Escarabajo Editorial, y que es también la primera novela que ubica a Dagua como protagonista.
Dagua, encerrada en las montañas del Valle del Cauca, vive de una doble nostalgia que Munévar representa en el ferrocarril por el que ya no pasa ningún tren, y cuya presencia, tan similar a la de un espectro o de una memoria heredada, yace inmersa en sus habitantes como la promesa tanto de un retorno como de una partida. Más allá de las montañas del Valle se dibuja otra cara de la nostalgia, ya no para mirar hacia el pasado, sino hacia el futuro, a lo que podría haber sido y no fue, o bien, la esperanza y el desamparo de lo que será, de los destinos que aguardan tras el gran verde del horizonte. La Cuadrilla de la Nada, los amigos atravesados por la risa, las mujeres, la violencia, el licor barato y la soledad del que quiere irse, representa el cuerpo del pueblo, la dualidad del escándalo y la del silencio, la juventud sometida a la lentitud del tiempo, tan quieto que todo pareciera infinito, como el calor o como el polvo, también como la niebla que cada tanto enceguece a Dagua con su oscuridad blanca.
Los personajes que componen la Cuadrilla aparecen desnudos, pero no del todo inermes, ante las dos fuerzas directoras que Munévar le ha imbuido a su obra: el desamparo del viajero y el anhelo en tres tiempos: pasado, presente y futuro, de algo que podría ocurrir y que no ocurre, salvo la precipitación, esporádica y terrible, de las botas y los fusiles de la guerrilla. No obstante, además de la violencia y de la operante fuerza del deseo de que algo suceda, existe otro elemento capaz de precipitar hechos o bien, también, de detenerlos: la voluntad, la palabra no siempre dicha que recorre a los personajes y que los arma contra la noción de un destino que cada tanto todos se atreven a desafiar.

Yo era el camino y marchaba hacia el viaje
Saúl Munévar
Novela
Escarabajo Editorial
Bogotá (Colombia), 2024
ISBN: 9786287546936
222 páginas
¿Irse o quedarse? La sola pregunta es en sí una investidura, es la creación de un umbral y de la libertad de atravesarlo o no. Dagua prepara a sus habitantes para el viaje. Todos serán viajeros, abandonarán su pueblo natal para no volver, salvo en cartas o postales. Sin embargo, personajes como Samuel, anegado también por la nostalgia y la quietud, resisten al imperativo de tener que irse, al destino que por fuerza tiene que ocurrir por fuera de Dagua. Las dos fuerzas narrativas golpean a todos los nombres y objetos que habitan la novela, mas Munévar plantea una irreverencia, una voz y un puño que se alzan entre el polvo y el silencio. Una resistencia ante lo que significa el pueblo mismo, un abismo de eternidad en el que las horas han aprendido a marchar sólo por costumbre. La ira contra los hados, la insurgencia ante el mandato de lo que debería ser, es planteada en una épica de silencio, en la condición humana cincelada en Dagua.
En la misma línea de Juan Rulfo, Faulkner o García Márquez, Dagua adquiere una dimensión similar a la de Comala, Yoknapatawpha o Macondo. El casco urbano de Dagua es pequeño en territorio, pero en Yo era el camino y marchaba hacia el viaje se hace infinito al entrar en los detalles, en las cáscaras de piña desperdigadas por el suelo como un rastro de migajas que lleva a todas partes y al mismo tiempo a ninguna, al narrar la presencia ubicua del tren que nunca llega, pero que podría aparecer en cualquier momento entre las montañas, como un emisario que porta noticias de aquel otro mundo, de todo lo que existe en el tiempo que se mueve por fuera. Dagua es inescapable, es un destino en sí misma, es por ello que Munévar plantea la pretensión del viaje, la preparación que dura toda la vida, para abandonar el pueblo, sin que jamás sea posible desprenderse de él, arrancárselo del pecho y tirarlo como si fuese un aguijón.
Ahora bien, la novelización permite un recurso, una poética del yo, la belleza del que está ausente y no sabe lo que espera, aunque nunca deje de esperar. Los que abandonarán Dagua no emprenderán tan sólo el viaje físico; la misma metáfora del abandono propone un viaje dentro de cada personaje, iguales a vagabundos que caminan por los bordes de una caída, de su propio descenso en una monotonía para la que ya no hay lenguaje. El viaje interno, emprendido para buscar respuestas, sólo devolverá más preguntas y el dejo de alguna esperanza que pueda por fin revestirse de certeza. Los miembros de la Cuadrilla de la Nada han aprendido a naufragar dentro de ellos mismos, a abrirse paso en el tiempo y a tratar de precipitarlo en una voluntad y no en un azar, como la amenaza de la guerrilla o la promesa inscrita en los rieles desiertos del ferrocarril.
Samuel despide muchos nombres, distintos cuerpos que emprenden la partida. Algunos, como Beto, con cuya muerte inicia la novela, representan una juventud arrebatada no sólo por la violencia, sino como una metáfora de una primera despedida, de todo lo que es devorado en la cotidianidad. “Mataron a Beto”, escribe Munévar en el primer párrafo, y la sangre queda en los rieles, en el símbolo simultáneo del viaje y del retorno. La muerte en Yo era el camino y marchaba hacia el viaje a menudo porta un elemento de tristeza, pero encierra también una forma de libertad, la de alguien que ha conseguido escapar.
Las despedidas son un componente fundamental de la novela, tanto como las voces de las personas, objetos y demás elementos que Saúl Munévar dota de voz y sentido a través de una historia, de una prosa, que sólo podría ocurrir en una cadencia poética, logrando fraseos que son versos en su propia sustancia de belleza, sordidez y anhelo. El tono elegíaco de la novela, combinado con un lenguaje coloquial en situaciones risibles, acentúa la generalidad de la obra como una narración nostálgica, permeada siempre por la tragedia de querer ser, de pretender ser algo en un lugar en el que sólo es posible irse. Elementos como el viento, el olor de la piña, el sabor del aguardiente, el calor y la antigüedad general, se convierten en voces, sustratos de vida que dialogan todo el tiempo con Dagua y con la Cuadrilla de la Nada. Samuel despide a quienes ha conocido en medio de la brisa, de todo lo que dice el viento sin que precise palabra alguna. Estas voces crean a su vez un destino, delimitan la novela e incluso el tiempo, y la profundizan en una ambigüedad que en sí misma lleva también a la totalidad. Yo era el camino y marchaba hacia el viaje, poblada de metáforas, reflexiones y elegías, diálogos simples y precisos que encarnan la ironía y la acedia, asemeja en muchos sentidos a la ambición de una novela total, cimentada en un mundo aparentemente quieto en el que se escuchan susurros provocados por todo cuanto existe.
Quizá sea esta la forma en que Yo era el camino y marchaba hacia el viaje sostiene su propia historia, en la que hasta el tiempo narrativo ha debido tomar otro cariz; Munévar ha llenado su novela de vida, de existencias discretas que en todo momento se hacen escuchar, incluso en gemidos o en leves soplos de brisa polvorienta. La voz de todo lo que existe ocurre en la obra a través no sólo de la evocación poética, sino en la sensación de un tiempo circular, de un continuo devenir en el que el universo narrativo se hace más y más intenso en cada retorno. La obra emula la monotonía de Dagua tal como Rulfo dibuja la soledad de Comala: desde el recuerdo, desde la estética de detalles y gestos, desde la sombra de los rieles al mediodía o desde el recuerdo de algún amor pasado que, en los corazones de la Cuadrilla de la Nada, no deja de rememorarse. Si las voces y despedidas se hacen más intensas a medida que se acerca el cénit gracias al recurso del tiempo circular, entonces una trama lineal, o bien clásica, no es posible.
La novela propone una trama mnémica, un tiempo narrativo que toma la forma de un pulso, de un latido que va acercando al territorio y al lector con el desamparo de Dagua. La novela empieza con una muerte y Beto, el primero en partir, se convierte en memoria, en el destino que les espera a todos los habitantes del pueblo. El tiempo, que desde un aspecto técnico ha sido imbuido para que parezca inmóvil, respira en la infinidad de los detalles, de las relaciones entre los miembros de la Cuadrilla, por momentos estrechos y, en otros, al borde de la ruptura. Respira también, o bien gime, bajo la continua inminencia de una toma guerrillera, cuyos fusiles hacen sombra en la plaza como lo hace también la cruz de la iglesia.
La novela, la trama y también la pulsación del tiempo narrativo, se nutren de los capítulos intermedios que el autor ha nombrado como “Historias apócrifas”, relatos propuestos bajo la forma de la evocación, la nostalgia, el anhelo, lo bello y lo terrible, la fundación del pueblo mismo que, como todo origen, ha adquirido la forma de leyenda. El autor ha escrito las “Historias apócrifas” acercándose más a la pintura o a la fotografía que a la literatura; se sienten como frescos, motivos pictóricos e imágenes que sirven a un tiempo tanto para darle ambigüedad a la novela como para cohesionarla en una suerte de mitología general que enlaza la religión, la violencia, la soledad, el imponente sonido de las ruedas del tren y todo lo que se ha convertido en una fuerza fundacional tanto para el territorio como para sus personajes, como lo viene a ser el lenguaje ferroviario que impregna toda la obra, el “mi ferro”, sinónimo de amigo, que referencia a los rieles, manifestado en estas pinturas hechas de palabras que Yo era el camino y marchaba hacia el viaje sostiene en una narrativa dirigida más hacia la evocación que hacia la acción.
El mismo título de la obra es una evocación en sí, un atisbo del viaje interno y externo que aguarda entre sus páginas, del abismo que bordean sus personajes en la intimidad de su deseo y su miedo. La pregunta: “¿Cómo escapar de Dagua?”, eventualmente va tomando otro cariz en la vera de la sucesión de despedidas, para formar una cuestión impronunciable, pero siempre presente: “¿Para qué irse?”, El que se va no vuelve, aunque regrese, escribió José Emilio Pacheco (Pacheco, 2009, pp. 733-734), y Yo era el camino y marchaba hacia el viaje traza este camino de cambios que ocurren en cada miembro de la Cuadrilla de la Nada, en la prisa por perseguir una ilusión que se pierde entre las montañas que los encierran. Es posible que no sepan lo que buscan, pero tienen la certeza de desearlo, de arriesgar la vida por una pasión, un sorbo de amor y sordidez que rompa con el imperio de lo cotidiano. De esta forma Samuel contempla también los retornos, la búsqueda de la memoria en los que vuelven a Dagua para morir con su nombre, antes de que los devore el olvido y los desarme, tal como ocurrió con el cuerpo metálico del tren que todos siguen esperando. Es posible irse sin poner un pie afuera, es posible también aventurarse muy lejos y no salir nunca del pueblo. ¿Qué es entonces un viajero? Saúl Munévar dibuja una pregunta que sólo puede encontrar la posibilidad de una respuesta a través del camino, del lector que, al igual que los personajes de la novela, tendrá que estar preparado para marchar, para abandonarse en aras de un futuro que tendrá que hacerse a sí mismo a través del coraje.
Referencias
- Bachelard, Gaston (1997): La poética de la ensoñación. México, DF. Fondo de Cultura Económica.
- Pacheco, José Emilio (2009): Tarde o temprano (poemas 1958-2009). México, DF. Edición de Ana Clavel. Fondo de Cultura Económica, 2009.
- De umbrales a rieles:
la prosa evocativa de Yo era el camino y marchaba hacia el viaje, de Saúl Munévar - lunes 16 de marzo de 2026 - Con la boca llena de niebla - jueves 3 de abril de 2025
- Todos nosotros - sábado 30 de septiembre de 2023


