Saltar al contenido

Con la boca llena de niebla

jueves 3 de abril de 2025
¡Comparte esto en tus redes sociales!
Mía es la venganza y la retribución.
Deuteronomio
32,35

Todavía no se larga el aguacero, aunque las gotas, alargadas y pacientes, hieran la tierra, los tejados, los rostros y el mundo, con la certeza de anegarlo todo junto a la luz, caediza y gris, de la tarde. La amenaza de tormenta tendrá que servir de pretexto para que todos se queden en casa, para que nadie asista a las fiestas de la muerte, resignándose entonces a mirar, a penetrar en las siluetas del crepúsculo, hacia la caravana encabezada por el sacerdote y el juez. En la mitad, avanzando sobre el barro, con la mirada al frente y la ropa desgarrada, va Abigaíl, la niña muda, atada y rodeada por verdugos, por los antiguos vecinos, ahora y desde siempre, convertidos en enemigos.

Aun en la penumbra de la tarde que pronto se llenará de niebla, Abigaíl encuentra las formas del instrumento, las vigas imponentes y oscuras destinadas para ella. La visión del cadalso logra ofrecerle algún sosiego, acaso la misma quietud que brinda la inevitabilidad del final. Sonríe mientras le ponen la soga, mientras las heridas del cuello le arden una vez más, como un grito, categórico y silencioso, que tendrá que tomar las formas de lo digno. Así, bajo la lluvia, de pie ante las últimas luces del día, escucha, como en un sueño, los rezos del sacerdote, y espera.

La madre de Abigaíl apareció muerta a la salida de la iglesia. Tenía los ojos abiertos y la boca llena de la niebla de la mañana. Una línea profunda y oscura le atravesaba la garganta, igual a una serpiente carmesí. Los alaridos, lóbregos como graznidos de cuervos, no tardaron en propagarse por el pueblo que apenas despertaba, por el villorrio sorprendido por la sordidez, por el horror, como un espejo que se atrevía a mostrarse en las calles, en las veredas donde antes sólo habitaba el silencio. La buena de Ester, ¿quién querría matarla? Nació una pausa destinada a durar, enlazada a obviedades, a un nombre que por fin podría ser pronunciado. Los jornaleros miraron a las mujeres, las primeras aves del día que despertaban antes de la misa. Se miraron, asintieron.

Abigaíl sigue escuchando los rezos, insufribles, adormecedores, melopeas de piedades inexorables que desembocan siempre en la ira de la rectitud. Recuerda, ante la voz del sacerdote, el instante en el que entraron a su casa, casi desierta, por fin libre del aroma de sándalo y de la carne envejecida. Recuerda haber extendido las manos llenas de tierra, ambas cerradas en un puño, aguardando las cadenas con los ojos cerrados. Supo que no hacía falta ofrecerse al hierro, que de nada valía entregarse rendida, no ante los golpes, las miradas, la costumbre de la desnudez y la belleza desgarradas entre maldiciones y gritos: “Zorra, zorra, mil veces zorra, asesina”.

Soy una niña de seda una enamorada del sol ninguna mano podría tocarme en el aura de mis años sacrificados el sol me deja ciega camino desnuda sobre el barro la ropa desgarrada la voz recuerdo cuando la perdí ¿era la voz? Sentía la niebla entonces el aliento de la tierra uniéndose al mío vaho de hermanas la ramita de arce mi cabello el río mis manos manchadas de tierra y hierba vestido masacrado con olor a bosque el olor de papá

“Mamá, mira la cosa linda que me hicieron en la escuela”, dijo alguna vez, mostrando su cabello, el hilillo rubio trenzado en las hojas ocres del arce, el otoño perpetuo cayéndole en el rostro, en la belleza que pronto llamaría al deseo, la corrupción que debía ocultarse de los hombres, también de envidia, de la costurera afeada por los años y el rencor.

La mujer, sentada en la sala bajo el sol de la tarde, cortaba y bordaba la tela que pronto sería una camisa.

“¿Otra vez con el vestido sucio?”, dijo la madre, diciéndose también que la hija había vuelto a estar en el bosque, entre los árboles y claros a los que tenía prohibido acercarse, allí donde no podía merodear ni encontrar nada que no debiese ser encontrado. “A ver si aprendes de una vez, pequeña ramera”.

Como siempre, el metal reverberó en la tarde, el dorso de hierro de las tijeras negras la golpeó en el rostro. Todavía entonces aún lloraba, aún buscaba la inutilidad del ruego, del castigo que parecía encarnizarse con cada lágrima, igual que si cada golpe fuese un regalo, un tributo al miedo. Luego despertaba, abría los ojos con la llegada de la niebla, con la presencia del incienso y el sándalo iluminando las efigies de los santos mártires. Con los años, Abigaíl recordaría varias tardes resumidas en una sola muy larga; un sol perenne y otoñal iluminando el metal de las tijeras, luego la aparición de la neblina, del frío que le recorría los cardenales.

La niña se tocó los brazos heridos y se limpió el rastro de la sangre y las lágrimas. Era inútil, sabía que lo era, que de nada servía mirarse en el espejo, encontrar las formas de un dolor prolongado que sólo sanaría para volver a arder. La trenza que le hizo la maestra se había deshecho; las hojas del arce, rasgadas, le caían sobre el vestido. El otoño había muerto, y ella volvió a llorar.

La madre apareció en el rellano de la escalera, todavía de negro, con el rezago tembloroso de la furia. Encontró el rostro de la niña, la cara lastimada bajo el cabello revuelto, diciéndose que por mucho que la golpeara, Abigaíl seguiría siendo hermosa, que haría falta otro dolor para detener la violencia de su belleza. Descendió en silencio hacia la puerta, hacia la bruma en el inicio de la noche. Iba con la canasta de las ofrendas, pan, vino, manzanas; iba a la iglesia, “iba a besar los ojos de Dios”, se dijo la niña A ver a los niños pobres La imagen aparece en los espejos de la memoria, reflejos, haces de luz cristalizada en el cuerpo de los años.

Todavía el vestido oscuro ondea en el viento de la nube caída herida por mis gritos como saetas es la ayuda que pido y que no siempre llega tengo miedo de esos ojos llenos de sándalo brasas de incienso para el cuerpo prostituido de los santos si tengo miedo siempre lo he tenido ella puede volver arrepentirse de la niebla y golpearme otra vez tengo frío si muero ahora todo se irá si mi cuello se rompe será como si hubiera nacido entonces entre las hojas afiladas del arce ante la trenza sacrificada y la rama del amor muerto que nunca podría haberle entregado a nadie allá va en la caída de la noche me hiere y se va agradece a Dios vela por Dios pero no se le desnuda no deja que la conozca ahora Dios tendrá que conocerla ahora que tiene el cuello cortado y no puede mentir ahora sabrá quién es sabrá de su horroroso rostro y de la envidia lasciva con la que quiso hacerme puta entre putas

Quizá saque a papá deber estar muy solo lo sacaré o él vendrá por mí en donde sea que me encuentre

La tentación del sueño quiere traspasarle los párpados, adormecer las heridas, la memoria de la virtud aniquilada, mortaja de un honor que nunca conoció y que no habría podido defender. Cierra los ojos, pero no duerme, no con las miradas, resplandecientes como luciérnagas, que llegan hasta ella entre la lluvia y los primeros despertares de la niebla, no con los antiguos ojos del deseo que ahora pretenderán portar el brillo de la inocencia.

El sacerdote no termina aún, no cesa de repartir perdones ni de hablar de las venganzas que se han de cobrar primero en la tierra y luego en el cielo, y mientras él termina de pronunciar los salmos del oficio, Abigaíl traduce las palabras de las miradas que la laceran, el resplandor de virtud entredicha, apenas recobrada, que la buscan desde las ventanas, detrás de la cortina de lluvia. Son las voces, lo sabe bien, de las que no se puede huir, aquellas que siempre se sosiegan en el ardor de una desgracia distante, aquellas que ella solía escuchar de la costurera.

“Se lo merece”, dice un arriero, siguiendo en su rostro las persignaciones del sacerdote, “siempre supe que había algo raro en esa muchacha”.

El arriero, uno de tantos en la memoria de Abigaíl, uno de los que entraban en la casa, le daban una moneda a su madre y luego seguían de largo hacia el patio, allí donde nadie vería nada, donde el crimen sería oculto por la espesa sombra de los árboles. Daba igual que aún hubiera tenido voz, nadie habría escuchado sus gritos, como tampoco el murmullo agitado, por momentos ridículo, del hombre mientras decía: “Qué hermosa... qué hermosa”.

“¿Será posible, matar a su propia madre?”, pregunta la mujer del arriero, “¿A qué ha llegado este mundo horrible?”.

“Te lo dije yo, mujer...”, responde él, para siempre atado a su secreto, “Eso de no hablar nunca es cosa del diablo”.

“Ester era una mujer tan buena. Toda esa ropa que hizo para los huérfanos, toda esa ayuda en las misas, los relicarios que decoró en las fiestas de mayo... Ah, esa maldita niña... Hija bastarda, hija del diablo”.

Pero no todas las miradas pueden hablar de mentiras, no pueden cerrarse al secreto del crimen, de la venganza que todos temen y que prefieren no nombrar, igual que si temieran a los oídos del cielo, aquellos que no escucharon hasta hoy los mudos gemidos del pecado. Abigaíl lo sabe, la certeza le vibra en el vientre, en las heridas del cuello y el rostro: sabe que no todos podrían mentir, no importa que todavía guarden silencio.

“Todos nosotros lo hicimos”, susurra un viejo, el destello de una mirada que pronto se apagará. “Compramos la belleza de la hija vendida”.

“Maldita gente, maldita niña, Dios, Dios... Señor, te ruego paciencia”, decía la costurera en su rencor, la inveterada excusa para maldecir mientras zurcía, mientras masticaba el odio hacia la niña, cada día más bella, cada día más parecida a la mujer de su marido, que nunca descanse en paz. La tarde larga del recuerdo se extiende; en la memoria de Abigaíl son siempre las cinco, la víspera de la niebla. Así también recuerda el regusto a hierro en la boca que cada tanto regresa como un espasmo.

Ella solía preguntarme por qué no me iba a esperar en el patio bajo la sombra de los árboles extrañaba la escuela pero ya no podía ir no sin voz no sin nada que no fuera la inquietud del gemido inútil decía ella inútil (y hablaba también de papá) y decía que lo único que había dejado era la parcela allí donde trabajé también segando el trigo donde nadie rasgaba la tela de mis vestidos ni hablaba de mi belleza como si fuera mi culpa lo sabía lo temía recuerdo su voz entrecortada cuando hablaba sola “...el bosque, esa maldita niña vio mientras yo... No importa, los pobres necesitan pan, necesitan vestiduras, necesitan rezar para que no sean como tú. Todos los días voy a tener que pegarte hasta hacerte gritar, hasta deformarte y que no quede nada. Dios quiera que un día se me vaya la mano y por fin me libre de ti también”.

Y yo por entonces todavía de seda solía decirme que mamá necesitaba ser mala de vez en cuando porque ser buena siempre debe cansar así como papá se cansó y por eso está en el bosque otra vez bajo la sombra de los árboles en el patio otro rostro otra sonrisa otra moneda en las manos del monstruo viene entonces el ademán del aire el silencio la dignidad de la calma y la memoria de las ramas del arce de la rama del amor que no será para nadie sino sólo para mí danza de los espejos carne herida por el polvo alargado del tiempo

La inevitabilidad de los años lo haría todo más evidente, diáfano, hasta para los ojos de una muchacha destinada al silencio. Vería, y no dejaría tampoco de recordar, cómo la sonrisa de la costurera, tan presta para los extraños, se desdibujaba en desprecio al dirigirse a ella, igual que si jurase no olvidar el odio, las formas del rostro, los ojos, y el cabello, que le hablaban de otra mujer, de un secreto de nueve meses que terminaría por ser inocultable, resultado de las ausencias del marido en los pueblos del norte.

Tenía prohibido dejarse ver por las visitas; no obstante, aun por aquel tiempo ya empezaba a nacer el hambre de la verdad, la satisfacción, aunque ilusoria, de las dudas que tal vez podrían tener respuesta. Desde las escaleras, Abigaíl escuchaba las risas de su madre, las modulaciones tiernas de la voz al tratar con otros niños, los susurros con los arrieros que hablaban de las horas del patio, más preciosas ahora que los años pasaban y la carne acusaba otra firmeza.

Escuchaba también las formas de la verdad, abroqueladas en rezos, en las reuniones con las compañeras de la iglesia, todas siempre de negro, en perpetuo luto por los santos frente al sándalo y el incienso.

“Daría igual, Ester. Aunque sea una malagradecida y una inútil, esa muchacha sigue siendo tu hija. Además, recuerda que nació tonta. No es del todo su culpa”.

“¿Hija mía?”. La costurera bajaba la voz, hablando para sí, “Lo que una tiene que oír...”.

“Es bella, y lo será todavía más en un par de años. Si no logras casarla, será mejor que la mandes lejos. No quieres que tu casa se llene de hombres por su culpa”.

Las escucho rezar hablarle al dios de los pecados y las venganzas nunca al dios de las alegrías si es que existe y es que no ha de existir en una tierra baldía a veces recuerdo a la maestra de la escuela pienso en los poemas que solíamos leer no sé dónde estará ahora ojalá se haya ido y se encuentre lejos el sinsonte venía a morir en mis manos le hablé sin decirle nada le nombré sin palabras versos aprendidos de hace tiempo escuché a mamá decir que papá la había engañado los escuché discutir una vez hija que no es mía hija que nunca lo será nos casamos jóvenes Ester no era el momento para ninguno esto es mi culpa pero ella no tiene la culpa no puedo cuidarla lo sabes viajo mucho vendré cada domingo por ella y la llevaré al bosque iremos en busca de alondras y no tendrás que preocuparte de nada ella habría querido que todo el mundo ardiera frente a ella pero su dios no lo iba a permitir es como el gato que juega con la comida

Madre madre ¿dónde está papá? Nunca estaba sólo el domingo a veces también los sábados en la noche llegaba mojado húmedo de nubes con las botas llenas de barro me besaba la frente y preparaba café madre madre ¿por qué le hiciste eso a papá? Te rogó que no lo hicieras no debiste hacerlo no debiste matar la alondra de su vientre y yo no debí dejar ir al sinsonte

No olvidaría la tarde en la que fue descubierta. El vaho de las melopeas interrumpidas llegó hasta ella con el viento del bosque. Temblaba, desnuda entre la niebla, entre el silencio y los pasos de las rezanderas que ya se iban, descubiertas en el corazón de su sordidez. No olvidaría a la costurera caminando hacia ella, tampoco su rugido, el maldito aroma del sándalo y el rostro grotesco de la amenaza.

“Mamá”, dijo Abigaíl levantándose, limpiándose las lágrimas. “¿Quién es Dios?”.

La costurera la miró. Los labios le temblaban, como heridos por un golpe.

“¿Qué me estás preguntando, niña?”.

“Es que siempre me pegas... lo nombras... ¿él es malo?”, tomó aire, cerró los ojos y continuó: “¿papá creía en Dios, por eso le llenaste la boca de niebla?”.

La costurera la tomó por el cuello, le estrelló la cabeza contra el suelo y la abofeteó, diciéndole: “No hablarás. No sabrás. Nadie sabrá nunca nada”. Abigaíl no lloraba, ni buscaba tampoco la piedad del ruego. Apenas sollozaba, regodeada en la pequeña flama que acababa de nacerle en el pecho, aquella que sólo podría llamar valentía y que no se apagaría ni siquiera ante los gritos. “¡Maldita niña! ¡Bastarda hija de perra!”.

Mamá decía que me iba a despellejar en el nombre de Dios tal vez papá era aquel dios pero ya no está ahora vive en el bosque donde los duendes templan el laúd donde cuentan el oro del tiempo y esperan que pase lo que ha pasado hoy entonces madre babeaba tenía miedo parecía a punto de echarse a llorar me azotaba la cabeza y yo veía la primera noche entrándole en la boca a ella no a mí nunca a mí ni siquiera ahora ella fue a la mesa de costura tomó las tijeras el hierro negro que llamaba al dios de las tristezas mientras me decía

“Tú sí que vas a tener la boca llena de niebla”.

Ahora lo sé lo dije en silencio lo dije sin voz sin la voz que iba a perder pero me escuchó el monstruo me escuchó el rostro horrible tuvo que haberme escuchado cuando le dije Sé que fuiste tú De qué hablas bastarda La tumba se abrirá para ti y allí te pudrirás como carroña Haz que pase entonces escoria Sí allí te pudrirás

“¡Malo, malo, malo, malo, malo! ¡Tu maldito Dios es malo!”, gritó Abigaíl ante el afilado descenso de las tijeras, ante el pellizco del hierro y el frío, del dolor insondable cuando el metal se convirtió en agua tibia, cuando vomitó la carne, roja y rosada, sobre el vestido blanco.

Después del espasmo, supo que no hablaría nunca más.

La sombra que antecede al terror ya no estaba en el rostro de la niña, conjurado por la caída del silencio. La costurera jadeaba limpiándose el sudor, la vejez prematura que le mordía los labios, la enfermedad del rencor que la hacía mirarse las manos llenas de sangre. Habría querido ir al bosque, mas sabía que no podría volver a escapar, que la fortuna suele sonreír poco, incluso a las circunstancias de las furias que se creen justas. Buscó algodón y le llenó la boca a la niña igual que si rellenase un muñeco. Inmóvil, el cuerpo exhibió una arcada. La mujer regresó al altar de los santos mártires, volvió a quemar el sándalo y el incienso, rezaba, temía, pero la piedad no acudía a su cuerpo. Con el correr de una hora, la costurera comprobó, satisfecha y decepcionada a un tiempo, que el vientre de Abigaíl seguía inflándose.

También lo supo la mujer cuando alimentó a la niña para que no muriera, supo que tendría que bastar el imperio de todo silencio, una falsedad cualquiera, alusión a un defecto de nacimiento, a la tontería de no poder hablar, al inicio inconmensurable de su venganza, porque el rostro seguiría intacto a pesar de los surcos de la tristeza y era preciso acabar con él, darle gusto a la mirada de ciertos hombres, corromper la belleza, hacer de ella un pesar, por fin la culpa que desde el principio tenía que haberle pesado, como un testimonio de la injuria, de la culpa impagable de haber tenido que nacer.

“Ahora que no puedes hablar no serás de mucha utilidad para nada”, le dijo un mes después de haberle cortado la lengua. “Necesitamos dinero, y vas a trabajar. Le darás uso a la belleza que Dios te dio, a no ser que te quieras morir de hambre”.

No hizo falta mucho más que una orden, una certeza de haber sido inutilizada, para que fuera al patio, para que le gimieran en el oído el trémulo y desasosegado: “Qué hermosa... qué hermosa”, sin entender al principio de qué se trataba, ni por qué dolía, sin fijarse en nada más que en las alondras y en el principio de la niebla con la caída de la tarde. Todavía era joven, casi niña; todavía había tiempo y empezaba a saberlo, a recordar la partida de su padre, a entrenarse, lenta y paciente, en la parcela del trigo, durante los años necesarios para que la costurera, consciente de su crimen y de la declarada debilidad de su cuerpo venido a menos, empezara a temerla, sin apenas poder desafiarla, temiendo la retribución a la que la muchacha tenía derecho, y que ni siquiera el mismo dios al que tanto le rezaba podría impedir.

Abigaíl huele el trigo otra vez entre la niebla, ahora absoluta, que trepa hasta el cadalso, hasta sus piernas, su cintura, su pecho y su cuello. Recuerda la última vez que la costurera esgrimió el hierro que brillaba bajo el sol de la tarde. La muchacha no la miró, tampoco trató de protegerse, apenas miró la hierba mientras caía el golpe, mientras la mujer la maldecía por haber segado mal el trigo. Abigaíl imaginó un árbol que caía en el bosque sin nadie cerca que pudiera escucharlo, entonces esgrimió la hoz y cortó una hilera. La mujer, la madre relegada al hambre del tiempo y la enfermedad, tuvo miedo, pues la muchacha había crecido. Tiró las tijeras a la hierba y quiso entrar a la casa, mas no le fue posible caminar.

Todavía vienen a rezar todavía en las tardes de asueto cuando las horas son más tristes vienen a entonar palabras para los negros dioses del desierto y el dolor hacía tiempo que había dejado de ir a la escuela y tuve que amigarme con los tallos del trigo para después segarlos acabar con sus vidas y así ella con su vestido negro con sus tijeras de hierro parece llena de espigas que tendrán que ser segadas ha llegado el tiempo de la hoz cercenaré por fin la rama del amor y haré de ella una estaca de ceremonias iremos al bosque buscaremos la memoria de mi padre entonces no habrá miedo y la furia acabará con todo no hay aquí no hay miedo sólo el silbido de la hoz y del amor

“No te castigues más, Ester”, decían las voces de la tarde, “no es tu culpa, no llores”. La costurera zurcía la ropa, el oro en pago por la desgracia y el silencio, por el escarmiento que ahora se volvía contra ella. “Mi esposo murió de peste. Todos saben lo que sufrí; pero esto...”. Miraba a Abigaíl desde la ventana, contemplaba su baile quieto entre el trigal, huía de su desafiante belleza, ahora inocultable, huía de sus ojos, pero los encontraba, escuchaba el silbido de la hoz y el leve sonido de los tallos al caer. “Dicen que se ha vuelto prostituta. Que va al bosque para que la acaricien”, más voces, apagadas en la naciente penumbra del crepúsculo, “Lo hace para humillarme. Me odia. Es el pago de los justos”. Y las voces no cesaban, no lo harían nunca. “Pero ella no es tu culpa, Ester. Es el demonio que ha tocado a tu puerta y tú lo has dejado entrar. Sácalo de aquí”.

“Ojalá que te arda”, le decía la muchacha en el silencio de su sonrisa, iluminada por la breve luz del ocaso.

No volvió al patio nunca más. La belleza de sus formas no volvió a ser comprada y ahora los hombres la temían, rehuían su silencio que jamás sería complicidad sino desafío, reflejo del hambre insatisfecha que tarde o temprano terminaría por alcanzarlos a todos. Todavía el silbido de la hoz, las caminatas por el bosque, las manos llenas de tierra y guijarros, la búsqueda que llegaba a su fin.

Buscaste la piedad que no concediste nace la memoria las voces de esa noche en la que la niebla fue más espesa que el cielo papá pedía perdón y tú hablabas de una ofensa de una niña que no debió nacer y que crecía en tu techo frente al sándalo y los ojos de hombres santos no se quedará así dijiste acabarías con la niña en el nombre de Dios nadie se daría cuenta de tu humillación mentirías nunca amor siempre soberbia purga de la deslealtad gritos graznidos de aves negras grietas de la noche luego la herida en el pecho el cuchillo rasgándole el vientre a papá leche roja leche de crepúsculo leche de los amaneceres que no llegan te vi y me viste tuve miedo el suelo era húmedo y cálido la niebla le entraba en la boca no me dio las buenas noches estabas agitada lo envolviste en una sábana y saliste al bosque recuerdo que te seguí perdida en la neblina en la penumbra blanca que había dejado la muerte tu gemido era la luz y allí yo iba él era fuerte y tú torpe él era joven y tu vieja belleza y fealdad errores de juventud todo lo cubriste con piedras y ramas tus ojos de lechuza no me vieron piedras y ramas tierra maldiciones el ruego al dios de los pecados

Ya verás cómo te sacaré las entrañas desde el cuello mientras bailo sobre tus llagas bañadas de bruma

“Al final Ester se la pasaba en la iglesia, como si huyera, como si temiera estar en casa con esa muda”, dice la mujer del arriero bajo los primeros truenos. “No la culpo. La sucia esa siempre fue bella, pero nunca la habría podido casar con nadie. Y ya lo dicen por ahí, dicen que anda encinta. Además de todo lo que ya es, también terminó siendo una solterona y una puta”.

“El hijo podría ser de cualquiera”, dice el arriero.

“No importa. La señora Ester ya está en el cielo”.

El juez termina de dictar la sentencia. El sacerdote y él se miran. No hay nada más que agregar. Dan la señal y un hombre se aproxima a la palanca. Otra vez son las cinco de la tarde.

Abigaíl encontró el montículo, las piedras que no olvidaban la sangre, las ramas perpetradas por el avance del musgo, la tierra que volvía a removerse por arañazos, ahora pacientes. Ropa, huesos como guijarros, el retorno de la memoria y el último viento que precipitaría la sangre, el final que por fin estaría completo ahora que el otoño moriría para siempre mientras ella volvía a cubrir la tumba con ramas y hojas de arce.

La aguardó bajo la luz prematura de los arreboles, cerca de las escaleras del templo. Se descubrió entre la bruma del alba, forma núbil armada con una hoz recién afilada. Dejó que gritara, dejó que pidiera perdón, que la maldijera, que rezara, también que renunciara al dios que acababa de abandonarla. También dejó que cayera por los escalones, que llorara, que rogara por una piedad que ninguna simiente en el mundo podría engendrar ahora. Demoró el filo en el aire, erguido como una victoria, después lo hizo descender sobre el cuello, sobre el trigo de carne que todavía viviría un poco más, lo suficiente para que el gemido se volviera estertor, para que la boca se le llenara de niebla, ahora y para siempre.

El vértigo precede al vacío ahora que el suelo desaparece. El cuello se tensa, pronto se romperá. El cuerpo de la muda colgará durante tres días, a merced del viento, la bruma, el hambre de las aves oscuras y las moscas que la cubrirán como una capa; pero antes, ella habla, quizá con Dios.

Durante años acumulé la náusea para vomitarla hoy alianza de lágrimas y masacre hermosas como un trigal en los tiempos luminosos del estío todavía me hierve la mano de aquella leche roja todo termina no iré más al patio ni volveré al bosque no me cubrirá nada que no sea la caída del cielo seremos polvo y descansaré por fin de mi belleza siento los picos y azadones trinchándome y desde aquí mientras veo tus ojos perder el brillo puedo oler tu carne de arpía revolcarse en el ataúd todo termina ven vamos por la rama del amor por fin puedo ofrecerla no importa que ya no exista iremos por el oro de las montañas oculto más allá de mis bosques

El cuello se ha roto y ya se larga el aguacero.

Juan Fernando Aguilar Cárdenas
Últimas entradas de Juan Fernando Aguilar Cárdenas (ver todo)

¡Comparte esto en tus redes sociales!
correcciondetextos.org: el mejor servicio de corrección de textos y corrección de estilo al mejor precio