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Despedidas, de Julian Barnes

miércoles 15 de julio de 2026
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Julian Barnes
En Despedidas, Barnes introduce fragmentos que se asemejarían a un ensayo; otros que se conjeturarían ficción; párrafos deslavazados que tienen su origen en un cuaderno de notas; partes que son un diario; recortes que se dirían una carta, etc.

Julian Barnes nació en Inglaterra en 1946. Estudió Filosofía, Francés y Ruso en Oxford. Comenzó su desempeño laboral como crítico de televisión y cocina en la revista New Statement. También trabajó en el noble oficio de la lexicografía, ese entrenamiento en el que cualquiera que desee formarse como escritor debería hacer una pasantía para conocer su material de trabajo. Su matrimonio con la agente literaria Pat Kavanagh le brindó el apoyo y la confianza necesarios para atreverse a dar el salto y escribir novelas, ámbito en el que debutó en 1980 con Metrolandia. Ya que posee más de cuarenta publicaciones entre novelas, relatos y ensayos, en las que se incluye su obra bajo seudónimo (Dan Kavanagh), hemos escogido cuatro títulos que consideramos paradigmáticos para aproximarnos a su escritura. El año de publicación corresponde a la edición en español en Anagrama, no al de la aparición en su idioma original.

El absurdo, el trampantojo, la muerte, los recuerdos, la posibilidad de que nada sea real son algunos de los asuntos que rescatará en Despedidas (2026).

El loro de Flaubert (1986) lo catapultó hacia la gloria literaria. Se centra en un personaje que desea encontrar un loro embalsamado que se sospecha que inspiró a Flaubert. Este leitmotiv le permite superponer realidad y ficción y construir pieza a pieza, capa a capa, una composición extraordinariamente diseñada. Metrolandia (1989) se inspira en cómo se llamaba popularmente a los suburbios londinenses. Narra la vida de un adolescente que aspira a salir de ese estrato social y lo que esto provoca en su entorno. Inglaterra, Inglaterra (1999), juega con la idea de la sustitución de la realidad por un simulacro. Para ello da forma a una protagonista femenina que rememora su niñez, la fama y el fracaso; en el otro lado, el protagonista masculino se ve atrapado por su propia arrogancia en un absurdo proyecto turístico que represente la esencia inglesa. El sentido de un final (2012) emplea como catalizador el suicidio de un personaje para poner en marcha la maquinaria de las remembranzas. El absurdo, el trampantojo, la muerte, los recuerdos, la posibilidad de que nada sea real son algunos de los asuntos que rescatará en Despedidas (2026).

El valor de su prosa lo refrenda la lista de premios de los que puede hacer gala de ser poseedor. Es más extensa que la que citaremos aquí, pero sirva como aproximación: Premio Somerset Maugham en 1981, Premio Booker en 1984, Premio Médicis en 1985, Premio Booker en 2011, a lo que se añade el haber sido nombrado Caballero de las Artes y de las Letras de Francia. En 2026 se le ha concedido el Premio Princesa de Asturias de las Letras como reconocimiento a su trayectoria. Julian Barnes sucede así a Eduardo Mendoza, galardonado en 2025. No podemos evitar verlo como un guiño hecho a dos geniales tratadistas del humor, cada uno en su estilo y a su manera. En el acta del jurado se enaltece “su condición de extraordinario narrador y ensayista, dotado de humor”, y se le reconoce la impronta que deja dentro de la literatura contemporánea.

“Despedidas”, de Julian Barnes
Despedidas, de Julian Barnes (Anagrama, 2026). Disponible en Amazon

Despedidas
Julian Barnes
Crónica autobiográfica
Traducción de Jaime Zulaika
Editorial Anagrama
Barcelona (España), 2026
ISBN: 978-84-339-4891-5
216 páginas

Ya entrando en materia, resulta complicado tratar de encuadrar Despedidas en algún género en concreto. No existe una jaula hecha a medida donde obligarlo a entrar mansamente, ya que no se somete a normas ajenas. Barnes introduce fragmentos que se asemejarían a un ensayo; otros que se conjeturarían ficción; párrafos deslavazados que tienen su origen en un cuaderno de notas; partes que son un diario; recortes que se dirían una carta, etc. Leer este libro es aceptar el pacto implícito (pero avisado) de que vamos a encontrar unas páginas escritas según sus reglas, si es que existen.

Hemos de reconocer que, dentro de ese maremágnum, alcanza cotas poéticas muy hermosas, si bien es cierto que puede hacerlas colisionar a renglón seguido con muestras de flema y humor ingleses. También puede ocurrir que ponga a luchar los diálogos contra la narrativa pura, o cite versos, reflexione sobre otros autores (no siempre para bien) y el proceso creador... Lo que el libro va pidiendo, el autor se lo concede, sin estar pendiente del subsiguiente análisis de los estudiosos con sus lupas de aumento.

Los temas tratados son la enfermedad, la muerte, el deterioro y la decrepitud físicos y mentales, el paso del tiempo, la verdad, la religión, la aceptación, el mundo actual y, por último, pero no menos, sino más importante, la memoria y los recuerdos, todo ello engarzado en un collar de cuentas asimétricas, ni homogéneas ni pulidas: pequeñas piedras preciosas que no han cedido a la presión de asemejarse a sus compañeras, sino que son perfectas en su imperfección e individualidad.

Consta de cinco capítulos. El primero se titula “El gran I AM”. El eje central es la memoria, acerca de la que diserta apoyándose en distintos casos de estudio científico y en la situación de algunas personas que padecen ciertas patologías cerebrales (la mencionada IAM, la sinestesia y el HSAM) que pueden condicionar los recuerdos. Su planteamiento es que no es necesario padecer ningún trastorno para, como mínimo, sospechar de ellos, porque, cuando relatamos una anécdota del pasado, ¿somos fieles a lo que ocurrió realmente, o lo adaptamos inconscientemente a nuestra conveniencia? ¿Podemos fiarnos de nuestra retentiva?

El segundo capítulo es “El principio de la historia”, donde repasa su etapa universitaria y las preocupaciones y metas que suelen presentarse en la juventud, que relata y pormenoriza desde la atalaya que vamos construyendo a lo largo de los años. En ocasiones se percibe nostalgia y dulzura, y un humor amargo en otras. Nos presenta a Stephen y Jean, unos amigos que fueron novios y cuya relación no cuajó en un compromiso formal. Son importantes porque reaparecerán posteriormente. Esto supone un salto conceptual desde el capítulo anterior, que se acomodaba en cierto sentido a los estándares del ensayo, hacia la narrativa.

El tercer capítulo, “Tratable”, lleva este nombre porque es así como define la doctora el cáncer que lo acompañará hasta la muerte y del que tiene noticia en plena pandemia de coronavirus. “El escritor, de cuarentena en su propia casa, de repente aquejado de cáncer de sangre mientras alrededor hay un virus que se propaga exponencialmente. Suena a novela mala, o cuando menos trillada”. Mientras va procesando estas dos verdades, la ironía encuentra puntos de fuga por los que escapar: “Todo ha sido interesante: las hemorragias, los análisis de sangre, el cauteloso compañerismo de los demás pacientes. Me encanta hablar con los médicos y las enfermeras, como también me encanta hablar con policías”. Analiza en primera persona cómo opera la memoria y “lo que queda olvidado a medida que la mente procesa la ingente entrada de hechos que debe almacenar”, contrastando sus evocaciones con lo que iba anotando en su cuaderno en el momento en el que iba sucediendo, lo que arroja un resultado sorprendente.

En el cuarto capítulo, nombrado “El final de la historia”, retoma las andanzas, ya en el presente, de Stephen y Jean. Stephen le solicita ayuda para volver a ver a Jean, y Barnes se presta a ejercer de casamentero con toda su buena voluntad (y mala cabeza). Finalmente, el amor volverá a surgir, pero ya será distinto, difuminado por las expectativas, el paso del tiempo, los años, los cuerpos, los espacios, las manías, etc. No desvelaremos nada más allá, pero sí tendremos que avisar del retorno de una hibridación de géneros. Todo deriva hacia una especie de diario oculto en el que el autor aprovecha para deslizar sus propias cavilaciones en relación con las segundas oportunidades y la escritura (“No me importa que no te gusten mis libros, pero te equivocas si crees que no sé exactamente lo que me traigo entre manos cuando los escribo”). Reserva un espacio también para sus pensamientos sobre la desaparición de los amigos, pero sin perder la esperanza en encontrar otros (“Sí, es más difícil hacer nuevos amigos cuando envejeces, pero también más gratificante cuando lo consigues. De pronto tienes ante ti toda una vida inédita [...]. Ese es el placer de los nuevos amigos”).

El quinto capítulo, “A ninguna parte”, es quizás el más sentimental y de mayor hondura, aunque se las ingenia para desdramatizar y seguir insertando fogonazos de humor que ayudan a aligerar el drama. Incide nuevamente en la muerte, en el camino de la vida, en el legado que dejamos, tanto el profesional como el humano y, de nuevo, en la memoria (“T. S. Eliot escribió que lo único que sabemos de los demás son los recuerdos que tenemos de los momentos que pasamos juntos”). Relaciona esta última con la identidad, el saber quién es uno (“Todos sabemos que la memoria es identidad: suprimamos la memoria y, ¿qué nos queda?”). Es un razonamiento complejo, ya que, si no es fiable, nos deja al albur de que toda la vida no sea más que una serie de meras suposiciones que nos formamos relativas a lo que creemos que ha pasado. Deja caer también la idea del horror vacui (“¿Qué te espera, sin embargo, al final de tu vida? Olvidar lo que más querías conseguir; que se borre de tu memoria todo lo que te propusiste y construiste y pusiste ahí afuera en el mundo”).

Continúa con algunas interesantes meditaciones acerca de la escritura que merecen ser leídas y de las que extractamos las siguientes: “Una vez publicado el libro, a su alrededor se crea una certeza. Todo parece planeado [...] como fue siempre la intención. Por el contrario, mientras escribe el libro, el escritor está continuamente inseguro. [...] Ya terminado, el libro también se solidifica en la mente de su autor. [...] Ya publicado, el libro se lee y se interpreta de formas distintas”.

Lo que pensamos que desea transmitir en su senectud es que un día no estaremos, hayamos hecho lo que hayamos hecho. Por otro lado, quizá ni siquiera lo recordemos, así que hay que aprovechar los días de sol antes de que vuelva la lluvia, porque “es sólo el universo, haciendo lo suyo”. Para despedirse, nos dedica estas palabras: “Prefiero la imagen de escritor y lector en la terraza de un café [...]. Sentados uno al lado del otro, contemplamos las numerosas y diversas expresiones de vida que desfilan ante nosotros”. Nos quedamos en esta terraza en compañía de nuestro dear Julian mientras miramos la gente pasar, aprovechando que seguimos aquí.

Javier Úbeda Ibáñez
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