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Uno o dos de tus gestos, el más reciente libro de cuentos de Jorge Gómez Jiménez, editor de Letralia

Canciones y laberintos

viernes 11 de septiembre de 2015
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Entiendo a la perfección la soledad. He vivido en su vientre por muchas noches, de esas que parecen años cuando el insomnio nos lleva, como Caronte, por el río de las horas interminables. Entiendo a la perfección la soledad y la locura. No es mi culpa estar loco, siempre fui más que lúcido; incluso terminé una carrera. Ese día o noche o madrugada, no recuerdo, cuando mi tía Lupe me habló para que fuera a ayudarla a morir, mi vida cambió para siempre.

Llegué luego de que me pasaran el recado de que la tía Lupe estaba desesperada por morirse. Ni me dio tiempo de decirle lo que uno debe decir, como “váyase en paz, tía” o “usted no se preocupe por nada, tía”. Quizás, “allá va a estar más a gusto, verá que sí, tía”. No. Llegué sudando a la habitación y nomás me vio se le hicieron los ojos grandotes, como si no le cupieran en la cara; suspiró y alzó la mano para que la sujetara. Yo estaba listo con mi lista de frases confortadoras para los casi muertos. Pero cuando abrí la boca, se me atoraron por querer salir todas juntas, y ella, mi tía, ya con su mano en mi mano, suspiró otra vez y se fue. Tendría mucha prisa porque hasta se murió con los ojos cerrados. Ni para cerrárselos me esperó.

Las instrucciones eran claras. Ella no quería salir de su casa. Dijo que prefería ser fantasma en casa conocida a andar penando donde no sabía ni dónde estaba el baño. Yo le dije que mejor allá, que aquí se iba a aburrir, pero no. Fue un rotundo no. Y pues ella me dio mi estudio, me dio mi ropa, mi todo. Yo tenía que hacerle caso a su última voluntad.

Fui el único que estuvo ahí cuando murió, y después. No tenemos familia, estábamos solos, solos y juntos. La cargué, y no fue difícil, la pobre ya estaba flaquita, flaquita, como si supiera que si no se encogía, no iba a caber en el baúl donde me dijo que la echara. Sí cupo. Parecía mandada a hacer, mi tía, digo, porque el baúl era más viejo. La puse envuelta en unos perfumes y mantas y bolsas para que no oliera tanto. Le puse su rosario que le había traído un padre desde el Vaticano, bendecido por el Papa. Eché unas joyas que ella quería dizque para que no se las robaran. Unas fotos de sus papás y una envoltura de chocolate, que nunca me dijo por qué era tan importante pero se la eché.

La última indicación era que arriba del baúl pusiera su tocadiscos tocando un disco grande y negro.

 

Ponme atención, cabeza. Me vas a meter ahí y luego pones esa caja y pones ese disco. Pero no se te vaya a ocurrir irte antes de que se acaben las canciones, ¿me oíste? Nunca me ha gustado escuchar música sola. Y me lo debes, así que ni se te ocurra dejar a la muerta sola. Hasta que se acabe el disco. ¿Oíste? Y no me lo vayas a quitar porque regreso.

 

Sí, tía. Sí oí. El problema es que cuando puse el disco sentí algo. Como si hubiera entrado en una habitación que se hace más grande entre más camino. Como si hubiera entrado en el interior de una serpiente que se muerde a sí misma. Es extraño. Al parecer no hay falla, el tocadiscos no parece dañado. El disco estaba bien. Conozco la soledad. Conozco el tiempo interminable de las noches con insomnio. El disco estaba bien cuando lo puse. Huele muy mal, después de estas noches ya huele muy mal. El tocadiscos no parece dañado. La canción sigue. Ha seguido y seguirá. Y no puedo irme ni quitarlo. Se lo debo. La canción vuelve, parece que ya se aburrió y se calla pero en seguida regresa. El tocadiscos no parece dañado. La canción sigue. Ha seguido y siempre seguirá.

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