Querida Cris:
Me figuro que te extrañará recibir una carta en el buzón, cosa hoy en día completamente insólita. Ya sabes que odio el teléfono y hablar cara a cara de ciertas cosas siempre me ha dado pánico. Pánico a contar demasiado o demasiado poco —me gusta medir las palabras— y pánico a no expresarme bien y dar lugar a malentendidos. Nunca he sido muy espontánea.
Supongo que debería darte las gracias por invitarme a compartir las vacaciones con Bea y contigo. Después de tantos años viajando con Claudio pensaba que nunca más podría hacerlo acompañada; tampoco tenía fuerzas para ir sola a ninguna parte, así que estaba resignada a pasar el verano en la playa, en el viejo apartamento de mis padres que mis hermanos y yo aún no hemos conseguido vender. Tu propuesta me hizo ilusión, quizás porque la otra vez que hiciste ese mismo crucero en velero por las Baleares, hace tantos años, a mí, aunque no lo reconociera, me hubiera encantado ir contigo. Yo acababa de empezar mi noviazgo con Claudio, que no era mucho de pandillas. Con cierta cautela le hablé de vuestro proyecto. Él arrugó la nariz, abrió el cajón y desplegó ante mí una enorme cantidad de folletos y anotaciones de la ruta por México y Perú que estaba planeando. Fue nuestro primer viaje y tengo recuerdos maravillosos. A la vuelta nos fuimos a vivir juntos y yo ya era consciente de que había iniciado una etapa nueva, más llena de obligaciones y certezas, diferente a aquella turbulenta que había llevado durante el tiempo en que tú y yo compartimos piso, amigos y confidencias. Me reí mucho cuando me contaste tus aventuras con aquel grupo variopinto —a quien Claudio llamaba los colgados—, todos metidos durante dos semanas en un barquito de camarotes atestados, compartiendo tareas marineras, sol, amores y frustraciones y, al oírte, sentía cierta condescendencia mezclada con una sensación de exclusión definitiva de un ambiente al que nunca había llegado a pertenecer del todo. Cada elección conlleva sus renuncias.
Tras el agradecimiento, viene la pregunta. ¿De veras fue casualidad la aparición de Eduardo en nuestro barco? Me cuesta trabajo creerlo, aunque, desde luego, no te veo en el papel de celestina. Tengo que reconocer que su presencia me fastidió. Tenía ganas de crear un pequeño mundo entre las tres: tú, tu hija —mi ahijada— y yo, al margen del resto de los pasajeros. Después de la ruptura de nuestro noviazgo, que para mí fue tan dolorosa, intenté un tiempo mantener una ficción de amistad, hasta que me di cuenta de que él no la valoraba de la misma forma que yo y comencé a no ver en mi antiguo amor más que la persona engreída, fría y egoísta que en realidad es. A esto se sumó la llegada de Claudio y Eduardo y yo nos distanciamos definitivamente. Parece mentira que, en una ciudad como la nuestra, pese a movernos en círculos más o menos comunes, sólo nos habíamos vuelto a encontrar en poquísimas ocasiones y nunca habíamos pasado de un saludo tenso y cortés.
Cómo pude pasar de esa indiferencia lindando con el desprecio a perder la cabeza y la dignidad en el mínimo plazo de dos semanas es algo que no consigo explicarme. Ya me ocurrió en aquella primera ocasión, tan lejana. Conocía su trayectoria, sabía que iba enlazando una conquista detrás de otra y, sin embargo, me dejé embaucar por su palabrería, por esa capacidad suya para hacerte sentir única, interesante y digna de compartir la intimidad orgullosa que él esconde al resto del mundo bajo una apariencia de timidez.
Treinta años más tarde me ha vuelto a ocurrir. Acepté su cortejo pensando que era un juego inocente, convencida de que me blindaban dos cosas: la edad y el recuerdo del amor de Claudio. Me equivoqué. Él supo encontrar debilidades escondidas y manipularlas con halagos y promesas hasta que me tuvo en sus manos como cuando era casi una adolescente. La situación se repitió paso por paso. Parecía que el tiempo no hubiese transcurrido y yo siguiera siendo la misma muchacha insegura y él el mismo amante torpe y desmañado, porque en la cama sigue siendo un desastre.
También, igual que la primera vez, después de mi rendición vino el desinterés por su parte, primero discreto, luego cada vez más evidente. La vida ahora va mucho más deprisa, si nuestro primer amor duró seis meses el segundo se quemó en apenas una semana. Él sigue siendo el mismo y, tras una pieza cobrada, comienza a husmear la siguiente. No había mucha gente donde elegir en nuestro velero y sus ojos se posaron en quien más me podía doler.
Quizás todo lo anterior no tiene mucha importancia, por muy ridícula que me sienta. Lo que de verdad tengo que decirte es otra cosa. Creo que lo conozco mejor que tú. Tal vez te haya pasado inadvertido que, en cuanto decidió marcar las distancias conmigo, puso sus ojos en Beíta: se interesaba por sus escritos, escuchaba embobado sus opiniones —tan ingenuas aún— y la colmaba de pequeñas atenciones de las que ella no tiene costumbre, los chicos de hoy son mucho más directos. En dos días estaba cortejándola tal como me había cortejado a mí sin disimular lo más mínimo.
Me preocupa Bea, es demasiado inocente y me da miedo que él le haga a ella el mismo daño que me hizo a mí cuando yo tenía más o menos su edad; el que sólo supo curar Claudio con su paciencia y su cariño, y el que me ha vuelto a hacer ahora, aunque sólo sea en el orgullo. No son figuraciones ni celos de mujer madura con respecto a una más joven, no. Repasa tú misma el comportamiento de Eduardo en los dos o tres últimos días. ¿No te fijaste en cómo la miraba, en cómo no se apartaba de ella, en cómo le sonreía? Y yo me daba cuenta de que ella no podía evitar sentirse halagada, ni pavonearse radiante y satisfecha.
En conclusión: lo más importante es que estés atenta a lo que suceda a partir de ahora. ¡Ojalá no sea demasiado tarde! Si es necesario, habla con la niña. No es un hombre de fiar y ella merece conocer el amor de otra forma más auténtica y más hermosa.
Creo que esto es todo, te mando un beso para ti y otro para mi ahijada. Ojalá que nos veamos pronto; yo para entonces me habré lamido las heridas y estaré dispuesta a pasar un buen rato con vosotras. Un beso de tu amiga,
Elena
Querida Elena:
Sí que es sorprendente encontrar una carta en el buzón; sin embargo, al reconocer tu letra no me extrañó; siempre te ha gustado apegarte a los viejos tiempos. Gracias a esa afición tuya descubrí la voz del pasado en algunas ciudades —¿te acuerdas de lo bien que lo pasamos recorriendo el norte de Italia con nuestras mochilas a la espalda?— y en las lecturas que me recomendabas —Jane Eyre fue la primera y una de las que más disfruté. Así que te contesto por el mismo canal, algo trasnochado pero con ese toque de glamur que tanto te gusta.
Vamos por partes.
En primer lugar, soy yo la que tengo que agradecerte que compartieras el viaje con Bea y conmigo. Estos últimos tiempos está muy huraña y no hubiera aceptado que fuésemos las dos solas. Tu presencia ejercía de pantalla entre nosotras, limaba tensiones y la vi menos reconcentrada, capaz de disfrutar con cosas simples como la comida, los baños y las tareas en el barco. Ser madre no es fácil y a mí me vino un tanto de sorpresa; nunca sé si lo estoy haciendo bien. Tú, en cambio, que no tuviste hijos, eres mucho más maternal que yo y a Bea le encanta que le tengas a punto un jersey por si refresca, que comentes con ella los libros que os gustan o que leas lo que escribe con ese interés que a mí me cuesta brindarle. Tiene suerte mi hija de que seas su madrina y yo estoy orgullosa de haber elegido bien.
En segundo lugar te diré que, por supuesto, la presencia de Eduardo no fue casualidad. Tampoco pretendí hacer de celestina. Él y yo no hemos dejado de tener contacto en todos estos años, una amistad intermitente, la que nos permiten sus sucesivos y arrebatados amores, que los dos valoramos mucho. Un día le comenté nuestros planes de verano y que aún quedaba una plaza libre para completar el pasaje. En seguida le apeteció apuntarse.
Es cierto que no te dije nada porque temí que eso te disuadiera de acompañarnos. Sin embargo, vuestros amores quedaban ya tan lejanos que estaba segura de que enseguida te alegrarías de que volviéramos a estar unos días juntos; antes de que os hicierais novios nos llevábamos muy bien los tres. Quizá metí la pata.
Ahora bien, creo que eres algo injusta con Eduardo. Si se mantiene con él cierta distancia —emocional, diríamos— es una persona divertida y estimulante. Es cierto que su ironía inteligente y despiadada lo distancia de los demás —cosa que él es el primero en sufrir—, pero al mismo tiempo arranca las vendas que nos ponemos para no enfrentar la realidad tal como es. Y creo, Elena, que aunque parezca que esas vendas nos ayudan a soportarla, lo que hacen es impedir que la vida fluya.
Ya que tú has elegido este medio, te diré algo que de otra forma no me atrevería. ¿No crees que toda esa trama de seducción y enamoramiento de que me hablas encubre algo mucho más simple? Hace ya dos años que te quedaste viuda. Apuesto a que en ese tiempo no has tenido ninguna relación. Eduardo se conserva bien y sigue teniendo encanto. ¿Qué hay de malo en que te sintieras atraída físicamente por él? Siempre has sido novelera y te ha gustado ser la protagonista de esos relatos que tú misma te cuentas, pero ya se sabe, las historias felices, o las intrascendentes, no tienen interés, un dramón es mucho más emocionante. ¿Por qué no te limitas a aceptar lo que viene, un simple escarceo pasajero, sin más adornos? Fíjate, dices que Eduardo sigue siendo tan mal amante como hace años. Yo no comparto tu opinión. Nuestra amistad nunca ha excluido el sexo y, sin decirte que sea un fuera de serie, si se siente libre de obligaciones y expectativas —que pueden ser creadas por él mismo, ojo— es capaz de ser tierno y generoso. Si no aceptas el papel de seducida y asumes el de compañera esporádica de un conquistador compulsivo —porque eso sí que no puede evitarlo—, verás que tu opinión sobre él deja de ser tan negativa y podrás apreciarlo e incluso quererlo.
Y llegamos al nudo de la cuestión: Bea, mi niña, pues sigue siendo mi niña a sus diecinueve años. No sé decirte si tienes o no razón en lo que me cuentas, él la ha tratado desde pequeña y su trato siempre ha sido natural; sin embargo, conociéndolo, no me extrañaría que quisiera añadir una nueva joya a su colección. Una joya joven, aunque no tan inocente como tú piensas. Las chicas de hoy tienen mucha más experiencia que nosotras a su edad y no sé si no sería ella la que añadiese una alhaja añeja y exótica a su colección propia. Creo que es suficientemente práctica y vitalista para no enamorarse de quien pudiera ser su padre y será un viejo en un plazo bastante breve. Por supuesto que tampoco podemos desvalorizar las habilidades seductoras de nuestro amigo. Lo que ocurre es que no sé cómo abordarla. Además, si intento influirle de alguna manera, o no conseguiré nada o mi intervención la llevará en dirección opuesta a la deseada, es decir, será la mejor manera de arrojarla en brazos del galán.
Estoy convencida de que a ti te escuchará mucho más y, sobre todo, tú podrás contarle tu experiencia, hablarle con la sinceridad de lo vivido y ella, a partir de ahí, sacará sus propias conclusiones. Yo te agradeceré mucho que lo hagas. A mí, no sé si por mi carácter o por ser su madre, me resulta imposible. Ahora bien, creo que por carta no va a funcionar. Comprendo que no te guste, pero hay asuntos que exigen enfrentarse al desnudo, sin mediaciones ni cautelas.
Espero no haber sido dura contigo, Elena, sólo deseo que no necesites tantas justificaciones para disfrutar de un poco de felicidad. Te mando un abrazo enorme,
Cristina
Luci, tía, no paro de llamarte y no me lo coges. Después de un montón de días en el velero sin cobertura me muero de ganas de charlar contigo, así que te lo grabo por aquí y ya hablamos cuando puedas. ¿Qué es lo que te tiene tan ocupada que no le haces ni caso a tu amiga? Para mí que va a empezar con J...
Vaya odisea alucinante que he pasado. Te dije que me iba a un crucerito con mi madre y mi madrina, ¿no? Bueno, pues en el grupo iban cinco personas más y una de las cinco era Eduardo. Creo que no te he hablado de él. Es un folliamigo de mamá que aparece y desaparece cada cierto tiempo. Se conocen de siempre, yo no lo he tratado mucho, venía por casa, un poco torpón con los niños, a veces me traía un regalito, vamos, una especie de tío lejano o así. Sólo a la enreda de mi madre se le ocurre invitarlo a un viaje que estaba pensado para nosotras tres. Y la lio bien liada.
Lo primero fue que al tipo le dio por conquistar a mi madrina. Por lo visto habían sido novios en los tiempos de Maricastaña y él la había dejado con el corazón roto. Elena es una mujer demasiado..., no sé cómo decirte, ¿romántica? Yo me entiendo con ella de puta madre, nos gustan los mismos libros, lee lo que escribo y me hace comentarios geniales. No es que me cuente mucho de su vida. De su marido, en cambio, sí me habla. Lleva viuda dos años y su Claudio no se le cae de la boca, que si fuimos a aquí o allá, que si esto me lo regaló, que si a él le hubiera encantado este cuento tuyo... Para mí eran una pareja ideal, un poquito empachosa, hechos para vivir juntos y felices sin comerle uno el terreno al otro. Quizás con un punto demasiado tranquilo, se conoce que el Eduardito la dejó escarmentada y se buscó uno que no tuviera tanto peligro.
¿Pues te puedes creer que volvió a comer de su mano como si no supiera ya de qué pie cojea el tío? Porque a donjuán no le gana nadie. No sé con cuántas se habrá enrollado. Mi madre dice que hasta hizo una exposición en su piso con fotos de todas sus ex. Pero, verás, es que no es de los que les gusta el aquí te pillo, aquí te mato, no. Él no se conforma con tirarse a una, sino que disfruta envolviéndola en su tela de araña de arrumacos y palabrería y no le clava el aguijón hasta que está loquita por sus huesos. Con mi madrina lo consiguió rápido. No sé si será aquello de “donde hubo fuego” o que ella tiene un punto de sufridora que había logrado sofocar con su matrimonio y que se le ha desbocado de momento.
El caso es que desde que empezó la travesía él no paraba de mirarla, de buscar cómo quedarse un ratito a solas, de hacerle confidencias —a saber qué rollos le estaría metiendo—, y al poco andaban buscando las vueltas para encerrarse en un camarote aprovechando los momentos en que los demás nos sentábamos a comer o estábamos entretenidos con las tareas de la vela. La gente bromeaba un poco a su costa, pero ellos eran mayores y libres y pueden hacer lo que les da la gana. Aunque a mi madrina, con lo discreta que es, le tenía que costar trabajo salir de allí, colorada y sudorosa, siendo blanco de las miradas y de los comentarios de chufla de algún pasajero impertinente.
Lo peor vino más tarde, tía. Tras unos pocos días de idilio, el cabrón empezó a pasar de ella como de la mierda. Se conoce que la vio rendida de momento y ya estaba buscando otro trofeo para su álbum. ¿Y en quién puso los ojitos? Pues en tu amiga Bea, nada menos. Yo creo que, más que nada, porque era la forma de joder a mi madrina por partida doble. Por ella y por mí.
No te puedes imaginar la cara que se le quedó a la pobre cuando de pronto él dejó de estar pendiente de ella y ya ni te acerco la toalla, ni que si quieres una copa, ni siéntate aquí a ver la puesta de sol. Enseguida nos dimos cuenta, porque la intimidad en el barquito es cero, de que él empezaba a huirle con una excusa o con otra y, poquito a poco, iniciaba la caza de su nueva pieza. Y no veas cómo se lo montaba. No dejaba pasar una oportunidad, y eso que ya te digo que había pocas. Que si déjame que lea tus cuentos, que si qué bien escribes, que si no has pensado publicar. Siempre muy paternal, para disimular delante de mi madre y de Elena. Es cierto que me hizo alguna crítica interesante —tonto no es para nada— y me animó a presentarme a un concurso que convoca la universidad. Hasta me insinuó que tenía mano con alguien del jurado.
Me estaba camelando con tanto mimito, los chicos de hoy no pierden tanto tiempo en comerte la cabeza. Y también que el tipo se mata a hacer deporte, nada, juega al tenis, corre, monta en bici, yo qué sé; tiene un cuerpazo. Si te digo la verdad, para un polvo rápido, si no fuera por lo de mi madrina, no le hubiera hecho ascos. Pero una noche en cubierta me pilló desprevenida y empezó con los besitos... Yo para eso ya sabes que soy rara y sin enamorarme no me gustan los besos, ni con lengua ni sin lengua. Además fuma y el aliento le huele a tabaco, con el asco que me da. Si a eso se suma que en ese momento se me metió en la cabeza la imagen de Elena y él haciéndose arrumacos en la proa... Le hice la cobra y todavía tuvo huevos de llamarme frígida. Me cabreé y no le grité que era un Matusalén para no liarla.
Pues desde que le pegué el corte, no veas cómo andaba, parecía un ánima en pena, así que figúrate el plan que tuvimos a partir de entonces. Yo intentando escabullirme de sus miradas de cordero degollado y mi madrina mirándolo a él con ojos de mártir. Mi madre creo que no se ha enterado de nada, la otra sí que se ha olido el pastel y lo peor es que me da la idea de que quiere hablar conmigo del tema. Seguramente para aleccionarme, aunque, ya te digo, por mi parte no hay peligro de caer en sus redes.
¡Menos mal que por fin se acabó el viajito! Otra cosa no, pero un relatillo sí que creo que voy a sacar de todo esto. Lo mismo hasta pruebo suerte en el concurso.
Anda, contéstame pronto, que tengo ganas de escucharte y de saber de tus aventuras.
De: ana.guerrero@us.es
Fecha: 30 de octubre
Para: eduardo.r.carrizo@audisa.org
Asunto: Re: Recomendación
Querido Eduardo, con respecto a tu recomendación, no hubo manera de darle el premio a tu protegida. Su relato no estaba mal, pero los había mucho mejores y supongo que no pensarías ni por asomo que yo iba a colocar a alguien por delante de los que se merecían ganar por muy amiguita tuya que sea la autora. Lo que sí conseguí es incluirla en el libro recopilatorio de los cuentos ganadores y finalistas. Ahí no me costó que en lugar de diez entraran once sin perjudicar a nadie.
Hay que reconocer que la chica tiene capacidad para describir situaciones e incluso penetración psicológica para los personajes. A mí esa historia de conquistas y abandonos me ha removido recuerdos no demasiado agradables; en la época en que te conocí yo no tenía el desparpajo de las niñas de hoy, y me costó mucho recuperarme de tu desenamoramiento repentino, que surgió justo en el momento en que yo más me había ilusionado.
Me imagino que vas a sentirte identificado con el protagonista del cuento, ese don Juan trasnochado, al estilo del marqués de Bradomín en la Sonata de invierno, sólo que tratado con un poco de más mala uva. Ya me dirás cuando lo leas (porque me imagino que aún no lo has hecho), no tardará en publicarse.
Espero que no te moleste que Beatriz haya bautizado al personaje con tu nombre y apellidos; seguro que no es más que una curiosa casualidad.
- Justicia poética - martes 9 de junio de 2026


