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Polvo de hadas

sábado 6 de junio de 2026
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A Miguel y Bianca.

Lo maravilloso de la infancia es que cualquier cosa es en ella una maravilla.

Gilbert Keith Chesterton (1874-1936).

¿Quién puede matar a un niño?

Narciso “Chicho” Ibáñez Serrador (1935-2019)

Era tan bonita el día que nació que me dolieron los ojos con sólo mirarla. Sin embargo, no estaba preparado para comprender en lo que se convertiría cuando dejó de ser un hada inocente para transformarse en una depredadora sin remordimientos.

Mi niña preciosa nació el mismo día de mi cumpleaños. Fue una señal divina, de esto no tengo dudas. Mi mujer terminó exhausta tras el parto, pero no fui consciente de ello hasta el día siguiente cuando me dio por preguntarle cómo se encontraba. Esto ocurrió porque sólo tenía ojos para mi pequeña hada de los bosques, no podía dejar de observarla. Volví a nacer o comencé a vivir el día que nació, no había en mi mundo otro ser más perfecto que mi hija.

Antes lo fue su madre, pero ahora la veía como un recipiente feo, grasiento y desgastado. Me repugnaba su aliento a tubería oxidada, su cuerpo gordo, su voz débil y vulnerable... No podía dejar a mi pequeña en manos de ese monstruo asqueroso que podía quitarme a mi ángel. Cuando sonríe y llora por mi hija aguanto como un hombre y me rompo por dentro como un padre. Esa cosa es mi esposa y madre de mi bebé, mi creación, mi vida eterna. Mi misión era protegerla para que no terminara en manos de esa bruja, pero debía ser cauto y paciente como una leona cuando caza para alimentar a sus crías.

Mi princesa tenía un mes de vida cuando me sonrió por primera vez. No tenía dientes y aun así me pareció la inocencia en toda su perfección. Todos los días me encargaba de bañarla y sacarla de paseo. Esos momentos entre padre e hija los embotellé en mi memoria. Lo peor eran las horas de la lactancia y los turnos de noche que debía cubrir en la fábrica de vidrio. Durante esas horas mi hada estaba indefensa ante esa morsa con bigote y pechos enormes y caídos. Mi hija lloraba y esa cosa también al mismo tiempo porque estaba deprimida o al menos eso me decía y yo debía creerla y apoyarla en todo momento, aunque no se daba cuenta de que fingía y de que siempre rociaba con perfume cada habitación una vez que salía porque su olor corporal era vomitivo.

No la odiaba, sólo me incomodaba su existencia y en realidad no tenía motivos sinceros, pero era superior a mis fuerzas y a mi cordura.

Debía esperar un año para que mi hija no tuviera que depender de su madre. El plan para que desapareciera de nuestras vidas no iba a ser sencillo; por ejemplo, un simple accidente, llorar un poco después y aislarnos de su familia para estar los dos solos. Eso pensé hasta que llegó nuestro cumpleaños y ese día lo supe.

Forjamos un vínculo padre e hija inquebrantable. No sé cómo mi pequeña podía leerme los pensamientos. Cuando pensaba que ojalá le mordiera los pezones a la vaca lechera, ella lo hacía hasta hacerla sangrar, se cagaba y meaba en su cara cuando cambiaba los pañales, la pellizcaba, le jalaba de los pelos con fuerza...; en cambio con su padre estaba alegre cada instante y nunca lloraba. Cuando me dijo papá por primera vez fue enigmático como descubrir su primer diente y ver sus primeros pasos. Cada vez que decía mamá, escupía y vomitaba leche.

No llegué a anular a mi querida esposa, ya lo hacía mi hada por los dos y esa cosa no se daba cuenta. Pobre criatura ingenua que poco le iba a durar la poca cordura que le quedaba.

Encargué una tarta de tres chocolates y fresas con su nombre, MARÍA y al lado PAPÁ. Debía vigilar la tarta en todo momento porque temía que esa cosa infecta se comiera una esquina.

La familia materna fue llegando poco a poco a mi casa y cada uno le fue dando un beso a mi hija, y después de esta tortura limpié su rostro con toallitas desinfectantes, y luego se fueron corriendo a comer como cerdos. La sensación de desmayo y asco al mismo tiempo la estuve sintiendo durante media hora, pero nadie se percató de ello.

Mi niña comenzó a llorar cuando estuvieron cantando el cumpleaños feliz y le toqué el hombro para calmarla. Bajé la mirada un instante y vi sangre y me asusté porque pensaba que María estaba herida; sin embargo, el susto duró poco porque esa sangre era de mi esposa y mi pequeña tenía un tenedor de plástico en su mano izquierda.

Todos gritaron menos María, que se encontraba muy tranquila y me pidió que la cogiera en brazos. Ya quedaba menos para estar los dos solos.

Los cerdos se fueron corriendo al hospital sin percatarse de que mi hada y yo comíamos tarta y celebrábamos nuestro cumpleaños.

Cuando volvió la madre con el brazo vendado acompañada con una mirada fría como si supiera mis planes. Entonces lo supe, debía deshacerse de esa mujer, aunque el plan tardaría más tiempo en llevarse a cabo. Durmió a mi hada en su cuna, más tarde la arropé y me fui a dormir al sofá porque la San Bernardo se había apoderado de nuestra cama.

Tres años después, era un hombre feliz y padre orgulloso de una niña preciosa, inteligente y traviesa. Hay personas que me comentaban que mi hija era malvada y cruel con los otros niños, pero en realidad ella estaba dejando claro quién era el líder de la manada. Yo no iba a criar a una esclava, sino a una líder, cruel, pero líder. Sin embargo, no era viudo y la madre me limitaba a la hora de darle todo lo que me pidiera mi hada. Las madres son seres diabólicos y limitan el máximo potencial y talento a sus hijas por culpa de celos y envidia.

Recogí a María de la guardería y en pocos meses empezaría el colegio, y eso significaba que estaría menos tiempo con ella, pero su educación era muy importante para ser una persona de provecho y una líder incuestionable. Cuando abrí la puerta, había un silencio sepulcral, una paz y tranquilidad extraña porque no estaba en el sofá la madre que la había parido. Entré en la cocina y mi hija me llamó varias veces seguidas, fui corriendo y vi que su madre estaba en el suelo con sangre alrededor de su cabeza.

Llamé al 112 para explicar lo ocurrido y llegaron al cabo de cincuenta minutos de aparente espera y estrés porque en realidad cogí a mi hija en brazos y estuvimos bailando y saltando de alegría porque éramos libres. Me acerqué de nuevo para comprobar que estaba muerta y me di cuenta de que había un juguete de María cerca de sus pies, así que murió accidentalmente porque se resbaló la muy torpe. Sin embargo, me di cuenta de que era el juguete favorito de María y que solía llevar a la guardería. Le pregunté si había olvidado el juguete, un tren, y me dijo, a su manera, que lo dejó ahí a propósito con una amplia sonrisa. No estaba preparado para la madurez fría y calculadora de mi niña, pero me pareció admirable y un orgullo ser su padre.

Tras el funeral, fuimos libres y pudimos trabajar en equipo para acabar con las madres de este mundo. La colaboración padre e hija fue sencilla, ella hacía como que se caía delante de una madre y yo la secuestraba, torturaba y asesinaba sin piedad. Cuando me fui haciendo viejo, María comenzó a trabajar en solitario de manera brillante.

Eugenia Ciruela Montañés
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