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Uno o dos de tus gestos, el más reciente libro de cuentos de Jorge Gómez Jiménez, editor de Letralia

Textos de Giussepie Philadelphio Pastrán

viernes 11 de septiembre de 2015
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Alas rotas

Dos de mis alas estuvieron rotas: una se expandía en la paz ocre que gota a gota fue diluyéndose como un rayo de cenizas sobre el sepulcro; otra era tan clara como la marea de octubre, tan fina como las mantas de lluvia que se escurren sobre un cementerio en la montaña que decide descender en segundos y en raudo vuelo hacia las vísceras del mar. Dos de mis alas estuvieron rotas.

 

Decimos

Le dije, apenas con un verbo que se desangraba sobre el océano,
apenas con el diálogo y el sonido de la plataforma nocturna,
apenas con el muelle ultrasensitivo del espacio-tiempo:
“dejemos que el mar de la felicidad limpie nuestros rostros,
que la virtud aguda del proceso inconcluso pueda despertar
la cronología del isótopo más sensible de nuestro choque”.
Fusión, hidrógeno en nuestras venas,
Cajas de cerillos encendidos al sereno,
página blanca de la expansión sobre el vacío.

Me dijo: “Cada noche es el receptáculo del universo,
una lámpara más que deja el aceite calcinado de los tiempos,
la memoria transitiva de una oración entre nosotros,
una pesada luz cargando el año del pensamiento”.
Horario, línea imaginada por el movimiento,
beso difunto de un pez en la orilla,
ola subversiva en los conflictos de alta mar.
Así, quisimos esperar la medianoche, así dejamos que el ojo lunar
purificara nuestro aliento, así medimos el cielo definitivo de nuestra plaza,
así murió el verbo, frente a todo el arco de todas las costas posibles.

 

Enero 2

En la esquina, vuela la herrumbre solitaria y homicida
en una lata de cerveza, una gota meretriz se escurre en su boca,
hay un giro discontinuo en el taxi de la novena hora,
la urbe está sombría, los peatones escarban una pregunta
entre los sueños; una etílica gota vuelve a escurrirse en su boca;

¿es el vagabundo, el taxista o la mujer de orgías bancarias?;
un labial dejó de mirar en el espejo de las tarifas nocturnas,
una virginidad de cobre, de hierro, de vino mezclado con hiel,
gloria mortuoria en las cajas tibias de los cartones noctámbulos,
corrió la última dirección volátil en el tránsito de los recuerdos.

y paz a sus restos, paz al ácido litúrgico de una lluvia fría,
paz al semáforo bermejo que nadie ve, paz al mendigo
que se droga con el hambre y la colilla azucarada de la noche,
paz a sus restos; paz al medallón sin salida de los hombres,
paz al parto moribundo de una gota que se escurre en su boca,
paz al frío más frío menos el frío de un calor en cataclismo;
paz al horizonte que se llevó todos los soles de la tumba-tarde,
paz al vapor de una gota que se escurre por su boca,
paz al rayado multiforme
que se esfuma en Nueva York, paz a la plaza de los soles
disueltos en Madrid, paz al manifiesto inconcluso en Copenhague,
paz a las victorias meridianas de Greenwich, paz al año internacional
de la paz, paz en Asís, paz en una bala perdida entre el ocre solitario
de Beirut, paz en la décima cuenta radiactiva del inerte paralelo 38.

Mientras tú vendes paz en “noche buena”, yo detono las ojivas
sobre el canto gris de los miserables, sobre el vapor fratricida
del gran laberinto saturnal; es la hipocresía de las copas rotas lo
que nos trajo hasta aquí; tú vestida, él desnudo; tú satisfecha, él
con la gota indigente que se escurre desde una lata de cerveza,
tú altiva, él deforme, tú indiferente, inmóvil y finalmente colgada
al vacío por unos cuantos granos de arena fugados en el tiempo.

 

El testamento de Carl Sagan

Llegará una época en la que una investigación diligente y prolongada sacará a la luz cosas que hoy están ocultas. La vida de una sola persona, aunque estuviera toda ella dedicada al cielo, sería insuficiente para investigar una materia tan vasta… Por lo tanto este conocimiento sólo se podrá desarrollar a lo largo de sucesivas edades. Llegará una época en la que nuestros descendientes se asombrarán de que ignoráramos cosas que para ellos son tan claras… Muchos son los descubrimientos reservados para las épocas futuras, cuando se haya borrado el recuerdo de nosotros.
Carl Sagan,
Cosmos

Las inecuaciones siempre han sido inexactas,
rayas oblicuas frente a un témpano que se desangra
sobre los precipicios de un hielo concéntrico y homicida,
lágrimas de ozono bifurcadas en el haz melancólico de la tarde,
llanto sempiterno inundando los crisoles del tiempo;

las generaciones osaron contar la Historia tras la
Historia, la claridad la llevan los hombres en sus
tumbas; son registros de una vanguardia que se
enferma en las páginas del retroceso, son

angustia,
plantío
y sol.

He osado aventurarme en la inconsciencia,
soy el libro de mí mismo, soy la carga de luces
regando el vacío, soy el vacío sobre las luces,
soy ausencia de espacio y tiempo, soy la memoria
del caos, soy

angustia,
desarraigo
y muerte

Todo lo ha hecho bello a su tiempo.
Aun el tiempo indefinido ha puesto en el corazón de ellos,
para que la humanidad nunca descubra la obra
que el Dios [verdadero] ha hecho desde el comienzo hasta el fin.
Eclesiastés 3:10

 

Los (d)olores del mundo

En la noche se busca, continuamente, el ocaso melancólico del extravío; en ese lapso de tiempo se nos recuerda, brevemente, que todos los olores del mundo también pueden diluirse en el viento.

Hoy, precisamente, percibo tantos ácaros dispersos: un compás sangriento que hierve en cada volcán apagado del Pacífico; una grieta delgada y aguda en las habitaciones del Tokio-5, la luz de Nagasaki que cae sobre un abismo.

Huele a las presas de las bestias escondidas en el mar de Java; huele a la madera que se decanta en la oscuridad oceánica de algún protocontinente que espera un ascenso solar; huele a la memoria del marsupial extinto que divaga sobre la tumba del tercer arrecife enmudecido; huele a un pedazo de viento huracanado que tomó su último pasaje aéreo desde el derramamiento definitivo en golfo de las Américas; huele a un silencio atmosférico drogado por la décima reacción del átomo en Fukujima; huele a las cenizas mezquinas de mi tarjeta diamante, a un crédito investido por el óxido glacial, a las joyas de la reina propano tercera incendiando los laberintos de mi cama.

Continuamente, en la noche, recordamos que el ocaso se extravía cada vez que no podemos evitar (obstinadamente) que los olores del mundo (todos) se diluyan en el viento.

 

Tres cantos de sal

Entonces miró abajo hacia Sodoma y Gomorra y
hacia toda la tierra del distrito, y vio una escena.
¡Pues mire, humo denso ascendía de la tierra como
el humo denso de un horno de calcinación!
Génesis 19:28

I

Cantaba Siloé entre olivos y arbustos, era una sinfonía con labios de torbellino azul; todos los rebaños en Arnón fueron sacudidos para elevarse en sus vórtices de polvo; su pueblo estaría sin carne, sin leche y sin el cobijo en cada tarde invernal. En los dominios de sus enemigos comenzaba la siesta del norte, la siesta polar, la algarabía de los mil inviernos en suspenso. Pero la descubrí recitando y simulando tristezas de medianoche. Así que tomé su mano de elásticos deseos y aquel movimiento despidió, bajo sus frágiles pies, un refugio de escorpiones; una bandada de langostas insectiles se difuminó en la sombra del viento y el vacío.

Busqué mi hacha de inquietos relámpagos y una herida apareció en su costado como una línea de horizontes extraviados que derramaban sus luces en los agónicos estertores del universo; ella se retorció de vida y fue necesario otro golpe, y fueron necesarios tantos mundos derramados en su pecho. Tuve que matarla y revivirla para luego encontrarnos en el árido ocre del Arabá… en Qumrán esculpí la acritud de su nombre.

 

II

En Qumrán vimos la imagen del sol perturbarse entre un raudal de vahos que ascendían desde la ribera este del Mar Muerto; una lluvia de sal nos sorprendió en la segunda de las horas; la tarde le dio un mordisco a nuestros pensamientos y, de inmediato, elevamos las miradas y vimos aquella fortaleza de piedra cuyos pies se juntaban a un cúmulo de inertes olas; allí nos dejamos caer una vez y para siempre; es la fortaleza y nuestro mar de peces muertos, por fin hablaba Siloé o por fin era escuchada en mis páginas de pergaminos difusos; no esperó más y quiso dejar en mis oídos los versos de un cantar de pájaros silentes. La escuché y la volví a escuchar.

Y desde el sur, una luz inmensa nos dejó ciegos por un momento; Sodoma ardía y sus torres se desplomaban como un pedazo de barro ante la inundación; Gomorra estaba un poco más lejos, y sobre ella caía también el martillo del juicio que esculpía las ruinas del oprobio. Gran alarido escuchamos a distancia y un arcoíris de azufre selló las compuertas de la superficie; ambas ciudades descendieron a las prisiones de un océano de impasible pestilencia. Mar de dispersas osamentas, mar de témpanos de sal, me dije.

 

III

Siloé me tomó de la mano y huimos, huimos por temor a la amenaza de una nube en llamas que se acercaba para mutilar nuestras canciones. En un plano de altas y bajas frecuencias de amor, detuvimos nuestros pasos. Yo decidí vestirme de plata y el reflejo de su cabellera dejó otro diálogo en el viento. Me besó y me pidió que dejara de comandar las batallas sempiternas del oeste; asentí a medias hasta que, en un parpadeo, su lengua de vidrio removió el salitre de mi boca, su lengua en mis labios era como el levantar de un resplandor que avasallaba las diez negras legiones de la muerte. Pero la oscuridad se marchó tan sólo en un instante de besos, hasta que ella me dijo: mira, mira a lo alto; es el último compás del recorrido; aquí, un yermo desolado… y sobre el yermo, un cielo oceánico; sólo así comprendí qué tan profundas quedaron nuestras vidas en la soledad de una fría y sumergida Sodoma que se perdía bajo tres cantos de sal.

Giussepie Philadelphio Pastrán
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