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Dos cuentos de Leonardo Vaticano

domingo 20 de septiembre de 2015

Anselmo, el pez

El vendedor de peces no solía demostrar interés en evacuar las dudas de sus clientes o potenciales clientes. Si se le preguntaba qué era lo mejor para darle de comer a estos nadadores eternos, contestaba que no lo sabía porque jamás les había preguntado. Una vez, un niño de esos que cuestionan hasta el porqué de los porqués le preguntó por qué motivo a la vieja del agua se la llamaba de esa forma. “No tengo la menor idea… Allá tenés una, preguntale… Quizás tenés suerte y te contesta”, le respondió el no muy simpático vendedor. Para nada reprochable era la cantidad y tipos de peces que tenía en su tienda. Por ejemplo, de agua fría no le faltaban los calico, burbuja, cometa, telescópico, fantail y carasius. De agua templada abundaban los besadores, beta, gourami enano, gourami azul, oscar astronotus, locha payaso, arlequín rasbora, boca de fuego, espadas, escalar, vieja del agua, neón y los danio zebra. Marinos tenía ballesta payaso, ángel rey, ángel coral, cirujano cebrasoma, payaso amphyprion, mariposa, labroides y talasoma lábrido. Claro que también tenía peces exóticos como el hipocampo, el axolotl y algunos otros más. Tenía suerte o, si se quiere, buena fama. No por su actitud como vendedor sino por la gran variedad de peces que había en su tienda.

Dámaris caminaba cantando o cantando caminaba. Caminaba y el tiempo parecía quedar estático o como en cámara lenta. Cantaba y el tiempo se hacía niño otra vez. Dámaris cantaba y el tiempo hacía las percusiones “toc toc toc tac toc toc tac tac toc”. ¿Se percataba de esto? Tal vez sí o tal vez no. Todos los días pasaba por el frente de la tienda de peces o “tienda de voladores sin alas”, como solía decir. “Algunos vuelan en el aire… ellos vuelan en el agua”, les aclaraba a más de uno. El vendedor de peces la saludaba o más bien le propinaba un leve movimiento de cabeza ante el saludo de ella. Esa era su escueta, breve y concisa respuesta ante el efusivo, cordial y amistoso saludo de la muchacha. Así iba ella, saludando, regalándole sonrisas hasta a la mariposa más atolondrada.

Los peces allí estaban, aguardando una visita (bueno… no todos), una mirada, un “¡Mirá ese, mamá!, ¡los colores que tiene!”. Allí estaban, haciendo lo que suelen hacer en una tienda de peces. Vale describir algunas particularidades de estos nadadores compulsivos. Al menos los de esa tienda. Las viejas del agua solían mirar torcido a todo aquel que se paraba frente a su espacio acuático. Los burbuja, en ocasiones, chocaban entre ellos de forma adrede. Los besadores jamás se besaban si alguien los estaba observando. Los boca de fuego bostezaban entre diez y quince veces al día. Los payaso amphyprion se divertían con la gente (les ponían apodos según su aspecto físico). Los mariposas jugaban a las escondidas. Los hipocampos tarareaban canciones. Los beta podían oír lo que las personas decían.

Era un lunes por la mañana cuando Dámaris ingresó a la “tienda de voladores sin alas”. Saludó, en mayúsculas, al vendedor de peces, a lo que éste le respondió con un “buen día” en minúsculas. Después de contemplar una y otra vez a los peces, Dámaris se decidió por un beta, uno de color mezcla de violeta con celeste. El vendedor se lo entregó en una bolsa transparente en cuyo interior tenía mitad de agua y mitad de aire. Antes de salir de la tienda, la muchacha ya estaba pensando en comprarle un agradable recipiente o quizás una pecera no demasiado grande. Su ansiedad, rasgo imperturbable en la personalidad de Dámaris, la llevó rápidamente a pensar en posibles nombres para el pez. “Te vas a llamar… ¡Artemio!… ¡No!… A ver…. Podría ser… ¡Julio!… Mmmmm… ¡Anselmo!… ¡Sí, sí! ¡Anselmo te queda perfecto!”. Y así fue que el beta supo cómo se llamaba. Dámaris prefirió un recipiente, cómodo y confortable, para que viva Anselmo. Una pecera de grandes dimensiones no, ya que por el momento no tenía en mente agrandar la familia. Una cuestión, no menos importante, era que el vendedor de peces conocía acerca de las características de estos nadadores pero jamás les contaba a sus clientes. ¿El motivo? Sólo él lo sabía.

Todo estaba listo, el recipiente, el agua dentro del recipiente. Sólo restaba colocar a Anselmo en su nuevo hogar. Dámaris no lo sujetó con sus manos (temía que el pez se ponga nervioso) sino que volcó un poco de agua de la bolsa en el recipiente. Entre el agua, pasó Anselmo.

El primer día fue algo raro para ambos, aunque la tensión se notaba más por el lado del beta. Dámaris le arrojó la típica comida para peces, pero Anselmo se rehusó a comer durante todo el día. Ella, entendedora en estas cuestiones de cambiar de hogar, supo comprenderlo sin reproche alguno. Al día siguiente le volvió a arrojar comida, pero nuevamente el pez se negó a comer. “¿Por qué no querés comer?”, preguntó la joven. Anselmo, beta de sangre y alma, la escuchó y comenzó a comer. No dejó nada. Quería que Dámaris le hable. Se había enamorado de su voz desde el primer momento en que la oyó. Ella se despertaba e iba a saludarlo. “¿Cómo dormiste? ¿Descansaste bien?”. El pez nadaba y dibujaba quién sabe qué cosas en el agua. Anselmo no sólo se había enamorado de su voz sino que, sin saber en qué momento ni por qué, se había enamorado de Dámaris. Se sentía bien. ¿Quién no se siente bien cuando está enamorado?

“¿Qué tenés ganas de escuchar? ¿Algo de Caetano, te parece?”, le preguntó Dámaris un cierto día. “A vos… ¡Cantá vos!”, le respondió Anselmo. Del otro lado del vidrio sólo se observaba a un pez abriendo y cerrando la boca. Y así pasaban los días. Ella hablándole, cantándole. Él abriendo y cerrando la boca, nadándole. Nadaba alegre. Eran ellos dos. Sólo ellos dos. Anselmo la esperaba ansioso. Algunas horas parecía que viajaban arriba de una tortuga. De una enorme, adormecida y lenta tortuga. Pero toda espera tenía su recompensa. Y cuando Dámaris regresaba de su trabajo o de sus actividades cotidianas, Anselmo volvía a ser el pez más feliz del planeta. Poco le importaba no estar en uno de esos mares azules e interminables. Poco le importaba, de vez en cuando, chocarse contra un vidrio. Poco le importaba ser de color violeta, celeste o naranja. Así de grande es el amor. Así de grande lo era para Anselmo.

“En ocasiones, me siento sola”, le confesó Dámaris otro cierto día. Y el corazón del pez se aceleró como una turbina de un avión a punto de iniciar vuelo. “¡Me tenés a mí!”, fue lo primero que pensó. “Nos tenemos…”, fue lo segundo. “Cualquier cosa puedo hacer por vos… cualquier cosa”, “Nos amamos…”, “¡Te amo!”, “¡Me amas!”, “Me amas… ¿no?”. Todos pensamientos que se cruzaban sin previo aviso por la cabeza de Anselmo. Como si los pensamientos alguna vez avisaran de que van a llegar. De que se van a clavar en la cabeza como estaca en corazón de vampiro. Pues no. Los pensamientos jamás avisan. Son inoportunos. Así son y así quieren serlo. Entonces, cuando esos indomables pensamientos aparecían, Anselmo nadaba y nadaba. Cada vez más rápido. No en forma lineal, sino que bordeaba la pecera. Entonces su nado se transformaba en un círculo eterno. Pero era un método efectivo. Aquellos indeseables pensamientos, de a poco, iban desapareciendo. Se marchaban hacia alguna parte.

Anselmo la vio reír, llorar, saltar, aplaudir, cocinar, leer, bostezar y hasta dormir. Conocía bastante de Dámaris. Más conocía él de ella que ella de él. Se ponía mal cuando la veía triste y contento cuando ella llegaba sonriendo. Le gustaba observarla mientras ella leía o cocinaba. Podía estar horas mirándola. Se ponía algo celoso cuando Dámaris recibía visitas, más aún si esas visitas eran masculinas. Nadaba y nadaba para no pensar. Para no ver.

“¡Sí, sí, sí! ¡Estoy enamorada!”, la escuchó decir (otro cierto día). Quizás estuviera contándole a alguna amiga, a su madre o a su hermana. Daba igual para el caso. “¡Me ama! ¡Me ama!”, pensó el pez. “¡Me ama!”, volvió a pensar. “¿Cómo se llama? Se llama…”, y no dijo Anselmo. No mencionó el nombre Anselmo. El pez se quedó estático. Inmóvil. Paralizado. Luego comenzó a nadar. Rápido. Más rápido. Nadó cuanto su corazón resistió.

 

Edgardo (Théodore) y Cortázar

Sabía que llamarse Edgardo no era de su agrado, tampoco que le hable todo el tiempo en castellano. Sabía que ese gato tenía más de francés que el mismísimo Jean-Paul Sartre o el Marqués de Sade (o tal vez Montesquieu). Ni demasiado grande, ni demasiado pequeño en su aspecto físico, con variadas tonalidades de grises en su pelaje, el gato sentía una intensa devoción (ciertamente, selectiva devoción) por su dueño (aunque llamarlo dueño sería como decir que la superficie lunar le pertenece a los descendientes de Maquiavelo o que, por plantar un árbol, uno debería proclamarse dueño único e irrestricto de ese mismo árbol).

—Vamos… que Edgardo no está nada mal.

El gato apenas lo miraba. Seguía entreteniéndose con esa bufanda de lana bastante vieja que trasladaba de un lado hacia otro. La mordía con sus afilados dientes, le clavaba sus garras (que contrariamente a las creencias populares, se diferencian de las pezuñas debido a que éstas están compuestas por queratina y cubren los dedos de las patas de los animales ungulados que precisamente, son los que están provistos de pezuñas que precisamente, cubren los dedos de las patas de los animales ungulados que precisamente, son los que están provistos de pezuñas).

—Théodore… hubieras preferido que te llame Théodore… ¿Cierto?

Y el gato frotaba su cuerpo, desde la parte superior de la cabeza hasta el comienzo de su cola algo larga para su físico no demasiado grande pero tampoco demasiado pequeño, contra la bufanda a cuadritos de colores negro y bordó (o rojo, pero de lo vieja o gastada que estaba la bufanda, parecía bordó).

—Ya sabes, puedes sentirte Théodore aunque te llame por Edgardo. Puedes sentirte de color azul francia aunque tus grises hagan que en ocasiones no te pueda distinguir de tu propia sombra. Puedes creerte que amas, porque estoy convencido de que al igual que nosotros ustedes también se enamoran, cuando en realidad sólo estás obsesionado —y respiró profundo al decir la palabra “obsesionado”—. Nuestra raza también confunde amor con obsesión… Creo que es la confusión más repetida en la que solemos caer, o en realidad, esa confusión cae sobre nosotros de forma repetida.

Edgardo lo observaba como lo hacía cuando alguna luciérnaga se empecinaba en ir de aquí para allá, es decir, atento. Porque no le gustaba llamarse así, pero cada vez que Julio le hablaba acerca de cuestiones para nada banales, él le prestaba toda su atención (sin dejar de clavar sus garras en aquella bufanda).

—No… Tampoco voy a hacer un monólogo de lo que a mi entender significa la palabra “amor”, no tiene sentido… O tal vez sí, pero de todas maneras creo que no tiene sentido en este momento… O tal vez sí, pero de todas maneras…

En el aire se notaba una cierta humedad. De esas que quedan impregnadas en los picaportes de las puertas, manubrios de las bicicletas, libros, interior de los vasos, monedas (sobre todo en las más pequeñas), muebles (a excepción de las sillas de roble), llaves, enchufes, flores, sales y pensamientos. Mucho de lo inmóvil iba cambiando. Cada segundo, efímero pero a la vez tan arrollador modificaba, cuanto menos, la piel.

—¿Nunca te has puesto a pensar qué es lo que te atrae tanto de esa bufanda? ¿Si son sus desgastados colores, la forma deshilachada de ser o el peso sentimental que se agarra de cada hilo como los recuerdos se sujetan incondicionalmente de decenas de imágenes?

En la radio se escuchaba a un tal Gardel que hacía glorioso el momento.

—Por ejemplo, del “Zorzal Criollo” me gusta claramente su voz, pero también la melodía que acompaña. Me conmueve como y lo que canta pero también sé que hay una cuota que la aplica mi cabeza —y encendió un cigarrillo—. Ese habitáculo que guarda, mezcla y procesa todo lo que escuchamos, leemos y observamos… En resumen, Edgardo, todo lo que vamos viviendo.

Cuando se percató del vaso lleno de agua, Edgardo se acordó de que tenía sed. Bebió casi hasta la mitad y luego se dirigió hacia la mesa del living. Saltó de manera absurda y se frenó justo delante de la máquina de escribir. Apoyó sus dos patas delanteras en el teclado y, en la hoja que tenía colocada (siempre había una), se escribió “fgl”. Julio sonrió y dijo: “Ay, Edgardo… Edgardo…”. Entonces se dirigió hasta la máquina de escribir, apagó el cigarrillo en un cenicero de madera que también estaba sobre la mesa y luego de mirar fijamente durante algunos segundos un cuadro de Julio Silva (su mejor amigo), comenzó a escribir: “Toco tu boca, con un dedo toco el borde de tu boca, voy dibujándola como si saliera de mi mano, como si por primera vez tu boca se entreabriera…”.

Leonardo Vaticano
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